domingo, 8 de marzo de 2015

Putos ilusos

Escribir sin pensar. Vivir sin ambages.

Te levantas pronto un domingo porque el sábado fue demasiado largo como para vivir su final.

Te levantas y desayunas frente al ordenador, paseando la vista en diagonal por redes sociales y periódicos. Y de repente el café ya no quema. El zumo se vuelve amargo. El pan, duro como una piedra y la mermelada sabe a sangre.

Me dicen que se ha muerto. El periódico revela que fue un accidente de moto. Y me bailan los recuerdos y se me encharcan los ojos y no me lo creo, coño, no me lo creo. No tenemos edad para morirnos. Todavía no. Así no. Él no.

Fue el sábado. En un fin de semana de luna llena. Cuando todos nos creíamos que la primavera estaba a la vuelta de la esquina.

Pero sigue siendo invierno, putos ilusos somos.

Compartimos instituto cuando no éramos nadie, pero la vida nos llevó por caminos divergentes que luego volvieron a cruzarse, por aficiones, por trabajo, porque era un derroche de carisma y energía y tres fiestas con él valían para saber que era un colega, que no hacía falta más, que se reía de verdad, que vivía de verdad, que quería de verdad. Sin artificios. Sin poses. Y qué raro es eso cuando has conocido el éxito tan joven, tan joven, coño. Popular por un programa de la tele, pero popular en realidad porque sabía lo que significa eso de verdad. Popular porque dejaba poso en terrazas de bar, en conciertos de un amigo común, en fiestas sorpresas donde siempre llevaba regalos. Popular porque no sabía de la perversión de esa palabra.

Y las redes bullen. Y llamo corriendo a todos esos que están en su agenda. Porque su agenda sigue estando aunque él ya no. Y unas le lloran, otros no saben cómo reaccionar, ninguna nos creemos que esto sea de verdad. Porque no tenemos edad para morirnos. Todavía no. Así no. Él no.

Dicen que sólo te mueres cuando tu nombre se pronuncia por última vez. Santi tardará mucho en morirse.

En el instituto era un pieza, un animal, un loco que experimentaba. Uno de esos a los que los profesores auguraban penosos futuros. Y les engañó a todos, a mí también.

Con cojones, esfuerzo y pasión logró lo que muchos otros no atisbarán en su puta vida. Hacer lo que quería, trabajar de lo que le entusiasmaba, amar a la mujer que eligió y que le eligió, exprimir cada segundo como si fuera el último. Como si ya supiera.

No tiene sentido.

Y mis mierdas son nimias. Y las del resto, también. Nunca quiso ser ejemplo, y ahí está, enseñándonos a todos cómo hay que vivir. Una lección que nos llega cuando nos enteramos de que tuvieron que sacarle de los fondos de un camión porque las motos son débiles y presa fácil.

No somos nadie, qué manido. Sólo te das cuenta de lo que realmente merece la pena cuando pasan estas cosas, qué sobada está esa frase. Y qué. Es tan cierta como lo fue él. Porque era un tipo de verdad. Un hombre de verdad. De los que saben cómo y cuándo ser un niño. De los que te alegraban una tarde aunque no hiciera falta, aunque no le conocieras tanto, aunque no fuera su intención. Él sólo quería pasar por allí, disfrutarlo, hacer que el resto disfrutase. Era su forma de vivir. No tenía otra. No eligió otra.

Y ahora que se ha muerto, tan joven, coño, tan joven, me doy cuenta de que si nos volvimos a cruzar en el camino fue porque la vida te pone enfrente al que tiene que estar ahí, por una razón o por otra, o sin ninguna, qué sé yo si soy tan joven y conozco tan poco, al que tiene que estar ahí para que comprendas que lo único que merece la pena es andar ese camino, correrlo a veces, tropezarse mil y una veces y levantarse descojonado de la risa, porque él ya sabía, con lo joven que era, coño, que es parte del éxito, ese que probó sin buscarlo, sólo porque sabía lo que quería hacer, qué quería ser y cómo lograrlo. Eso es la vida cuando es plena. Aunque fuera tan corta la suya, tan mutilada un sábado por la tarde.

Qué sin sentido. Qué mentira todo.

Lo incinerarán, porque Santi no podía quedarse quieto en un sitio, tenía que ir y venir, ver y observar, aprender y enseñar, mostrar y exhibirse, amar sin miedo.

Sin miedo.

Hasta el final. Un final precipitado y absurdo que nos recuerda que sólo merece la pena ser feliz si tienes alguien con quien compartirlo. Y él compartía, porque siempre tenía algo que ofrecer, aunque fuera una frase y una sonrisa que tumbaba pánicos y miserias.

Están los que compiten y los que comparten.

Están los imbéciles y los de personalidad arrolladora.

Y los primeros mueren solos. Y los segundos no mueren nunca. Aunque dejen de respirar de repente, un sábado, cuando nos pensábamos que era primavera. Putos ilusos.

Hasta siempre, colega. Sigue rodando allí arriba. Sigue riéndote donde estés. Sigue, tío, porque no sabías hacer otra cosa. Y gracias.