domingo, 6 de diciembre de 2009

Un mes, y de lunes

23/11/09

Hoy cumplo un mes en La Prusia, pero no hay nada que conmemorar pues es lunes, y hoy noto la miseria del primer día laboral de la semana más que nunca. Después de un fin de semana de completo asueto, toca volver al tajo. Después de un dos noches durmiendo como es ley, me despierto en mi catre, me despierto bajo mi endeble mosquitera, me despierto sobre un somier que es una tabla y que soporta dos colchones pésimos, me despierto de nuevo en la parte baja de una litera en vez de en el lado derecho de una cama de matrimonio, me despierto de lunes.

Me duele la cadera, ya no por sobrecarga, sino porque se me clavan los putos huesos al tumbarme en posición fetal en esa mierda de camastro. Así pues, lunes que te quiero lunes, y a la obra, con algo de dolor todavía en las lumbares, pero lo considero llevadero. Error. Hoy toca rellenar de cemento la sala que encofraron Klara y Eider el viernes, así que sacamos ocho bolsas de cemento del almacén y las transportamos sobre la espalda hasta donde hacemos la mezcla. Es decir, mezcla non stop, sin tregua, y pasando cubos a Pico y Mula para que los viertan y alisen la mezcla sobre la parrillada. A la segunda tanda de mezcla Pete, enfadado, me dice que lo deje, que si no puedo, no puedo. La espalda la verdad es que me impide darle a la pala con soltura y el hecho de que es un lunes odioso me anula las ganas de forzarme. Así que hago caso omiso al enfado del abogado de Connecticut pero no a su consejo.

Eider ha empezado hoy a colaborar con El Gato para el tejado. Está con Alex pintando las vigas de aluminio que sostendrán el tejado con pintura roja y un líquido inflamable que, por ser transparente, confundo con agua intuyendo que lo que hacen es diluir la pintura, y me voy a encender un cigarro y la cara de Alex es una sonrisa de riesgo. Decidimos cambiarnos las labores la vasca y yo, ella le va a dar a la pala, que le apetece más, y yo a pintar con Alex, que no me apetece pero me conviene. Y así nos tiramos la mañana, cargando vigas por pintar o ya pintadas, y dándole a la brocha. En lo que Alex pinta seis vigas yo termino dos, y el sol dándonos duro en la espalda, y sin poder fumar porque salimos en llamas. Cuando llegan las 12.30 cambio la brocha por el saco de botellas de agua vacías y me pongo en camino hacia la casa de voluntarios, que Cata y Ale se han encargado de servir la comida a los que se quedan en la obra por la tarde y ya deben estar en casa con los manjares del día. Al despedirme de El Gato me pregunta tras quitarse la máscara de soldar que si vuelvo por la tarde. Extrañado le digo que no, que no solemos venir por la tarde. Sólo cuando me he alejado me he dado cuenta de que no tenía curiosidad sino verdadero interés, que él quiere acabar cuanto antes con lo suyo y como no tiene mano de obra tiene que contar con voluntarios que hagan doble jornada. Y no sería como lo hace Pete, que se queda por la tarde sólo porque quiere, sino que algún voluntario debería hacer el horario del soldador, entero, para que compense haber contratado a Gato por un presupuesto tan bajo. Pero que no cuente conmigo, que no estaré de acuerdo nunca con que haya sido él elegido para hacer la tarea, no por nada, sino porque implica un cambio no procedente en la obra: no sólo quitarle gente a Pico, sino además hacerles que vengan por la tarde. De momento Eider es la única fija en esa tarea, pues Judith fue hábil y la eligió para pedirle que ayudara a Gato, y la vasca dijo que claro, por ser nueva, por ser vasca y por ser un cielo que no conoce ser asertiva, eso que Ale descubrió eficaz no hace tanto tiempo.

Comemos y, como me imaginaba, haya vuelve Eider, con el mismo tizne que trajo, con las ganas de hacer lo que sea menester pero con la mosca detrás de la oreja por haberle dicho que sí demasiado pronto a la doña.

De comer lo de siempre y hoy sí que no me saca de la hamaca ni Dios, que es lunes y es siesta lo que me piden hasta las uñas. Tengo los hombros y el pecho de un deshollinador tras haber estado cargando con las vigas, así que me pego un manguerazo y ya me ducharé luego que un café y una hamaca son mi destino inmediato.

Ben vuelve de Managua, a donde ha ido esta mañana a ver si resuelve los trámites en la embajada española para que definitivamente pueda irse a Barcelona a trabajar y cumplir un sueño. Pero viene de vacío, porque le han pedido fotocopias compulsadas del pasaporte, y en la embajada no tenían fotocopiadora, increíble, así que después de pegarse el pateo para fotocopiarse todas las hojas del pasaporte y de vuelta a la embajada, le dicen que sellar cada hoja supone 180 córdobas, con lo que no llevaba encima dinero suficiente y para La Prusia de nuevo. Mañana vuelve a pelearse con la burocracia, pero hoy, y después de que coma él y descansemos los dos, empezamos las clases de boxeo. Se apunta Alba, que todo lo que suponga movimiento le priva, y si es armonía, ya no hay marcha atrás. Ben, descamisado y motivado, se mete en el papel. Propone estiramientos agarrándonos al tronco doblado de un árbol y luego empezamos con lo básico: posiciones de pelea, movimiento de píes, dibujo de la pierna y la cadera al lanzar el puñetazo. Así se hace el directo, así el cross, así el gancho y así el upper. Uno (directo), dos (cross), tres (gancho), cuatro (upper). Uno, uno, uno. Dos, dos, dos. Uno, dos, uno, dos. Uno, dos, tres, cuatro. Lo hacemos durante menos de media hora y la verdad es que cansa. Haces piernas como un corredor y aprendes a coordinar pies con cintura, hombros y brazo. Practicamos golpeos a las manos, primero Alba a las mías y luego cambiamos, con Ben cantando el número que marca el puñetazo a tirar. Al rato Ben sustituye a Alba, que es pequeña para mi estatura, y mientras encaja en sus manos mis puñetazos me va corrigiendo y animándome a tirar ganchos. El boxeo es divertido, tonificante y, espero no tener que demostrarlo, también útil. Y Ben es amante de la lucha y las artes marciales, y se le ve en la cara que le encanta transmitir esta afición sádica y divertida.

Lo dejamos porque se pone a llover como no esperaba nadie, pues en quince días empieza la temporada seca oficial, la que está marcada en el calendario aunque éste haya sido uno de los años más secos de la década. La hierba está recortada gracias al lomo de Carlos y a su buen hacer con el machete y la lluvia refresca y alivia, por lo que Alba y Ale no lo dudan y salen del porche. El médico se encarama al árbol del que cuelga el columpio y se sienta allá arriba, aprovechando cada gota que pasa cerca. La actriz granadina opta por bailar en círculos con su camiseta negra y sus pantalones bombachos, con la melena azabache siguiendo al cuerpo a cada giro, los ojos cerrados y la boca dibujando una canción que nadie oye. Y luego al columpio, con los pies descalzos y mojados, balanceándose bajo Ale, en una estampa bucólica y pasada por agua.

Mitch está con pasta entre las manos, de la de comer, que de la otra ya se la quité limpiamente ayer noche con los naipes. La rutina habitual de antes de cenar se despliega por el porche: cartas, lectura, musiquita, y la gata por ahí, con la prohibición de no subirse a la mesa ni entrar en la casa porque tiene más pulgas que pelo. Es muy pequeña para el tiempo real que tiene y no huye de la casa de voluntarios, todo lo lejos que ha llegado ha sido en una expedición hasta el porche de la casa de la doña, de la que ha vuelto corriendo, dando saltitos y casi sin vérsele entre la hierba cortada. Por hoy está bien la exploración y vuelve al calor de los voluntarios, que humano es el único que ha conocido.

Mitch cocina la pasta con aceite de oliva, que es caro en cualquier país que no sea el que me vio nacer, y es un tremendo detalle el que se ha marcado el yanki, aunque Lau y Ale opinan por lo bajini que es un desperdicio, pues sólo es pasta y con ese plato no le sacas partido al oro líquido. Tienen razón, pero qué sentido tiene buscarle tres pies al gato cuando está claro que tiene cuatro y encima es aceite de oliva, carajo, qué más dará que lo desaproveche o no si el caso es que nos invita. Y la pasta, todo sea dicho, tiene otro sabor. De postre, el yanki de trencitas y ego tremebundo se marca una sabrosa macedonia de fruta en la que predomina la sandía, y poco más que contar, que los lunes al sol ya los vimos en la peli pero no los vivimos hasta que llegamos aquí, así que a la cama prontito, que mañana ya será martes y lejos quedará esa cama donde dormí el fin de semana y me habré vuelto a acostumbrar a un colchón pulgoso y hundido por el centro.