jueves, 9 de abril de 2015

De pueblo

A la policía, en mi entorno urbano habitual, la oigo cuando me avisan sus sirenas. En mi pueblo, la policía te pita al verte, para saludarte, que hace tiempo que no vas. Los policías son los padres de esas chicas tan guapas, son los tíos de tu longevo amigo, son los vecinos que, de servicio, han querido visitar tu casa, tan antigua que es monumento. Los policías en mi pueblo son los que montaron en su coche a tu amiga, sin pensárselo, porque se torció un tobillo y el centro de salud está a un paseo. Son los que te preguntan por ese que se emborrachó tanto y que se juntó con vosotros una noche, no para echaros la bronca, sino para saber si sobrevivió a semejante melopea, con una mueca divertida bajo el uniforme.

En mi pueblo, en los bares, los camareros te recuerdan anécdotas del pasado que protagonizaste con alguna copa de más. Dejaste el pabellón tan alto que los profesionales de la barra aún te rinden pleitesía, se mofan de ti, y sabes que, de alguna forma, les alegraste la noche, aunque son de esos a los que les cuesta dejar de sonreír, aunque no tengan jornadas de ocho horas, sino de las que sean necesarias. Son los que te estrechan la mano con fuerza cuando entras por primera vez después de meses sin haberte dejado caer por allí.

Allí, en mi pueblo, mis amigos son los mismos que hace 20 años, aunque conozco a mucha más gente, aunque he ido agrandando círculos hasta convertirlos en tremebundas esferas. Mis amigos cambian, claro, la edad muta actos y hace cambiar opiniones. Pero mis amigos, esos que se partirían el alma por mí, que no pondrían excusas ante una necesidad honesta, son los mismos. Aunque pase tiempo sin que vaya por ahí, aunque pasen años sin que ellos decidan salir de sus dominios para venir a donde yo moro, que no domino, porque es demasiado extenso como para decir que es mío. Nadie tiene una ciudad. Tiene un pueblo. Y pobre de aquel que no lo tenga, que no hunda sus raíces en pequeñas poblaciones rodeadas de campo. Ser niño en un pueblo es tener infancia. Ser niño en una ciudad es otra cosa.

En mi pueblo, para la gente que me dobla la edad, que casi me la triplica, soy “el nieto de la Lola”. El nombre de pila da un poco igual. Soy el hijo del médico. Me precede mi genealogía. Porque, en un pueblo, importa tanto quién eres como de dónde vienes. Porque igual que se heredan los motes, se hereda el respeto, aunque puedes cambiar las tornas, y perderlo si te crees más de lo que eres, o recuperarlo si tus antepasados erraron y tú demuestras.

No quedas con días de antelación, improvisas citas. Una tarde en una terraza es fuente de comedia. Una cena se convierte fácil en tradición. Una paella en el campo empieza al mediodía y termina cuando es noche cerrada. Todo es tan sencillo que es perfecto. Sin pretensiones, sin expectativas, sin impostadas ambiciones.

Porque en un pueblo no se va al gimnasio, se corre, se nada, se escalan cuestas en la bici. En un pueblo no tardas en llegar, te demoras porque te encontraste a alguien, porque aparecieron tus sobrinos y querían que les contaras otra vez el mismo chiste. En un pueblo juegas al fútbol con un balón, no con una videoconsola. En un pueblo te besas por primera vez, follas por primera vez, rompes por primera vez, te reconcilias por primera vez. Porque en un pueblo no dejas de ser inocente, aunque te creas lo contrario. La ciudad malea y pervierte lo que es nuevo, porque allí o estás a vuelta de todo, o te abruman los cláxones, los semáforos que interrumpen tu paseo, los tumultos en bares y los escaparates que te engañan. En un pueblo todos saben quiénes son los trileros. En una ciudad el carterista es fantasma, a la policía se la mira con recelo, y sólo te sientes protegido en casa, cuando echas el cerrojo. Las fronteras de tu zona de confort, en un pueblo, llegan hasta donde está escrito el nombre del pueblo, cruzado con una diagonal roja.

Dirán que idealizo. Dirán que esto sólo lo veo así porque no vivo allí, porque no paso el duro invierno entre sus gentes. Dirán que… porque sí, hay chismes, envidias, quítame-allá-esas-pajas. Claro. No es un paraíso, porque lo habitan humanos. Ese es el secreto. La humanidad, para bien y para mal. Sin tapujos. Sin títulos. Impera la costumbre más que la ley. Pesan los apellidos, más que estancias universitarias.

Y hay intentos de corromper esa sencillez. Amagos de convertir al pueblo en lo que no es. Esfuerzos de algunos por adornarlo con máscaras a las que tildan de progreso. Pero yo, optimista o iluso, estoy seguro de que fracasaran. Porque mi pueblo, que es mío como las zapatillas que visto ahora, siempre será ese sitio que, cuando me acerco por la carretera y empiezo a siluetear, reconozco por inmutable, añoro por mi sentido de pertenencia, y al que rendiré pleitesía ya pasen los años. Porque allí el tiempo transcurre diferente. Más despacio, para que lo pienses, para que lo disfrutes. Como el negro de Amanece que no es poco, que anda en zig zags para tardar más y así poder pensarse a dónde va.

Porque el pan bueno es el pan de pueblo.

Siempre estará en cuesta. Siempre tendrá castillo y cuevas. Siempre tendrá la plaza empedrada. Siempre tendrá dos cañones anacrónicos flanqueando una entrada en arco que conserva las llaves de la ciudad. Como si aún tuviera puertas de entrada. Siempre estarán allí mis amigos, aunque vivamos cada uno en lugares alejados. Allí, siempre seré el nieto de la Lola, aunque ya no me queden abuelos. Siempre será mío. Siempre seré de ahí, aunque no me viera nacer. Pero me vio crecer, a intervalos. Y siempre dio igual, mientras siga siendo yo el que no deje de ir. De volver.