viernes, 4 de diciembre de 2009

El Hospital Japón y un lujo que puedo y quiero permitirme

20/11/09

A las seis estoy en pie y hoy es mi primer viernes como encargado de la basura, así que me toca esperar a que Alemán y su socio lleguen con su carro para llevarse nuestra inmundicia. Pete, Klara, Eider y Mitch se van para la obra (Ben está en Managua, el cabrón) y la doña le dice a Ale que Ana María se ha despertado con el mismo dolor. Y no hay más vuelta de hoja: al Hospital Japón. Lau se ofrece para acompañarle, y yo, que gusto de meter la nariz en las cosas nuevas para enterarme, digo que me apunto también, si Alemán vuelve a tiempo con la basura, que ya la ha recogido de la puerta principal, a donde la llevé de buena mañana con la inestimable ayuda de Eider y Cata. La doña avisa a Ale de que en el despacho de la abogado que lleva los traites de la ONG ha llegado un paquete, que quién sabe si son las medicinas preciadas.

Justo antes de que Lau llame al taxi (el móvil de Bea finalmente ha recaído en las manos de la fotógrafa, bien por ella, que encima tiene saldo todavía y realmente va a ser útil tener un celular) para que vengan a por nosotros y la enferma, llegan Alemán and company en su carro, con los contenedores ya vacíos. Así que los devuelvo a su lugar, dos para cada casa de voluntarios, engancho los recipientes de la comida para bajarlos raudo a la mujer que nos prepara el gallopinto diario, y corriendo de vuelta para llegar antes que el taxi. En la obra le digo a Eider que si viene el médico de Granada, que hoy es viernes y le tocaría, pero quién sabe, que le abra la consulta Angélica, que tiene llave, porque Ale se tiene que ir al hospital. Me cruzo también con Pico y con Mula y les digo que me voy para Granada con Ale que tiene una urgencia y hay que ir al hospital. Pico, sin mirarme, murmura "¿qué pasa, se está muriendo?", y justo esboza una sonrisa al final de la pregunta, de esas de las que parece que le cuesta articular, como si tuviera muertos los músculos de la boca. Le digo que qué cabrón y le pego un puñetazo ligero en el hombro, a lo que responde ya con una sonrisa de verdad, de las que en verdad le vemos pocas. No quiere que me escaquee, pero esto no es un escaqueo, jefe, aunque yo no pueda hacer gran cosa en el hospital, pero mi motivación es acompañar a Ale y conocer el sistema sanitario de este país. La educación y la sanidad son un gran referente para enterarse de cómo están las cosas, o así lo creo.

Llego con tiempo de sobra, andando rápido por el camino. Me cruzo con el maldito Guayo, que de espaldas a mí y en bici, hablando con una vecina, no necesita girar la cabeza para decir "hola, Julio". ¿Será por el olor? ¿Será por mi forma de pisar? Sea como fuere, el cabrón tiene un ojo en la nuca y me reconoce sin mirarme. Esperando frente a la venta de Chilo, Ale me comenta que el dolor es el mismo y que está convencido de su diagnóstico previo. Y ya llega Ernesto, el amigo Ernesto, en su Hyundai pequeñito y rojo con una gran pegatina del rostro ensangrentado de Cristo en el capó. La enferma delante, Lau encima de Ale, yo al lado, y al otro lado Chilo, con la preocupación de una madre dibujada en la cara y sin dejar de mirar por la ventana para ver algo cien veces visto por los ojos oscuros de esta flaca y dentuda mujer. Ernesto nos comenta que ha tenido el coche en el taller, problemas de motor, que por eso no le hemos visto últimamente, y que intentará ir todo lo suave que pueda por los baches del camino para que la enferma no se resienta. La niña va totalmente encorvada sobre su estómago, pero sin decir ni un solo ay, sólo mostrando dolor en la expresión de su cara, los ojos apretados y la boca semiabierta.

En el camino nos cruzamos con Ben, que sube andando hacia la casa de voluntarios mochila al hombro. Su plan era quedarse en Managua para el concierto y luego ir directo a León donde se juntaría con Vanessa y Reanne. Me pregunto qué le puede haber hecho cambiar de planes a este hombre al que siempre le pasan las cosas más impensables. Nos ha sonreído cuando nos hemos cruzado, así que no le habrá pasado nada malo, pero quién sabe.

El Hospital Amistad Japón - Nicaragua está a las afueras de Granada y es una donación del gobierno nipón, como también lo es la escuela de La Prusia. La sanidad en Nicaragua es totalmente pública, pero ni de lejos tiene los mismos gastos que la sanidad española. Está construido, como todo aquí, a lo largo, nada de a lo alto, que debe resultar mucho más caro. El hospital se comprende de varios patios vecinos, como corralas. Los jardines del centro sirven de salas de espera y las consultas, rayos, urgencias, neonatos, UCI y demás son las salas que quedan en los soportales de los patios. Serán un total de cuatro patios, formando un gran cuadrado dividido. En recepción Ale hace algo que no le gusta hacer: "hola, soy médico y...". Nos pasan a Urgencias 1, donde una médico afable entabla conversación con Ale mientras le pone suero a la chica y le da la misma medicación que le dio Ale ayer, que por supuesto acertó en su diagnóstico. Entran los dos con la niña a la sala de urgencias y Lau y yo aprovechamos para dar una vuelta. Vemos sillas de ruedas que no son más que una silla de plástico blanco, de las de terraza de bar, anclada a unas ruedas. Nos alejamos hacia el bar del hospital, que es un chiringito en el exterior y que está al lado de toda una unidad nueva que están construyendo. Ale se nos va en unos días y Lau lo lamenta, que han hecho muy buenas migas. Le digo que sí, que es una mierda, pero que por suerte la peña me está resultando más interesante y amistosa de lo que yo creía en un principio. Que quitando a Haley (por víbora enmascarada), a Eli (por creerse prusiana y sigue y seguirá siendo siempre de España) y a Eva (por chiflada que gusta de despertarse y salir al porche de la doña, porque allí sigue, en bragas, camiseta y deportivas y la imagen es de todo menos suculenta para un madrugón), el resto de la gente me está aportando grandes cosas. Ella no dice nada a este comentario, supongo que porque no coincide conmigo y metería a más personas en ese carro de non gratos para ella, que es frívola a la hora de decidir quién le cae mal y por qué motivo.

Dos cocacolas y un perrito después (perrito caliente porque se parece a la polla de un perro cachondo, lo acabo de concluir y aún así me lo he comido), volvemos al patio donde está ubicado urgencias. Allí están Ale y la médico de charla, ella comentándole que le gustaría trabajar en España. Está de guardia y nos habla de la manifestación que habrá mañana en Managua. A la una, el gobierno hace un multitudinario pasacalles para celebrar la "victoria del pueblo gracias a Ortega", pero la oposición esta vez no se va a quedar callada y tomará las calles de la ciudad a las nueve de la mañana, para que no se encuentren las dos ideologías y pase lo previsible, y para clamar al cielo contra el fraude de las últimas elecciones y contra la relección ilegal del presidente (ilegal porque para reformar lo que dice la Constitución sólo es competente el Tribunal Constitucional, no los jueces ordinarios que están a sueldo de Ortega). En cuanto se entera de que soy periodista, me insta a ir, que la prensa internacional debe hacerse eco de lo que está pasando aquí, y que si no fuera por su guardia, ella iría, a la de las nueve de la mañana, claro. Lau acaba de decidir que ella va a ir. Yo no. Yo me quedo en un hotel de Granada, con un conflicto moral apagándose sobre mi cabeza gracias al sentido común. Concluyo que no es viable infiltrarme en una manifestación como esa sin tener ni pajolera idea de qué está pasando en este país. Que lo suyo sería haberme enterado con más tiempo, contactar con la Asociación de la Prensa de Managua, que la habrá, venderme como un periodista español freelance y conseguir el apoyo de los periodistas locales. Así es como deben hacerse las cosas, que aquí de momento sigo siendo un gringo que se entera de poco. Pero Lau está decidida, y la digo que con dos cojones, como debe ser.

La médico le cuenta a Ale que si se fuera a trabajar a España probablemente le homologarían el título pero sin el MIR, y Ale le dice que no pasa nada, que así puede trabajar en España mientras se saca el MIR. Ella le dice que aquí está cobrando 500 dólares al mes, que es la mitad del sueldo mínimo español, y es médico titular, ni residente ni ostias. Con eso vives bien aquí, pero sólo aquí, y olvídate de viajar.
Y le lleva a ver la UCI, y nosotros detrás. Neonatos, cirugía y la UCI están separados del resto del hospital por una reja de la que cuelgan los brazos de los familiares y de los enfermos, que así hablan. Un guardia abre y cierra la puerta para los médicos y evita que los familiares intenten meterse. Da la impresión de una cárcel, pero sólo es un hospital de un país que no conozco.

En maternidad hay ocho camas por habitación, y cuando se saturan colocan a dos madres recién paridas por cama. Se abre la puerta de Rayos X justo cuando paso delante y me fijo en que la maquinaria es similar a la de España, aunque más escasa, y que en la pared hay desconchones y manchas de humedad y el mobiliario es de escuela. No paso por delante de más puertas con Rayos X escrito en ella, no porque no estén de camino, sino porque no las hay.

Nos quedamos en la puerta de la UCI esperando a que salga Ale. Hablamos Lau y yo de la manifestación, de que sí, que va a ir, con cuidado y deportivas por si hay que correr, pero va a ir. Le digo que cuidadito en el autobús, que se lleve el móvil, y que me parece la polla su determinación. Ole con la santanderina, que me pide que le busque cuando llegue al hotel los teléfonos de El País, Público, El Mundo y la agencia EFE.

Salen Ale y la médico que ahora nos enseña neonatos, donde realmente y por primera vez huele a hospital, y pasamos por pediatría, donde nos dice que la mayor parte de los ingresados son por infecciones, que ninguna madre obliga a su hijo a lavarse las manos, y éstos gustan de andar por el suelo a cuatro patas y luego la manaza a la boca, y que así no hay manera. Por todas partes hay murales y carteles recordando los beneficios de la leche materna, y me sorprende porque nunca diría que en un país como Nicaragua el biberón fuera una opción a la gratuita teta.

Ale me dice que ha flipado con la UCI, que es de todo menos aséptica. Que sólo tienen un intubador y que no ha podido evitar la pregunta de ¿y cuándo os vienen dos que necesitan intubar? La médico, casi sorprendida por la pregunta, responde lacónica: elegimos. Cuando no hay medios suficientes, sólo quedar jugar a ser Dios. Cual emperador romano.

Nos sentamos frente a la sala de urgencias donde está Ana María y en esas llega un preso esposado y con escolta. Cojea un poco y Lau intenta tirarle una foto disimuladamente, pero qué difícil es encuadrar cuando intentas que no se note que estás en ello.

Sale Ana María con una gasa en el brazo tapando el pinchazo del suero, con mejor cara y andando ya recta. Nos despedimos de la simpático médico, Ale le dice que en el ordenador de la clínica del proyecto tiene todo el temario de la CTO y que se lo puede grabar en un USB para cuando quiera, que le vendrá muy bien si va a ir a España.

Llamamos a Ernesto de nuevo y le instamos para que haga una parada rápida donde la abogada. Serán o no serán los medicamentos… ahora lo sabremos. Pues va a ser que no. Es un sobre pequeño. Es para Klara. Chocolate, sus gafas y un libro, deducimos por el tacto y por lo que pone en la etiqueta de la compañía de transportes. La remitente lo envío el 20 de octubre. Bien, va rápido la cosa. Por supuesto, la dirección va escrita por cuadras: "Despacho de María Auxiliadora Fernández, junto a Tres Mundos, a tres cuadras al oeste del Parque Central". E increíblemente funciona para orientar al cartero.

Volviendo en el taxi nos cruzamos con Cruz, ese que se cree muy chulo y sólo es un niñato ladrón. Le saludo por la ventana y me mira con cara rara desde su bici. No le doy importancia, simplemente es gilipollas. Dejamos a Chilo y a su convaleciente hija, a la que no le han hecho ni una radiografía y sólo le han recetado los medicamentos que ya le dio Ale, Buscapina y Omeprazol, y para la casa.

Han desaparecido unas zapatillas que Lau le iba a regalar a una mujer del camino y las botas de montaña de Ale. Entre que bajamos nosotros y subió Ben debieron pasar unos 30 minutos, que es el tiempo que el ladrón ha tenido. Y nos hemos cruzado con Cruz, con expresión de sorpresa. Blanco y en botella… nos cagamos en su puta madre. Ben le quiere matar, Lau se va a ducharse para quitarse el cabreo, que luego además tiene partido de softball (donde juega la hermana del perro de Cruz, y le va a contar lo de las zapatillas, sin mentar el nombre del seguro ladrón, a ver cómo reacciona la hermana), y Ale elucubra sobre la posibilidad de convertirnos en la puta mafia, yendo niño a niño diciendo "¿Sabes algo de esto?", y a cada "No" que nos den por respuesta, 10 córdobas más en la mano del improvisado informante. Yo digo que iría más allá, que cogería a Cruz y le diría "mira, campeón, yo no te voy a hacer nada, porque no me apetece, pero tengo el dinero suficiente como para pagar para que te maten, así que a partir de ahora, cada vez que salgas de casa, cúbrete las espaldas. Yo sé de quién me tengo que guardar, que eres tú, pero tú... cualquier desconocido puede estar dispuesto a arrancarte esa cabeza de melón que tienes por unos míseros 100 dólares que a mí me sobran, ¿entiendes, ladronzuelo chulito? Porque sí, porque soy gringo y tengo dinero y para qué mancharme las manos con tu sangre de animal si puedo pagar a cualquiera, repito, a cualquiera, para que lo haga por mí. Porque tu maldita vida no vale más de 100 dólares de mierda, que es lo que yo me gasto en una noche de pedo". Por supuesto, no lo voy a hacer, pero me relamo de sólo pensarlo.

Ben me saca de dudas contándome que estando en Managua se metió en su correo y tenía un email de la empresa catalana a la que ha pedido curro. Como ya estuvo viviendo en Barcelona y le encantó, quiere irse allí a vivir de verdad. Encontró una empresa que hace casas sostenibles en el campo y les envió el currículum y su interés, y le han dicho que sí. Ahora necesita conseguir el visado en la embajada española y para enero tiene trabajo en Barcelona. Cata y la doña le hacen una carta de recomendación estupenda y yo me siento muy feliz por mi colega Ben, porque "shit happens, man, but sometimes things just work out as they should". Y él me responde con un "thanks, dude" y con esa frase que le dije y que le encantó "My name is Ben!".

Le pregunto por el concierto y me da una de esas respuestas de yanki que me hace retorcerme de risa: "You know, mate, I've been in millions of concerts in my life and probably this was the most shitty I've never seen. A whole bunch of crap, fucking germans assholes. And they thought they were cool, you know, with there cool haircuts and their tattoos... what a fucking pricks, man".

Llegan los de la obra. Klara y Eider están reventadas porque se han tirado las cinco horas y pico de curro en cuclillas colocando el encofrado del suelo para hacerlo de cemento armado. Les duelen las piernas y las muñecas, y tienen las manos llenas de arañazo por el alambre que se emplea para atar las varas de metal.

Crispy chicken para comer, y como las de Ometepe todavía no han vuelto y Marta se queda a comer en Granada, hay de sobra para todos. Jose repite sin parar, como Mitch y Ben, los tres tragaldabas del grupo.

Tras la comida, la doña nos dice que no podemos ni confiarnos media hora a plena luz del día, que nos vigilan y saben lo que hacemos y a qué hora. Y hablo con ella sobre Cruz y la gente de La Prusia y empiezo a darme cuenta de que, en mi opinión, somos algo injustos con esta mujer. Está claro que no es la más capacitada para dirigir al pie del cañón esta organización, que se le va de las manos y abarca demasiadas cosas, pero está claro también que se conoce este sitio y a sus habitantes como ninguno. Me dice que Cruz antes era uno de los mejores amigos de los voluntarios, que así funcionan los cabrones aquí: se ganan tu confianza durante meses y cuando menos te lo esperas, te han fichado y te tienen en el punto de mira. Por eso, dice, no se fía de Alex, que antes era de la misma calaña, que ahora confía en que se está redimiendo, que se ha sacado el graduado escolar y está en la obra trabajando honradamente por un plato de comida y por la posibilidad de que le contraten. Pero que ella no termina de fiarse. Que tiene 22 años, no 17 ó 19 como yo creía, y un hijo al que repudió danzando por el mundo, que aquí dejar embarazada a una muchacha también es muestra de la virilidad del macho. Le digo que lo que me jode de Cruz es que se cree que somos gilipollas, con lo tonto que es él, y ella me contradice reconociéndonos como gilipollas, que nos creemos que esto es estupendo, y que en realidad Cruz es listo, que se las sabe todas, que le han pillado varias veces ya dándonos el palo. Y yo le digo que si le han pillado varias veces y sabemos quién es, entonces no es tan listo, que debería de cambiar de oficio, porque cuando le pille yo, aparte de recitarle esa majadería que antes he escrito y que probablemente se quede sólo en este blog y en bromas entre voluntarios, yo le denuncio, y me la suda.

También me cuenta Judith que Pico y Mula cobran 4.000 córdobas al mes (1 dólar son veinte córdobas, regla de tres, 200 dólares al mes), y seguro que es un sueldo bueno para lo que pagarán por ahí.

Después de comer nos quedamos Mitch, Ben, Cata y yo charlando. Mitch nos cuenta sus batallitas y Klara me dice luego que sí le cae bien, pero que está "too full of himself", y me encanta la expresión, mucho mejor que "es un egocéntrico": está demasiado lleno de sí mismo. A veces traducir hace literatura.

Y nos vamos a pegarnos nuestro capricho. Como ya he dicho, desde que lo decidimos debato conmigo mismo sobre la moralidad de pasar un finde de lujo cuando vivimos rodeados de miseria. Concluyo que no hay debate posible, que sólo hay dos opciones: o vives como un prusiano, como ha elegido Chapu, o te reconoces europeo, y entonces viajas los fines, sales de fiesta por las noches, compras tabaco a discreción y cenas en la Calzada. Y qué diferencia hay entre eso e irte a un hotel que aquí es caro y en España sería el precio de un hostal céntrico de Soria. Así que no voy a ser hipócrita conmigo mismo y voy a disfrutar de un fin de semana que no marca ninguna diferencia con nada: estoy aquí para dejarme la piel y sudar trabajando sólo para ayudar a construir una escuela taller que dé trabajo a esta gente, con toda mi mejor intención y disposición, y para eso, simplemente, mi dinero no vale nada. No es ni moral ni inmoral, es la realidad, en la que el dinero es el peor invento posible y la conciencia un recuerdo de que estoy vivo, de que sé quién soy, de que sé dónde estoy, y de que sé qué puedo hacer y qué no por el mero hecho de haber nacido al otro lado del océano.

Nos instalan en la habitación 16, y mañana nos mueven a la 12. Una cama, con todo lo que ello conlleva: somier que merece el nombre, colchón de un palmo de grosor y sábanas que huelen a eso que hace tiempo que no olemos: limpio. Aire acondicionado y ventilador de aspas de madera en el techo. Ducha con agua caliente. Una tele con cable. Y eso es la habitación. El Patio del Malinche son dos corralas unidas, restauradas. La primera sirve de sala de lectura y donde sirven el desayuno. No cocinan más que el desayuno. La segunda es donde está la piscina, y las habitaciones alrededor, en dos pisos. El Mombacho queda al sur (o te orientas con los puntos cardinales, o no sobrevives aquí). Bañito, cóctel Malinche (fruta de la pasión y ron de 5 años), que nos lo apunten a la cuenta, por favor, y a cenar a la Calzada, a ver si vemos al resto de voluntarios que bajaban hoy viernes de fiesta.

En la terraza del Centralito nos juntamos con Mitch, Ale, Lau, Marta y Jose. Marta se ha apuntado al plan de Lau de la manifestación de mañana, pero dicen que se pueden permitir salir porque saldrán para Managua a las dos de la tarde (deduzco pues que no saben de los horarios de las manifestaciones). Tras unos doscientos intentos, conseguimos que el camarero recuerde que existimos en su bar y, tras otros doscientos intentos, termina acordándose de nuestro pedido. Ocho litros de cerveza, cenita para los que no han cenado todavía. Mitch y yo nos hacemos con unos puritos hechos a mano y nos fumamos uno y huele dulce. Aparece Maikol y le da un abrazo a Klara y ella se queda impresionada de lo mucho que huele a pegamento. Un vendedor de tabaco me dice que si salgo en alguna peli o en la tele. Le digo que sí, pero que en España, que es raro que me haya visto, y ni corto ni perezoso me pide 100 dólares. Toma ya. Le digo que no, que mejor le doy 200, y ya se va riendo.

Le pregunto a Jose qué le parece que nos quedemos Klara y yo a dormir en un hotel como ese, que no es que su opinión vaya a modificar la mía, que está más que asentada, pero me gusta mucho su forma de pensar. Me dice que él no lo haría, pero básicamente porque no tiene con quién hacerlo. Ole mi Jose. De allí a Mi Tierra, que hay karaoke y Ale se va soltar la melena, aunque esté rapado. Es un garito más discotequero que La Nuit, no hay banda y no baila nadie. En un extremo de la pista, tres chicas bailando juntas, algo que en La Nuit era imposible ver. Pero dos sorbos de Flor de Caña con limón después soy consciente del pedo que llevo y es complicado seguirle la conversación a Jose, que está igual de pedo, pero mejor que yo. Las Toñas de la cena me han matado, así que retirada con Klara y ahí se quedan, a punto de estrenar el karaoke en el que, me cuentan después, Ale triunfa cantándose unos temazos y levantando al público local.

Caemos en la cama y pie al suelo para evitar el naufragio.