martes, 10 de noviembre de 2009

Sufriendo la goma

05/11/09

A las ocho amanezco, dos horas tarde. No voy a ir a la obra, por un día. Sé que hoy iba a ser duro, que se necesitan todas las manos posibles para rellenar los encofrados de cemento, pero no puedo con mi alma y la cabeza es como el bombardeo de Guernica. Ben vive, arrastrándose desde la cama hasta el porche donde se toma su habitual y poderoso bol de cereales. Nos echamos unas risas estupendas acerca de nuestros caretos. Judith, la doña, asoma la cabeza desde su casa, y Ben me dice que no me mueva, que es corta de vista y que, como los Tirannosaurus, sólo detecta el movimiento. Me descojono. Me tumbo en la hamaca, seguimos diciendo tonterías típicas de la resaca. Dice que con la excusa de que tiene que hacer los armarios para la casa azul no va a bajar a la obra, pero que tiene que ir a una ferretería en Granada con la bici y eso ya le parece un suplicio.

A lo lejos distinguimos a Cata con los dos de Ohio, poniendo el plástico que servirá como tejado para el almacén para maquinaría que están levantando cerca de la casa amarilla. Y oímos las voces del topógrafo, dando órdenes a sus subalternos. Le gritamos en inglés, para que no entienda, claro, que se compre un walkie talkie y nos deje sufrir nuestro dolor de cabeza en paz.

Y en esas estamos, con mi culo atrapado en la hamaca, cuando de repente siento un cosquilleo en el muslo. Miro. Dos pinzas. Un cuerpo delgado. Un aguijón escandaloso. El salto que doy no se ha visto en Nicaragua. Empiezo a gritar improperios en español, Ben se levanta asustado. Le doy un manotazo al escorpión y aterriza en la hamaca, de la que me he desplazado con la agilidad que da el horror. Cuando Ben lo entiende y ve que no me ha picado, se mofa de mi cara de susto, de mi arrebato de pánico, y agarra una piedra y hace que el escorpión forme parte del suelo. Los escorpiones salen de los desagües de la ducha, así que concluimos que no estaba en la hamaca, que he tenido la suerte de entre las suertes. El pantalón que me he puesto, el mismo con el que salí ayer, estaba en el suelo, adonde lo arroje cuando me fui a la cama. Así pues lo más probable es que estuviese en él cuando me lo he puesto, y que increíblemente no ha hecho nada durante la hora larga que ha pasado. Ni siquiera cuando he dado el salto ha reaccionado con un picotazo. Un jodido milagro. Lo normal es que nada más meter la pierna en el pantalón me hubiera arreado un aguijonazo que al menos hubiera justificado mi ausencia en la obra. Duele mucho y te deja dormido el miembro que te pique, pero eso ya lo comprobaré en otro momento porque el hijo puta del alacrán ha decidido que mi pierna no era un peligro. Ben se descojona cuando le digo lo divertido que hubiera sido si en vez de tirar pierna para abajo hubiera ido pierna para arriba. Ahora mismo tendría la polla como una morcilla. Madre mía.

Aparecen Reanne y Vanessa, vienen de dar el desayuno a los críos. No han dormido. Se despidieron de Bea y se vinieron directas a currar. Vanessa me dice que sólo Pete está en la obra con Pico, Mula y Alex, el nica, no el médico, que dormita todavía.
Lau y Ale aparecen. La cara de Lau es la de la resaca, y la de Ale la del arrepentimiento. Vanessa me dice que Pico le ha ordenado arrojarnos a Klara y a mí un jarro de agua fría en la cara. Yo creía que Klara estaría allí ya, anoche decía que hoy quería ir a currar, que iba a haber actividad después de días de aburrimiento, de espera para recibir órdenes del capataz Pico. Jodida niña alemana, qué manera de dormir. Pero bueno, hoy le toca hacer la cena, así que tiene excusa. Soy el único que no la tiene. Me levanto como una flecha y salgo escopetado para la obra. Llego con cara de vergüenza, soltando lo sientos a los cuatro vientos, y lo único que pasa es que se descojonan de mí. Hoy es mi día de suerte. No hay enfados y sí mucho vacile, de dormilón y borracho. Estupendo. Me pongo manos a la obra enseguida. Me encaramo al andamio con Pico para que Alex y Mula me pasen los barriles de cemento que está preparando Pete. Rellenamos los moldes superiores, a buen ritmo. El sol no pega mucho, me lleno de cemento, y la resaca va desapareciendo a medida que sudo y me activo. Al final ha sido una gran idea ir a currar.

Alex ve una zarigüeya dormida en un árbol, bicho feo donde los haya, y la apedreamos, sin mucho éxito. Pete le pregunta a Pico si cree que lloverá, y con una mirada al cielo le basta para asegurarle que no. En estas, Mula decide no darme un barreño de cemento para que se lo alcance a Pico, y directamente se lo lanza. Esto es, un cubo de plástico lleno tres cuartas partes de cemento, volando, manteniendo la verticalidad, y siendo cogido al vuelo por Pico sin que nada de cemento se vierta. Alucino con la fuerza, la agilidad, la puntería y la confianza. Lo hacen sólo un par de veces más, pero me resulta digno de admiración. Lo comento con Pete que me dice que todo es cuestión de técnica, que lo es.

Le confieso a Pete que ayer me pesé en la báscula de la clínica de Ale y que he adelgazado, que estoy algo preocupado pues como bien y curro, que me estoy poniendo más fuerte, que lo noto, y que no entiendo cómo puedo estar perdiendo peso. Ha sido preparador personal y me recomienda una lata de atún diario, que estamos faltos de proteínas pues no hay carne roja ni pescado en nuestra dieta, que las únicas proteínas son las de los frijoles que estoy dejando de comer en pos de cagar contundente y amainar los pedos que me asaltan. De repente pienso en el aceite de oliva, en la ternera abulense, en el jamón serrano. Joder, si es que como en España no se come en ningún sitio. ¿¡Charito, dónde estás, con tu arte para el cocido, la carnaza, la pasta y los callos!?

Para comer hay carne de res, de esa deshilachada que tienen aquí, dura pero rica, el gallopinto de rigor y puré de patatas. Mi jodido día de suerte. Cuando llego a la mesa están todos... menos Klara. No me lo puedo creer. Me acerco a la casa amarilla, me adentro en su habitación, y ahí está, con los ojos revoloteando tras los párpados cerrados. "Baby german, it's time to wake up, it's fucking 12.30". Se queda perpleja, no entiende nada. Me meo de la risa y me voy a comer, después de darle unos besitos y achuchones aprovechando la soledad de su desperece.

No voy a entrenar a los chavales. La puta obra me deja exhausto, y todos los proyectos de por la tarde me resultan inviables. Supongo que terminaré acostumbrándome y que pronto podré volver con los Halcones y empezar con el reportaje del camino. Espero, deseo que así sea, pero es que después de comer, con más cemento que piel dorándose al sol, cualquier actividad supone un esfuerzo terrible.

La gente empieza activarse y a irse a sus tareas, y nos quedamos Klara en la hamaca, vaga que es, y yo tirado en un banco. Ale y Lau se van a juegos con niños, el pañuelo y esas cosas, y me gritan "a ver qué hacéis". Nadie alrededor. Pues me gustaría hacer de todo, pero va a ser que no. Un hotel en Granada. Una noche de finde. Y habrá otro terremoto en Nicaragua. Doy fe de ello. Y ella se muestra conforme. Tiene 19 años, pero no es tonta. Bien por la bebé alemana.

Ben le echa un cable a Klara con la cena, pelando las verduras para la fruta. Cata, Lau y yo perecemos en sendas hamacas, Pete le da al diario y habla con Ben de música. Ale se pone con mi ordenata a escribir mails. Ben me cuenta una de sus historias, que me encantan. Con sus colegas, de pedo en los clubs, se planteaban el siguiente reto: usando una frase absurda tenían que ligarse a alguien, en plan "esta canción me recuerda a mi abuela", y no sólo eso, debían sacarlo a colación varias veces durante el ligoteo. Cuanto más absurda la frase, más divertido. Y el clímax me dice que llegó cuando un colega suyo todo pedo le llegó a una tipa y le dijo "Do you know how long it takes to make pure of a baby?", y la chica, todo loca, lógicamente le dijo que no, y la respuesta al misterio fue "well, I was too busy masturbating to control the time". No puedo parar de reír, y más cuando me dice que el colega triunfó. Putas historias del Ben. O como le decimos cada dos por tres, Fucking Ben!

Son las seis menos diez de la tarde y estamos tiradísimos. Sólo Ben y Klara hacen algo productivo. El horario aquí no tiene ningún sentido, lucho por no dormirme y me pongo a escribir de nuevo, tirando otra vez a lo prosaico, maldita sea. Pero es que cuando no hay nada que contar qué difícil es resultar interesante. Dejemos que Pete conecte su iPod a mi portátil y nos deslumbre con su gusto musical.