sábado, 14 de noviembre de 2009

La alemana número 13 y Gollum en mi cuarto

09/11/09

Tras una lucha a muerte con la mosquitera por la noche, en la que mi brazo izquierdo se enredó en ella sin yo darme cuenta y cuando mis sentidos se recuperaron ya era tarde, amanezco a las seis y media. Bajo a desayunar al porche de la casa azul, yogur y café, que siempre me levanto sin hambre, y eso es una putada. Ben está ya de vuelta de su viaje a León, llegó ayer por la noche. Nos cuenta que le ha encantado, que no se esperaba una ciudad así en Nicaragua acostumbrado a Granada. Universitaria, cosmopolita, movida, más reconstruida y con mucha marcha nocturna. León fue capital de Nicaragua, disputándoselo con la propia Granada, para que finalmente fuese Managua, ciudad neutral, la que se llevase el gato al agua. León se construyó en un principio por un conquistador español a la vera del Lago Managua, o Cochibolca, pero un terremoto la devastó, hundiéndola bajo el lago, y la volvieron a erigir más al norte, alejada del agua. Aquello fue en el S.XVI, tiempo ha pasado, pero el caso es que se mantiene como ciudad cultural, y sigue rivalizando con la actual capital por el papel de ciudad más importante. Barcelona, Madrid. León, Managua. Al final lo que pasa en España también puede pasar aquí.

Cuando me voy con Klara hacia la obra le pregunto con los ojos que qué va a hacer, y me dice que ya, que de hoy no pasa, que hablará con Ben. Toda la puta Prusia seguro que lo sabe ya. No es justo, y Klara lo sabe, y en cierta manera la martiriza.

En la obra no hay mucho que hacer hoy. Están moviendo tablas de madera para hacer moldes que rellenar con mezcla, pero hasta que esos moldes no estén fijados no hay mezcla que hacer, así que Klara y yo nos dedicamos a cortar alambres para atar las escuadras a la ferralla, a hacer cantidades ridículas de mezcla para tapar los desconchados que aparecen al quitar las tablas, y poco más. Mula y Alex están con un resacón de tres pares. Alex está enfadado porque ayer el entrenador no le hizo jugar ni en el partido que nosotros vimos y que ellos ganaron ni en el que jugaron después, en el que perdieron, empatando la serie contra el equipo rival. Cual Ronaldinho, no aguanta el banquillo y su orgullo le puede más que su profesionalidad. Sabe que su brazo izquierdo es mucho brazo izquierdo para sólo pasar agua a sus compañeros.

Mula me pide ayuda para mover el andamio, que dice que él hoy no puede, que está flojo. Lo que está es sudando guaro a más no poder.

Vanessa y Reanne aparecen con plátanos y avena que ha sobrado del desayuno de los alumnos de la escuela. Doy buena cuenta de lo mío y Alex y Mula me piden que les traiga avena, y yo les pregunto si tengo cara de camarero, que ya hay confianza, y se descojonan, y me dicen que por favor, que están muy malitos. Es bueno que me hagan partícipe de su melopea.

Endika ha vuelto hoy a la obra después de una semana sin plantar sus pies descalzos (es el único que curra descalzo, ni los nicas lo hacen) sobre el andamio. Estaba rallado por lo de la reunión famosa y pasaba de hacer acto de presencia con cara de pocos amigos. Pues vale. Me vale verga, que dicen aquí.

Con Klara la confianza ya es gorda. Tenemos nuestras coñitas particulares, le ayudo con el español para darme cuenta de que sabe bastante más de lo que se cree. Como Antonio Banderas en El guerrero número 13, la chica lista escucha mucho, y de repente te suelta una frase en perfecto español que te quedas loco y te da qué pensar. Hoy le he enseñado qué momentos son los buenos para soltar un buen "venga, coño". Pete lo oye y le encanta.

Volvemos al tema del cine, que nunca agota. Hablamos de Tom Hanks. A los dos Forrest Gump nos gustó lo justo. Klara se descojona cuando digo Tom Cruise, o Clive Owen, o Sean Connery, o Chuck Norris, pues ningún español sabe pronunciar esos nombres. Se dice: Tom Crus. Claif Ouwuen. Son Coneri. Chac Naurris. Descojone mil. No consigo marcar la diferencia entre sheep y seed, entre ship y sheep. La entiendo cuando ella la hace, pero a mí me cuesta sangre. Si me va a enseñar algo y todo la niña de 19 añitos, no te jode.

Tengo un par de momentos caballo, torpeza total, y los nicas se mofan a gusto de mí. Esto marcha.

Pasan las horas, y poco hacemos, así que elipsis y a comer. Hoy acompañando al gallopinto hay un pollo empanado, crispy chicken, que quita el sentido, pero cada vez somos más voluntarios y nadie se lo debe haber dicho a la cocinera, porque escasea el ansiado pollo. Y a la mesa está Eva con su espíritu imparable, y me vacila y me adula y se sorprende cuando le digo mi edad, y me dice que me siga conservando así y yo le digo que con la mala vida que me pego mucho le tengo que haber pagado al diablo. Y se suelta un par de manchegismos que me hacen sentir algo más cerca de los colegas chinchillanos, de mi abuela, de la estepa manchega. Pero es que es demasiado esta mujer, no calla ni debajo del agua y confiesa que le gusta el póker, que se traga el European Poker Tour, pero que no juega por dinero. Ves, Klara, éste es el momento: "venga, coño".

Y para Granada una vez más, que Ale quiere hacer la compra, que le toca cocinar mañana, y a mí me toca esta semana la limpieza de la casa amarilla, y eso incluye comprar lo que falte. Y como también soy el jodido tesorero, pues me hago cargo de gastos comunes tipo cubiertos o una bombilla que se ha fundido porque una langosta no encontró mejor lugar en el que morir. Klara se viene, que está empeñada en comprar una parrilla para montar una barbacoa, más alemana imposible. Por el camino nos adelanta Ben en la bici, que va a la ferretería a por más madera para los armarios que nunca termina de construir. Tenemos suerte y baja un pick up que nos lleva hasta el mismísimo centro de Granada. Ale le pregunta a Klara si ya habló con Ben, que está al tanto de todo el murciano. Klara le dice que hablará con él, Ale le vacila con un yeah, sure, y ella se sonroja y dice que sí. Y Ale termina diciéndole que somos adultos, que no es para tanto, que es incómodo pero que en realidad estamos haciendo una montaña de un grano de arena. Y tiene razón, claro. Pero tener razón es una cosa y otra es ser protagonista cuando lo que quieres es pasar desapercibido.

Asaltamos una ferretería para comprar encargos que me han hecho. De repente soy Leonardo di Caprio en La Playa, cumpliendo recados insólitos. Ale se empeña en comprar una manguera, que quiere enchufarse agua cuando le venga en gana sin tener que ducharse. Y me place la idea, pero es que ninguno de los dos sabíamos que ya hay una manguera en algún sitio de ACE. El médico entra en una farmacia a por cositas que necesita para Petrona, la vieja escuálida y amable que vive cerca de ACE, a la vera del camino, dueña de muchos perros. Los perros de Petrona, como título de una novela de la Generación del '98. Es una coña del murciano, que no para de discurrir para buscar esa vuelta de tuerca absurda que te hace estallar en carcajadas. Al estilo del humor de mi madrileño Manolo.

Rompe a llover torrencialmente, cuando hacía diez minutos el sol derretía los huesos de los cerdos. Nos cobijamos debajo del toldo de la tienda donde me clavan 130 córdobas por una pelota de fútbol, por fin me he hecho con ella. Ale busca unos pantalones finitos de algodón pero se los dan de pinzas y dice que no, claro, que los quiere informales y la incomprensión es total así que huye con las manos vacías.

Y al Pali a por todo tipo de cosas, entre ellas un saco de azúcar de 10 kilos, que el azúcar vuela en la casa de voluntarios y así no habrá que coger más en dos meses. 10 kilos de azúcar. Qué barbaridad. Ale tiene para rato, así que Klara y yo le esperamos fuera fumándonos un cigarro. Aparece Terry, el aparcacoches amigable. Me dice que tenemos que ir un día por la península del lago de Granada, por la que fue Jose el otro día en bici, que se conoce unos sitios para bañarse cojonudos, y que con Flor de Caña bajo el brazo aquello es muy parecido al paraíso. Viene de hacerse un tatuaje, la parca en el costado derecho, y me enseña todos los que tiene, poco elaborados, y probablemente insanos. Me confiesa que le gusta Lau, que se lo diga, que cuántos años tiene y que qué bueno que sean 30 pues eso demuestra experiencia. Nos descojonamos de lo lindo, hacemos buenas migas, me pasa su número de móvil y le digo que lo de ir a bañarnos este domingo jodido porque queremos ir a Masaya. Y cuando Ale termina, Terry nos consigue rápidamente un taxi para que nos lleve a La Prusia, cosa que no es fácil porque después del chaparrón el camino es terreno vedado para muchos taxistas cautos. Le doy 10 córdobas de propina y se sorprende, y le digo que no, que gracias por todo, que es un tipo amable y que qué menos. Que le llamaré, y que le pasaré el mensaje a Lau.

Por el camino nos volvemos a cruzar con Ben, que va sorteando charcos infinitos y el arroyo, que se ha desbordado. Pasamos por delante de Vladimir, que bajo sus larguísimas pestañas juega con cualquier cosa en el suelo encharcado y con los pies descalzos. Bajo la ventanilla y le motivo diciéndole que he comprado un balón tan bonito que mañana ya verá, y su cara es la ilusión, y sus ojos se abren y sus pestañas se hacen aún más largas y me extiende las manos hacia el coche y le digo que mañana y me levanta el pulgar sin dejar de sonreír. Un balón de fútbol se convierte en la dicha, le hará soñar esta noche y no dejará de decirle a su padre Lenin que tenemos balón nuevo, que Julio ya lo compró, que es tan bonito, que mañana habrá práctica, que él es Casillas y las parará todas.

El taxista se afana, no desiste, hemos pactado ya la pasta y no hay marcha atrás. Nos dice que los voluntarios deberíamos recoger firmas por todo el camino de La Prusia para que el alcalde vaya a ver las pésimas condiciones en las que está, que donde él vive pasaba lo mismo y se organizaron y consiguieron que el alcalde se pusiera manos a la obra, que para algo están los impuestos. El taxista activista. Y la verdad es que no le falta razón. A mí Judith me dijo que asfaltar el camino era demasiado caro y que todavía ACE no había conseguido las subvenciones suficientes. Pero es cierto que para algo están los jodidos impuestos, pero también es cierto que no me sé de la misa la media y que ya se habrá intentado, supongo. Más tarde Jose me explica que el camino que va de la laguna a la ceiba, la mitad de todo el trecho, es propiedad privada. He ahí la explicación. Siento envidia por Jose, que aunque dice que no está haciendo gran cosa para su proyecto de antropología, lo cierto es que está practicando antropología pura, consiguiendo que le inviten a las casas y a charlar. Me dice que no es difícil, que cuando se queda sin conversación simplemente le cuenta algo absurdo de España, y entonces ellos le cuentan alguna tontería de Nicaragua, que será tontería para el que la cuenta, pero no para el que la escucha. Le digo que puede estar orgulloso del curro que está haciendo, y es demasiado humilde para reconocerlo. De repente me agobio pensando que no quiero que esto se convierta en un campamento de boy scouts, y Lau aplaca mis ansias de reportero diciéndome que llevamos sólo dos semanas, que ya llegará nuestro momento, que asaltaremos vidas ajenas y contaremos lo que nadie ha contado todavía.

Llegamos a la casa tras las compras y hago las cuentas, que me cuesta horrores. Hay dos botes, uno por cada casa y el comunal de los voluntarios, y dependiendo de qué compra sea, la pasta se ha de reponer de uno u otro bote. Madre mía, de aquí al caso Gürtel, como me ponga tonto, hay un paso.

Y a escribir, como todos los días, aunque no haya nada que contar, pero parece que ya he contado algo. Alex, el de la obra, está aquí, jugando a algo con esta gente, y me dice que me han clavado con el balón de fútbol, que él no pagaría más de 70, y yo le digo que ya lo sé, pero que soy gringo, y que el hecho de que la piel me delate no tiene solución. Se ríe y me da la razón.

Hoy Capi es el perro guardián, y ya veremos qué pasa esta noche, que hace dos noches le volvieron a robar a Jose metiendo la mano por los barrotes de nuestra ventana y cogiendo lo que estaba al alcance, a saber: una cámara de fotos y dos sombreros, todo de Jose, que está gafado. Es robar por robar, pero Jose suspira que al menos espera que le den un buen uso a la bici y al sombrero. Un maldito santo es este hombre.

Klara no ha hablado con Ben. Lau ya sabe que tiene un pretendiente nica que es majísimo y que nos consigue lo que queramos y nos lleva a donde queramos, Cata está un tanto exasperada de Judith, la doña, que puede ser cargante como cualquier abuela, y eso que Eva ha venido a quitarle el puesto. Incluso Judith parece que no puede doblegar a esta loca albaceteña que me habla de gazpachos manchegos y arroz caldoso y me hace salivar como si fuera la última vez. Combato el hambre hasta la cena siguiendo los consejos de Pete, latita de atún entre pecho y espalda. Lau no puede parar con La soledad de los números primos, Klara se zampa una bolsa de Doritos en la hamaca, Alba le da clases de español a Reanne y yo escribo lo que veo al tiempo que lo veo, que no hay una crónica más exacta que esa. Queda una hora para la cena y los mosquitos nos superan en número, que ha llovido y es su momento. Y Lau me dice que Paolo Giordano, el de los números primos que no encuentran compañía porque para ellos no existe, es de mi quinta, y aunque hace tiempo que entendí que para las artes no hay edad y que leer la contraportada de los libros para compararme no tiene sentido, el orgullo me sigue picando. Ya llegará nuestra hora, me repite Lau, y llegará, pero hasta entonces envidio a Giordano y eso no me lo quita nadie.

Ale trinca un libro de poemas de Bukowsky y recita gracioso sin saber lo que dice, traduciendo lo que conoce y haciendo parecer al borracho oscuro aún más incomprensible. Vanessa se descojona, Lau le sigue y Ale a lo suyo, que si al final Bukowsky llegó o no a los pantys de una mujer con nariz de cerdo, y qué hizo con ellos. No puede parar, el puto humorista. Mira qué bonito, anuncia ante un verso que es de todo menos bonito.

Klara pregunta si hay póker tonight y le digo divertido que a mí no me importa, pero que como dice Peter, mejor le pago yo el buy in y luego nos repartimos las ganancias. Están cojonudos sus Doritos con chile, tan ricos como seguro lo está ella, pero eso es otra historia y no la voy a contar cuando la viva.

Haley presenta su cena, una lasaña de verduras y chocobananos para cenar (pincho moruno de plátano y una fuente de chocolate derretido, imagínatelo y siéntete el perro de Paulov). La verdad es que de un tiempo a esta parte la estela del cometa Haley se ha ido desvaneciendo, aparcando la bordería. Será porque se pira pronto, o será por lo que sea, pero bienvenido es, claro.

Y llega Judith para la reunión y le dice a Alex, el nica, que se marche, que esto no es de su incumbencia. Si fuéramos a hablar de temas delicados, me parecería lógico, pero hablamos de la obra, de dónde construir un vertedero para la gente del proyecto, de qué se harán con las clases de apoyo una vez se termine la escuela, y de quién se ocupará de recoger la pasta para la recogida de basura, ahora que Eli se va en breve. Y para eso bien podría estar Alex a la mesa y no sentado en solitario frente a la casa amarilla esperando a que terminemos para volver con sus amigos gringos.

Digo que ya que soy el tesorero, me ocuparé de lo de la basura cuando Eli se vaya. Pete y yo debatimos sobre lo del vertedero, que es una buena idea pero espérate que sea viable, porque en los terrenos de ACE hay mucha gente viviendo y no hay hueco para el vertedero, a no ser que concienciemos a la gente para que sólo lo use como depósito de basura la noche antes de que el camión vaya a pasar. El camión de la basura lleva sin pasar un mes, pero se justifica con que es época de lluvias y no podría llegar al lugar. Eli me dice que aun así hay que estar detrás de ellos para convencerles de que hagan lo que no es sino su trabajo.
Y terminamos la dichosa reunión, en la que los rufios (Ale, Lau, Cata y yo, así nos hemos bautizado con ese término que es una mezcla entre pícaro, vago y algo cabroncete, importado por mí de la profundidad de Madrid) hacemos lo posible por no descojonarnos de Eva, que dice que ha traído libros de aprendizaje de lectura gutural. Lo dice todo de una manera que es inevitable no querer reírse, y además nos tiene demasiado hastiados con su hiperactividad, con lo que todo es potencialmente risible.

Los rufios nos apartamos a la casa amarilla, que estamos un poco cansados del gran hermano y de la compañía de Eva. Eli y Marta intentan enseñarles el mus a Klara y a Ben. Venga, coño, un yanki y una alemana jugando al mus... eso es un chiste. Y allí estamos, en sillitas y descojonados de nuestras tonterías, cuando llega Eva a perturbarnos. No conoce el don de la discreción y se mete en nuestra conversación mientras saca un yogur de la cocina. Voy contando cada cucharada, infinitas, esperando que al terminárselo se vaya a acostar. Tiene un volumen de voz demencial que despierta a Alba, que se ha retirado a descansar prontito porque su fin de semana ha sido movido, lo ha dejado con el panameño Rafa que, según me ha confesado la granadina, la estaba empezando a chupar la energía, y yo digo que siendo así y sin querer meterme, estupendo me parece. El grito de Alba suplicando silencio nos da una excusa para no oír a Eva, que no pilla una y ahí sigue. Y otra cucharada. Y ya es una menos. Y se lo va a terminar. Pero de repente su yogur se convierte en un reloj de arena y lo da la vuelta y ahí hay otro, sin abrir, esperando a ser devorado, alargando los minutos que se convierten en lustros. Soy el único que la sigue la conversación. Ale, Lau y Cata no hacen por ser educados, y yo no lo puedo evitar, aunque el cuerpo me pida pegarle un corte para que nos deje en paz, que nadie le ha dado vela en este entierro si alguna vez la tuvo en alguno. Sin reparos, estos cogen sus sillas y le dicen que se van a alejar para no molestar a Alba. Yo les sigo explicándole a Eva que queremos hablar tranquilos de nuestro viaje a Masaya, y por un momento, bocazas soy, temo que se una al plan, pero no, a eso ya no llega. Nos adentramos en la noche y plantamos las sillas y susurramos bromas crueles contra esa mujer, que sentada en el porche y dándonos la espalda, iluminada por la luz de la casa, es como el cartel de la peor de las pelis de terror. Delgada como Gollum, fumando como el fumador de Expediente X, y sentada como la vieja de Misery controlando el cotarro. Lau dice que encima está en nuestra casa, refiriéndose a Cata y a mí, y yo la corrijo, que no está en nuestra casa, que está en mi habitación, que la diferencia es interesante y perturbadora. No podemos parar de reír y por fin Eva se mete para adentro y Ale dice que ahora o nunca, cogemos las sillas, las dejamos y seguimos para abajo, donde sigue el mus y Jose escribe. Se nos une y le contamos el martirio que hemos sufrido, y como es tan bueno no entra al trapo, pero sí cuenta alguna barbaridad de las de Eva, como por ejemplo que se toma pastillas por una medicación constante que toma y que en cuánto las engulle, cae grogui. Y Eva, cuando se lo contó, remato con un "así que si queréis echarme un polvo, yo no me voy a enterar". Madre mía del amor hermoso, eso no lo hago yo ni aunque me tire diez meses aquí y me despierten la líbido hasta las vacas jorobadas que pastan en las proximidades.

Y a la camita, dejando a los del mus y pensando que tal vez cuando acaben Klara y Ben tengan la conversación. Dicen que empiezan a entender este juego complejo y yo les contesto que es imposible que un no español consiga jugar al mus, que es como intentarle explicar a un madrileño de qué va el cricket.

Tengo un sueño que quiere ser erótico pero se queda a medias, a medias, otra vez. Pero esta vez duermo como un niño, por fin, y la mosquitera se mantiene en su sitio, creo que he ganado la guerra, estoy exhausto como el más heroico de los soldados.