viernes, 27 de marzo de 2015

Familia. Amigos. Paula. Pegamento.

Me dijeron una vez que de poco sirve decir lo siento. Si tiras un plato, por mucho que digas lo siento no desharás el hecho de que ahora sean añicos. Arrepentirse no arregla nada, lo único que queda es mejorar, volver a intentarlo, no tirar el plato, manejarlo con cuidado, que la porcelana, aunque parece dura, es frágil. Demostrarte que, para la próxima, ya has aprendido. Y así, plato a plato, ir avanzando.

Qué complicado echar la vista atrás y no arrepentirse de algo. La opción que podemos tomar ante esto es echar la vista hacia adelante, y prometerte que nunca más. Y es cuando rompes una promesa que sólo te afecta a ti cuando te vienes abajo. Dicen que hay que ser muy hombre para reconocer los errores. Yo creo que hace falta ser muy hombre para entenderte y aceptarte. Para sorber mocos y apartar lágrimas y comprender que seguirás fallando. Que seguirás fallándoles. Que seguirás fallándote. Asúmelo. Levántate. Pega los trozos del plato con el mejor pegamento que encuentres y vuelve a echar sopa en él. Puede que goteé, porque nadie nace manitas. Localiza la imperfección que has dejado, usa más pegamento, tal vez incluso cambia de marca. Hasta que deje de gotear. El plato ya no será el mismo, nunca más se verá nuevo. Pero da igual. Vuelve a ser un plato, puedes volver a lavarlo, a verter potaje hasta el borde, ahogando al diablo, como decía mi abuelo, que luchó en la guerra y seguro que tenía motivos para sentirse arrepentido. Pero no lo estaba. Porque perdonó.

He decepcionado a mis padres. He huido de relaciones en las que me querían. He desafiado a la amistad. He perdido el tiempo.

Da igual. Tengo la suerte de que mis padres son mis padres, no hace falta adjetivos ni epítetos. Son mis padres, y son los únicos héroes a los que merece la pena idolatrar. Sólo porque no dejaron de confiar. Y tal vez les di motivos.

Da igual. Ellas salieron ganando la mayor parte de las veces, porque casi siempre entendieron mejor que yo la relación, que elegía sufrirla, en vez de vivirla. Sólo con Paula supe disfrutar del momento sin tomar atajos y sin acelerar el ritmo. Hasta que dudé, porque con 22 años se duda de la perdurabilidad, de qué compensa. Porque con 22 años eres, era, un niño. Y me fui. Y cuando quise volver ella ya no estaba dispuesta a cerrar los ojos y dejar que la guiara por el borde del acantilado. Ella siempre lo supo hacer mejor que yo, no necesitaba guías, aunque me concediera el privilegio.

Da igual. Los amigos saben que te tambalearás, y estarán dispuestos a esperarte cuando vuelvas a andar recto, o simplemente cuando vuelvas a abrazarles, porque la amistad se ríe del tiempo, que no de la ausencia, y no hay distancia que separe a un amigo si hacéis por saber el uno del otro. Allí estarán, porque les pasa lo mismo que a los padres. Son mis amigos. Y punto. Y cuando ellos se desvíen, yo estaré ahí, aguardando, sonriendo, poniéndoles cara cuando es sólo su voz la que oigo o sus letras las que leo. Porque al final son pocos, y nos hemos elegido con conciencia. Y en esa conciencia asumimos lo que decía Wilde, con ese estilo exagerado que tanto le gustaba: que el amigo es el que te apuñala de frente.

Da igual. El tiempo ni se pierde ni se gana. Sólo pasa, aunque lo aproveches. Tirar de memoria e identificar momentos en los que pudiste haber hecho más sólo conduce a un punto, por lo menos a mí sólo me lleva a un punto: a esta página en blanco, que ya no lo es, que ya he manchado con esto que me golpeaba el pecho, aullando por salir. Recordar tal vez no lleve a ninguna parte, pero a mí me lleva, al momento en el que escribo, al momento en el que vivo, a este sofá, a esta mesa, a este ordenador, a mi gato que me mira como si entendiera. Y eso me vale. El resto da igual. Es aquí y ahora cuando miro a la balda y veo platos resquebrajados, pero usados y bastante limpios.

Joder, he errado tanto que si lamentarse fuera delito estaría condenado a diez cadenas perpetuas. Pero hoy estoy con el juez que revisa mi caso y estudia la posibilidad de darme la condicional. Es el juez que me mira cuando me asomo al espejo antes de irme a dormir. Y me da la buena noticia: eres libre, de volver a errar. Tantas veces como las anteriores, alguna más probablemente.

Mi abuelo se enfrentó al general Varela en tantas batallas que, años después, cuando mi padre tenía la edad suficiente como para acordarse hoy, decía a modo de onomatopeya: “la leche, Varela”. Porque siempre era Varela el que iba hacia ellos, inexorable en su avance. Y siempre era mi abuelo el que tenía como misión detenerle, o al menos retrasarle. Y mi padre no entendía qué quería decir “la leche, Varela” cuando oía a su padre blasfemar, si no había ningún Varela corpóreo al que dirigirse. Lo entendió mucho después. Me lo contaba no hace mucho, cuando volvíamos de una cena navideña con mi abuela. No le temblaba la voz narrando la anécdota, ni le mutaba el rostro para tornarse tierno. Lo contaba como una batallita simbólica. Pero mi abuela se reía y decía “es verdad, es verdad”, porque mi abuela al final solía repetirse, en un intento desesperado de engañar al tiempo.

Mi abuela se murió a los pocos días de aquel viaje. Y escribiendo estas ideas inconexas se me salta alguna lágrima, porque me echo en cara no haberla aprovechado más. Da igual. Siempre da igual. Porque aunque hubiera vivido 24 horas al día con ella, como hacia Celia, esa chica peruana que cuidaba de ella y que era tan tímida que nunca le escuché subjuntivas, aunque hubiera estado con mi abuela el mismo tiempo que Celia, una vez se murió, seguiría lamentando no haberla aprovechado más.

Mi abuela siempre me aseguraba que “hay que vivir con dignidad, y divertirse”.

Paula me dijo una vez “eres el hombre de mi vida”. Y cuando me veía la cara de susto, remataba “no te confundas. Eres el hombre de mi vida… hasta que dejes de serlo”.

Me han regalado tantas frases memorables que tengo platos que se pegan sólo con ellas. O con el amor de mis padres. O con la fe inquebrantable de mis amigos. O con las mujeres que eligieron estar conmigo sólo por como soy.

Así que al final de este texto, echo la vista atrás, claro, de nuevo, y me sonrío, porque soy un tipo con suerte. Tengo toda la suerte del mundo, y aun así, o incluso puede que por eso, algún lo siento se me escapará aún. Pero ya no será lo mismo. Porque da igual, mientras sea consciente, viva con dignidad, y haga lo posible por divertirme. Y si terminamos solos, que no sea porque tiramos la toalla. Que sea porque sobrevivimos a los que elegimos para acompañarnos. Elige, diviértete, y ten a mano pegamento, y unas buenas dosis de saber perdonarse. El resto, lo dicho. Da igual. Que esto no dura, que al tiempo no se le engaña, sólo se le puede coger por las pelotas.