miércoles, 30 de diciembre de 2009

Diez días queriendo ser Caribe III - Dos gringos a 18 kilómetros de tierra firme

Los niños que abundan en la pequeña isla nos miran y nos sonríen. Dejan de jugar o de correr o de gritar y se quedan observándonos. Aquí los negros somos nosotros. Les devolvemos la sonrisa, les decimos hello y ellos giran la cabeza vergonzosos e intentando aguantar una risa que no puede esconderse, porque la risa de un niño es demasiado poderosa como para apagarla. La iglesia morava es un edificio de cemento, rectangular y con un campanario que no ejerce en la entrada. La campana está colgando en el exterior resguardada por un techo de zinc. La puerta de la iglesia apunta hacia el interior de la isla, y el templo le da la espalda al mar. A su izquierda está el inodoro, un cubículo cerrado por una puerta azul y con el candado echado, y tras el váter una pendiente que lleva al muelle. A la derecha de la construcción religiosa y tras el camino que lleva al interior de la isla hay tres casas: una es la de la familia de Clev, al lado está la casa de huéspedes y a la derecha de ésta la casa de Jeffrey, otro hermano de Clev. Son casas de madera con techo de palma, con un pequeño porche sostenido por columnas delgadas de madera y un suelo de tablas. Clev nos conduce a la casa de huéspedes, donde la hermana que me corregía por decir Rama Cay en vez de Rama Ki está ordenando camas y despejando el suelo de ropa. Con ella está la madre, una mujer enjuta, metida en un vestido roído y con un delantal ennegrecido. Tiene los ojos casi cerrados, como si fueran dos puñaladas, y la cara es todo una arruga enorme, con pequeños surcos y líneas cruzando el rostro tostado. El pelo negro y con alguna cana lo lleva recogido en una coleta, no podría ser o parecerse más a una india. Se acerca andando como un péndulo, con pasos cortos y separados, y con una sonrisa sin dientes que le cierra aún más los ojos hasta casi hacerlos desaparecer en el mar de carne ondulada que es la frente. Nos da la mano derecha y con la izquierda nos agarra el brazo que le hemos tendido, murmurando cosas incomprensibles. Luego se aleja a su casa.

La casa de huéspedes es un lugar diáfano con cuatro camas, dos a cada lado de la puerta y otras dos junto a la pared de enfrente. Entre estas dos últimas hay una puerta que no conduce a ningún sitio, sólo sirve para abrirla y contemplar unas vistas de ensueño, con el mar golpeando a escasos diez metro y un islote a lo lejos, todo mirando al oeste, con el sol en perezoso descenso. Ocupo la cama que está a la derecha de la puerta de entrada, cerciorándome de que se compone de una tabla delgada de madera sobre cuatro patas y un colchón del grosor de una esterilla. Y yo que me quejaba de las camas de La Prusia... Laura ocupa la cama que está al otro lado de la puerta y Clev está afuera hablando con alguien. Salimos y nos lo encontramos departiendo con el que es su padre, un hombre delgado, de pelo cano y gafas ahumadas protegiendo un ojo tuerto y el otro demasiado vivo. Viste con camisa blanca, cinturón desgastado y pantalones de raya al medio con más manchas que una vaca lechera. Su cara huesuda y marrón oscuro es la de un hombre que se resiste a cansarse pese a la edad, pese a vivir en una isla con todo tipo de deficiencias y pese a ser cura en una diezmada población de pescadores y cazadores de marisco. Se nos presenta como Cleveland McRea, así que nuestro guía se queda como Clev y nuestro anciano anfitrión como Cleveland el pastor. Nos da la bienvenida en un español pausado y con mucho acento, nos desea una feliz estancia y se muestra interesado en los motivos que nos han llevado a su isla. Le narramos que leímos que los rama estaban casi todos circunscritos a la isla y que tenemos interés en conocer sus costumbres y tradiciones como etnia, yo esperando que este hombre me sirva como utilísimo interlocutor en lo que respecta a la forma de vida rama. Afirma con la cabeza, entre adulado y pasota, y cambia de tema inquiriéndonos sobre si sabemos lo que nos costará quedarnos en la casa que llaman de huéspedes pero que es exactamente igual que el resto de casas que hemos visto. Respondemos que no tenemos la menor idea, que lo único que sabemos es que queremos quedarnos, que queremos comer como ellos y vivir como ellos durante unos cinco días. Arquea sus cejas tupidas y de pelos desordenados, como los del bigote de un borracho, en una expresión que parece de sorpresa, como si quedarnos cinco días fuera casi una osadía, un ejemplo de riesgo. Se gira y le ordena algo a una niña que juega con una tabla. Entre ellos hablan en rama, y de esa lengua que un día fue cien por cien india y ahora es ochenta por ciento india y veinte por ciento inglesa entiendo una de cada veinte palabras. La niña sale corriendo a la casa de la familia y vuelve con un cuaderno de tapas verdes desgastadas. El viejo pasea sus dedos arrugados y de uñas largas y amarillas por las hojas cuarteadas y se detiene en una. Anuncia que los precios son de 2008, que algo habrá subido el valor de la vida y que tiene que hacer algún cálculo. Fumamos, yo asimilando que en más de un año no ha venido ni un solo gringo a este lugar, él frente a mí enfrascado en su cuaderno e inventándose cuánto dinero pedirnos, y Jeffrey, el hermano vecino, asomado a la ventana de su casa haciendo que sacude un mantel pero repasándonos de los pies a la cabeza. Tiene el pelo negro y ensortijado, revoloteándole encima de su ancha cabeza como césped mal cortado, la cara hinchada como la de un hámster que guarda provisiones para el duro invierno y el cuerpo (está sin camiseta) curtido al sol y al mar. Le saludo y me responde con una sonrisa de todo menos sincera y llevándose el dedo índice y corazón a la boca, sosteniendo un cigarro invisible. Me acerco a su ventana y le alcanzo un Belmont. Lo coge pero me pone cara de gato, arrugando la nariz y sonriendo raro, indicándome con la otra mano que mejor dos cigarros que uno solo. Obedezco y seguro que poniendo la misma cara que se te queda cuando en el colegio te preguntaba la profesora qué acababa de decir para pillarte en un renuncio, y tú balbuceabas lo último que habías creído oír. Con esa cara le doy el cigarro extra al desvergonzado rama, cruzándose por mi cabeza el recuerdo de comprar tabaco en Bluefields, aprovisionándonos ante la advertencia de Clev de que en la isla no hay. Y fuimos tan ingenuos, una vez más, de comprar en sus narices un cartón de Belmont para mí y uno de Casino para Lau. Clev sabe que tenemos tabaco para provocarle cáncer a la isla entera, lo cual quiere decir que sus hermanos, primos, sobrinos y cuñados lo sabrán antes de que el sol salga mañana.

Finalmente el párroco termina con sus cábalas y nos anuncia que serían 50 córdobas la noche por persona y tres comidas al día por 20 córdobas cada una. Y nosotros con miles de córdobas en efectivo y algo en dólares. Somos gringos hasta a la hora de contar. Estamos conformes, claro. Acto seguido nos pide un favor. Comienza reconociendo "mi familia es muy grande, gracias a Dios" (no la conozco entera y ya van: Jimmy, al que no conocemos todavía; Jeffrey, el fumador de la ventana; la hermana que vino con nosotros en la panga; otra que no pasa de los veinte y que deambula por aquí; la que nos invitó a comer en Bluefields; Gerry, conductor de la panga; y Clev... es decir, siete, y me faltan varios, joder con el cura, ni gracias a Dios ni ostias, amigo, gracias a una religión morava que no contempla la castidad y gracias al marisco, que siempre se ha dicho que tiene algo de afrodisiaco, que si fueras jesuita y vegano menos prole acapararías). Continúa citando pasajes de la Biblia para ejemplificar lo que es la generosidad, que, y cito, "hay que compartir todo lo que ocupamos". Y concluye su edulcorada oratoria pidiéndonos que entendamos que por ser navidad están todos aquí y no tienen espacio, que compartamos el de la casa de huéspedes con sus dos hijas, la joven y la de la panga. Laura y yo llevamos diciéndole que claro, que sin problemas, desde la mitad del previsible discurso del pastor, así que cuando por fin cierra la boca se lo repetimos una vez más y él da por finalizado el episodio con un exclamativo "hay que vivir en familia".

Anunciamos que nos queremos dar un baño, que dónde es el mejor sitio. Clev, el que nos ha traído aquí, pone cara de susto y rápidamente reacciona indicándonos que ellos se bañan en el mismo sitio en el que hemos atracado la panga. Yo ya estoy en bañador así que espero a que Lau se cambie, quedándome fuera y charlando con Clev. Le comento que cuando nos montamos en el avión en Managua a Laura le dieron el número 17 (como el avión tiene capacidad para 25 pasajeros, cuando compras tu billete te dan un número para concluir si hay que botar dos aviones o con uno vale), que ese número coincide con el día de su cumpleaños y que ella lo vio como señal de buena suerte, y que parece que se está cumpliendo su profecía de bingo. Clev se ríe y nos asegura que estaremos muy bien, que si nos quedamos cinco días podremos ir a pescar con él, nos llevará en panga hasta las islas cercanas a la de Punta de Aguila donde hay playas paradisíacas y que lo pasaremos de fábula. Que en la isla casi todos son McRea, que media isla es familia y seguro que encontramos una panga para hacer todo eso y más. Que en realidad su mamá es mestiza, pero su padre es rama, rama, así que él dice que también es rama, porque está orgulloso de serlo. Pues muy bien, hombre, el orgullo del que se sabe miembro de una minoría con una historia de sufrimiento y opresión. También me suelta que como además mañana es la fiesta de promoción tendremos ocasión también de vivir la noche de Rama Cay. Vivir la noche de Rama Cay... vaya tela, si esto es una isla igual de sucia que Bluefields y con menos cosas que hacer que en una piscina seca. Y sale ya Laura con su biquini y Clev le dice a unas niñas que nos acompañen. Nos encaminamos hacia el muelle, bajamos con cuidado la pendiente y nos adentramos en un agua tibia y de color oscuro. Vamos con las chanclas pero podemos notar el fango bajo nuestros pies. Es demasiado tarde cuando concluimos que está más sucia que la boca de un orco, así que decimos qué coño y nadamos un rato bajo la atenta mirada de las chicas, que en corro nos observan como si fuéramos caimanes en un acuario del zoo. Deseo que la suciedad en la que nos bañamos sólo exista en la bahía de Bluefields, que una vez en océano abierto y en las costas adyacentes a la bahía, el mar volverá a ser sólo sal agua limpia. Lau pregunta divertida si habrá tiburones por aquí, y yo le digo que si los rama se bañan, ellos sabrán. Nos reímos pensando que nunca nos lo dirían. Salimos del agua sin resbalarnos en las rocas pulidas por el Atlántico y volvemos hacia la casa con los niños escoltándonos y susurrándose cosas que les hacen reír. En el porche yo me seco al viento y Laura con su pareo, mientras Clev nos dice que ahora nos tenemos que lavar, como si fuera la obviedad más grande jamás dicha. Y el cabrón nos dijo que en ese lado de la costa isleña es donde se bañan ellos, y ahora casi nos ordena que nos duchemos. A que lo que había en el fondo no eran fango sino excremento humano, depositado allí por los indígenas desde que vestían sólo con collares. Acompaño a Clev al lavadero, que está frente a la casa y a unos metros de la iglesia, separada de ésta por el camino que lleva al muelle. El lavadero es una cabina hecha de cuatro tablas de bambú, paredes de zinc y techo de bolsa de basura, como los cagaderos de La Prusia, pero aquí se lava también la ropa en una pila que ocupa la mitad del cubículo. En otra esquina hay un barril de caucho vacío y unos cubos blancos. Agarramos los cubos blancos, dos cada uno, y nos encaminamos al pozo, que está entre la casa de la familia del cura y la casa de huéspedes. Llenamos los cubos y con estos el barril. Clev me da un tazón de plástico y ahí me quedo. La entrada se cierra con una plancha de zinc que está suelta y apoyada a la pared. La coloco, me río yo solo encerrado en bañador en tan lúgubre espacio y con el tazón empiezo a sacar agua y a chorreármela por encima. Mojo el jabón y todo lo rápido que puedo me enjabono y me aclaro. Me doy por satisfecho en menos de treinta segundos y salgo del antro. Si el lavabo es así no quiero ver el váter, así que me mentalizo para no cagar en un par días al menos. Estreñimiento voluntario, buscando un control de mi cuerpo que ni un monje del Tao.

Después de lavarnos sin hacer uso de grifos, cañerías o desagues, nos vestimos mientras atardece a través de esa puerta que debería dar a un balcón o simplemente ser una ventana. Una vez más, el cielo nicaragüense me recuerda que el de Madrid es artificial. El azul se va oscureciendo mientras el naranja en tonalidades desconocidas devora el horizonte, más allá de una isla cercana. Nubes blancas como la leche y vaporosas como el humo de un habano se agarran y se estiran como las manos de un fantasma en una pesadilla. Podría quedarme mirando el cielo de este lugar mientras me atracan. Pero Clev nos azuza para que terminemos, que la cena ya está lista y después quiere llevarnos a casa de su hermano Jimmy. Antes de salir Lau me comunica que Gerry le ha aconsejado que no dejemos nunca el dinero por ahí, que lo llevemos siempre encima porque nos lo pueden robar. Y eso que en teoría media isla es de la familia.

La cena es en casa del párroco, donde la cocina es amplia y tiene una mesa de comedor. El plato es otro pescado que se deshace en la boca, nunca pensé que fuera a apreciar tanto el pescado, yo que siempre me he declarado carnívoro. Pero después de los menús prusianos, algo proveniente del mar es elixir barato. Acompañándolo, el insustituible arroz y un bollito de pan de coco que me entusiasma. Es dulce y algodonoso, con corteza tostada y caliente. Damos buena cuenta de la cena y salimos impulsados por la insistencia de Clev, que parece estar ansioso por llegar a casa de Jimmy. Entra un momento en la casa de huéspedes y sale con una bolsa de plástico blanco en la que se adivinan una botella de guaro Cañita, el Flor de Caña, los hielos supervivientes y la Pepsi que compramos antes de dejar Bluefields. Le seguimos por el camino y tomamos una bifurcación que sale a la derecha, al oeste, dejando la iglesia a nuestra espalda y el grueso de la isla a nuestra izquierda.

La primera casa iluminada como si esta navidad fuera la última es la de su hermano Jimmy. Subimos un par de peldaños y estamos en el porche, alargado y recorriendo toda la pared frontal y doblando la esquina. Hay una ventana al lado de la puerta y un par de cables de luces de navidad la enmarcan dejándola en constante parpadeo amarillo y rojo. Sentado en una mesa baja, hecha de dos tocones y una tabla está Jimmy, un hombre con barba de guerrillero, pelo corto y negro, vistiendo unos pantalones cortos y nada más, descalzo sobre unos pies de dedos separados y gordos, con un torso y una espalda y unos brazos que serían la envidia de cualquier figurín de gimnasio. Se levanta y despliega una sonrisa que sería anuncio de Profiden si Profiden supiera que esta gente existe. No es más alto que yo, pero es tres veces yo. O cuatro. Me da la mano suave y me saluda con una leve inclinación de cabeza, sin decir nada. A Laura lo mismo. Clev le habla en rama y él asiente, le estará contando lo que hacemos aquí. Por fin se decide a hablar y lo hace en español, dándonos la bienvenida a su casa e instándonos a que nos pongamos cómodos, que él tiene que terminar unos papeles y en seguida está con nosotros. Nos sentamos frente a la mesa en la que él tiene desplegadas lo que parecen facturas, junto a una tele Samsung LCD de unas 37 pulgadas en la que la imagen borrosa es la del telediario, que no se oye porque el equipo de música que está junto a la tele suena más alto. Dos piezas de tecnología punta funcionando a la par en una cabaña de una isla de pescadores pobres. Hago un símil mental con los gitanos en España. Frente a la ventana que está junto a la puerta hay una báscula colgando del techo, paquetes de chips de plátano frito amarrados a la pared, sacos de arroz bajo la ventana y alguna gominola y comestible básico más. Es una venta. Clev me dice al oído que invite a Jimmy a beber ron con nosotros, cosa que hago sin demorarme un segundo, y Jimmy levanta la vista de sus papeles y agradece la invitación pero pide un par de minutos. El descamisado hombretón es educado y responsable, de modales pausados y ojos limpios. Clev sirve tres vasos cuando entra en escena una niña de unos ocho años, vestida de rosa y chupándose una coleta. Nos sonríe y se tira a los brazos de Jimmy, que suspirando la recoge y la da un beso en la cabeza. Ella se aparta y sale por la puerta de nuevo. Clev nos cuenta por encima del sonido de la música que Jimmy está estudiando derecho y que además es el encargado de varias cosas de la isla, como la energía, que tiene que ir a revisar cada cierto tiempo el motor que hace que la luz artificial exista en este lugar dejado de la mano del progreso. Y que además, como ya no hay tanto pescado, muchos rama se están dedicando a la agricultura en tierra firme, en el lado más cercano de la bahía, y uno de ellos es Jimmy, que ha vuelto esta tarde de estar sembrando frijoles en tierra. Es decir, Jimmy es padre, lleva una venta, se encarga de la energía, estudia leyes y saca tiempo para trabajar la tierra. Un cañonazo cargado con humildad me atiza en toda la cabeza. De nuevo en lo que llevo de viaje en este lado del mundo, un hombre con mucho menos que yo es tanto más que yo. Clev canturrea y Laura bebe observando la estancia, sentada entre Clev y yo porque es norma nica que si van dos hombres y una mujer ella va al centro, y que pasa lo mismo cuando es el hombre el que está en inferioridad. Por fin Jimmy termina y se une a nosotros sirviéndose una copa. Le pregunto por la carrera, me dice que está en tercer año y que quiere ser litigador, que ahora vienen Jordan, que estudia para médico en León, y Lemond, que creo que no estudia. Estoy atónito con el hecho de que sean universitarios. Harby para ingeniero, y estos dos para abogado y médico, sueño de cualquier padre de novela decimonónica. Madre mía, no soy nadie. Nos explican que por ser indígenas tienen muchas becas, becas que sostener con buenos resultados académicos, y que estudiar es importante. Es como si estuviera viendo un documental en la tele, sin nada que decir y mucho que ver y escuchar. Saco el tabaco y Clev se lleva uno pero Jimmy no fuma. Aparecen Jordan y Lemond, ambos también sin camiseta, Jordan más joven que el resto, con pelo recortado y pocas facciones indias. Lemond habla poco y fuma mucho. Están todos aquí por ser navidad, porque de ser una época normal, Jordan estaría en León, Lemond acostado para levantarse mañana a pescar y Clev en Bluefields. Jimmy estudia en la universidad de Bluefields, así que va y viene entre semana, que tiene que mantener lo de la energía. Y así vamos agotando la botella de ron y Lemond se va a comprar algo llamado chicha, que resulta ser licor de maíz que fabrican en la isla y que sabe a sidra, riquísimo y de poca graduación. También abren una botella de Cañita y me da a mí que la fiesta que se suponía era mañana nos la vamos a pegar hoy, pero yo no estoy para muchos trotes que nos hemos levantado a las cuatro de la mañana y parece mentira que siga siendo el mismo día. Lau está conmigo y tras un par de tragos más de ron nos pasamos a la fácil chicha. Lemond y Jordan prefieren el Cañita, Clev mezcla el guaro con Tang de naranja y Jimmy sorbe su Flor de Caña mientras de cuando en cuando se levanta a la ventana para atender a algún cliente nocturno. También Clev sale de la casa alguna vez para, intuyo, hacer negocios con la marihuana que inconscientemente le he financiado. En estas me reclama y para allá voy. Me pide nervioso que le haga un porro, que él no sabe, y le digo yo que para qué si él no fuma, o eso me dijo, y me responde que es para venderlo. Me asombro y le musito que debería vender la maría y que el porro se lo haga el cliente, qué cojones, que yo no soy su mano de obra. Pero me mira suplicante y termino accediendo mascullando que menuda estupidez venirse a una isla a hacerse porros para el personal. Me lo hago todo lo rápido que puedo en una esquina del porche, sintiéndome ridículo, estúpido y usado. Le doy el porro a Clev y le digo que no me vuelva a pedir ese favor, que no quiero que me involucre en sus negocios, que me da igual que no haya policía en la isla, que me parece más importante la sanción moral que puedan hacer sobre mí los rama que piensen que he venido a traerles droga, que me deje al margen, por favor. Como quien oye llover, me da una palmadita en el hombro y sale del porche para darle el porro a dos chavales que se lo encienden al revés, y yo me meto sin avisarles e importándome tres cojones que inhalen cartón. Me siento y le comento a Laura el tema, y que se me acaba de ocurrir que si de repente a estos tiarrones les diera por darnos de ostias, podrían simplemente hacer lo que quisieran con nosotros. Que somos dos contra 1.200. Que no creo que pase nada, pero que por poder, puede pasar. Que estamos un poco locos. Que parecen buena gente, pero que en realidad no lo sabemos, que al final y al cabo viven aislados y que quién sabe si lo que para nuestra occidental percepción es sintomático de gente de fiar aquí no sirve de nada. Lau me comenta que ella lo había pensado cuando veníamos en la panga, que nos estábamos metiendo en no sabíamos donde impulsados por nuestra jovial ilusión, pero que las mujeres tienen un sexto sentido para valorar el peligro de esta clase de situaciones, que es cuestión de supervivencia en mundos machistas, y que a ella no le daba la impresión de que nos fueran a hacer nada malo. Yo estoy con ella, pero en realidad no tenemos ni puta idea porque la intuición que en España nos puede servir de mecanismo de defensa, aquí puede ser tan útil como un mechero en una bañera. Es decir, en Madrid yo sé que andar por un callejón oscuro de Cuatro Caminos de madrugada puede resultar peligroso, pero qué carajo sé yo sobre estar en una isla rodeada de ramas que se están emborrachando. Pero conversamos sobre medicina, sobre que Jordan quiere ser epidemiólogo, qué lógica aplastante, sobre que Clev quiere volver a estudiar, que no lo hizo antes porque era demasiado tonto de joven y luego simplemente estuvo en la cárcel, y que acaba de hacer el examen de ingreso a cursos para auxiliar de laboratorio. Y que además el 21 de diciembre tiene una entrevista para trabajar en un call center de Claro en Managua, porque como sabe inglés, español, rama, miskito y algo de creole, es un trabajo a su alcance. Y hablando de todo eso se me despejan las dudas sobre la inseguridad, a pesar de que Lemond cada vez habla menos y bebe más, que Clev se tambalea en la silla y que Jimmy resopla cada vez que le mira salir a vender marihuana.

Laura tiene más capacidad para bromear con ellos que yo, absorto en mis pensamientos y divagaciones truculentas, pensando que un secuestro en una isla como ésta es digno de un relato de Stephen King, pero que soy yo y no el prolífico y simple escritor yanki el que tiene la historia. La santanderina hace reír a Jimmy y a Jordan, no así al impasible y mudo Lemond. El anfitrión, en respuesta a una broma de mi compañera, le va a dar un palmetazo en el muslo, pero de repente se corta, o eso me parece a mí, dejando caer la mano suave sobre la pierna de Laura. Es como si súbitamente se hubiera acordado de que es una mujer y que no puede tratarla como a un hombre, arcaísmos de su raza. Pero todo esto es a mis ojos, que los tengo ahora de escritor, buscando detalles para un relato siniestro que se dibuja en mi cabeza y que hace que me relama, pero sólo porque no sale de mi cabeza. Si saliera, si se cumpliera lo que mi encabritada imaginación pinta ante mí, estaríamos tremendamente jodidos. Lo que nos podría pasar... tengo una historia entre manos, por fin, después de tanto tiempo, y lo mejor es que es de ficción... por ahora. ¿Te imaginas que nos apalean, nos atan desnudos a una palmera y nos obligan a darles el número secreto de nuestra tarjeta de crédito, y allí nos dejan hasta saquearnos los ahorros, con nuestras familias siguiéndonos la pista y perdiéndola en un barrio de chabolas en Bluefields? ¿Te imaginas?

Un tanto ahogados por el ambiente, Lau y yo salimos al porche, donde Harby está con unos amigos. Nos piden tabaco, claro, y Lau y yo estamos por irnos cuando se apaga la música dentro y sale Clev con las botellas de alcohol pero sin decir nada. Justo pasa por delante un hombre de barba tupida y sombrero ridículo y llama a Clev para saludarle. Clev le dice que se vaya al cuerno, que no se ha acordado de él cuando estaba en la cárcel y que no le gusta la hipocresía, así que no le va a saludar. Harby azuza al transeúnte rechazado y éste se aleja sin saber qué decir. Clev nos dice que le gusta ser honesto aunque a veces duela, y que si alguien le demuestra desinterés, él le responderá con desinterés, aunque sean familia. Le digo que claro, que hay que ser sincero e ir de frente, aunque en realidad, una vez más, no sé de qué estoy hablando.

Pasamos Lau y yo adentro y les decimos a Jimmy, Jordan y Lemond que nos vamos, que estamos muy cansados y que mañana les volvemos a ver. Afuera Clev dice que se viene con nosotros y allí dejamos a Harby, que se ha hecho con la botella de chicha y fuma el Belmont que le he dado como si quisiera apurarlo en dos caladas. No hemos dado ni tres pasos en la noche de Rama Cay cuando Clev exclama que Jimmy se ha enfadado, que ha apagado la música porque creía que no nos gustaba y que nos hemos ido porque no estábamos a gusto. Le paro en seco y le digo que vayamos de vuelta a aclararlo, que sólo nos hemos ido porque estábamos cansados. Clev dice que sí, que es buena idea dejar las cosas en su sitio. Así que llamamos a Jimmy por la ventana y cuando se asoma le pregunto en inglés que qué pasa, que nosotros sólo nos íbamos porque estamos cansados. Hace gesto de cansancio y sale de la casa. Me cuenta que no sabe a quién creer, si a sus hermanos Jordan y Lemond o a nosotros. Le pregunto que de qué está hablando, que estoy perdido. Y Clev interviene hablando no sé qué en rama sobre el alcohol. Luego se pasa al inglés y dice que le gusta ser honesto, como ya me dijo a mí hace menos de diez minutos, que a él no le gusta beber con sus hermanos pequeños, que con Jimmy sí, pero no con Jordan y con Lemond, y que por eso ha cogido el alcohol. Jimmy se me queda mirando y yo le informo de que todo esto es nuevo para Laura y para mí, que nosotros nos íbamos porque estábamos cansados, no por nada de la música ni de líos entre hermanos, que se deberían quedar a hablarlo y nosotros nos vamos porque no pintamos nada. Pero Jimmy se sigue dirigiendo a mí, preguntándome si me parece bien que Clev hable así de sus hermanos pequeños, que qué hace, se fía de ellos que le han dicho que Clev les ha quitado el alcohol sin más, o si se fía de Clev que lo único que le preocupa es que sus hermanos pequeños se emborrachen. Y yo le digo que yo qué cojones sé, que no sé de qué va esto, que nos vamos a la cama y que ellos hablen como buenos hermanos. Clev, con una voz de borracho que ya no puede esconderse, vuelve a decir lo mismo, que siente mucho si el ser honesto duele, que quiere a sus hermanos pero le disgusta verlos beber, que no se enfade Jimmy por eso, que nosotros sólo estamos cansados y que no pretendía arrancar de las manos de nadie ninguna botella. Y Jimmy le responde lo que ya ha dicho, y Clev vuelve a repetirse, y Lau y yo de repente estamos metidos en un torbellino de acusaciones en un inglés cada vez más indescifrable. Sólo nos faltan unas palomitas y unos sillones para sentarnos y ver el partido de tenis, bola va, bola viene. Finalmente intervenimos Laura y yo por última vez tendiendo la mano a Jimmy y diciéndole que nos vamos a dormir, que sentimos todo lo que ha pasado pero que nosotros no tenemos nada que ver, y menos ahora que Jordan y Lemond se unen a la discusión mirando a su hermano Clev con la peor de las caras.

De vuelta a casa me doy cuenta de que no he visto tantas estrellas juntas en mi vida. Incluso yo diría que se puede distinguir la vía láctea, y las estrellas fugaces son tan habituales como en cualquier peli de dibujos animados. Yo estoy boquiabierto con eso y Clev y Lau hablan sobre lo que acaba de pasar. La magnificencia de la estrellas en un cielo limpio como el baño de la reina de Inglaterra me parece mucho más digna que una discusión terrenal que al final se reduce a quién iba más borracho como para malinterpretar qué. Llegamos a la casa, ocupo mi cama tapándome con una sabana fina y escondiendo mi pantalón con la cartera entre la pared y la cama, como si fuera un cachorro. Clev se queda fuera y cuando ya estamos en la cama empieza un recital de ruidos de todo tipo. Golpes en la pared, la puerta que se abre para que pase Clev, que se cierra tras él, luego se vuelve a abrir y pasa alguien que le susurra algo a Clev, y se cierra, y más golpes en la pared. Entiendo que la noche va a ser así de continuo, así que me mentalizo y me quedo dormido mucho antes de lo que suponía, que pegar ojo sobre una tabla dura y con una docena de borrachos justo ahí fuera no parece fácil. Pero como hice al llegar con la cuestión de cagar, el poder somático prevalece sobre la realidad de los sentidos y necesidades fisiológicas, y me duermo en condiciones en las que no lo haría ni un oso pardo en invierno.