jueves, 12 de marzo de 2015

Meterse entre paréntesis

El tiempo se detiene, aunque corran las agujas de todos los relojes. Nada importa. De dónde vienes es indiferente, sólo merece la pena el destino. Sea de noche, sea de día, tú no eres nadie allí dentro, sólo pasajero de su suerte, de sus miedos y destrezas. Cedes el control de lo que ocurra, confiando. No dominas, no manejas, sólo cabe relajarse, dejarse llevar, hasta donde tú quieras. A eso te reduces, al deseo de arribar a buen puerto, o a uno no tan bueno, tú sabrás.

Marcas un paréntesis en tu vida. Para Cortázar, lo que está entre paréntesis es lo que de verdad completa el significado de una frase. Los paréntesis son camuflaje de lo que importa, un engaño gramatical. Hay que prestarles atención. Por eso, cuando eres tú el que rellenas los paréntesis, debes prestarte atención. Lo que queda fuera seguirá siendo relevante, pero es lo que ocurre ahí dentro lo que marca la diferencia, aunque sólo sea durante el rato que te detienes a leer lo que está encorsetado entre esos signos ortográficos cóncavos y convexos. Aunque sólo sea durante el rato en que, simplemente, estás sentado en ese taxi, dejándote llevar, sin nada que hacer, indefenso pero seguro, sin marcar ritmos, asumiendo un papel secundario en ese corto o en esa película, todo depende de la duración de la carrera, y asumiéndolo de buen grado, porque cuando entras en un taxi, el tiempo se detiene, aunque corran las agujas de todos los relojes. Ahí dentro, nada importa. Sólo cuando te bajas, cierras y andas los pocos pasos que te separan de tu objetivo prefijado, retomas el control de la vida. Iluso. ¿Control?

En un taxi nos sinceramos con el mundo, asumimos lo poca cosa que somos, miramos por la ventanilla, nos convertimos en espectadores. Qué otra cosa queda. Espectadores de lo que ocurre al otro lado del cristal. Espectadores de lo que piensas, de lo que hablas si decides hablar, de lo que oyes cuando te responden, de la música que suena por la radio, de las noticias que cuentan en emisoras que nunca escucharías. Nos pensamos en ese ratito, ese es el regalo. Nos creemos que cuesta dinero. No pagas por la introspección, pagas por la carrera. Lo primero es consecuencia de lo segundo. Ni lo de antes merece la pena, ni lo que vendrá tiene sentido. Sólo cuenta ese presente que vives sentado en un asiento trasero ajeno. Todo es ajeno, menos tú.