viernes 20 de noviembre de 2009

Bisbal, siempre es un placer tenerle con nosotros

15/11/09

Nos levantamos a eso de las nueve pero salimos de la habitación a las diez y cuarto. Desayunamos donde nos descubrió Pete, que es domingo pero el local tiene su cartel de neón iluminado y anunciando manjares. Me acerco a comprar tabaco a un vendedor ambulante y me dice que el paquete de Belmont rojo es 40 córdobas. Le digo burlón que ayer eran 30, y su única reacción es una risa bobalicona que acepta mis 30. Será posible, te la intentan clavar como sea y si no lo consiguen lo único que hacen es seguir riéndose del gringo.

A las once menos diez estamos en el parque y a y diez decidimos que Cata, Ale, Marta, Haley y Edier no han confiado en nuestra palabra y se habrán pirado ya. Nos movemos y cogemos el bus a Granada, Granada, Granada al vuelo.

Antes de entrar en Granada, el autobús tiene que parar a echar gasolina, y todo suave, suave, que la prisa no se inventó para el Trópico.

Pasamos por el Pali y vemos a Terry, tan amable y preguntón como siempre, insistiendo en el plan de irnos a ver las isletas del lago Cocibolca con nuestra botellita. Le sigo diciendo lo mismo, que los fines los tenemos liados pero que yo le llamo para confirmarle, que la verdad es que el plan puede ser apetecible. Y nos vamos al ciber, a ver mails y comer algo. El camarero habitual, bajito y rechoncho, de pelo rizado y grasiento me suelta "Bisbal, siempre es un placer tenerle con nosotros". Desde que me conoció me llama el español o directamente Bisbal (en Nicaragua te robé el mote, Zurcovas), y qué bueno que el camarero te conozca y sea amiguete, todo se vuelve más acogedor.



Nos subimos en un taxi a la puerta del Hotel Colón y el conductor nos desvela que hay un proyecto para asfaltar el camino hasta la ceiba, que eso sí es terreno municipal, pero quién sabe. Nos informa de que todas las casas que están pegadas al camino están construidas sobre suelo municipal, que sólo los que están al otro lado del vallado son fincas en propiedad.

Mientras él habla por los codos, encantado de saberse más sabio que sus jóvenes pasajeros, nos cruzamos con Lenin y unos cuantos de los Alcones, que bajan uniformados como pueden a jugar su partido dominical. Lenin me sonríe y me apremia con la mano para que les acompañe, pero le pongo cara de circunstancia y cada uno continúa su camino. Me hubiera gustado unirme, pero estoy molido y necesito llegar a lo que llamamos casa, y lo es, que como dice el taxista, allí donde duermes al menos dos noches seguidas, puede convertirse en tu casa.

Allí andan algunos de los integrantes del viaje a Masaya. Lau me dice que ha dormido catorce horas del tirón y que Jose se ha ido a la laguna todo el día con un yanki que llegó el viernes, cuando no había nadie, pues le esperábamos para el día 20 pero no quiso esperar tanto. Se llama Mitch y es de Boston, de 22 años. Lleva su pelo negro en trencitas y recogido hacia atrás con una imperceptible diadema de goma negra. Viste barba de tres días, muestra un buen dominio del español y parece muy resuelto. Me da la impresión, con lo poco que valen las primeras impresiones, que es el mítico estadounidense que se cree a vuelta de todo.

Cuando llegó el viernes sólo andaba por aquí Tess, con lo que tuvo suerte. Le acomodó en la casa azul, pero va a ocupar alguna cama libre de la casa amarilla, que como no sabían dónde estaban las llaves pues no ha podido establecerse todavía. Tras alojarle se lo llevó a su casa con Endika, con lo que nos dice que sin problemas, que muy bien el fin de semana.

Klara y Haley quieren jugar al Catán, el jodido juego de estrategia, pero nadie quiere, todos amedrentados ya, así que se van a por Alex, el nica, a buscarle a su casa. Ese se apunta a cualquier juego.

Ale me cuenta la siguiente historia que le ocurrió a Lau y a Jose, muy apropiada para vivirla con la resaca sin dormir que llevaban estos: resulta que Eva no se había enterado de que habíamos cambiado de sitio el lugar para esconder las llaves de la casa amarilla, aunque se dijo en reunión, y cuando Jose y Lau llegaron arrastrándose se la encontraron en proceso de desquicie absoluto, principalmente porque estaba con el ataque de ansiedad lógico por no haber podido meterle mano a sus medicinas. Ha terminado habitando con la doña, pero sin pegar ojo esa noche por la falta de su droga dura. Y todo esto con Jose y Lau con cara de pasa y unas ojeras del tamaño de sus mejillas, aguantando el chaparrón y Carlos de fondo pegando tiros, que parece que ha habido gente husmeando por ahí, porque se nos fue la olla y dejamos las luces de los porches apagadas, cosa que no es recomendable. No puedo parar de reír con la historia, que el murciano tiene gracia de monologuista.

Llegan Klara, Haley y Alex y se unen a Eider para echar el fatídico Catán, y luego una escoba a la que se apunta Ale, y luego lo que sea menester, non stop.



Si le preguntas a Alex por una suma o una resta, te dirá tímido que no sabe, pero es el más rápido jugando a la escoba, aprendió a la primera a jugar al ajedrez y te responde de inmediato cuántas bolsas de cemento faltan, cuántas sobran, las barras de metal que necesitamos si resulta que hemos traído cinco de más del almacén, etcétera. No se le escapa nada en cuanto al conocimiento aplicado, pero conocimiento teórico no se lo reconoce a sí mismo. No es falsa modestia, es que realmente está convencido de que una resta de dieciséis menos cuatro no la sabe hacer, pero sí sabe que si suma once a su cuatro de bastos hace escoba, y no necesita ni un segundo para concluirlo. Suele ganar a los naipes.

Pete me pide una clase de español. Tiene problemas con la expresión "hace falta", cuándo se usa con el verbo auxiliar hacer y cuando no, y me doy cuenta de que son buenas dudas, de que en realidad no sé explicar cuando se usa "a esta mesa le hace falta madera" y cuando "a esta mesa le falta madera", pero me las apaño para sacarme una regla de la manga que le satisface y me agradece sobremanera con un "thanks Julio, you are the man". Y hablamos los dos con Cata sobre la obra, que está exasperada porque el otro día bajó la doña y decidió que el tejado no le gustaba como iba a ir, cuando estaba bien clarito en los planos, pero resulta que ella los ha consultado ahora, con todo casi por terminar, y ha descubierto que su gusto personal no coincide con algo que no va a ser su casa. Ese capricho conlleva nuevos materiales y más tiempo, y volver loco a Pico, y Cata no sabe por dónde canalizar su frustración. Pico, por suerte, es, aparte de un perfeccionista crónico, un hombre de pocas palabras al que todo le parece bien de primeras pero luego estudia por su cuenta, que a él le pagan por horas y le parece que todo tiene solución con meditación y trabajo duro.

Otro tema es que además el techo está ya encargado de la manera en la que los que saben habían decidido. "She is so foolish", sentencia Pete, y no existe palabra en español para traducirlo, que queda entre payaso y tonto, pero no es tan hiriente como ninguna de las dos. Tal vez inocente, bobalicona, no sé. "
You know, as we say in the States, it's not my house, I don't care", finiquita Pete.

Algo habrá que hacer de cenar y Klara y yo pensamos en una carbonara, que tenemos todavía bacón del que compró para su desayuno estupendo. Hemos compartido gastos el fin de semana y ahora planeamos juntos la cena. Conclusiones obvias para el lector.
Se nos une Ale en el plan de la pasta y nos lo curramos entre los dos, con mucha pimienta, con leche y huevos, sin nata, como me enseño Helena, la amiga italiana de mi brother, y con el maldito bacon que resulta que es de pavo, no tienen ni puta idea aquí.

Después de cenar, el médico repasa las últimas novedades de este diario y yo me meto con los números primos de Giordano. Me como los dos primeros relatos y me entusiasma cómo cierra el primero y cómo cuenta el segundo, ambos deprimentes y tremendos. Y a la cama que mañana es lunes y toca apisonar el suelo.

Buscando a Perséfone

14/11/09

A las seis de la mañana, una hora estupenda para nada, unos diez millones de gallos montan un concierto estridente al otro lado de la pared de nuestra habitación. Klara soba como siempre, es una peque y ni un terremoto la despertaría, y yo le susurro que estamos en un hotel, que es reina por un día y que si quiere llegar tarde pues llegamos tarde, qué cojones, somos tan fucking cool. Así que ahí la dejo, dormidita, y rulo por el hotel. Al fondo descubro el patio y las suites al otro lado, con aire acondicionado cada una. Me asomo por la pared en un lugar bajo y descubro gallos encerrados individualmente en jaulas pequeñas. Debe ser un criadero de gallos de pelea y esos deben ser los responsables de que yo no haya podido dormir alguna hora más, que las estoy pagando, cabrones.

Pete está también despierto y con la puerta entreabierta, con su libro de español, su cuaderno y su diccionario en la cama. Ha dormido estupendo y ha aprovechado la mañana que yo empiezo a vivir para buscar un ciber, que hay muchos, pero ninguno con Skype, que es lo que quería, para charlar de verdad con su mujer. Me dice que se ha pedido un café en un sitio y que ha flipado de lo malo que estaba, que eso debería ser delito en Nicaragua.

Andamos hasta el Parque Central en una mañana de mucho calor y nos sentamos en una de las terrazas, muy cuca, con sillas y mesas hechas de ramas peladas de madera, muy monas e irregulares. Pero son mormones y no sirven café, aunque yo no lo sea que soy el que me lo voy a tomar, que los mormones no pueden tomar nada que les afecte al estado de ánimo, y aun así nos recomienda un zumo de naranja con piña, menta y jengibre, que no sólo va bien para el riñón, dice, sino que además nos da energía para todo el día. En qué quedamos, mormón. Lo cierto es que el zumo está increíble, muy ácido pero muy rico. Pero queremos café, coño, tan sabroso pero aguado como siempre, que ya me he acostumbrado. Pete ha descubierto un sitio para desayunar antes, en su búsqueda de tecnología, y nos dirigimos para allá. Pasamos por delante de la comisaría, cochambrosa y de la que salen policías de dos en dos en bici. El sitio de los desayunos es como muy yanki, con un gran ventanal por fachada, mostradores con la bollería, cafetera de bar, y un cartel de neón que reza abierto, cada letra de un color y enmarcada en un tubo iluminado de verde. Tiene un agente de seguridad que se aburre tanto que sólo se dedica a abrir y cerrar la puerta para los clientes, con lo poco que me gusta que me hagan eso si no va a ser como cortesía para pasar después de mí. Me decanto por un croissant relleno de jamon york y café solo, y ambos cumplen con creces.

Volvemos al hotel y recogemos a Klara, que ya es persona y la ducha le ha quitado algo de la resaca. De vuelta al parque nos encontramos con Vanessa, Reanne, Alba y Eli en una de las terrazas del parque. Están todas moribundas y Alba y Eli se van para Granada, que hay fiesta en La Prusia, organizada por una asociación de allí que se dedica a recaudar fondos para diferentes actividades, y el domingo inician una semanita de vacaciones en la isla de Ometepe, en el Lago Cocibolca.
En cuanto a la fiesta de esta noche en La Prusia, la doña no quiere que vayan voluntarios, que se va a beber, y no hay cosa más hipócrita. Decirle a alguien que te invita que no vas porque no quieres participar en su borrachera es poco más o menos insultarle. Si quieres formar de verdad parte de una comunidad, cómo no ir.

Por su parte, Vanessa y Reanne se van a ver la casa que van a alquilar los padres de Vanessa cuando vengan el 22 de diciembre, que está lejos, en Pochomil, en la playa, pasando por Managua y luego otra hora y media de bus. Con un par.

Eli se ha desayunado dos hamburguesas con queso, el resto una sola y limonada para todos. Nos cuentan sus mejores momentos de anoche, la locura de entrar en su hotel totalmente borrachas y que Jose y Lau se han ido de vuelta a Granada prontito por la mañana, que tenían tal resaca que no se planteaban otra cosa que morir en la hamaca. Así pues sólo quedarán en la ciudad Ale, Cata, Marta, Eider y Haley, que por cierto nos están esperando en el otro extremo del parque desde las once, y faltan veinte minutos para el mediodía. Les busco y no les veo, así que deben haberse ido al volcán por su cuenta. Nos zampamos nosotros también una hamburguesa, pieza angular de todo desayuno nutritivo, que sentenció Jules Winnfield antes de reventarles los sesos a tiros a un par de negros, y un zumito de naranja. Todo el mundo se empieza a mover a sus respectivos destinos, y Pete, Klara y yo tiramos para el mercado viejo, el pijo y amurallado, antes de subir al volcán, que hace un sol poderoso y Pete se ve en la necesidad de un sombrero. Klara además quiere un bolsito pequeño, mítico de artesanía.



Al tercer puesto donde preguntamos por precios nos convencemos de que este mercado es demasiado caro, pero aun así le damos la vuelta completa, que es muy bonito, con su escenario para conciertos y todo. Pete termina comprándose una camiseta negra en la que pone en blanco Me vale verga todo.

En el mercado nuevo, el de verdad, encontramos finalmente el sombrero que buscaba Pete, que es como el que le robaron a Jose, de pita, muy moldeable y ligero. Se me ocurre que sería un gran detalle comprarle uno también a Jose. Así que regateamos el precio, que son dos sombreros al fin y al cabo los que nos llevamos del mismo puesto, pero sólo conseguimos reducir el precio en 20 córdobas. Pete se cachondea con los vendedores de sombreros, diciéndoles "cabeza mía muy grande, pero no listo, sólo piedras en cabeza", y a ellos les encanta, se cercioran de que los gringos somos estúpidos y payasos. Finalmente encuentra uno que le cabe, y lo transforma convirtiendo un sombrero de campesino en una suerte de sombrero de cowboy, con las alas plegadas y juntándose en punta sobre la frente, y hundido en la cabeza. Klara encuentra por fin un bolsito pequeño que le mola, y regateamos y nos hacemos con él por 150 córdobas, 50 menos de lo que pedía el vendedor al principio. Contentos con las compras, nos montamos raudos en el autobús que va a Managua, y le digo al chico que vamos al volcán, que paré a la entrada del parque natural, que está en la misma carretera. Y salimos, con el chaval gritando Managua, Managua, Managua. El trayecto hasta la entrada del parque natural debe ser corto, y llegamos a ver el volcán, que se acerca, que se acerca, y que nos lo pasamos. Mierda. Qué importante es saber silbar fuerte en este país. Es una forma de comunicación en toda regla. Nos levantamos rápido, despertando a Klara, por supuesto, y le recrimino al chico que íbamos al volcán, y sin cambiar de expresión hace parar el bus un kilómetro más allá y me pide la misma pasta. Le importa tres cojones, sólo somos unos gringos inútiles que tendríamos que haberle avisado antes, que decírselo al principio del trayecto es absurdo porque es obvio que no va a hacer el esfuerzo de recordar donde se baja cada uno. Nicaragua es así. Desandamos un kilómetro por la carretera, dos carriles por sentido y una jardinera separando ambas direcciones, y la tenemos que cruzar en un momento de locura, pero lo conseguimos.

En la entrada al parque natural el de recepción nos pone al día de los precios. 80 córdobas por persona para acceder al recinto, de cincuenta y cuatro kilómetros cuadrados y con una carretera empinada para llegar al volcán. 35 córdobas en total si queremos que nos suba una camioneta o jeep, y otros 35 si lo queremos para que nos traiga de vuelta también. Y 150 córdobas entre los tres si también queremos visitar las cuevas. Por supuesto, pillamos el lote completo, que además para lo de las cuevas te acompaña un guía, y podemos elegir el idioma en que hablará. Pagamos la entrada y me hacen firmar en un listado con el que llevan el control de los visitantes. Tengo que rellenar con mi nombre, el número de personas del grupo, la hora que es, la firma y mi nacionalidad. Echo un vistazo al listado de turistas anteriores y veo que sería posible hacer un mundial, hay de todo. Se me ocurre preguntar por un grupo de cuatro españoles y una canadiense y me confirman que ya salieron hará como una hora.

Saltamos a nuestra camioneta y se nos unen un ex trabajador del parque que va con sus dos hijos, él de ocho años, ella de unos cinco. Ahora es bombero y como sabe inglés, nos va haciendo de guía improvisado y gratuito hasta el volcán. Nos muestra una senda por la que se pueden ver fumarolas, nos relata el incendio que hubo el año pasado y en el que él estuvo trabajando en la extinción. Les llevó doce días, trabajando de seis a seis y subiendo el agua a sitios inaccesibles simplemente amarrándose cubos a la espalda y andando todo el camino para arriba.

Una vez en la explanada donde nos deja la camioneta nos dicen que nuestro guía contratado y bilingüe aún no ha llegado, así que hacemos tiempo admirando el cráter Santiago, uno de los tres del volcán Nindirí, que está a unos doscientos metros del volcán Masaya. Nos cuentan que sí, que en principio era un solo volcán, pero hace un millón de años estalló de tal manera que se partió en dos, formando cinco cráteres. Santiago es el único activo y el que tiene más tirón claro. Una intensa columna de humo oliendo a azufre sale de las profundidades del cráter, que se va estrechando a medida que va hacia abajo, dejando para el final un agujero que a esta altura parece pequeño pero debe ser de unos veinte metros de diámetro. Paredes amarillas y negras descendiendo hasta el infierno.





Al lado de la muralla que evita que te creas Teseo en busca de Perséfone hay un cartel avisando de los peligros de visitar un cráter activo. Recomiendan no quedarse más de veinte minutos, y que ante cambios bruscos de viento te cubras la boca y la nariz, que son gases tóxicos lo que sale de las profundidades. Pero el aviso más impactante reza: "Si el volcán empieza a expulsar rocas, refúgiese bajo los coches".

Es espectacular, es el poder de la tierra ante tus narices. Subimos los 170 escalones hasta el mirador y la cruz de Bobadilla, "erigida por el Padre Francisco de Bobadilla a inicios de la conquista", leo en la información panfletaria, que tiene un pararrayos en la punta. Subimos también con el bombero y sus hijos y las vistas son espectaculares. Puedes ver los tres cráteres de Nindirí y más allá nuestro familiar Mombacho.



Al otro lado, el lago Managua y el volcán más alto de Nicaragua, el Momotombo, flanqueado por su hermano menor, el Momotombito. Desde lo alto vemos que hay un nuevo guarda bosques hablando con el conductor que nos ha subido e intuimos que es nuestro guía, así que allá que vamos. El bombero y sus dos hijos también van a las cuevas.

Es un guía realmente competente y con un perfecto inglés, pero sigo teniendo una alta incapacidad para quedarme con los nombres nicas. Nos da un casco y una linterna que nos hace parecer más gilipollas y allá que vamos.



Ascendemos por el camino que va por entre los dos volcanes, dejando el Nindirí a la derecha y el más aburrido Masaya a la izquierda, en dirección a las cuevas, encarando lo que yo diría es dirección norte y con un buen tramo en bajada. El camino de grava desemboca en un bosque de árboles bajos con ramas fuertes, desarrollados así, explica el guía, como hermanos mayores de los bonsáis, para evitar los vientos que cargan azufre. A la entrada del bosque están las cuevas. La gente que vive cerca de ese paisaje brillante y verdoso que se erige sobre roca agujereada, marrón y amarilla, tuvo que dejar de plantar arroz y legumbres porque la acidez del suelo lo envenenaba, y ahora sólo se dedican al cultivo del cactus de pitaya (rica fruta con la que se hace el fresco más popular) y piña, que saben aprovechar el suelo ácido para crecer monstruosas.

Resulta que en realidad hay 15 cuevas transitables, pero solo permiten el acceso a una pues es la única que no usan los murciélagos para anidar y salir, que son especie protegida. Puede haber alguno, pero es murciélago común. Los vampiros y otras especies están en las otras cuevas. El guía nos pone los dientes largos contando que de cuatro y media a cinco salen unos 20.000 murciélagos a la vez de una cueva que acabamos de dejar atrás, y las serpientes se quedan colgando de las ramas próximas para ver si cazan alguno al vuelo. Vale, volveremos para hacer la ruta nocturna, le prometemos.

La cueva Tzinacanostoc tiene unos 250 metros de largo, pero solo los primeros 170 metros son accesibles. Por el guano, abono excepcional donde los haya, y que no es otra cosa que mierda de murciélago, las raíces del chilamate blanco, un árbol descomunal y multitudinariamente ramificado, llegan hasta el suelo de la cueva, desperdigándose por paredes y suelo resbaladizo como una medusa dormida.

Haciendo espeleología por primera vez en mi vida, me sitúo junto al guía, los dos abriendo el paso, y por eso soy el único que ve algunos murciélagos colgados bocabajo y abrigados con las alas plegadas. En cuanto nos acercamos o les hiere la luz, se alejan a la profundidad.

El trecho visitable termina en un círculo ancho y de techo elevado, que la lava es caprichosa cuando le da por hacer de ingeniero de túneles y caminos. El resto de la cueva queda sepultado por rocas desprendidas.
En este mismo círculo, donde estamos un yanki, una alemana, un español y cuatro nicaragüenses, todos con casco amarillo y linterna mala, los incas seleccionaban a los niños que serían ofrecidos en sacrificio al dios del volcán, para aplacar su ira. Y era un honor para la familia que su hijo fuera escogido, pues suponía años de cosecha y fertilidad.
Mucho tiempo después, ya no hace tanto, con la guerra contra Somoza, el ejercito del dictador bombardeó Masaya, y muchos de sus habitantes se refugiaron en el interior de esa misma cueva, y que fueron las bombas las que desprendieron la pared de rocas que tenemos delante.

Y eso es todo, que es bastante. Media vuelta, que sólo se puede salir por donde se ha entrado. Pete se mofa de mí porque, siendo un único camino, me las apaño para meterme por donde no debo y terminar con la nariz pegada a la pared. "Your orientation is so bad that you can even get lost in a cave with just one way in and one way out".
Salimos y ascendemos de nuevo, para luego bajar hasta la explanada donde nos espera la camioneta de vuelta.

Cogemos el bus a Masaya, Masaya, Masaya. El único asiento que queda libre para mí es el de la primera fila, al lado de la puerta de la que cuelga el muchacho, así que estudio su trabajo. Es educado, ayuda a madres y a niños, reclama que se ocupe el centro que va vacio, y Masaya, Masaya, Masaya, y mercado, mercado, mercado.
Nos apeamos, vamos al hotel, dejamos las cosas, duchita, y a comer algo. En otro mesón que hace esquina con el Parque Central pedimos pescado y hablamos de cine y le confieso a Pete que me sorprende muchísimo que viese Los lunes al sol, que probablemente sean él y otro tipo raro el único público estadounidense que ha tenido Santa. Pete le cuenta a Klara la escena de cuando Bardem le lee al niño pijo el cuento de la cigarra y la hormiga, que esa escena le llegó al alma, que flipó con la peli, y me pregunta que quién es el director, que tiene que ver más pelis suyas. Le digo que es Fernando León de Aranoa, un Ken Loach español, que hay quien le critica que no sabe hacer otra cosa que cine social o político. Pete frunce el ceño y me responde con sonrisa soberbia que qué cine no lo es, que hasta las pelis de Bourne lo son. Termina reconociendo que su problema es que le gusta tanto el cine que no ha visto suficiente cine malo.

Hacemos desaparecer el pescado, empanado, servido con ensalada, arroz, puré de patata y plátano frito, y nos vamos al mesón donde ya nos encontramos con el resto ayer, y a los que nos volvemos a encontrar a los diez minutos de sentarnos. Hay combate de boxeo en la tele y el otro bar que queríamos conocer está atestado de aficionados, así que nos vale con lo malo conocido.

Aparte de Klara, Pete y yo ya sólo quedan Ale, Cata, Marta y Eider, y también Haley, pero ésta se ha quedado en el hostal, tirada y viendo la apasionante programación nica en la tele, que ellos no tienen satélite y se tendrá que tragar lo que la echen. Cuentan que la canadiense les ha vuelto un poco locos, que se ha tirado todo el día que si esto no lo quiero hacer, quiero esto, quiero aquello, vámonos ya que no me gusta...

Nos cuentan que el volcán no les ha gustado, que han subido a la cima directamente en un taxi cogido desde Masaya, 40 córdobas por cabeza, muy barato, y que han subido, se han asomado al volcán y poco más, que no les ha impresionado, pero que probablemente fuese porque tampoco estaban con todas las ganas, resacosos ellos. Han invertido veinte minutos en el parque, y teniendo en cuenta que cinco son de ida en coche y cinco de vuelta (los ha recogido un pick up de turistas para evitarles el penoso descenso), con diez minutos de mirar, un par de fotos, pues muy bien y para abajo, es difícil que algo te llame la atención. Nosotros le contamos lo nuestro y concluimos que sí, que la diferencia de pareceres se debe a la falta de guía y de sueño.

Nos metemos entre pecho y espalda una Victoria de litro y nos movemos afuera a que estos cenen algo. Se decantan por la misma pizza que nosotros, pero en otra pizzería, y aunque esta vez lo que se piden es una botella de un litro y medio de Pepsi, el precio es 170, que debe ser el precio real. Y volvemos al mismo mesón a por más birra, pero la gente está cansada y no habrá fiesta. Sólo Klara se muestra algo decepcionada por la falta de ritmo en nuestros huesos.

Eider sigue triunfando con los autóctonos. Se le acerca un nica de unos cuarenta y proveniente del jukebox y le susurra "this song is for you", que si somos gringos se nos habla en inglés. Me pregunto si por su pelo negro y sus ojos verdes Eider es el modelo ideal de mujer para un nica, pero al español medio probablemente no le gustase, demasiado grande y anchas las fosas nasales y las cejas en exceso tupidas.

Pete dice que él se irá prontito por la mañana, que no contemos con él, y Klara y yo quedamos con Ale and company a las 11 en el parque, pero sin prometerles nada, que ya saben cómo soba la pequeña alemana.

La mayor parte concluimos que Masaya nos gusta más que Granada, que nos resulta más auténtico, abierto por los cuatro costados y más representativo de lo que debe ser Nicaragua, aunque ninguno de los que estamos somos veteranos.

Nos retiramos pues al hotel, donde mantengo una charla tremenda con Klara, desnudos y felices, intimando y conociéndonos más, y aquí lo dejo, que lo que ocurre entre dos entre sábanas de hotel, se queda en el campo de juego. No porque yo quiera, que ya saben mis asiduos que raudo cuento lo que sea en el blog, sin dejarme detalle.

jueves 19 de noviembre de 2009

A muerte con los escorpiones, la maza del bárbaro, y por fin Masaya

13/11/09

Hoy tampoco voy a ir a la obra, así que aprovecho para hacer la limpieza de la casa, que esta semana me tocaba y no he hecho nada en absoluto, aunque nadie me ha criticado mi incumplimiento del cuadro de limpieza. Antes me siento con Ale que hasta las ocho y media no baja a la consulta, y me confiesa que Eva está en tratamiento psiquiátrico, que tiene Tranquimazines y más ostias contundentes. Ahora me lo explico todo.

Me meto a saco con la casa amarilla, como no se ha metido ningún voluntario en mucho tiempo. Tanto es así que encuentro dos escorpiones, lucha a muerte entre ellos y yo, y sólo está Cata conmigo, que se mantiene a tres metros descojonada de la risa. La arquitecta me reconoce que se siente desaprovechada, que la doña y Eva se meten sin reparos en su campo y que no encuentra otras actividades en las que involucrarse. Le digo lo que me dijo Lau hace ya una docena de días, que paciencia, que estamos empezando, y que sutilmente, como ella no sabe, les diga a las dos viejas que seis años de carrera le dan más autoridad a ella en cuanto a decisiones urbanísticas.

Dejo el salón como no lo he visto desde que llegué. Me encuentro donaciones cogiendo polvo, pantalones de fútbol y conos para entrenar que ya tienen dueño, yo, entrenador de los Alcones y los Tiburones, ropa de niño, material escolar, ropa de voluntarios olvidada o dejada sin más, mierda por un tubo, y lo damos todo Cata y yo y cumplo mi cometido con creces. Duchita y empieza a llegar la gente de la obra y de las clases.

Eli me adula por cómo he dejado la casa, Alba descubre que puede oler bien con simplemente fregar el suelo y los estantes, sí, he fregado los estantes, no se lo pueden creer, y mientras lo escribo pienso que quién me ha visto y quién me ve, tan aplicado en el arte de limpiar. Bueno, dejémoslo en que me tocaba, y en que no aprovechar el día para hacer cualquier cosa, aquí, en Nicaragua, se me antoja un crimen, cuando allí, en Madrid, era el pan nuestro de cada día, que es complicado realmente no hacer nada, pero hay muchas cosas que en verdad no vale de nada hacer, y aquí lo poco o mucho que haces sí vale, para los voluntarios, para la gente de La Prusia, para mí.

Y luego la misma Eli me recrimina el asesinato de los escorpiones, que en un arranque de bucólico activismo pro vida de alacranes sugiere que con echarles de casa habría bastado. Claro, coño, y que le pises - que andamos mucho descalzos, nena - y ya verás qué risa. Qué tontería, oye, que escorpiones habrá como diez millones en La Prusia, nosotros somos menos y son ellos los que nos invaden, como para andarme con remilgos. Claro que los echo de la casa, pero eso es sólo para que su viscosa sangre no manche el suelo que acabo de limpiar. Luego, a pedradas, a palazos, a lo que sea, que no veas cómo corren y cómo levantan el aguijón y abren las pinzas y seguro que están pensando "ven, ven". Con unas pinzas de cocina los recojo machacados, que el veneno sigue ahí, y los meto en una botella vacía de agua, que va a la basura de fuera. Y que se jodan en su tumba de mierda, que son bonitos y espectaculares, y no te atacan si no se ven amenazados, pero yo estoy por delante en la cadena alimenticia y no permito una victoria suya por un descuido mío. Y al carajo con las tonterías.

Mis compis obreros han empezado hoy a apisonar el suelo. Y como todo en Nicaragua se hace manual, pues apisonar no va a ser una excepción. Se coge una buena estaca de madera, de unos 130 centímetros (a ojo de Pete), con el mango pulido y redondeado y que va ensanchándose hacía la punta cuadrada, como un mazo, como un bate. Y en el extremo se le clavan unos diez clavos, dejándolos sobresalientes. Sí, hermano, es un arma prehistórica de estimulantes posibilidades para destrozar cráneos. En manos de Conan sería lo más.

Esa maza asesina se inserta en un cubo de pintura, de los medianos, ni un buen cubo ni una mísera lata. De unos diez centímetros de diámetro y quince de largo, los míticos de Titanlux, pero no están rellenos de pintura, sino de cemento. Y el resto es de imaginar. Se seca el cemento y la maza queda fija. Hermano, ahora ya no es un palo con clavos para extraer cuencas oculares, ahora es un martillo mandoble para desfigurar rostros y romper rodillas, y para reventar columnas de mármol, como en Conan, otra vez.

Coges la empuñadura, levantas el invento tirando de brazos y hombros, e impactas contra el suelo, y así apisonas. Pesará unos siete kilos el pisón, que es su nombre nica.

Teniendo en cuenta que el edificio que estamos haciendo debe tener una planta de (todo lo relativo a medidas y pesos es consultado con Pete y con los planos de Cata) 140 metros cuadrados, y que ahí no se termina el tema, que también está la tercera dimensión, el esfuerzo es cúbico. Con tu arma, aporreas una y otra vez el mismo punto del suelo, una y otra vez, una y otra vez. Y te mueves en círculo, cambiando el objetivo, avanzando de manera casi imperceptible, machacando la tierra bajo tus pies. Por lo que me contó Klara, entre Vanessa, Eider y ella, y con ayudas puntuales de Mula y Pete, hicieron en todo el día una de las habitaciones pequeñas, lo que serán los almacenes para guardar el material de las clases de soldadura y electricidad, de unos 16 metros cuadrados. Dice la alemana que al final sí te das cuentas de que el suelo está como una pulgada más baja, más compacto. El lunes me tocará hacer de apisonadora, que no es que sea una maquina cara de alquilar, que también, es que a ver cómo ostias llega hasta el proyecto. Y qué narices, mentalidad nica, si lo puedes hacer a mano, ni te planteas gastar dinero, aunque tardes más, aunque te dejes la piel.

Mientras comemos, Ben me confirma que se va a la playa de San Juan con un colega yanki de Granada. No sé si asociarlo a que sabe que en Masaya dormiré en el hotel que me salga de los cojones en la misma habitación de Klara, o a que, cómo me dice él, pasa de estar los siete días de la semana con "the whole fucking bunch of volunteers", que resulta que el resto nos vamos todos a Masaya, en manada gringa. Todos menos Ben y Eva, que se queda con la doña, a partirla por la noche granadina, menudo dúo. Se hacen compañía la una a la otra y eso les place a ellas y nos place a nosotros, claro.

Entre tenedor y tenedor de gallopinto, Ale me relata su día en la consulta, dónde ha compartido curro con el médico que en teoría viene todos los viernes, pero éste es el primer día que ha ido desde que yo habito este lugar. Doctor Bismarck, para servirle, recién licenciado por la Universidad de Managua. Es que no me puedo creer que en La Prusia nicaragüense, tan lejana a la del canciller Otto de aquél Reich, el nombre de Bismarck sea común, esto es la risa. Le pregunto a nuestro doctor Ortín, de Murcia, para servirle también, cómo ha ido el compartir conocimientos. El médico vive en Granada y trabaja donde le manden. Supongo que ACE le pagará por consulta, o lo mismo, para explicar el hecho de que no haya aparecido en los dos viernes anteriores que yo he estado aquí, trabaja donde se le necesita.

Ale se muestra entusiasmado por haber trabajado codo con codo con un médico local, del que, en un alarde de europeísmo, podrías pensar que no aprenderías nada, que en todo caso le enseñarías tú, pero y unos santos cojones, que unos medios diferentes te dan una sabiduría diferente, y no hay nada más aleccionador que una conversación productiva para ambos. Y así se ha tirado Ale la mañana, viendo las comunes parasitosis intestinales, debatiendo con el compañero nica el hecho de que el único remedio para la candidiasis vaginal de Leyla está en Granada, y que o lo traes o que se joda y se rasque, hablando con el doctor Bismarck sobre que en España, si te viene a urgencias un crío con fiebre y algo de tos, toca placas de tórax y hematología para detectar una posible neumonía, que ahora se estila la medicina defensiva, no vaya a ser que el exigente paciente occidental reclame falta de atención, mientras que aquí en La Prusia Ale diagnosticó una neumonía por la tos, la fiebre, los esputos verdosos y las crepitaciones en la zona del pulmón, que es el diagnóstico de toda la vida, que no se necesita de maquinaría ni tecnología. Que nada más ver al chaval se dijo "este sí está malo", de entre todos los que van a la consulta sólo a hacer botiquín para las épocas en las que no hay médico.

Y terminamos de comer, y duchita de la peña, escribir lo que me dé tiempo y a Granada a por el bus a Masaya. Pete llega el último del curro, como siempre, cuando ya se han bajado unos cuantos y sólo quedamos Jose, Lau, Klara y yo. Jose y Lau se ponen en camino y Klara y yo esperamos a Pete, y yo gritándole en el último momento a Jose que nos vemos directamente en la estación de autobuses, que con el resto ellos se juntan en el cibercafé a eso de las tres y media. Que a menos cuarto allí, en lo que llamamos estación de autobuses y sólo es un solar de arena, rodeado con vallas de uralita y puestos de chapa o bambú ofreciendo fruta empaquetada, o fresco en bolsitas, o bollería dulce y salada; carteles anuncio roídos y de eslóganes malos y modelos nacionales; perros cojos y esqueléticos que van en parejas; niños con bigote de mocos y saliva seca, pelo sucio y revuelto y ropa hecha jirones, husmeando por ahí o vendiendo refresco, tabaco, cerillas y caramelos; voceros anunciando el destino de los autobuses, Managua, Managua, Managua, Masaya, Masaya, Masaya, y gritando suave, suave cuando llega un pasajero corriendo y ale, ale, cuando éste ya se ha subido y el bus puede continuar; y furgonetas viejas, minibuses con "Expreso" escrito sobre la luna delantera y que resaltan entre tan demacrados medios de transporte colectivos, y autobuses escolares yankis de los sesenta pintarrajeados y decorados con grandes frases religiosas tipo "Bendice este autobús y sus pasajeros", "No necesito nada más que a Cristo", "Yo manejo, Cristo me guía", y con escaleras trepando hasta el techo por la parte trasera para que los trabajadores coloquen la mercancía de los pasajeros con más bultos.

Llegamos y no hay nadie de los nuestros. Pete nos comenta a Klara y a mí que no se encuentra del todo bien, que el día en la obra le ha dejado un tanto roto y que le duele la garganta, que o partimos ya o se retira a La Prusia, que a él no le importa tomar decisiones o apoyar las que tomen los otros, pero que lo que no soporta es esperar a que se decidan, cosa que comparto a la totalidad. Así que a menos cinco concluimos que o se han ido ya, o que cuando lleguen y nos esperen un rato corto y vean que no aparecemos, tomarán la iniciativa de coger el bus, que al fin y al cabo sale cada veinte minutos. Así que nos metemos en uno, nos hacemos con un sitio Klara y yo, y Pete en el asiento de atrás, y a en punto salimos, sin meter segunda hasta habernos alejado un buen trecho de la estación, con gente subiéndose casi en marcha por la puerta de adelante o la de atrás, que van abiertas y con los voceros haciendo su trabajo, anunciando a gritos el destino ante cada grupo de gente que encuentran en las aceras, que puede que sólo estén ahí por estar, o quién sabe si treparán al autobús al reconocer su destino en el grito del chaval intrépido que salta y vuelve al bus siempre en marcha, sin trastabillarse nunca. Y ya en la carretera principal, donde está el único semáforo que he visto en Granada, el conductor mete segunda, y tercera, y hasta cuarta, reduciendo sólo ante los silbidos de los pasajeros que quieren bajar o ante los grupos que van apareciendo en la carretera, a los que se les avisa con la bocina, de las de cuerda atada por los dos extremos sobre la puerta del conductor, como las de los grandes camiones, y con la poderosa voz de los muchachos revisores, que ayudan a los pasajeros a subir o a bajar y que van haciendo ronda de cobro de cuando en cuando, diferente precio según destino, nueve pesos (ningún nica dice córdobas) hasta Masaya.

Para qué se requieren paradas de autobús, que las hay, habitualmente vacías, cuando el bus en realidad puede hacer parada donde sea, y por eso nunca adelanta por el carril izquierdo, los coches lo saben y nunca se sitúan cerca del culo del bus pesado y amarillo, y la gente lo sabe y puede estar esperando en cualquier parte. Silbidos y gritos y brazos agitándose sustituyendo a marquesinas fijas cada tantos kilómetros.

Dejamos a nuestra derecha el lago de Managua, vemos trabajadores repintando de rojo y negro farolas y quitamiedos, que el patriotismo también se desgasta y hay que renovarlo a base de brochazos y FSLN escrito por doquier en letras grandes y blancas sobre fondos rojinegros, y algunos negocios de reparación y ventas y un colegio van quedando atrás. Colegiales de pantalón o falda azul y camisa blanca, repartidos por la vera de la carretera, que es hora de salir de clase. En un banco de un parque cercano a la autovía una chica acariciando el pelo de un chico tumbado en sus rodillas, y amigas en corrillo, y amigos hacia la venta a comprar algo o yéndose a casa, y no veo a ninguno fumando. Pasamos por fincas con casas lujosas, casonas de campo para los ricos de la ciudad de Granada o Masaya o vaya usted a saber, que yo soy gringo y nada sé. Y la gente se va apeando y pasamos por un cartel que da la bienvenida a Masaya y Cristo está con los Masayas, y pienso en el parecido a masai, en que suena a muy tribal, los masayas, y llegamos a una glorieta de tres carriles coronada por un cartel electoral de Ortega con una sonrisa suya y un terrorífico eslogan que reza "40 años cumpliendo al pueblo, cumpliendo a Dios", y la cara del corrupto manchada con las pinturas lanzadas por los que no gustan de su gestión y no ven otra manera de hacer valer su opinión, pues lo cierto es que aquí la legitimidad del voto no debe ser tal. Y nos adentramos en la ciudad, que parece más desperdigada que Granada, con un estilo menos colonial a excepción de la avenida de entrada, amplia y con jardines descuidados y con fuentes muertas, mucho cartel utópico de "Mantengamos limpia Masaya", más negocios de todo tipo bordeando la avenida, desde ventas de raspados de hielo (bloques de hielo duchados en fresca más viscosa, con sabor a helado de vainilla y fresa) hasta reparación de móviles, piezas para bici, restaurantes de ceviche (un marisco muy fresco) y al final llegamos al mercado, dónde está la explanada que sirve de estación de autobuses, ésta sin vallar, totalmente integrada en el mercado, que aún tiene más bullicio que el de Granada, es más espectacular y auténtico y caótico, sabiendo, como bien me enseñó Saramago en El hombre duplicado, que el caos es un orden por descifrar. Es más largo y con más entresijos, con los puestos más abarrotados y con productos mucho más variados, muy pródigos en artesanía, y el camino en medio, encerrado entre puestos y comercios fijos y vendedores improvisados.



Klara y yo reconocemos la bici que le robaron a Jose, es idéntica, y tiene mucho más sentido robarla en Granada, transportarla en la baca de un autobús hasta Masaya y venderla en el mismo mercado que deshacerse de ella en la propia Granada. Pero qué vamos a hacer si el chaval que la lleva entre sus piernas, esquivando gente y vendedores, la habrá comprado por un precio justo de un ladrón hijo de puta.

Somos los únicos gringos que vemos en todo el buen rato que nos lleva salir del mercado en busca del centro, en donde suponemos estarán los hoteles, que nos hemos juntado los tres que queremos un hotel bueno y no cualquier hostal, y que cueste lo que tenga que costar, que como dice Pete con mucho acento y abriendo al máximo los ojos y separando los brazos estirados hasta formar una cruz: "no es importante", y yo pago lo que haga falta por un poco de privacidad, que eso sí que es un bien escaso.

Conseguimos llegar al Parque Central, centro neurálgico de Masaya, y pasamos antes por el mercado viejo de Masaya, que está ubicado en lo que parece una antigua fortaleza española, de muralla vieja pero restaurada. Todo es mucho más caro que en el mercado nuevo, que burlonamente es la selva de puestos donde hemos desembarcado. En este lujoso mercado viejo todo está más organizado, no hay venta ambulante y los puestos son como los que ves en cualquier feria de artesanía en España. Es muy bonito, pero sólo tiene encanto para el turista más turista. Y seguimos preguntando por hoteles buenos, y nadie acierta a indicarnos bien, pues inquirimos a la gente por el Hotel Masaya, que hemos visto un cartel en el mercado viejo y tiene una pinta tremenda, en plan sólo once habitaciones, con camas coloniales y una piscina en un patio central. Pero tras mucho preguntar y deambular terminamos en la Casa de Huespedes Masayita por las indicaciones que nos han ido dando, sito en un barrio que no da muy buena espina y en el otro extremo del lujo que queremos. Así que retrocedemos hacia el Parque Central, y esta vez le pregunto a un policía que está apoyado en un busto de un parquecito, y muy solícito él me dice que el Hotel Masaya queda lejos, que habría que ir en taxi, pero que un hotel bueno es El Costeño, que está cerca del Parque Central, pasado el semáforo que funciona, una cuadra en dirección este y cuatro en dirección sur, que aquí las direcciones funcionan así, ni siquiera va por izquierda o derecha, y a mí me han jodido, que sólo sé dónde está el oeste cuando anochece. Además de que esté más cerca del centro de la ciudad, el policía nos dice que El Costeño está en un sitio "libre de criminales, allá no van".

Resulta que nos orientamos estupendamente y nos hacemos maestros en los puntos cardinales, que la orientación de Klara es tan penosa como la mía y Pete se muestra dubitativo, pero lo conseguimos a la primera y llegamos a un hotelito de dos plantas, alargado, con unas quince habitaciones y un patio al fondo, y está todo pintado y decorado con motivos africanos y reggae, y Bob Marley en retratos y pósters por doquier.

Pete, que ni me ha preguntado, es educado, discreto y observador, se acerca a recepción y pide "dos habitaciones, por favor", aunque somos tres. Él se lleva la dos, nosotros la tres, y resulta que son iguales, camas grandes, tele con satélite (zapeo y descubro Antena 3, qué yuyu), baño particular y un ventilador silencioso. La cama tiene la misma madera que las de La Prusia a modo de somier, pero el colchón es de otra división, de otra categoría no rompe espaldas, y a mí me viene estupendo que las lumbares aún están en pie de guerra.

Me doy una ducha y no tiene agua caliente, y la presión no es mucha, parece que alguien se está duchando también. Esto no vale diez dólares, pero me importa tres cojones si tengo una cama que compartir con una alemana sin preocuparme de que entre alguien o algo, y sin mosquitera, que aquí no hay motivo.

Nos vamos a cenar al Parque Central, donde hay muchos chiringitos con terraza rodeando una fuente con un lago pequeño que bordea una isleta de mármol accesible por una rampa y en las que los chicos hacen breakdance, esta vez sin pedir un peso, como en la Calzada de Granada, esta vez sólo por bailar. Toda la estructura de la fuente ornamentada está rodeada de columnas y techada con una bóveda sobre la que descansa una mujer desnuda y en pie.

Nos ventilamos una pizza, mitad hawaina, mitad pepperoni, y unas pepsis, que no sirven alcohol en los chiringuitos pero permiten que te acerques al Pali junto al parque para que te compres unas birras y las consumas en la terraza. Y seguimos sin ver a un gringo, y la camarera nos pregunta que en cuántos trozos queremos la pizza, si en ocho o en nueve, por eso de que somos tres, y Pete y yo nos quedamos asombrados porque somos conscientes de que, miles de pizzas después, es la primera vez que nos lo han preguntado, y es útil y lógico de cojones. Antes de que llegue la pizza nos tomamos las pepsis, así que Pete se acerca al Pali y vuelve con latas de cerveza Victoria. Nos atosigan muchísimo menos que en Granada, venden hamacas de calidad, se ve, y tabaco, y alguno nos pide un peso, pero no es ni de lejos el acoso de la turística y colonial y costera Granada. Charlamos sobre que los ingleses no pueden hacer la doble r, y de repente me acuerdo de que cuando yo era pequeño tampoco podía, debía de tener unos cinco años o menos, y entonces mis padres me llevaron a un logopeda, y el secreto era llevar la lengua al paladar y chasquearla, haciendo la a y la o. Tlac, tloc, tlac, tloc, y así durante mucho rato, y Pete lo encuentra razonable, pues es una forma de fortalecer la lengua, y se pone a hacerlo y me descojono de la risa viendo a un cincuentón yanki haciendo los ejercicios que a mí me recomendaron cuando era un mocoso y que no sé porqué recuerdo, pues nunca me volvió a parecer útil, hasta este momento, que le he dado un buen remedio a Pete para que mengue su acento.

Nos soplan doscientos córdobas por la pizza familiar y por las tres pepsis, me resulta caro de cojones, más que las hamacas buenas, y qué curioso que sea exactamente doscientos córdobas, diez dólares clavados. Pero bueno, sólo son diez dólares, unos siete euros, ya ves tú. Sigo cometiendo el error de hacer el cambio mental, pero ya voy reconociendo los palos que me dan los avispados comerciantes.

Nos metemos en un mesón con paredes abiertas al exterior, que debe ser el mismo en el que estuvo Jose bebiendo cerveza en solitario en su primer viaje a Masaya por la descripción que me dio. Y acertamos, porque medio litro de Flor de Caña, esta vez con zumo de naranja, y un litro de Victoria después, aparece el resto de la comitiva de voluntarios. Nos estuvieron esperando en el ciber, porque a Jose se le olvidó que con nosotros habían quedado directamente en la estación de buses y lo recordó tarde. Así que qué empiece la fiesta. Son las nueve, la hora de Pete, que se retira a la cama a descansar los brazos y la garganta.

El mesón tiene mesas de madera, unos baños cutres al fondo (de beige la mitad de la pared que ocupa el servicio de ellos, de turquesa la de ellas, que son los mismos colores que compraron Vanessa y Reanne para pintar los armarios que construye Ben, y se descojonan por la coincidencia porque es que resulta que no encontraron otros colores, y eso que ambas odian esa estridente combinación). Sobre la pared bicolor donde están los retretes tapiados, una tele retransmitiendo lo que sea. Al otro lado de la barra, un jukebox moderno con todo tipo de canciones. Ponemos Pimpinella y los Hombres G y nos lo pasamos en grande rememorando míticas letras españolas, que estamos hasta los cojones de tanta bachata y tanta ostia, y que además luego tiraremos para una discoteca muy nica que nos han recomendado y allí ya no hay quien nos salve de los bailongos ritmos latinos.

Tres Flores de Caña después tiramos hacia la discoteca con otros dos yankis residentes en Granada amigos de Haley, que son los que nos han contado lo de la fiesta en esta ciudad con tan poca pinta de festivalera.
Hacemos una parada en una venta a mitad de camino para comprar guaro. Y una botella de Fanta, y el cubata se hace en la boca como nos enseñó a algunos Torrente, y así trago a trago damos buena cuenta del licor repugnante y barato.

Hay dos discotecas, una pegada a la otra. La primera se llama Coco Jamboo, es alargada y con muchas luces decorando el interior. Pero nos decidimos por la otra discoteca, de nombre olvidado, con la misma pinta que la anterior, techo alargado de uralita y poco más. A la puerta, enrejada y cerrada con una cadena, debatimos precio de grupo y me dedico a recaudar la pasta. Nos dan tres entradas de menos diciendo que no importa, pues vale, y un ticket para el sorteo de regalos que van a hacer en media hora.

Sólo hay nicas en el local, y son muchos. Es básicamente una carpa de suelo de tierra, como las que montan en los pueblos españoles cuando llegan las fiestas patronales, con muchas mesas y sillas alrededor de la pista, una barra en una esquina, un proyector y la mesa del DJ en el lado opuesto a la puerta, y los baños en la esquina contraria a la barra. Algunos ocupan una mesa alargada y otros nos quedamos en la pista, bailando directamente. Un par de canciones después me acerco a la mesa, pero veo a Jose y a Ale con el codo en la barra, haciendo el cliente español. Me uno y nos echamos unas risas sabiendo que somos los únicos que se quedan en la barra algo más de tiempo que el necesario para pedir.

Reanne, Vanessa y Klara compiten a ver quién es la que menos veces es requerida por nicas para bailar. Termina ganando Reanne con once, Klara pierde con quince. Lo rubísima que es Reanne seguro que les impone a los nicas, acostumbrados a lo azabache. Algunas de mis compis aceptan invitaciones a bailar y la mayoría llevan un pedo gringo muy majo. Eli vuelve desconcertada de un bailoteo contando tronchada de la risa que se sentó en una mesa equivocada y que le ha costado sangre encontrarnos, y que está convencida de que nos hemos movido de sitio.

Se me adoba Yilbert, un chaval de unos veintipocos muy pesado, de padre "famoso" por el beisbol. Me dice que por ser quién es su padre, él es respetado, que la gente le conoce y no le hace nada malo, que nos acompaña hasta el hotel si hace falta, porque anuncia que daría su credencial por mí, que lo jura por su madre, que es lo más sagrado, aunque yo le diga que no sea exagerado. Me pregunta que qué opinan mis amigos de él, parece preocupado por su fama, y yo le digo que no lo sé y que le debería importar poco, que parece un chaval majo y eso es lo que cuenta. Me inquiere por donde vivo y me insiste en quedar en Granada para salir. De repente se confiesa enamorado de Eider, que lo cierto es que triunfa mucho en tierra nica.

A las dos cierran, y el Coco Jamboo también. Y la gente se muestra decepcionada porque están demasiado pedo como para irse a la cama. A mí me vale, que todavía no me he conseguido emborrachar de verdad en este país y retirarme me parece una opción estupenda. Volvemos andando de vuelta al Parque Central, yo con Yilbert a menos de quince centímetros de mi cara contándome su vida en verso y lo mucho que quiere quedar con nosotros mañana. Yo le digo que hemos quedado todos a las once de la mañana en el parque para ir al volcán, pero que no prometo aparecer, que estoy con una chica que duerme mucho y a mí no me importa quedarme a mirarla soñar. Me dice que él trabaja a las diez, pero que en realidad son horas extras y que si es por mí, no va. Le digo que el trabajo es lo primero, que se deje de bobadas, pero él insiste, incluso quiere acompañarnos a Klara y a mí al hotel para que no nos pase nada. Le digo que quiero ir solito con ella, que muchas gracias pero que nos apañamos. Mañana a las once, que sí, hombre que sí.

Y al hotel, con Klara borrachísima y desnucándose en la cama nada más llegar, y yo lavándome los dientes.

miércoles 18 de noviembre de 2009

De baja médica y pokerface

12/11/09

Por prescripción médica, por sentido común y porque quiero conectarme, me escaqueo de la obra y me propongo tirar para Granada. Un descanso a las lumbares, que el ibuprofeno no hace milagros. Ale me dice que si por la noche sigo igual, me da Nolotil en ampollas. Así da gusto.

Antes de bajarme para Granada llega Cata de la obra, a donde ha ido con Judith y Eva a mirar lo de las basuras, dónde podría ser un buen lugar para construir una fosa séptica y esas cosas. Viene asqueada porque la imparable Eva resulta que sabe de todo, también de urbanismo, y ha tenido el santo valor de desafiar al conocimiento empírico de Pico, que sabe dónde hacer las cosas y cómo, y a la señora de las narices se le ha puesto en las ídem que no, que mejor aquí o allá. Hay que joderse. Tantos años y tan poco de todo lo demás.

Me bajo andandito para Granada, me saluda y me acompaña un trecho un niño que ni me suena pero que sabe perfectamente quien soy. El ibuprofeno mañanero va haciendo efecto y al menos el paseo no es un martirio.

En el ciber está Jose, que hoy le toca cocinar y se queda por Granada a hacer compra. Aparecen también Haley, Endika y Tess. Otro que se ha escaqueado hoy. Si ya lo he dicho, o estamos muchos cuando no hacemos falta, o hay cuatro. Ya verás como hoy iba a ser un día duro en la obra.

Y más mails que me emocionan, del Zurcovas, que se pone Stanb by me cada vez que me lee, o de Paula, que da señales de vida y reconoce que también sigue mis pasos, o de padre, que no puede aplacar su orgullo por su hijo aventurero, o de Charlie, que confiesa que le cuesta irse a dormir si tiene entradas en el blog pendientes de leer y que reflexiona sobre la alienación del trabajo. Grandes todos, grande me hacéis.

Paro dos taxis para que me lleven a La Prusia y ambos pretenden que les suelte 100 córdobas por el trayecto. Al segundo ya le digo que me deje entonces en el cementerio, justo donde empieza el camino de tierra hacia la Casa de Voluntarios. Eso vale 10, y la diferencia son dos kilómetros. Me mofo. Así que me toca patear, y el ibuprofeno ya ha dicho basta, y el sol es intenso que es mediodía, por lo que pierdo un par de kilos de la sudada y la espalda vuelve a recordarme su existencia a base de dolor. Llego y ya han comido todos, pero me han salvado un plato, gallopinto y un muslo de pollo con guarnición de patatas y zanahoria. Doy buena cuenta de ello y me tiro todo lo largo que soy en el banco de madera, que a las dos y media tengo práctica con los Alcones. Ale me da el nolotil y me dice que ni fútbol ni ostias, que actividad cero, que si no esto es pan para hoy y hambre para mañana, y que incluso para la obra es más productivo perderme dos días (tampoco me recomienda ir mañana viernes) que dos semanas por hacerme el duro, pero el caso es que me sabe mal. En España me escaqueaba del curro siempre que podía, y me pagaban. Aquí el sudor sólo se compensa con una cama y un plato de comida y se me llevan los demonios si falto al trabajo. El sueldo me mermó la responsabilidad, el no tenerlo me conciencia de que al trabajo no se falta porque sí. Así que ahí me quedo hecho una piltrafa.

Klara se va para Granada y nos dice que a las seis en el Eurocafé para la timba de póker, que hoy es jueves y queremos estrenarnos. Endika también estará, que ya que ganó ayer se lo puede permitir.

Y de vuelta a Granada, esta vez con Ben, y esta vez a mi primera partida al póker con extraños. Elegimos coger el autobús para no pegarnos la pateada, así que tiramos por el camino que desemboca en la carretera, y él aprovecha para contarme sus experiencias con las mujeres nicas. Dice que le trastornan la cabeza, que nunca sabe si son putas o es algo cultural, pues cada una que se ha intentado ligar le termina diciendo que le compre esto o aquello, y que qué diferencia hay realmente entre que te pidan el dinero directamente y que te hagan invitarles a miles de cosas, incluyendo ropa o electrodomésticos. Valora el hecho de que pueda ser algo cultural, que el gringo siempre tiene más y aprovecharse de eso tal vez sólo sea una forma de subsistencia, que puede existir el romance aunque lo enturbie el dinero, pero que él no puede entenderlo así. Y me dice que por eso mismo va a pasar ya de intentar nada con nicas, que se va a dedicar a las gringas, y que en León conoció a unas alemanas que le molaron bastante. Veo que es la oportunidad de confesar, y lo hago, sutilmente, como quien le cuenta un rollete a un colega, sin más. Le digo que oyendo sus historias, qué suerte la mía que ya tengo una gringa con la que liarme, la Klara. Y se queda callado y sorprendido, y me pregunta si he dicho Klara, y yo hago de actor y le digo que creía que se lo había dicho, falsedad para no hacer daño, que qué capullo soy, que estaba convencido de que se lo había contado, y que sí, que tenemos un rollete divertido, que no es que lo llevemos en secreto pero que no queremos "make a big deal of it", que esto es un maldito gran hermano y pasamos de comentarios. Parece que mi táctica funciona, que él ve que simplemente le estoy contando mi triunfo como lo haría con cualquier amigo, unión de testosterona, pero se queda callado y parece que realmente le ha pillado de nuevas. Bueno, hecho está, conmigo se muestra igual de fucking cool, nos llevamos muy bien, y luego ya que Klara haga lo que quiera, que yo más fácil no se lo puedo haber puesto.

Tenemos suerte y sólo esperamos unos minutos hasta que aparece el autobús a lo lejos. Lo paramos y nos encaramamos a esta reliquia que los estadounidenses desecharon, pero no tiraron, que de todo se puede hacer negocio. Pegatinas religiosas, flecos en el volante, colorines por todos lados, cinco córdobas por cabeza, el que hace de revisor casi saltando en marcha para permitir el paso a los que incitan al bus a parar, y llegamos a Granada. Es ya de noche y aún hay bullicio en el mercado. Saco algo de pasta, que me quiero tomar unas birras durante la partida, y directos al Eurocafé, a donde llegamos a la par que Endika y Klara. Compenetración, o ganas de jugar.

Nos juntamos trece jugadores, y nos partimos en dos mesas. Las siete cartas más altas en una mesa, las más bajas en la otra. Las mesas son las de cualquier bar de cualquier sitio, cuadradas, y dos unidas forman el primer campo de batalla, y otras dos más allá forman el segundo. No hay tapete, mantel y gracias.

Yo me quedo con Ben, que se ha acomodado en la esquina opuesta de la mesa de los que tuvimos cartas altas. Está con gesto serio, sentado casi de lado, el antebrazo izquierdo descansando sobre la mesa y el codo derecho aupando el mesar de su perilla pelirroja. Mira con sus ojos verdes a la mesa y a los tipos, supongo que sintiéndose algo intimidado, como yo. Estudia el barajar de las cartas y escucha al resto, que habla en inglés.

A mí derecha y presidiendo la mesa, el que parece el dueño del cotarro, pues tiene el maletín de fichas a su vera y el fajo de córdobas recolectados puestos a su único alcance. Se muestra como el anfitrión, y es austriaco. Tiene un nombre que soy incapaz de retener, y no quiero molestar preguntando de nuevo, que tengo la percepción desbocada en todas direcciones, con mi mano temblando un poco al barajar, pero consiguiendo que no se me caigan las cartas. Le doy a cortar y me dice que mire a ver quién será el primer dealer, a la carta más alta. A sus órdenes, por supuesto. Pongo una carta bocarriba para cada uno de los jugadores, pero en un lapsus las reparto a derechas, y el póker debe funcionar como un reloj. El jugador que ocupa el otro extremo de la mesa, a la derecha de Ben, un sesentón yanki hinchado como una pelota, anillo dorado en el meñique, de cara simpática, boca diminuta y grandes mofletes, polo beige y gorra calada a juego, increpa mi delirio. El dicharachero y flaco europeo le responde que qué más da. Yo sonrió al tipo que ha querido protestar y le digo "ey, I'm sorry, I'm just a spaniard", y el otro se da por satisfecho con una sonrisa y un "no problema". Acaba de convencerse de que me va a desplumar, y mi defensor austriaco también. Éste ahora cuenta que ha tenido que dejar una partida de póker en Internet para llegar a ésta, en la que parece que tiene que estar por narices porque es el que controla el maletín de fichas y o está él o no juega ni Dios. Narra que lo que ha dejado a medias era un torneo de 8.000 jugadores, que quedaban 300 y él iba el 30, y yo le pregunto por el premio, y me dice que era para los veinte primeros, una inscripción para cada uno para un torneo online de mucha pasta. Comenta divertido, sin darle importancia, que ojalá le quedaran las fichas suficientes para soportar las ciegas y hacerse un hueco entre los 20 agraciados. Vale, perfecto, ahora soy yo el que lo confirmo: me van a destripar. Todo un pro, si es que eso existe. Empezamos bien, creo que nuestra mesa es más difícil que la de Endika y Klara. Ben no se ha inmutado.

El austriaco parlanchín, que no fanfarrón, tendrá unos cuarenta y algo y viste camisa horrible, de esas que denominamos hawaianas, negra de fondo y rojos, amarillos y naranjas los múltiples loros y plumas. Enmarca su locuacidad con una perilla que revela lo que ya son varias canas y descubre su estado de ánimo por sus ojos resplandecientes, como los de un niño poniéndole la batería al bólido teledirigido nuevo.

A la derecha del austriaco y enfrente de mí, despanzurrado sobre la silla, otro yanki, éste más prosaico, de calva incipiente y una banda de pelo blanco sobre las orejas, boca de dientes desordenados y ojos negros y ansiosos, pequeño en estatura y en el hablar.

Entre el aburrido de describir y my mate Ben se ha metido un yanki más, que también debe rozar los sesenta, con gafas graduadas y ahumadas, oculto bajo una gorra oscura con algún tipo de propaganda, camisa clara sin mangas y desabrochada hasta el tercer botón, permitiendo el desborde de un masa ensortijada de pelos de toda una variedad de grises. Un bigote poblado sobre la cara morena y arrugada y una boca grande como la de un caimán. Me apostaría el dinero que me queda a que es de Florida.

El último jugador de nuestra mesa es Bosco, un nica habitual amiguete de Endika. El vasco me ha dicho que todo el mundo le llama El Sudoroso, y se ríe sin esperar a que le pregunte porqué, porque es obvio y está sentado a mi izquierda. Debe tener mi edad o algo menos, pelo grasiento hasta más allá de la nuca, cara afilada para ser la de un local, inquieto en los movimientos y exagerado en el tono al platicar.

En la otra mesa, Klara, ya con semblante de roca, y Endika, con mirada nerviosa y repartiendo el primero, están acompañados de otros dos yankis, de un nica y de una chica también nica que confiesa que está aprendiendo a jugar. Definitivamente, su mesa es más asequible. Uno de esos yankis viste una camiseta con una escalera real de picas, Poker Texas Hold'Em escrito en grande sobre la mejor jugada del mundo, y una frase estupenda que la nica debería leer y traducir: "Ten minutes to learn, a lifetime to master". Pantalones cortos y piel colorada, superando por poco, que estoy intuitivo con la edad, los cuarenta, pero con la barriga que envejece a los yankis.

El otro estadounidense de la mesa dos tiene el pelo largo y dorado, guarda cierto parecido al más joven de Los Morancos, con boca de piñón y ojos de ratón. Viste camisa de explorador y se muestra sorprendido cuando se entera de una regla inventada que me parece bien traída: si alguien gana una mano, con farol o llegando hasta el final, con un siete y un dos en la mano, todos los jugadores le tienen que dar 15 en fichas extra.

El nica de aquella mesa es joven, pongamos 21, habla inglés y lleva el pelo corto y engominado hacia delante, formando un flequillo levantado en punta, como hacen muchos chavales aquí y hacían tanto antes en España.

La chica principiante, ya podría estar yo en esa mesa, joder, no pasa de los 25 y viste tan hortera como todas las jóvenes nicas. Camiseta rosa con volantes bordados en las mangas, pendientes de aro grandes y dorados, coleta tirante con goma de pelo de peluche rosa, y vaqueros ajustados aprisionando un culo prominente. No le veo los zapatos, pero me los imagino de tacón transparente.

Doscientas fichas por 100 córdobas, y re-buys hasta la primera hora, camareras trayendo bebidas y nada en la mesa excepto las fichas y las cartas, con taburetes con cenicero a nuestros lados y dos barajas por mesa, sin croupier ni mandangas. El que esté a la derecha del que reparte va barajando la otra pila de cartas, y así todo se hace más rápido. Las ciegas suben cada veinte minutos y la primera es 5 y 10. Cuando se rindan los seis primeros jugadores, los supervivientes se reagrupan en la mesa grande. Vamos allá. Esta partida, reconozcámoslo, es para aprender.

El hermano desconocido de Los Morancos y la novata caen los primeros, sin hacer rebuys. En este rato se han acercado tres chicas nicas vestidas con vaquero rosa y top negro, por ejemplo, pintadas con brocha más que con pincel, y se han puesto a hablar con el bastardo de los cómicos andaluces, con el anodino que habita frente a mí y con el viejo delgaducho de gafas oscuras. ¿Putas?

Jugar con individuos que no conoces, la mayoría doblándote la edad, puede resultar inquietante, pero esta gente debe jugar a menudo en grupo y se conocen y se vacilan y nos meten en los vaciles y yo me siento cómodo a la segunda mano y no puedo parar de descojonarme. Sólo el nica, Bosco, se muestra bastante incompetente, haciendo hasta cinco re-buys en la primera media hora (con doscientas fichas el all-in está en boca de todos, es fácil quedarse sin fichas, y total, por 100 córdobas más, viva la vida). Me lo paso en grande, me río mucho, vacilo a los yankis, pierdo sin parar, hago dos rebuys más y hasta luego a la par que Ben. No hemos sido los primeros en irnos y nuestra marcha facilita la final, en la que aguantan Endika y Klara. Me he dejado 300 córdobas, unos 12 euros, en dos horas de diversión, así que compensa sobre manera, y ya les ganaremos cuando les tengamos más calados. No me he permitido ningún farol, y con las pésimas cartas que me han ido saliendo tal vez ese haya sido mi único error, no atreverme a mentir a tipos experimentados. Ben y yo nos retiramos entre risas, chocando manos a nuestros divertidos adversarios y prometiéndoles que el jueves volveremos, que ha sido una gran partida.

Quedamos con Endika y Klara en que nos juntamos en la Calzada. Nos sentamos en el Centralito, único bar donde hay gente ocupando la terraza, y sendas hamburguesas después invitamos a un yanki solitario con el que Ben ha entablado conversación a que se siente con nosotros. Se llama Jeff, debe estar en los treinta y muchos, viaja solo durante sus dos semanas de vacaciones y se decidió por Nicaragua. Nos pide que le recomendemos, y Ben le cuenta maravillas de San Juan del Sur y de León. Hablamos de Barcelona, de Londres, de las curiosidades de Nicaragua, de la ONG en la que estamos y que le resulta treméndamente interesante. Y aparecen Endika y Klara. Endika se ha venido de vacío, pero habiendo llegado a la mesa final sin hacer re-buys. Klara es otra historia. Ha quedado tercera y se ha levantado 400 córdobas. Ole mi alemana.

Litros de Victoria y unos mojitos, y Endika contándole cosas a Jeff que yo voy traduciendo, y Jeff se muestra encantado de habernos encontrado para compartir esta noche granadina. Le sugiere hospedaje en la playa de San Juan del Sur, le responde a preguntas que yo también tengo sobre este país de locos. Estamos en el segundo país más pobre de América, tras Haiti, y sin embargo también es segundo en otro ranking, en el de menos mortalidad infantil por hambruna.

A eso de las diez levantamos el campamento y para casita. En un aparte le digo a Klara que Ben ya sabe, y me mira tierna y me da las gracias y le digo que no se merecen, que ha sido fácil, que la situación lo requería y que conmigo Ben sigue teniendo mucho buen rollo.

Dejamos a Endika en su casa y llegamos a la nuestra, donde sólo Ale y Lau aguantan en las hamacas. Nos cuentan que Alba, Eider, Cata y Haley se bajaron a Granada por la tarde a inflarse a cervezas en la Calzada y en el camino de vuelta se compraron una botella de guaro, con lo que llegaron a la cena con un pedo digno de mención, con Cata trastabillándose y Alba arrancándose por bulerías. Les contamos nuestra noche de naipes y poco más que hacer, así que a la piltra y mañana a ver si nos vamos para Masaya.

domingo 15 de noviembre de 2009

El mundo es un balón de fútbol

11/11/09

Suena un despertador y no sé de quién es, y Eva está despierta y decide que como ayer me quedé dormido hoy no puede repetirse. Y me dice que arriba, Julito, a la obra, y murmuro que sí y me doy la vuelta, y ella sigue en sus trece, que no me haga el remolón, con ese tono de voz suyo que ya me irrita y me dan ganas de buscar el machete y rebanar cabezas peladas, coño, que madre ya tengo una y esa me despierta con "Quinto, levanta", que toca los cojones, pero con cariño. Y a la tercera embestida de la albaceteña, Jose, que es como mi angelito de la guarda, le dice que el despertador que ha sonado no es el suyo, que sólo son las seis y cuarto, y que me deje en paz o le tira la almohada. Añadiendo lo último hace que parezca una broma, el arte de la sutilidad, pero logra su propósito pues ella se hace la loca y dice uy, lo siento, y se olvida de mí y yo le estaré agradecido a Jose de por siempre, que no son horas ni para odiar ni para nada. Media hora después saco el culo de la cama y bajo a la casa azul, que hoy invita a desayunar mi alemana, bacon con huevos revueltos, y yo me despierto siempre sin hambre, pero hay manjares que no requieren ni de la gula para ser masticados. Y para la obra, con el estomago lleno y con Eider de comparsa, pero me la suda y me giro y beso a quien me toca y me pongo meloso y la vasca no dice nada, qué va a decir.

Hoy es día tranquilo. Están quitando moldes y ya se sabe lo que toca. Cortar alambres, volver a tirar de cizalla para hacer de la física un ejemplo de saber necesario, pues todo es cuestión de apoyo y presión para partir el metal. Y Klara lo intenta viendo que yo he podido pero desiste ante las risas de Mula, y le digo que lo conseguirá algún día, que si un caballo como yo ya puede, ella puede, pero no lo sabe. Y limpiamos madera, y me encaramo al andamio para que me pasen algo de mezcla, la única que hacemos. Y cojo el balde y lo subo y lo paso y he escalado en la cadena y trabajo codo con codo con Mula, aunque sean diez minutos.

Antes de comer me pongo el bañador y agarro la manguera que fue capricho de Ale pero que en realidad es una idea cojonuda y me pego un duchazo improvisado que me deja nuevo. Y a zampar, fresquito y renovado. Hay lo de siempre, más carne picada con patatas, poco sabrosa, pero es carne. Y se me acerca Eva y me dice que si he pasado al baño - ya me había anunciado que pensaba dejarlo como los chorros del oro - y le digo que no, que acabo de llegar, y no le suelto un déjame tranquilo porque no me educaron para eso. Me transmite que ha pedido herramientas de obra para restaurar el suelo de la ducha, que lo único que tiene son ronchas de humedad sobre el mármol, y si no te gusta no lo mires, que no te va a pegar nada, pero ella es muy señorita y es la única que no anda descalza por la casa, norma impuesta para no llenar de mierda el suelo. Y si se mantiene, no hay problema, siempre que no pises un bicho cabreado, que no es fácil. Pero ella no, ella tiene sus chanclas y se ducha con ellas y lo deja todo pringoso, así que de quejarnos deberíamos ser nosotros, pero no lo hacemos, la dejamos hacer porque entablar una conversación con ella deja a la tortura china a la altura de un polvo con una tailandesa desenfrenada. Y le digo que haga lo que quiera en el baño, pero en realidad pienso que me parece muy fuerte que fondos de ACE, porque a ver sino de dónde va a pagar esas herramientas, vayan destinados a los caprichos de una señora que supuestamente ha estado en Kenya, Costa Rica, el lejano oriente y yo que sé dónde ostias más. Que esto es Nicaragua, nena, y que si quieres que en el suelo del baño pueda comer hasta la mismísima virgen te vas a un hotel y lo pagas en dólares. Y le digo que sí, que muy bien, y meto el tenedor hasta el fondo del arroz y me vuelvo mudo al masticar, pero ella no, no sabe, así que me termina soltando que cuando termine con el baño estará totalmente prohibido que pase nadie que no duerma en la habitación. Y la temperatura de mis meninges empieza a subir, pero hinco otra vez el tenedor, miro al infinito y hago como cuando oigo a los grillos, pasar tres pueblos. ¿Prohibir? ¿El paso a un baño en una casa comunal? ¿Estamos locos? ¿Pero quién cojones te crees que eres? Yo cago en donde puedo si el baño de la habitación donde duermo está ocupado, y meo donde puedo si el váter está con visita, como en toda casa de cualquier sitio. Pero de qué cojones va ésta. Me parece estupendo que quieras reformar la puta casa entera para dejarla como un chalé en Torrevieja, pero primero lo consultas con el resto de habitantes, que tomar la iniciativa para hacer la vida más cómoda está muy bien, pero antes planteate si la vida va a ser más cómoda sólo para ti por el mero hecho de que el mármol sea níveo sin manchas marrones que son sólo manchas. Pero me callo, que vengo de la obra, que estoy cansado, que el odio es energía malgastada y aquí no sobra, y que este ser no va a amargarme ni un minuto. Al terminar de comer, hamaquing, y comento con Eider, Marta y Lau el último de los despropósitos de Eva. Si a Obama le han dado el Nóbel de la paz por lo que va a hacer, no por lo que ha hecho, a ésta la deberíamos atar a un árbol como al bardo de la aldea de Astérix, no por lo que ha hecho, sino para que no haga lo que dice, que dice mucho, demasiado. El silencio, la discreción, el respeto, con cuarenta y pico, se le escapan entre los dedos al huracán Eva. Y llamo a Jose, que ya que es compañero de habitación quiero conocer su opinión, y es el Santo Job, y me dice que hablará con ella, y yo le digo que no se lo contaba para que mediara con su temple, que tanto compensa mi irascibilidad infantil, sino para saber qué opinaba, y me desvela que no le parece bien imponer nada, y que hablar con ella lo hace porque quiere. Y otro punto para este chaval, y lleva tantos que la numeración arábiga casi se queda corta.

Hoy sí o sí hay entrenamiento, perdón, práctica con los chavales. Pero eso es a las cuatro, y nos terminamos quedando solos Klara y yo mientras el resto va a hacer sus cositas, dar clases y montar una ginkana para los mocosos. Y hablamos de qué hará ella con su vida, que qué haré yo con la mía, que porque no escribo si es lo que quiero, de cómo es el proceso de creación, de lo inmaduro que me siento sabiendo qué sueño tengo y no lo cumplo por pereza, y me va gustando más la niña, que tumbada en la hamaca me dice que sí, que preferiría estar en una cama de una habitación conmigo, pero que cualquiera puede entrar y que para romper el encanto mejor no hacer ningún sortilegio.

Llega la hora y cojo el balón y para allá voy. Vladimir me ve llegar y me pide el balón y lo coge como si fuera un cachorro de perro, y lo besa y lo tira y lo patea y se vuelve loco por momentos. Lenin le mira con orgullo, se acercan más niños e improvisan un partidillo en torno al mango del proyecto. Decidimos Lenin y yo que de práctica hoy nada, que mejor una reunión para establecer días fijos de entrenamiento, perdón, práctica, que sin constancia no tiene sentido darle patadas a un balón. Y me explica ya por fin cómo va el rollo del fútbol. Él lleva a dos equipos, uno de niños de seis y ocho años y otro de diez a doce. Que el primero se llama Tiburones y el segundo Alcones, sin hache, que si no suena para qué ponerla. Me cuenta que su sueño sería hacer también otro equipo de chavales de trece a dieciséis, que esos ya jugarían en Segunda División en Granada. Quiere hacer cantera con niños del proyecto, y su entusiasmo me emociona. Lenin tiene 29 años, trabaja en la construcción cuando hay trabajo, tiene una moto con la que desplazarse a dónde haya que ir a trabajar y el año pasado se lo pegó en Costa Rica ganando lo justo para alimentar a su familia. Me cuenta que antes de mudarse al proyecto vivía en el camino y que tras un año en su nueva casa, todavía no se adapta. Y yo me pregunto en silencio cómo debe ser la vida aquí para echar de menos una chabola y no estar del todo cómodo en una casa de verdad. Hay tantas cosas que se me escapan que me siento gilipollas. Le digo que ha encontrado a un socio para lo del fútbol, que yo me voy a implicar, que sé que él muchos días no puede organizar las prácticas porque tiene que currar, y que para eso estoy yo. Que me encantaría bajar los domingos a los partidos pero que algunos no podré porque me iré de excursión, y él me cuenta que su mayor problema es que muchas veces los Alcones y los Tiburones juegan a la misma hora y se tiene que quedar con los más pequeños, que son los que más voces necesitan mientras juegan. Me impresiona que un hombre que por fin aparenta la edad que tiene (aquí todos parecen mucho mayores) esté tan interesado en hacer algo con niños que no son suyos, que busque implicarles en algo colectivo y saludable por el mero hecho de hacerlo. Soy inocente y sé que de primeras todo el mundo me parece estupendo, y luego me llevo muchos palos, pero este tipo no creo que me vaya a decepcionar. Se me hace el culo gaseosa pensando en montar un equipo de fútbol de verdad. Le digo que si me voy de aquí habiéndolo hecho me sentiré feliz, y él sonríe con la misma sonrisa de su hijo cuando vio el balón medio desinflado que les he comprado.

Me descubre que muchos padres le miran con recelo porque está picando a los niños con el fútbol, apartándolos del beisbol. Que incluso muchas madres no dejan a sus hijos apuntarse a ninguno de los dos equipos porque con el beisbol se gana más dinero y me da tanta pena el argumento que le digo que estoy con él, que no se sienta culpable por nada, que lo que está haciendo es precioso y que quien diga lo contrario sólo quiere hacer de su hijo millonario jugando a algo que al propio hijo no le gusta. Me pone el ejemplo de un niño al que su padre le compró todo el equipo de beisbol, y ahí está en su casa cogiendo polvo porque el niño quiere usar los pies en vez de las manos.

Es tímido y educado y no quiere pedirme nada, así que saco el bloc de notas y le digo que empiece a contarme lo que necesita, sin tapujos, que yo no le prometo nada pero que se lo voy a comentar a la doña, a ver qué dice. Camisetas, botas, conos y porterías pequeñas para entrenar, la paga de los árbitros de la liga (15 córdobas el partido, la inscripción se la regalan, que él se ve que hace lo que puede, y es mucho) y guantes para el portero. Qué menos, coño. Y yo que soy así de atontado pienso que si a Judith le parece demasiado, lo pongo de mi bolsillo, que qué mejor manera de invertir el dinero que en la felicidad de once niños (los Tiburones están bastante uniformados). Creo que se sorprende de mi voluntad, pero le tengo que sacar las cosas que necesita con sacacorchos, lo cual me gusta, me hace pensar que este hombre no quiere pedir, quiere conseguir por sus medios. Y justo por detrás pasa Eduardo, el Guayo, el que nos ha robado varias veces y se sigue haciendo el majete, y vuelvo a pensar en los hijos de puta volando y las buenas personas con paraguas.

He encontrado mi misión en La Prusia. Quiero hacer de esto un equipo de fútbol de verdad, y me voy a dejar los cojones, sabiendo que me puedo llevar un chasco, que son niños y nunca se sabe, pero que lo voy a intentar, que merece la pena, porque está claro que merece. Y los niños siguen jugando al balón y reunimos a unos cuantos y quedamos en que martes y jueves a las dos y media en el mango para buscar donde entrenar cada día, que hay diferentes cuadros (prados) pero que muchos están ocupados por mujeres fanáticas del softball y por niños y no tan niños fanáticos de cualquier cosa.

Estamos en esas cuando por el camino pasan unos cuantos de los Alcones, y los llamamos, y Franklin, que está con nosotros, nos dice que llevan una culebra en la mano, que la acaban de cazar. Y yo me imagino una culebra, como las del Tormes, finita y de treinta centímetros. Pero el que la porta levanta el brazo todo lo alto que puede y la cabeza de la bicha sigue tocando el suelo. Debe medir metro y medio y tiene el diámetro de mi muñeca. Alucino, una vez más, y le digo a Lenin que la mayor parte de los niños de España que conozco habrían salido corriendo nada más verla, que qué diferente es todo, y el suelta un sí como mustio, que no sé cómo interpretar.

Hablamos de fútbol en España y de beisbol en EEUU. Hablo de verdad por fin con un nica para descubrir un espíritu de sacrificio que me deja temblando, y yo no soy nadie pero quiero serlo y quiero ayudarle, que no hay nada más bonito que hacer algo con un niño que sino no hará nada. Y siguen jugando en el mango con el sol poniéndose y le digo a Lenin que me va a dar mucha pena pedirles el balón, y me dice que si a mí no me importa esta noche se lo queda él y mañana lo cojo de su casa para cuando me vaya a entrenar, que él por fin tendrá trabajo mañana y no podrá. Y le digo que claro, que esa era mi idea (él mismo me dijo que me quedara yo el balón, que sino en su casa iba a ser visto y no visto). Y nos despedimos apretando las manos y sonriéndonos ante el encuentro de dos socios. Y le prometo que mañana no iré a la obra, que me bajaré a Granada a conectarme a Internet e imprimirme entrenamientos y tácticas de fútbol, no sólo para los niños, sino también para él, que no deja de pedirme consejos futbolísticos y yo sé lo justo. Me da las gracias y le digo que no sé porqué me las da, que se las debería dar yo, que me ha descubierto un motivo para haberme venido al otro lado del mundo, y que este domingo no podré, pero que el que viene me tendrá en el banquillo ordenando a los chavales y buscando ganar un partido. Hay que motivarles, me dice, y tener paciencia, que a las prácticas no irán todos, que son niños. Y me voy andando solo y pensando qué he vuelto a descubrir el sentimiento de felicidad, sólo con una charla y un balón, ya ves tú, los pequeños detalles. El Dios de las pequeñas cosas, que diría Arundhati Roy. Un balón de fútbol.

Llego a la casa de voluntarios, me meto en mi casa en busca del ordenador para escribir esto, que estoy tardando, y justo Klara sale de su cuarto con el pelo mojado y el tanga asomando por detrás, recién duchada y oliendo a 19 años, y le cuento lo que ha pasado, que estoy so fucking happy y me mira como yo miraba a Vladimir cuando descubrió el ansiado balón y me dice yes, you look happy, y me besa y me acaricia la cara y me dice what a good thing y se va dejándome en medio del salón, en medio del mundo, en medio de un equipo de fútbol que está por montar y que, joder, me necesita. Me necesitan. A mí, innecesario tantos años en tantas partes y casi llorando ahora de la puta emoción que me asalta. Y qué suerte tengo de poder compartirlo en privado con alguien que se alegra de verme así.

Qué suerte tengo de haber conocido a Vladimir, a Brayan (que si el nombre suena así, porqué no escribirlo así), a Franklin, a Javier, a ese que llaman Chuky, a Brallán (este con dos l, porque porqué no), a Darian, a Dayron y al resto que no recuerdo su nombre pero seguro me costará olvidar.

Alba ha hecho gazpacho andaluz y huevos con papas a lo pobre para cenar. Sabor a pueblo.

Y Klara, tumbada en la hamaca delante de mí, nota que tengo los ojos llorosos. No he llorado en mucho tiempo, yo que gusto de mojar la almohada de vez en cuando. Me pregunta y entrecortado le explico que es indescriptible hacer feliz a un niño con tan poco, que me tiene fucking amazed (si no metes fucking en una de cada tres frases, es que no sabes inglés) Lenin, que está haciendo lo del fútbol por hacerlo, que es un hombre pobre, pero tan rico, y que me da vergüenza todo lo que tenemos en Europa y de qué poco sirve, cuando aquí unas botas de fútbol pueden hacer que un niño se vuelva, literalmente, loco. Que me la suda que la doña no ponga pasta, que esto lo pago yo por mis santos cojones, que no encuentro mejor inversión para parte de un finiquito que me dieron por nada, porque eso sí que fue nada y lo que hace este hombre es tanto. Que estoy emocionado, joder, que soy un tipo sensible. Y ella me dice you are so cute, y lo supongo pero le digo que debería ser un tipo duro, intentando hacerme el gracioso, cuando lo que me pide el cuerpo es seguir rumiando mi última hora, que ha sido mucho más que sesenta minutos, que ha sido mucho más que unos latidos y unas cuantas respiraciones. Ha sido lo más impactante que me ha pasado desde que estoy aquí, y en realidad no ha sido nada, sólo ha sido un balón de fútbol y un proyecto que me motiva. Pero es que eso lo es todo, para mí que lo tengo todo y ahora me doy cuenta de que sólo son migajas, que el pastel está en los pies de un niño con botas y en las manos del portero con guantes y en un balón que no es bueno, pero que es nuevo. Y a Klara la llaman para jugar al Rummy y no sabe decir que no, pero cuando se levanta se queda acariciándome la pierna y la beso en el muslo y se va y me quedo tumbado en el banco, queriendo romper a llorar de una puta vez, que me lo está pidiendo el cuerpo, pero sin hacerlo, que no lo pide la situación. Obama, esto sí es el premio Nóbel de la paz, y no hace falta que venga ningún escandinavo a reconocerlo. Yo, por mi parte, se lo doy a ese hombre que roza la treintena y que sólo quiere que unos chavales ocupen su tiempo divirtiéndose en equipo. Eso es mérito. Lo demás, mierda.

Ale me lee y cuando me termina me dice "qué bonito", y le preguntó el qué, y me contesta "lo que te ha pasado hoy, y poder compartirlo, tío", y me vuelvo a poner ñoño y le doy las gracias de corazón, que sino no vale darlas. Y me pone una canción del Efecto Mariposa que hace que me plantee irme a dar un garbeo y dejarme llevar de una jodida vez, pero los huevos a lo pobre empiezan a salir y la emoción también se aplaca con hambre.

Reanne y Pete me piden ayuda para transportar hasta la casa azul uno de los armarios que ha hecho Ben y que ya está terminado. Fucking Ben se ha bajado a Granada, que los miércoles se hace pub quiz (un trivial de borrachos) en la taberna irlandesa y ha quedado con un colega para apuntarse, dejándonos el marrón. Es imposible mover el mueble en la noche, sólo Pete y yo ya que Reanne iría iluminando, así que desistimos y mañana ya veremos, y menos mal para mi espalda. Pete mete la pata en un hoyo y suelta un fucking hell que desbanda a los pájaros, pero no le ha pasado nada grave, por suerte, aunque él dice que si un tobillo torcido le dejase en la hamaca una semana no pasaría nada en absoluto.

Tras la cena, reunión. Endika y Judith han aceptado la invitación de Alba y cenan con nosotros y se quedan a la reunión, y bien que han hecho porque Endika dice cosas que me gustan. Hay un problema con la recogida de basura en la comunidad, y Judith quiere que se encargue Carlos, el cuidador de nuestra finca, y Endika le dice que no le parece bien, que no somos sus padres, que tenemos que ser la última opción, no la primera. Que esto, como un proyecto solidario, debe tener un fin y que luego vuelen solos, que no vamos a estar siempre para solucionarles el problema. La doña dice que como es abuela no puede ver a niños revolcándose en la basura, y Endika le dice que no puede tomárselo así, que ACE no está aquí para que los nicas dependan para todo de nosotros. Sí, señor. La doña entra en razón y dice que va a convocar una reunión con la comunidad para solucionar el problema, casa por casa uniendo a la gente, y luego en la reunión, que tomen la palabra la gente de la comunidad. No puedes venir a este lado del mundo a resolver los problemas, sino a facilitarles los medios para que sean ellos los que decidan. Cuando un hijo se va de casa con treinta años, a los padres sólo les queda dejarle ir y verle crecer y caer, pero crecer.

Póker de nuevo, que Endika quiere recuperar su dinero. Y lo consigue. Haley ha aprendido a jugar hoy y llega al heads-up con su ex, pero al final gana la vieja escuela y Endika ya tiene presupuesto para ir mañana jueves a la timba del Eurocafé. No es la noche de Klara, y Endika y yo le explicamos el dicho de "desafortunado en el juego, afortunado en amores", así que no debe preocuparse. Y no debe, por mis santos cojones.

sábado 14 de noviembre de 2009

El secreto del acero

10/11/09

Me despierto tarde, rozando las ocho y cagándome en todo. Klara se ha ido con Eider para la obra, que se une al baño de cemento y al golpe de pala. Perra alemana, no me ha esperado, y se lo hago saber nada más llegar, y se disculpa con una sonrisa diciendo que me creía ya allí, y yo le digo que siempre la espero, y me susurra un calzonazos con acento que me derrite las canillas. Maldita sea, esto no puede ser un campamento de verano, pero cualquiera lo diría.

Hoy toca rellenar vigas, así que sacos de cemento, paladas, tierra, grava, coger el cubo y elevarlo, y así hasta las doce y media. Le digo a Eider que es bueno que el primer día sea duro, porque así ve lo que hay y se va acostumbrando, y se muestra encantada, manchada hasta las pestañas y aprendiendo rápido.

Por primera vez consigo partir una vara de metal de medio centímetro de ancho a golpe de cizalla. Le he cogido la técnica, y Endika y Mula desde el andamio me vitorean. Una cosa más que puedo hacer. Partir hierro con mis propias manos, ahí lo llevas. No depende de la fuerza, sino de encontrar el apoyo en la cizalla y hacer presión constante hasta que ves que lo inmutable se dobla, y doblegas el metal, y se parte con un clac y la cizalla queda cerrada atrapando aire. Y de repente te sientes poderoso. Por supuesto, yo he necesitado como veinte golpes de presión para partir la barra, mientras que Mula, Pico o Alex lo harían con tres buenas sentadillas.

Las lumbares se convierten en mi peor enemigo. Ya consigo llevarme los sacos de 45 kilos a la espalda con algo de estilo, pero nadie dijo que el estilo no fuera perjudicial. Tengo desatada la guerra de Hiroshima al final de la espalda, y cada paso que doy es la bomba H. Mal hábito de postura, mal movimiento para cargar peso, tirando de hombros y espalda en vez de rodillas.

Aparece Ben en un carromato tirado por un caballo feo que responde, o debería, al nombre de Pitibul. A Pete le llaman caballo con sorna, y un caballo de verdad tiene un nombre parecido, así que la broma está hecha. El dueño del carro y que ha venido con Ben cargando la madera que le falta para terminar los dichosos armarios es un cachondo, se lo pasa bien viéndonos trabajar y le doy coba. Cuando se va, Ben me dice que al tipo en cuestión le encanta venir, que dónde él curra no hay gringos y se lo pasa bien con ellos, que le gusta el trabajo que hacemos y que le resultamos interesantes. Le pregunto si sabe que curramos por un plato de comida, y se descojona y me dice que no y que probablemente si se lo dijera ya no le pareceríamos tan fucking cool.

Terminamos y a comer, y por el camino a Haley se le cae el guiso de calabacín que acompañaba al gallopinto, y recogemos lo que podemos, que no es mucho, así que gallopinto con un moje de algo más. Y a vaguear toda la tarde, viendo a Ale cocinar, que le toca y se ha decidido por el pollo con curry, y ha invitado a los hippies porque le da igual cocinar para 17 que para 23. Sin comentarios ante la demostración de tantas cosas buenas que empalagaría al más amargo. No conozco de nada a este médico murciano, pero ni falta que me hace para saber que sí, que si los hijos de puta volarán no veríamos el sol, pero que si las bellísimas personas lo hicieran tal vez saliera el día nublado.

Y el pollo está increíble, con platano y naranja imperceptible en un tumulto de sabores, con el pollo deshaciéndose en la boca y la miel que lo acompaña dándole la dulzura que requiere lo hindú. Y para acompañar papas fritas cortadas en rodajas, como aquí no las he visto. Y para terminar macedonia con gelatina. Hay para todos y nadie pía mientras degusta. Ben suelta un fucking awesome y los españoles adulamos al chef, que sigue haciéndose querer sin querer hacerlo, que es como se debe. Jodido Ale, eres grande.

Klara se ilumina cuando oye la opción de jugar al póker, que ya que está Endika nos podemos juntar varios para hacer una buena timba. Y allá vamos Ale, Eider, Ben, Endika, Klara y yo. Una partida a seis es otra cosa. Buy in de 20 córdobas y a darle duro a los naipes. Y van cayendo. El primero Endika tras dos re-buys, luego Eider, que es novata y mucho ha aguantado. Ale desiste ante un arrebato mío y se va de vacío, y Ben, la alemana imparable y yo seguimos y seguimos hasta que sólo nos quedamos ella y yo en un heads-up infinito que termino llevándome yo con un All-in con as dama y que ella ve, ya cansada, me aprovecho de eso, con 8 y 10 de corazones. No sale nada y la pasta es mía y Ben y yo la vacilamos con que no se puede ganar siempre. Y ya en la casa, con todos dormidos, me pone morritos y yo le digo que seguro que soy incluso más sexy habiéndola derrotado, y ella me dice que una polla y nos volvemos uno y nos cuesta separarnos pero es lo que hay viviendo como vivimos. Y a la cama y mañana será otro día, si Dios quiere, y si no quiere, ya se sabe, me vale verga.

La alemana número 13 y Gollum en mi cuarto

09/11/09

Tras una lucha a muerte con la mosquitera por la noche, en la que mi brazo izquierdo se enredó en ella sin yo darme cuenta y cuando mis sentidos se recuperaron ya era tarde, amanezco a las seis y media. Bajo a desayunar al porche de la casa azul, yogur y café, que siempre me levanto sin hambre, y eso es una putada. Ben está ya de vuelta de su viaje a León, llegó ayer por la noche. Nos cuenta que le ha encantado, que no se esperaba una ciudad así en Nicaragua acostumbrado a Granada. Universitaria, cosmopolita, movida, más reconstruida y con mucha marcha nocturna. León fue capital de Nicaragua, disputándoselo con la propia Granada, para que finalmente fuese Managua, ciudad neutral, la que se llevase el gato al agua. León se construyó en un principio por un conquistador español a la vera del Lago Managua, o Cochibolca, pero un terremoto la devastó, hundiéndola bajo el lago, y la volvieron a erigir más al norte, alejada del agua. Aquello fue en el S.XVI, tiempo ha pasado, pero el caso es que se mantiene como ciudad cultural, y sigue rivalizando con la actual capital por el papel de ciudad más importante. Barcelona, Madrid. León, Managua. Al final lo que pasa en España también puede pasar aquí.

Cuando me voy con Klara hacia la obra le pregunto con los ojos que qué va a hacer, y me dice que ya, que de hoy no pasa, que hablará con Ben. Toda la puta Prusia seguro que lo sabe ya. No es justo, y Klara lo sabe, y en cierta manera la martiriza.

En la obra no hay mucho que hacer hoy. Están moviendo tablas de madera para hacer moldes que rellenar con mezcla, pero hasta que esos moldes no estén fijados no hay mezcla que hacer, así que Klara y yo nos dedicamos a cortar alambres para atar las escuadras a la ferralla, a hacer cantidades ridículas de mezcla para tapar los desconchados que aparecen al quitar las tablas, y poco más. Mula y Alex están con un resacón de tres pares. Alex está enfadado porque ayer el entrenador no le hizo jugar ni en el partido que nosotros vimos y que ellos ganaron ni en el que jugaron después, en el que perdieron, empatando la serie contra el equipo rival. Cual Ronaldinho, no aguanta el banquillo y su orgullo le puede más que su profesionalidad. Sabe que su brazo izquierdo es mucho brazo izquierdo para sólo pasar agua a sus compañeros.

Mula me pide ayuda para mover el andamio, que dice que él hoy no puede, que está flojo. Lo que está es sudando guaro a más no poder.

Vanessa y Reanne aparecen con plátanos y avena que ha sobrado del desayuno de los alumnos de la escuela. Doy buena cuenta de lo mío y Alex y Mula me piden que les traiga avena, y yo les pregunto si tengo cara de camarero, que ya hay confianza, y se descojonan, y me dicen que por favor, que están muy malitos. Es bueno que me hagan partícipe de su melopea.

Endika ha vuelto hoy a la obra después de una semana sin plantar sus pies descalzos (es el único que curra descalzo, ni los nicas lo hacen) sobre el andamio. Estaba rallado por lo de la reunión famosa y pasaba de hacer acto de presencia con cara de pocos amigos. Pues vale. Me vale verga, que dicen aquí.

Con Klara la confianza ya es gorda. Tenemos nuestras coñitas particulares, le ayudo con el español para darme cuenta de que sabe bastante más de lo que se cree. Como Antonio Banderas en El guerrero número 13, la chica lista escucha mucho, y de repente te suelta una frase en perfecto español que te quedas loco y te da qué pensar. Hoy le he enseñado qué momentos son los buenos para soltar un buen "venga, coño". Pete lo oye y le encanta.

Volvemos al tema del cine, que nunca agota. Hablamos de Tom Hanks. A los dos Forrest Gump nos gustó lo justo. Klara se descojona cuando digo Tom Cruise, o Clive Owen, o Sean Connery, o Chuck Norris, pues ningún español sabe pronunciar esos nombres. Se dice: Tom Crus. Claif Ouwuen. Son Coneri. Chac Naurris. Descojone mil. No consigo marcar la diferencia entre sheep y seed, entre ship y sheep. La entiendo cuando ella la hace, pero a mí me cuesta sangre. Si me va a enseñar algo y todo la niña de 19 añitos, no te jode.

Tengo un par de momentos caballo, torpeza total, y los nicas se mofan a gusto de mí. Esto marcha.

Pasan las horas, y poco hacemos, así que elipsis y a comer. Hoy acompañando al gallopinto hay un pollo empanado, crispy chicken, que quita el sentido, pero cada vez somos más voluntarios y nadie se lo debe haber dicho a la cocinera, porque escasea el ansiado pollo. Y a la mesa está Eva con su espíritu imparable, y me vacila y me adula y se sorprende cuando le digo mi edad, y me dice que me siga conservando así y yo le digo que con la mala vida que me pego mucho le tengo que haber pagado al diablo. Y se suelta un par de manchegismos que me hacen sentir algo más cerca de los colegas chinchillanos, de mi abuela, de la estepa manchega. Pero es que es demasiado esta mujer, no calla ni debajo del agua y confiesa que le gusta el póker, que se traga el European Poker Tour, pero que no juega por dinero. Ves, Klara, éste es el momento: "venga, coño".

Y para Granada una vez más, que Ale quiere hacer la compra, que le toca cocinar mañana, y a mí me toca esta semana la limpieza de la casa amarilla, y eso incluye comprar lo que falte. Y como también soy el jodido tesorero, pues me hago cargo de gastos comunes tipo cubiertos o una bombilla que se ha fundido porque una langosta no encontró mejor lugar en el que morir. Klara se viene, que está empeñada en comprar una parrilla para montar una barbacoa, más alemana imposible. Por el camino nos adelanta Ben en la bici, que va a la ferretería a por más madera para los armarios que nunca termina de construir. Tenemos suerte y baja un pick up que nos lleva hasta el mismísimo centro de Granada. Ale le pregunta a Klara si ya habló con Ben, que está al tanto de todo el murciano. Klara le dice que hablará con él, Ale le vacila con un yeah, sure, y ella se sonroja y dice que sí. Y Ale termina diciéndole que somos adultos, que no es para tanto, que es incómodo pero que en realidad estamos haciendo una montaña de un grano de arena. Y tiene razón, claro. Pero tener razón es una cosa y otra es ser protagonista cuando lo que quieres es pasar desapercibido.

Asaltamos una ferretería para comprar encargos que me han hecho. De repente soy Leonardo di Caprio en La Playa, cumpliendo recados insólitos. Ale se empeña en comprar una manguera, que quiere enchufarse agua cuando le venga en gana sin tener que ducharse. Y me place la idea, pero es que ninguno de los dos sabíamos que ya hay una manguera en algún sitio de ACE. El médico entra en una farmacia a por cositas que necesita para Petrona, la vieja escuálida y amable que vive cerca de ACE, a la vera del camino, dueña de muchos perros. Los perros de Petrona, como título de una novela de la Generación del '98. Es una coña del murciano, que no para de discurrir para buscar esa vuelta de tuerca absurda que te hace estallar en carcajadas. Al estilo del humor de mi madrileño Manolo.

Rompe a llover torrencialmente, cuando hacía diez minutos el sol derretía los huesos de los cerdos. Nos cobijamos debajo del toldo de la tienda donde me clavan 130 córdobas por una pelota de fútbol, por fin me he hecho con ella. Ale busca unos pantalones finitos de algodón pero se los dan de pinzas y dice que no, claro, que los quiere informales y la incomprensión es total así que huye con las manos vacías.

Y al Pali a por todo tipo de cosas, entre ellas un saco de azúcar de 10 kilos, que el azúcar vuela en la casa de voluntarios y así no habrá que coger más en dos meses. 10 kilos de azúcar. Qué barbaridad. Ale tiene para rato, así que Klara y yo le esperamos fuera fumándonos un cigarro. Aparece Terry, el aparcacoches amigable. Me dice que tenemos que ir un día por la península del lago de Granada, por la que fue Jose el otro día en bici, que se conoce unos sitios para bañarse cojonudos, y que con Flor de Caña bajo el brazo aquello es muy parecido al paraíso. Viene de hacerse un tatuaje, la parca en el costado derecho, y me enseña todos los que tiene, poco elaborados, y probablemente insanos. Me confiesa que le gusta Lau, que se lo diga, que cuántos años tiene y que qué bueno que sean 30 pues eso demuestra experiencia. Nos descojonamos de lo lindo, hacemos buenas migas, me pasa su número de móvil y le digo que lo de ir a bañarnos este domingo jodido porque queremos ir a Masaya. Y cuando Ale termina, Terry nos consigue rápidamente un taxi para que nos lleve a La Prusia, cosa que no es fácil porque después del chaparrón el camino es terreno vedado para muchos taxistas cautos. Le doy 10 córdobas de propina y se sorprende, y le digo que no, que gracias por todo, que es un tipo amable y que qué menos. Que le llamaré, y que le pasaré el mensaje a Lau.

Por el camino nos volvemos a cruzar con Ben, que va sorteando charcos infinitos y el arroyo, que se ha desbordado. Pasamos por delante de Vladimir, que bajo sus larguísimas pestañas juega con cualquier cosa en el suelo encharcado y con los pies descalzos. Bajo la ventanilla y le motivo diciéndole que he comprado un balón tan bonito que mañana ya verá, y su cara es la ilusión, y sus ojos se abren y sus pestañas se hacen aún más largas y me extiende las manos hacia el coche y le digo que mañana y me levanta el pulgar sin dejar de sonreír. Un balón de fútbol se convierte en la dicha, le hará soñar esta noche y no dejará de decirle a su padre Lenin que tenemos balón nuevo, que Julio ya lo compró, que es tan bonito, que mañana habrá práctica, que él es Casillas y las parará todas.

El taxista se afana, no desiste, hemos pactado ya la pasta y no hay marcha atrás. Nos dice que los voluntarios deberíamos recoger firmas por todo el camino de La Prusia para que el alcalde vaya a ver las pésimas condiciones en las que está, que donde él vive pasaba lo mismo y se organizaron y consiguieron que el alcalde se pusiera manos a la obra, que para algo están los impuestos. El taxista activista. Y la verdad es que no le falta razón. A mí Judith me dijo que asfaltar el camino era demasiado caro y que todavía ACE no había conseguido las subvenciones suficientes. Pero es cierto que para algo están los jodidos impuestos, pero también es cierto que no me sé de la misa la media y que ya se habrá intentado, supongo. Más tarde Jose me explica que el camino que va de la laguna a la ceiba, la mitad de todo el trecho, es propiedad privada. He ahí la explicación. Siento envidia por Jose, que aunque dice que no está haciendo gran cosa para su proyecto de antropología, lo cierto es que está practicando antropología pura, consiguiendo que le inviten a las casas y a charlar. Me dice que no es difícil, que cuando se queda sin conversación simplemente le cuenta algo absurdo de España, y entonces ellos le cuentan alguna tontería de Nicaragua, que será tontería para el que la cuenta, pero no para el que la escucha. Le digo que puede estar orgulloso del curro que está haciendo, y es demasiado humilde para reconocerlo. De repente me agobio pensando que no quiero que esto se convierta en un campamento de boy scouts, y Lau aplaca mis ansias de reportero diciéndome que llevamos sólo dos semanas, que ya llegará nuestro momento, que asaltaremos vidas ajenas y contaremos lo que nadie ha contado todavía.

Llegamos a la casa tras las compras y hago las cuentas, que me cuesta horrores. Hay dos botes, uno por cada casa y el comunal de los voluntarios, y dependiendo de qué compra sea, la pasta se ha de reponer de uno u otro bote. Madre mía, de aquí al caso Gürtel, como me ponga tonto, hay un paso.

Y a escribir, como todos los días, aunque no haya nada que contar, pero parece que ya he contado algo. Alex, el de la obra, está aquí, jugando a algo con esta gente, y me dice que me han clavado con el balón de fútbol, que él no pagaría más de 70, y yo le digo que ya lo sé, pero que soy gringo, y que el hecho de que la piel me delate no tiene solución. Se ríe y me da la razón.

Hoy Capi es el perro guardián, y ya veremos qué pasa esta noche, que hace dos noches le volvieron a robar a Jose metiendo la mano por los barrotes de nuestra ventana y cogiendo lo que estaba al alcance, a saber: una cámara de fotos y dos sombreros, todo de Jose, que está gafado. Es robar por robar, pero Jose suspira que al menos espera que le den un buen uso a la bici y al sombrero. Un maldito santo es este hombre.

Klara no ha hablado con Ben. Lau ya sabe que tiene un pretendiente nica que es majísimo y que nos consigue lo que queramos y nos lleva a donde queramos, Cata está un tanto exasperada de Judith, la doña, que puede ser cargante como cualquier abuela, y eso que Eva ha venido a quitarle el puesto. Incluso Judith parece que no puede doblegar a esta loca albaceteña que me habla de gazpachos manchegos y arroz caldoso y me hace salivar como si fuera la última vez. Combato el hambre hasta la cena siguiendo los consejos de Pete, latita de atún entre pecho y espalda. Lau no puede parar con La soledad de los números primos, Klara se zampa una bolsa de Doritos en la hamaca, Alba le da clases de español a Reanne y yo escribo lo que veo al tiempo que lo veo, que no hay una crónica más exacta que esa. Queda una hora para la cena y los mosquitos nos superan en número, que ha llovido y es su momento. Y Lau me dice que Paolo Giordano, el de los números primos que no encuentran compañía porque para ellos no existe, es de mi quinta, y aunque hace tiempo que entendí que para las artes no hay edad y que leer la contraportada de los libros para compararme no tiene sentido, el orgullo me sigue picando. Ya llegará nuestra hora, me repite Lau, y llegará, pero hasta entonces envidio a Giordano y eso no me lo quita nadie.

Ale trinca un libro de poemas de Bukowsky y recita gracioso sin saber lo que dice, traduciendo lo que conoce y haciendo parecer al borracho oscuro aún más incomprensible. Vanessa se descojona, Lau le sigue y Ale a lo suyo, que si al final Bukowsky llegó o no a los pantys de una mujer con nariz de cerdo, y qué hizo con ellos. No puede parar, el puto humorista. Mira qué bonito, anuncia ante un verso que es de todo menos bonito.

Klara pregunta si hay póker tonight y le digo divertido que a mí no me importa, pero que como dice Peter, mejor le pago yo el buy in y luego nos repartimos las ganancias. Están cojonudos sus Doritos con chile, tan ricos como seguro lo está ella, pero eso es otra historia y no la voy a contar cuando la viva.

Haley presenta su cena, una lasaña de verduras y chocobananos para cenar (pincho moruno de plátano y una fuente de chocolate derretido, imagínatelo y siéntete el perro de Paulov). La verdad es que de un tiempo a esta parte la estela del cometa Haley se ha ido desvaneciendo, aparcando la bordería. Será porque se pira pronto, o será por lo que sea, pero bienvenido es, claro.

Y llega Judith para la reunión y le dice a Alex, el nica, que se marche, que esto no es de su incumbencia. Si fuéramos a hablar de temas delicados, me parecería lógico, pero hablamos de la obra, de dónde construir un vertedero para la gente del proyecto, de qué se harán con las clases de apoyo una vez se termine la escuela, y de quién se ocupará de recoger la pasta para la recogida de basura, ahora que Eli se va en breve. Y para eso bien podría estar Alex a la mesa y no sentado en solitario frente a la casa amarilla esperando a que terminemos para volver con sus amigos gringos.

Digo que ya que soy el tesorero, me ocuparé de lo de la basura cuando Eli se vaya. Pete y yo debatimos sobre lo del vertedero, que es una buena idea pero espérate que sea viable, porque en los terrenos de ACE hay mucha gente viviendo y no hay hueco para el vertedero, a no ser que concienciemos a la gente para que sólo lo use como depósito de basura la noche antes de que el camión vaya a pasar. El camión de la basura lleva sin pasar un mes, pero se justifica con que es época de lluvias y no podría llegar al lugar. Eli me dice que aun así hay que estar detrás de ellos para convencerles de que hagan lo que no es sino su trabajo.
Y terminamos la dichosa reunión, en la que los rufios (Ale, Lau, Cata y yo, así nos hemos bautizado con ese término que es una mezcla entre pícaro, vago y algo cabroncete, importado por mí de la profundidad de Madrid) hacemos lo posible por no descojonarnos de Eva, que dice que ha traído libros de aprendizaje de lectura gutural. Lo dice todo de una manera que es inevitable no querer reírse, y además nos tiene demasiado hastiados con su hiperactividad, con lo que todo es potencialmente risible.

Los rufios nos apartamos a la casa amarilla, que estamos un poco cansados del gran hermano y de la compañía de Eva. Eli y Marta intentan enseñarles el mus a Klara y a Ben. Venga, coño, un yanki y una alemana jugando al mus... eso es un chiste. Y allí estamos, en sillitas y descojonados de nuestras tonterías, cuando llega Eva a perturbarnos. No conoce el don de la discreción y se mete en nuestra conversación mientras saca un yogur de la cocina. Voy contando cada cucharada, infinitas, esperando que al terminárselo se vaya a acostar. Tiene un volumen de voz demencial que despierta a Alba, que se ha retirado a descansar prontito porque su fin de semana ha sido movido, lo ha dejado con el panameño Rafa que, según me ha confesado la granadina, la estaba empezando a chupar la energía, y yo digo que siendo así y sin querer meterme, estupendo me parece. El grito de Alba suplicando silencio nos da una excusa para no oír a Eva, que no pilla una y ahí sigue. Y otra cucharada. Y ya es una menos. Y se lo va a terminar. Pero de repente su yogur se convierte en un reloj de arena y lo da la vuelta y ahí hay otro, sin abrir, esperando a ser devorado, alargando los minutos que se convierten en lustros. Soy el único que la sigue la conversación. Ale, Lau y Cata no hacen por ser educados, y yo no lo puedo evitar, aunque el cuerpo me pida pegarle un corte para que nos deje en paz, que nadie le ha dado vela en este entierro si alguna vez la tuvo en alguno. Sin reparos, estos cogen sus sillas y le dicen que se van a alejar para no molestar a Alba. Yo les sigo explicándole a Eva que queremos hablar tranquilos de nuestro viaje a Masaya, y por un momento, bocazas soy, temo que se una al plan, pero no, a eso ya no llega. Nos adentramos en la noche y plantamos las sillas y susurramos bromas crueles contra esa mujer, que sentada en el porche y dándonos la espalda, iluminada por la luz de la casa, es como el cartel de la peor de las pelis de terror. Delgada como Gollum, fumando como el fumador de Expediente X, y sentada como la vieja de Misery controlando el cotarro. Lau dice que encima está en nuestra casa, refiriéndose a Cata y a mí, y yo la corrijo, que no está en nuestra casa, que está en mi habitación, que la diferencia es interesante y perturbadora. No podemos parar de reír y por fin Eva se mete para adentro y Ale dice que ahora o nunca, cogemos las sillas, las dejamos y seguimos para abajo, donde sigue el mus y Jose escribe. Se nos une y le contamos el martirio que hemos sufrido, y como es tan bueno no entra al trapo, pero sí cuenta alguna barbaridad de las de Eva, como por ejemplo que se toma pastillas por una medicación constante que toma y que en cuánto las engulle, cae grogui. Y Eva, cuando se lo contó, remato con un "así que si queréis echarme un polvo, yo no me voy a enterar". Madre mía del amor hermoso, eso no lo hago yo ni aunque me tire diez meses aquí y me despierten la líbido hasta las vacas jorobadas que pastan en las proximidades.

Y a la camita, dejando a los del mus y pensando que tal vez cuando acaben Klara y Ben tengan la conversación. Dicen que empiezan a entender este juego complejo y yo les contesto que es imposible que un no español consiga jugar al mus, que es como intentarle explicar a un madrileño de qué va el cricket.

Tengo un sueño que quiere ser erótico pero se queda a medias, a medias, otra vez. Pero esta vez duermo como un niño, por fin, y la mosquitera se mantiene en su sitio, creo que he ganado la guerra, estoy exhausto como el más heroico de los soldados.