jueves, 19 de noviembre de 2009

A muerte con los escorpiones, la maza del bárbaro, y por fin Masaya

13/11/09

Hoy tampoco voy a ir a la obra, así que aprovecho para hacer la limpieza de la casa, que esta semana me tocaba y no he hecho nada en absoluto, aunque nadie me ha criticado mi incumplimiento del cuadro de limpieza. Antes me siento con Ale que hasta las ocho y media no baja a la consulta, y me confiesa que Eva está en tratamiento psiquiátrico, que tiene Tranquimazines y más ostias contundentes. Ahora me lo explico todo.

Me meto a saco con la casa amarilla, como no se ha metido ningún voluntario en mucho tiempo. Tanto es así que encuentro dos escorpiones, lucha a muerte entre ellos y yo, y sólo está Cata conmigo, que se mantiene a tres metros descojonada de la risa. La arquitecta me reconoce que se siente desaprovechada, que la doña y Eva se meten sin reparos en su campo y que no encuentra otras actividades en las que involucrarse. Le digo lo que me dijo Lau hace ya una docena de días, que paciencia, que estamos empezando, y que sutilmente, como ella no sabe, les diga a las dos viejas que seis años de carrera le dan más autoridad a ella en cuanto a decisiones urbanísticas.

Dejo el salón como no lo he visto desde que llegué. Me encuentro donaciones cogiendo polvo, pantalones de fútbol y conos para entrenar que ya tienen dueño, yo, entrenador de los Alcones y los Tiburones, ropa de niño, material escolar, ropa de voluntarios olvidada o dejada sin más, mierda por un tubo, y lo damos todo Cata y yo y cumplo mi cometido con creces. Duchita y empieza a llegar la gente de la obra y de las clases.

Eli me adula por cómo he dejado la casa, Alba descubre que puede oler bien con simplemente fregar el suelo y los estantes, sí, he fregado los estantes, no se lo pueden creer, y mientras lo escribo pienso que quién me ha visto y quién me ve, tan aplicado en el arte de limpiar. Bueno, dejémoslo en que me tocaba, y en que no aprovechar el día para hacer cualquier cosa, aquí, en Nicaragua, se me antoja un crimen, cuando allí, en Madrid, era el pan nuestro de cada día, que es complicado realmente no hacer nada, pero hay muchas cosas que en verdad no vale de nada hacer, y aquí lo poco o mucho que haces sí vale, para los voluntarios, para la gente de La Prusia, para mí.

Y luego la misma Eli me recrimina el asesinato de los escorpiones, que en un arranque de bucólico activismo pro vida de alacranes sugiere que con echarles de casa habría bastado. Claro, coño, y que le pises - que andamos mucho descalzos, nena - y ya verás qué risa. Qué tontería, oye, que escorpiones habrá como diez millones en La Prusia, nosotros somos menos y son ellos los que nos invaden, como para andarme con remilgos. Claro que los echo de la casa, pero eso es sólo para que su viscosa sangre no manche el suelo que acabo de limpiar. Luego, a pedradas, a palazos, a lo que sea, que no veas cómo corren y cómo levantan el aguijón y abren las pinzas y seguro que están pensando "ven, ven". Con unas pinzas de cocina los recojo machacados, que el veneno sigue ahí, y los meto en una botella vacía de agua, que va a la basura de fuera. Y que se jodan en su tumba de mierda, que son bonitos y espectaculares, y no te atacan si no se ven amenazados, pero yo estoy por delante en la cadena alimenticia y no permito una victoria suya por un descuido mío. Y al carajo con las tonterías.

Mis compis obreros han empezado hoy a apisonar el suelo. Y como todo en Nicaragua se hace manual, pues apisonar no va a ser una excepción. Se coge una buena estaca de madera, de unos 130 centímetros (a ojo de Pete), con el mango pulido y redondeado y que va ensanchándose hacía la punta cuadrada, como un mazo, como un bate. Y en el extremo se le clavan unos diez clavos, dejándolos sobresalientes. Sí, hermano, es un arma prehistórica de estimulantes posibilidades para destrozar cráneos. En manos de Conan sería lo más.

Esa maza asesina se inserta en un cubo de pintura, de los medianos, ni un buen cubo ni una mísera lata. De unos diez centímetros de diámetro y quince de largo, los míticos de Titanlux, pero no están rellenos de pintura, sino de cemento. Y el resto es de imaginar. Se seca el cemento y la maza queda fija. Hermano, ahora ya no es un palo con clavos para extraer cuencas oculares, ahora es un martillo mandoble para desfigurar rostros y romper rodillas, y para reventar columnas de mármol, como en Conan, otra vez.

Coges la empuñadura, levantas el invento tirando de brazos y hombros, e impactas contra el suelo, y así apisonas. Pesará unos siete kilos el pisón, que es su nombre nica.

Teniendo en cuenta que el edificio que estamos haciendo debe tener una planta de (todo lo relativo a medidas y pesos es consultado con Pete y con los planos de Cata) 140 metros cuadrados, y que ahí no se termina el tema, que también está la tercera dimensión, el esfuerzo es cúbico. Con tu arma, aporreas una y otra vez el mismo punto del suelo, una y otra vez, una y otra vez. Y te mueves en círculo, cambiando el objetivo, avanzando de manera casi imperceptible, machacando la tierra bajo tus pies. Por lo que me contó Klara, entre Vanessa, Eider y ella, y con ayudas puntuales de Mula y Pete, hicieron en todo el día una de las habitaciones pequeñas, lo que serán los almacenes para guardar el material de las clases de soldadura y electricidad, de unos 16 metros cuadrados. Dice la alemana que al final sí te das cuentas de que el suelo está como una pulgada más baja, más compacto. El lunes me tocará hacer de apisonadora, que no es que sea una maquina cara de alquilar, que también, es que a ver cómo ostias llega hasta el proyecto. Y qué narices, mentalidad nica, si lo puedes hacer a mano, ni te planteas gastar dinero, aunque tardes más, aunque te dejes la piel.

Mientras comemos, Ben me confirma que se va a la playa de San Juan con un colega yanki de Granada. No sé si asociarlo a que sabe que en Masaya dormiré en el hotel que me salga de los cojones en la misma habitación de Klara, o a que, cómo me dice él, pasa de estar los siete días de la semana con "the whole fucking bunch of volunteers", que resulta que el resto nos vamos todos a Masaya, en manada gringa. Todos menos Ben y Eva, que se queda con la doña, a partirla por la noche granadina, menudo dúo. Se hacen compañía la una a la otra y eso les place a ellas y nos place a nosotros, claro.

Entre tenedor y tenedor de gallopinto, Ale me relata su día en la consulta, dónde ha compartido curro con el médico que en teoría viene todos los viernes, pero éste es el primer día que ha ido desde que yo habito este lugar. Doctor Bismarck, para servirle, recién licenciado por la Universidad de Managua. Es que no me puedo creer que en La Prusia nicaragüense, tan lejana a la del canciller Otto de aquél Reich, el nombre de Bismarck sea común, esto es la risa. Le pregunto a nuestro doctor Ortín, de Murcia, para servirle también, cómo ha ido el compartir conocimientos. El médico vive en Granada y trabaja donde le manden. Supongo que ACE le pagará por consulta, o lo mismo, para explicar el hecho de que no haya aparecido en los dos viernes anteriores que yo he estado aquí, trabaja donde se le necesita.

Ale se muestra entusiasmado por haber trabajado codo con codo con un médico local, del que, en un alarde de europeísmo, podrías pensar que no aprenderías nada, que en todo caso le enseñarías tú, pero y unos santos cojones, que unos medios diferentes te dan una sabiduría diferente, y no hay nada más aleccionador que una conversación productiva para ambos. Y así se ha tirado Ale la mañana, viendo las comunes parasitosis intestinales, debatiendo con el compañero nica el hecho de que el único remedio para la candidiasis vaginal de Leyla está en Granada, y que o lo traes o que se joda y se rasque, hablando con el doctor Bismarck sobre que en España, si te viene a urgencias un crío con fiebre y algo de tos, toca placas de tórax y hematología para detectar una posible neumonía, que ahora se estila la medicina defensiva, no vaya a ser que el exigente paciente occidental reclame falta de atención, mientras que aquí en La Prusia Ale diagnosticó una neumonía por la tos, la fiebre, los esputos verdosos y las crepitaciones en la zona del pulmón, que es el diagnóstico de toda la vida, que no se necesita de maquinaría ni tecnología. Que nada más ver al chaval se dijo "este sí está malo", de entre todos los que van a la consulta sólo a hacer botiquín para las épocas en las que no hay médico.

Y terminamos de comer, y duchita de la peña, escribir lo que me dé tiempo y a Granada a por el bus a Masaya. Pete llega el último del curro, como siempre, cuando ya se han bajado unos cuantos y sólo quedamos Jose, Lau, Klara y yo. Jose y Lau se ponen en camino y Klara y yo esperamos a Pete, y yo gritándole en el último momento a Jose que nos vemos directamente en la estación de autobuses, que con el resto ellos se juntan en el cibercafé a eso de las tres y media. Que a menos cuarto allí, en lo que llamamos estación de autobuses y sólo es un solar de arena, rodeado con vallas de uralita y puestos de chapa o bambú ofreciendo fruta empaquetada, o fresco en bolsitas, o bollería dulce y salada; carteles anuncio roídos y de eslóganes malos y modelos nacionales; perros cojos y esqueléticos que van en parejas; niños con bigote de mocos y saliva seca, pelo sucio y revuelto y ropa hecha jirones, husmeando por ahí o vendiendo refresco, tabaco, cerillas y caramelos; voceros anunciando el destino de los autobuses, Managua, Managua, Managua, Masaya, Masaya, Masaya, y gritando suave, suave cuando llega un pasajero corriendo y ale, ale, cuando éste ya se ha subido y el bus puede continuar; y furgonetas viejas, minibuses con "Expreso" escrito sobre la luna delantera y que resaltan entre tan demacrados medios de transporte colectivos, y autobuses escolares yankis de los sesenta pintarrajeados y decorados con grandes frases religiosas tipo "Bendice este autobús y sus pasajeros", "No necesito nada más que a Cristo", "Yo manejo, Cristo me guía", y con escaleras trepando hasta el techo por la parte trasera para que los trabajadores coloquen la mercancía de los pasajeros con más bultos.

Llegamos y no hay nadie de los nuestros. Pete nos comenta a Klara y a mí que no se encuentra del todo bien, que el día en la obra le ha dejado un tanto roto y que le duele la garganta, que o partimos ya o se retira a La Prusia, que a él no le importa tomar decisiones o apoyar las que tomen los otros, pero que lo que no soporta es esperar a que se decidan, cosa que comparto a la totalidad. Así que a menos cinco concluimos que o se han ido ya, o que cuando lleguen y nos esperen un rato corto y vean que no aparecemos, tomarán la iniciativa de coger el bus, que al fin y al cabo sale cada veinte minutos. Así que nos metemos en uno, nos hacemos con un sitio Klara y yo, y Pete en el asiento de atrás, y a en punto salimos, sin meter segunda hasta habernos alejado un buen trecho de la estación, con gente subiéndose casi en marcha por la puerta de adelante o la de atrás, que van abiertas y con los voceros haciendo su trabajo, anunciando a gritos el destino ante cada grupo de gente que encuentran en las aceras, que puede que sólo estén ahí por estar, o quién sabe si treparán al autobús al reconocer su destino en el grito del chaval intrépido que salta y vuelve al bus siempre en marcha, sin trastabillarse nunca. Y ya en la carretera principal, donde está el único semáforo que he visto en Granada, el conductor mete segunda, y tercera, y hasta cuarta, reduciendo sólo ante los silbidos de los pasajeros que quieren bajar o ante los grupos que van apareciendo en la carretera, a los que se les avisa con la bocina, de las de cuerda atada por los dos extremos sobre la puerta del conductor, como las de los grandes camiones, y con la poderosa voz de los muchachos revisores, que ayudan a los pasajeros a subir o a bajar y que van haciendo ronda de cobro de cuando en cuando, diferente precio según destino, nueve pesos (ningún nica dice córdobas) hasta Masaya.

Para qué se requieren paradas de autobús, que las hay, habitualmente vacías, cuando el bus en realidad puede hacer parada donde sea, y por eso nunca adelanta por el carril izquierdo, los coches lo saben y nunca se sitúan cerca del culo del bus pesado y amarillo, y la gente lo sabe y puede estar esperando en cualquier parte. Silbidos y gritos y brazos agitándose sustituyendo a marquesinas fijas cada tantos kilómetros.

Dejamos a nuestra derecha el lago de Managua, vemos trabajadores repintando de rojo y negro farolas y quitamiedos, que el patriotismo también se desgasta y hay que renovarlo a base de brochazos y FSLN escrito por doquier en letras grandes y blancas sobre fondos rojinegros, y algunos negocios de reparación y ventas y un colegio van quedando atrás. Colegiales de pantalón o falda azul y camisa blanca, repartidos por la vera de la carretera, que es hora de salir de clase. En un banco de un parque cercano a la autovía una chica acariciando el pelo de un chico tumbado en sus rodillas, y amigas en corrillo, y amigos hacia la venta a comprar algo o yéndose a casa, y no veo a ninguno fumando. Pasamos por fincas con casas lujosas, casonas de campo para los ricos de la ciudad de Granada o Masaya o vaya usted a saber, que yo soy gringo y nada sé. Y la gente se va apeando y pasamos por un cartel que da la bienvenida a Masaya y Cristo está con los Masayas, y pienso en el parecido a masai, en que suena a muy tribal, los masayas, y llegamos a una glorieta de tres carriles coronada por un cartel electoral de Ortega con una sonrisa suya y un terrorífico eslogan que reza "40 años cumpliendo al pueblo, cumpliendo a Dios", y la cara del corrupto manchada con las pinturas lanzadas por los que no gustan de su gestión y no ven otra manera de hacer valer su opinión, pues lo cierto es que aquí la legitimidad del voto no debe ser tal. Y nos adentramos en la ciudad, que parece más desperdigada que Granada, con un estilo menos colonial a excepción de la avenida de entrada, amplia y con jardines descuidados y con fuentes muertas, mucho cartel utópico de "Mantengamos limpia Masaya", más negocios de todo tipo bordeando la avenida, desde ventas de raspados de hielo (bloques de hielo duchados en fresca más viscosa, con sabor a helado de vainilla y fresa) hasta reparación de móviles, piezas para bici, restaurantes de ceviche (un marisco muy fresco) y al final llegamos al mercado, dónde está la explanada que sirve de estación de autobuses, ésta sin vallar, totalmente integrada en el mercado, que aún tiene más bullicio que el de Granada, es más espectacular y auténtico y caótico, sabiendo, como bien me enseñó Saramago en El hombre duplicado, que el caos es un orden por descifrar. Es más largo y con más entresijos, con los puestos más abarrotados y con productos mucho más variados, muy pródigos en artesanía, y el camino en medio, encerrado entre puestos y comercios fijos y vendedores improvisados.



Klara y yo reconocemos la bici que le robaron a Jose, es idéntica, y tiene mucho más sentido robarla en Granada, transportarla en la baca de un autobús hasta Masaya y venderla en el mismo mercado que deshacerse de ella en la propia Granada. Pero qué vamos a hacer si el chaval que la lleva entre sus piernas, esquivando gente y vendedores, la habrá comprado por un precio justo de un ladrón hijo de puta.

Somos los únicos gringos que vemos en todo el buen rato que nos lleva salir del mercado en busca del centro, en donde suponemos estarán los hoteles, que nos hemos juntado los tres que queremos un hotel bueno y no cualquier hostal, y que cueste lo que tenga que costar, que como dice Pete con mucho acento y abriendo al máximo los ojos y separando los brazos estirados hasta formar una cruz: "no es importante", y yo pago lo que haga falta por un poco de privacidad, que eso sí que es un bien escaso.

Conseguimos llegar al Parque Central, centro neurálgico de Masaya, y pasamos antes por el mercado viejo de Masaya, que está ubicado en lo que parece una antigua fortaleza española, de muralla vieja pero restaurada. Todo es mucho más caro que en el mercado nuevo, que burlonamente es la selva de puestos donde hemos desembarcado. En este lujoso mercado viejo todo está más organizado, no hay venta ambulante y los puestos son como los que ves en cualquier feria de artesanía en España. Es muy bonito, pero sólo tiene encanto para el turista más turista. Y seguimos preguntando por hoteles buenos, y nadie acierta a indicarnos bien, pues inquirimos a la gente por el Hotel Masaya, que hemos visto un cartel en el mercado viejo y tiene una pinta tremenda, en plan sólo once habitaciones, con camas coloniales y una piscina en un patio central. Pero tras mucho preguntar y deambular terminamos en la Casa de Huespedes Masayita por las indicaciones que nos han ido dando, sito en un barrio que no da muy buena espina y en el otro extremo del lujo que queremos. Así que retrocedemos hacia el Parque Central, y esta vez le pregunto a un policía que está apoyado en un busto de un parquecito, y muy solícito él me dice que el Hotel Masaya queda lejos, que habría que ir en taxi, pero que un hotel bueno es El Costeño, que está cerca del Parque Central, pasado el semáforo que funciona, una cuadra en dirección este y cuatro en dirección sur, que aquí las direcciones funcionan así, ni siquiera va por izquierda o derecha, y a mí me han jodido, que sólo sé dónde está el oeste cuando anochece. Además de que esté más cerca del centro de la ciudad, el policía nos dice que El Costeño está en un sitio "libre de criminales, allá no van".

Resulta que nos orientamos estupendamente y nos hacemos maestros en los puntos cardinales, que la orientación de Klara es tan penosa como la mía y Pete se muestra dubitativo, pero lo conseguimos a la primera y llegamos a un hotelito de dos plantas, alargado, con unas quince habitaciones y un patio al fondo, y está todo pintado y decorado con motivos africanos y reggae, y Bob Marley en retratos y pósters por doquier.

Pete, que ni me ha preguntado, es educado, discreto y observador, se acerca a recepción y pide "dos habitaciones, por favor", aunque somos tres. Él se lleva la dos, nosotros la tres, y resulta que son iguales, camas grandes, tele con satélite (zapeo y descubro Antena 3, qué yuyu), baño particular y un ventilador silencioso. La cama tiene la misma madera que las de La Prusia a modo de somier, pero el colchón es de otra división, de otra categoría no rompe espaldas, y a mí me viene estupendo que las lumbares aún están en pie de guerra.

Me doy una ducha y no tiene agua caliente, y la presión no es mucha, parece que alguien se está duchando también. Esto no vale diez dólares, pero me importa tres cojones si tengo una cama que compartir con una alemana sin preocuparme de que entre alguien o algo, y sin mosquitera, que aquí no hay motivo.

Nos vamos a cenar al Parque Central, donde hay muchos chiringitos con terraza rodeando una fuente con un lago pequeño que bordea una isleta de mármol accesible por una rampa y en las que los chicos hacen breakdance, esta vez sin pedir un peso, como en la Calzada de Granada, esta vez sólo por bailar. Toda la estructura de la fuente ornamentada está rodeada de columnas y techada con una bóveda sobre la que descansa una mujer desnuda y en pie.

Nos ventilamos una pizza, mitad hawaina, mitad pepperoni, y unas pepsis, que no sirven alcohol en los chiringuitos pero permiten que te acerques al Pali junto al parque para que te compres unas birras y las consumas en la terraza. Y seguimos sin ver a un gringo, y la camarera nos pregunta que en cuántos trozos queremos la pizza, si en ocho o en nueve, por eso de que somos tres, y Pete y yo nos quedamos asombrados porque somos conscientes de que, miles de pizzas después, es la primera vez que nos lo han preguntado, y es útil y lógico de cojones. Antes de que llegue la pizza nos tomamos las pepsis, así que Pete se acerca al Pali y vuelve con latas de cerveza Victoria. Nos atosigan muchísimo menos que en Granada, venden hamacas de calidad, se ve, y tabaco, y alguno nos pide un peso, pero no es ni de lejos el acoso de la turística y colonial y costera Granada. Charlamos sobre que los ingleses no pueden hacer la doble r, y de repente me acuerdo de que cuando yo era pequeño tampoco podía, debía de tener unos cinco años o menos, y entonces mis padres me llevaron a un logopeda, y el secreto era llevar la lengua al paladar y chasquearla, haciendo la a y la o. Tlac, tloc, tlac, tloc, y así durante mucho rato, y Pete lo encuentra razonable, pues es una forma de fortalecer la lengua, y se pone a hacerlo y me descojono de la risa viendo a un cincuentón yanki haciendo los ejercicios que a mí me recomendaron cuando era un mocoso y que no sé porqué recuerdo, pues nunca me volvió a parecer útil, hasta este momento, que le he dado un buen remedio a Pete para que mengue su acento.

Nos soplan doscientos córdobas por la pizza familiar y por las tres pepsis, me resulta caro de cojones, más que las hamacas buenas, y qué curioso que sea exactamente doscientos córdobas, diez dólares clavados. Pero bueno, sólo son diez dólares, unos siete euros, ya ves tú. Sigo cometiendo el error de hacer el cambio mental, pero ya voy reconociendo los palos que me dan los avispados comerciantes.

Nos metemos en un mesón con paredes abiertas al exterior, que debe ser el mismo en el que estuvo Jose bebiendo cerveza en solitario en su primer viaje a Masaya por la descripción que me dio. Y acertamos, porque medio litro de Flor de Caña, esta vez con zumo de naranja, y un litro de Victoria después, aparece el resto de la comitiva de voluntarios. Nos estuvieron esperando en el ciber, porque a Jose se le olvidó que con nosotros habían quedado directamente en la estación de buses y lo recordó tarde. Así que qué empiece la fiesta. Son las nueve, la hora de Pete, que se retira a la cama a descansar los brazos y la garganta.

El mesón tiene mesas de madera, unos baños cutres al fondo (de beige la mitad de la pared que ocupa el servicio de ellos, de turquesa la de ellas, que son los mismos colores que compraron Vanessa y Reanne para pintar los armarios que construye Ben, y se descojonan por la coincidencia porque es que resulta que no encontraron otros colores, y eso que ambas odian esa estridente combinación). Sobre la pared bicolor donde están los retretes tapiados, una tele retransmitiendo lo que sea. Al otro lado de la barra, un jukebox moderno con todo tipo de canciones. Ponemos Pimpinella y los Hombres G y nos lo pasamos en grande rememorando míticas letras españolas, que estamos hasta los cojones de tanta bachata y tanta ostia, y que además luego tiraremos para una discoteca muy nica que nos han recomendado y allí ya no hay quien nos salve de los bailongos ritmos latinos.

Tres Flores de Caña después tiramos hacia la discoteca con otros dos yankis residentes en Granada amigos de Haley, que son los que nos han contado lo de la fiesta en esta ciudad con tan poca pinta de festivalera.
Hacemos una parada en una venta a mitad de camino para comprar guaro. Y una botella de Fanta, y el cubata se hace en la boca como nos enseñó a algunos Torrente, y así trago a trago damos buena cuenta del licor repugnante y barato.

Hay dos discotecas, una pegada a la otra. La primera se llama Coco Jamboo, es alargada y con muchas luces decorando el interior. Pero nos decidimos por la otra discoteca, de nombre olvidado, con la misma pinta que la anterior, techo alargado de uralita y poco más. A la puerta, enrejada y cerrada con una cadena, debatimos precio de grupo y me dedico a recaudar la pasta. Nos dan tres entradas de menos diciendo que no importa, pues vale, y un ticket para el sorteo de regalos que van a hacer en media hora.

Sólo hay nicas en el local, y son muchos. Es básicamente una carpa de suelo de tierra, como las que montan en los pueblos españoles cuando llegan las fiestas patronales, con muchas mesas y sillas alrededor de la pista, una barra en una esquina, un proyector y la mesa del DJ en el lado opuesto a la puerta, y los baños en la esquina contraria a la barra. Algunos ocupan una mesa alargada y otros nos quedamos en la pista, bailando directamente. Un par de canciones después me acerco a la mesa, pero veo a Jose y a Ale con el codo en la barra, haciendo el cliente español. Me uno y nos echamos unas risas sabiendo que somos los únicos que se quedan en la barra algo más de tiempo que el necesario para pedir.

Reanne, Vanessa y Klara compiten a ver quién es la que menos veces es requerida por nicas para bailar. Termina ganando Reanne con once, Klara pierde con quince. Lo rubísima que es Reanne seguro que les impone a los nicas, acostumbrados a lo azabache. Algunas de mis compis aceptan invitaciones a bailar y la mayoría llevan un pedo gringo muy majo. Eli vuelve desconcertada de un bailoteo contando tronchada de la risa que se sentó en una mesa equivocada y que le ha costado sangre encontrarnos, y que está convencida de que nos hemos movido de sitio.

Se me adoba Yilbert, un chaval de unos veintipocos muy pesado, de padre "famoso" por el beisbol. Me dice que por ser quién es su padre, él es respetado, que la gente le conoce y no le hace nada malo, que nos acompaña hasta el hotel si hace falta, porque anuncia que daría su credencial por mí, que lo jura por su madre, que es lo más sagrado, aunque yo le diga que no sea exagerado. Me pregunta que qué opinan mis amigos de él, parece preocupado por su fama, y yo le digo que no lo sé y que le debería importar poco, que parece un chaval majo y eso es lo que cuenta. Me inquiere por donde vivo y me insiste en quedar en Granada para salir. De repente se confiesa enamorado de Eider, que lo cierto es que triunfa mucho en tierra nica.

A las dos cierran, y el Coco Jamboo también. Y la gente se muestra decepcionada porque están demasiado pedo como para irse a la cama. A mí me vale, que todavía no me he conseguido emborrachar de verdad en este país y retirarme me parece una opción estupenda. Volvemos andando de vuelta al Parque Central, yo con Yilbert a menos de quince centímetros de mi cara contándome su vida en verso y lo mucho que quiere quedar con nosotros mañana. Yo le digo que hemos quedado todos a las once de la mañana en el parque para ir al volcán, pero que no prometo aparecer, que estoy con una chica que duerme mucho y a mí no me importa quedarme a mirarla soñar. Me dice que él trabaja a las diez, pero que en realidad son horas extras y que si es por mí, no va. Le digo que el trabajo es lo primero, que se deje de bobadas, pero él insiste, incluso quiere acompañarnos a Klara y a mí al hotel para que no nos pase nada. Le digo que quiero ir solito con ella, que muchas gracias pero que nos apañamos. Mañana a las once, que sí, hombre que sí.

Y al hotel, con Klara borrachísima y desnucándose en la cama nada más llegar, y yo lavándome los dientes.