viernes, 20 de marzo de 2015

El oficio de odiar, o el arte de ver eclipses entre nubes

- Si eres un hater, es que te falta bastante de lover.

Esas frases que sueltas sin mucho meditar y resulta que gustan. No porque sean elaboradas. No porque resuman la existencia del ser. Sólo porque puede que sean ciertas, que puse en palabras llanas pensamientos complejos que en realidad no lo son. Lo único que es de verdad complejo es lo que convirtamos en complicado. La sencillez es un arte.

Y es que están esos que hacen del despotrique un modus vivendi. Que desde su altar de sapiencia se consideran en posición de menospreciar todo aquello con lo que no comulgan. Esos que, si no comparten su opinión aberrante, no compiten. Qué absurdo debe ser querer compartir y competir todo en uno. Que no. Que todo es mucho más sencillo. Que vociferar en las redes sociales que son todos muy malos cuando tú eres un genio tiene de todo menos sentido. Más desconectar y ponerse a hacer que buscar conectar desde la exclusividad.

La experiencia la viven como una excusa para maldecir. Desde fuera, esto sólo lo veo como un intento de explicarse su propio ego. Yo, que no llegué a tanto aunque mucho lo intenté, mucho estudié, y mucho me codeé con otros que sí alcanzaron, puedo, debo y quiero vapulear cualquier logro ajeno que suponga contradecir mis creencias. Que no roce la perfección por la que abogo, aunque nunca llegase a acariciarla. A mí me suena a frustración. A ellos les suena gracioso. Son críticos de lo que no han conseguido. Porque si lo hubieran conseguido, su obra sería mejor, qué duda cabe. No importa que no tengan obra. Importa que si la tuvieran, sería obra maestra. Eso sólo pueden saberlo ellos, claro, pues sólo en su cabeza existen los planes que tienen, que tuvieron, y que no materializaron. Y si no los materializaron, culpa suya no es, claro. Es culpa de todos los demás, que no tienen ni puta idea de lo que es bueno y de lo que es malo, que no disciernen, que sin criterio se atreven, osados, a considerar que no estás a la altura.

El reconocimiento es un diablo con muchas bocas y pocos oídos. Si lo buscas, es probable que el pincel quede tieso sobre el lienzo, que los dedos no aprieten teclas, que el cincel no perturbe la madera, que la cámara nunca grabe ni dispare y que el metal no se alee. Que le den por culo al reconocimiento. Crea sin motivos, sin objetivos, o mejor, sólo con uno: porque te sale de los cojones, de los ovarios. Porque si no lo haces, tu cabeza reventará de tanto darle vueltas a las formas y a los contornos, porque es tu forma de sanación. Porque te da paz. Es así de sencillo.

hater, que eso se te da muy bien. Esa es tu obra. Así consigues fieles. La huella que dejarás durará tan poco como los sueños que tuviste miedo de perseguir. Sí, eres buenísimo, eres un genio, eres un dios de las artes. No me preguntes de qué artes, porque no creaste una mierda más que salivazos de rencor. Ars gratia artis. El arte por el arte. Y punto. Y lo que tenga que llegar, que llegue. Quién soy yo para dar lecciones, si lo único que sé hacer es escribir impulsivamente lo que me devora las neuronas, lo que me late. Si no escribo, no creo. Si no creo, no amo. Si no amo… sólo soy un cobarde cobijado entre muros que me protegen de vendavales, pero que también me tapan el sol.

Hoy buscábamos eclipses. Pero las nubes nos los taparon. Y qué. El que quiera, que lo pinte. El que sepa, que lo escriba. El que pueda, que lo inventé en piedra. El resto, o que disfrute de haber querido verlo, que eso ya es un camino, o que disfrace sus complejos en gritos irónicos contra el sol y contra la luna, porque no fueron perfectos. Él lo hubiera hecho mucho mejor, por supuesto. Mientras tanto, hater. Suerte si eso te reporta algo.