lunes, 23 de marzo de 2015

Viajes de vuelta

La carretera es larga y nunca es la misma, aunque hayamos salido ya tantas veces del mismo sitio, pensando en un mismo destino. Él conduce y yo a su vera, adelantando cuando toca y dando paso a los que quieren ir más rápido, más rápido, más rápido. Él al volante y yo a la ventana, él mirando al frente, yo a todas partes. Reconocemos lugares por los que ya hemos pasado, pero seguimos descubriendo vistas que siempre estuvieron ahí. Antes pasaron inadvertidas, hoy no, vaya usted a saber por qué. Hoy las desvelamos, y mientras lo hacemos, obviamos otros recovecos, que se desharán de la capa de misterio cuando, en un nuevo viaje, decidamos detener en ellos las pupilas y concentrar en sus rincones nuestras neuronas. El camino es el mismo, el viaje no.

Según nos aproximamos allí donde termina el retorno, relajamos los sentidos y nos obcecamos en llegar, de una vez, por fin, ya está bien de cuentakilómetros, marcadores de gasolina, ligeros atascos, alguna sirena muda en el arcén que desea prevenir y de momento sólo está. Nos perdemos los últimos minutos de ese viaje de vuelta porque sólo atisbamos lo que vendrá después, cuando bajemos del coche, pongamos pie a tierra, a asfalto más bien, suspiremos y nos estiremos y sonriamos porque la escapada cumplió su función. Nos adelantamos al final, al freno de mano, a apagar el motor.

Queremos estar allí, y eso nos aleja de aquí, de ahora, de estos estertores de un domingo al que aún le quedan horas. El lunes nos engulle cuando aún no se atisba ni la luna que remata la semana. Antes siquiera de retomar, ya estamos haciendo lunes, martes, miércoles. Nos fuimos un jueves, nos alejamos cuatro días, y ahora, en vez de exprimir, simplemente asumimos la derrota del regreso.

Porque es derrota si no quieres volver. Pero has de volver, o eso crees, o eso te han dicho. Has de volver para empezar de nuevo. Y así toda la vida. Y no es queja, ni grito, ni blasfemia. Es, hoy lunes, mirar atrás, a ayer solamente, y saber que no supimos disfrutar de esos últimos kilómetros sólo por eso, porque eran los últimos, los que dan pie a todos los comienzos de todas la semanas. Es, hoy lunes, cuando comprendemos el error de sobrepasar al ingrávido tiempo, cuando es imposible hacerlo. Nuestro cuerpo sigue en la carretera, devorando brea, y nuestra mente en cambio está en un mañana que no manejaremos nunca. A conducir se le llama manejar en países donde quizá entienden más del tiempo simplemente porque nadie se lo garantiza. Qué poco hemos aprendido aquí si nos creemos que sí dominamos nuestro tiempo.

Él, que conduce, se para en el primer semáforo que pausa nuestra vuelta. Yo bajo la ventanilla ahora que el aire no hace ruido cuando se cuela en el interior del vehículo, porque ya no creamos viento. Ya no huele igual que hace horas. Es en ese semáforo cuando damos por hecho que sí, que aquí estamos otra vez, dispuestos a desenvolvernos entre edificios y farolas y comercios con luces de neón y nubes que no lo son, nos engañan, sólo es aire sucio. Es en ese semáforo cuando nos miramos y nos encojemos de hombros y uno, no recuerdo quien, dice: “A la jungla otra vez, socio”. Una jungla sin lianas ni copas de árboles, sólo con líos y copas de tinto. Una jungla sin animales exóticos ni maleza irrefrenable, pero con bestias anodinas y ramas podadas. Es nuestro entorno. Es de donde somos. Y no es queja, ni es grito, ni es blasfemia. Es la conciencia del tiempo y del espacio, de nuestro tiempo y de nuestro espacio, y de la habilidad que tenemos para cambiarlo, aunque nos dé miedo creerlo. Somos nosotros los animales y las lianas y la maleza. Somos nosotros los que frenamos y nos dejamos.

Él arranca de nuevo, yo apuro el último cigarro, adivinamos ya nuestra casa unas esquinas más allá. Parece ser que añoramos volver tanto como deseábamos irnos de aquí, unos días.

Hoy, lunes, de nuevo, pensamos en el viaje y recordamos anécdotas y vaivenes y el olor del campo y el barro que no se va de las zapatillas que vimos por primera vez expuestas en escaparates de metacrilato. Hoy vemos el pasado, ayer veíamos el futuro, y en la carretera no fuimos nadie, porque no quisimos serlo. Hacemos carretera cuando nos ponemos a ello, cuando no hay nada más, ni antes, ni después. Pero las carreteras no fueron hechas para eso. Fueron hechas para llevarnos, para traernos, para dejarnos en sitios desconocidos o en hogares donde nos espera una mascota que no capta porqué te fuiste, porqué volviste, qué hiciste ausente.

Hoy, lunes, empezamos de nuevo. Hoy, lunes, entendemos que cualquier día puede ser lunes, que nunca será el mismo, como la carretera que tantas veces hemos surcado y que creemos inmutable, pero se transforma tanto como queramos transformarnos nosotros, los que nos escapamos decididos, los que volvimos ansiosos.