martes, 31 de marzo de 2015

Extimidad

Salí de casa bien abrigado, por lo que pudiera pasar. Deambulé un rato, la temperatura era cambiante, en ocasiones me sentía refugiado bajo la lana, en otras me picaba y me hacía sudar. Aquellos con los que me topaba iban igual, manos en los bolsillos, cabeza gacha, el cuello del abrigo levantado, la nariz hundida, las cremalleras tintineando y las botas altas. Sería por el viento, que a veces venía de cara y me hacía frenar, otras me empujaba como si volase. Era yo uno de tantos en la calle. Pero de repente el viento dejó de molestarme, no sentía frío y sí la necesidad de ir liviano. Me quité el abrigo, me senté en un banco. Me quité el jersey y lo puse encima del abrigo, a mi lado. Me desabroché las botas. Me aflojé el cinturón. Terminé arrancándome la camiseta. Los pantalones cayeron a los tobillos. Al poco los calzoncillos y los calcetines tampoco me cubrían. Desnudo, me levanté de nuevo, olvidé el sentido de la propiedad y dejé las prendas que me habían salvaguardado de temporales y otras inclemencias nada climatológicas. Todo lo que había hecho vestido había pasado bastante inadvertido. Lo que hice a partir de ese momento, con mi piel como único escudo, llamó la atención, sin provocar escándalo, o sí, no lo sé, no me importa. Todos hemos visto cuerpos desnudos, para empezar el nuestro. Pero sí que notaba cómo, asombrados y hasta enternecidos, me miraban y seguían con detalle mis pasos, mis carreritas, mis saltos, mis risas, mis tropiezos y sangrados.

Ahora repaso los movimientos aquellos y los comparo con otros que realicé cuando la ropa camuflaba mi vida y mis historias. Algunos de esos actos protagonizados con gorro, orejeras y abrigo de tres cuartos yo diría que son de mayor calidad que algunos que hice en pelotas. Pero diríase que el haberlos hecho así, con los cojones al aire y el culo al sol, atraparon a más gente. Como si ésta no estuviera acostumbrada a ser testigo de obras hechas por hombres desnudos. Como si el fondo importase más que la forma. Con el ceño fruncido no entendía, aún hoy no termino de entender, porqué lo que hago y digo cuando los pezones están a la intemperie cautiva más que lo que se llevó a cabo con algodón y nailon escondiendo mi ombligo.

Me da por pensar que puede ser porque existe cierto miedo a mostrarse sin ambages. Que el que lo hace es minoría y por eso penetra más en la mayoría. Pues qué mal. Con lo bien que se está cuando se exhibe uno. Te quedas a gusto, no te escondes, y resulta que es así, cuando te encuentran, cuando más gustas. Aunque, ya digo, lo que hagas no sea para tanto. Pero con hacerlo en carne viva parece que vale más. Malos tiempos estos en los que desnudarse parece como una heroicidad, que llego a donde no consigo llegar si hago exactamente lo mismo, y tal vez de mejor manera, con vaqueros y una camiseta de diseño. La verdadera conclusión que alcanzo, una que vocalicé hace un par de noches con dos amigos que son hermanos y podrían ser también los míos, es que el verdadero valor de la obra realizada consiste en hacerla vestido y que el resto la vea como si hubiese sido hecha sin ropa alguna. No habré llegado a ese punto de maestría. A ese punto en el que sepa escribir eso que os provoca ternura, que os despierta sentimientos, eso en lo que os reconocéis pero no sois capaces de expresar, y no ser yo el protagonista. Una vez un desconocido lector de este blog me dijo que qué increíble sería que yo en realidad fuera una mujer de 50 años. Esa, efectivamente, sería la meta. Contar una historia y desnudar a un hombre cuando el autor está aterido de frío y cubierto por kilos de ropa. Y aun así, calentaros.

Y mientras sigo aprendido, me obceco en que algo estaremos haciendo mal si mostrarse sin más, sin hostias, es algo excepcional. Pero qué coño es esto. No somos vulnerables por quitarnos caretas. Somos vulnerables por definición. Punto. Y el que ama abraza su vulnerabilidad, y al final, qué coño, si todos queremos amar y ser amados. No es cuestión de valentía, a mi entender. Es cuestión de lógica.

Tantas redes sociales y tantas ventanas y tantas pantallas y al final lo que mostramos no es lo que somos, y lo que somos nos da miedo mostrarlo, no vaya a ser que… ¿qué? Mi blog soy yo, incluso cuando escribo ficción, pero cuando escribo ficción que literariamente tiene calidad, no se ve tanto como cuando lo que escribo es el producto de mis entrañas y no rezuma estilo. Lo entiendo, pero no del todo. Hace tiempo que dejé de buscar reconocimiento, y será justo por eso por lo que últimamente escribo tanto, no me constriñe el ansia de lectores ni un éxito que me anuncié yo solo cuando tenía ínfulas y en realidad sólo tenía expectativas y pocas líneas escritas. Y en esas veo que se me reconoce cuando lo que escribo es lo que pienso, lo que sueño, lo que temo, lo que ansío… cuando me muestro, dirán que con atrevimiento, cuando yo sólo lo veo como impulso y un poco de terapia.

Si fuera una señora de 50 años y os tuviera engañados a todos… Pero no, aún no. Mientras, por practicar y por necesidad, tal vez por necedad, así soy, así me leéis, así le dais a me gusta, cuando lo que deberíais hacer, que me pongo terco y didacta y probablemente pedante, es sentaros en un banco, quitaros la puta ropa, y decir alguna vez “esto es lo que hay”. Y es ahí, cuando el que te ve se reconoce, como si fueras espejo, y aplaude cualquier cosita que hagas, aunque esté escrita regular, es ahí cuando nos humanizamos un poco más, cuando retornamos a lo animal que nunca dejamos de ser por mucho que nos empeñemos en escalar pirámides evolutivas, si ya hace tiempo que llegamos a la cúspide, y tampoco es para tanto. Que entre tantos ceros y tantos unos faltan los doses y los decimales, carajo.

Mi contradicción se sustenta en que yo lo que quiero es escribir mejor y que el que lo lea, lo compruebe y se satisfaga, no sólo ganar fieles porque mis huevos sin depilar están sobre un papel que no lo es, que sólo es una pantalla, no sólo que me leas cuando lo mismo te hago saltar lágrimas porque lo que cuento te sirve de reflejo. Malos tiempos si la extimidad es un arte, si la intimidad prima, si la vergüenza vence, si las mentiras abundan, si lo real se esconde, si se aplaude por poco habitual lo que es visceral y se desdeña lo creado con tiempo, precisión, técnica e imaginación. Cuando creo, paso desapercibido. Cuando me enseño, suben las estadísticas de este blog. Y el climax que alcanzo al terminar suele ser mayor cuando me releo y digo “lo he clavado”. Si me leo y me reconozco y sé que me reconoceréis, sigue siendo un orgasmo… pero hay orgasmos, y orgasmos. Los polvos son polvos, pero cuando follas con estilo y durante un tiempo que no sabes ni contar, ah, amigo, menudo éxtasis.

Empecé esto intentando camuflarlo de ficción, y ya ves, no me he podido reprimir pegar un puñetazo en la mesa y gritar las cuatro verdades que anidan en mi cabeza y que tal vez os importen una puta mierda. Pero, desgraciadamente, yo creo que son bastante ciertas. Malos tiempos, malos polvos, malas relaciones de amistad si hay que andarse con rodeos, no vaya a ser que al desnudarnos nos conozcan. Viva la ficción. Viva el arte por el arte. Y viva tú, que has llegado hasta aquí, y espero que llegues cuando escriba sobre señoras de 50 años y consiga que se te salten las mismas lágrimas o que sonrías igual que haces cuando es mi cuerpo el que estás recorriendo con la vista, pero es el tuyo el que sientes.