miércoles, 22 de abril de 2015

Insomnio y otros sabores

Te tienes que levantar pronto, o al menos, a una hora prudente. Pero no puedes dormir, no te dejas dormir, quieres alargar la vigilia, inmortalizar este día de falsa primavera, falsa porque no es como tú quieres. Te fuerzas al insomnio, a este rato de abandono, y que no importe que ahí fuera todo sea oscuro y sean pocos los coches que ronronean por un asfalto tan negro como todo lo que asoma por la ventana. Que no importe que no haya peatones en una ciudad sonámbula. Que no importe que los taxistas se desesperen porque Madrid, un martes noche, ya no es lo que era y los taxímetros son adorno. Que no importe que los autobuses a esta hora sólo sean nocturnos, búhos de metal carmesí o azul publicitario conducidos por un alma que escucha la radio sin saber lo que dicen y se para en semáforos para dejar pasar a nadie. Que no importe que en las ventanas de enfrente no tililen luces, que las persianas estén echadas previendo lo que vendrá en unas horas. Que no importe nada, nada más allá de lo que mantiene activas neuronas rebeldes que se resisten a quedar en stand by para que mañana las vuelvas a encender, un mañana que no anhelas.

Él, su imagen, su recuerdo, sus manos, su polla, su sonrisa, su lengua y su sentido del humor, invadiendo tus conexiones cerebrales, protagonizándolas, echando al sueño, que huye plácido, sin miedo, sin prisa. Te enciendes otro cigarro, uno cuya colilla ya no cabrá en un cenicero que siempre será demasiado pequeño. Pronuncias su nombre bajito, como se dicen las cosas que deseas cuando no las tienes delante ni nadie que lo escuche. Como si invocaras un sortilegio. Bajito. En un susurro que se desliza entre tus dientes para retumbar en las paredes de tu boca, esa que le echa en falta, que se relame con el recuerdo de unos besos oxidados, que saliva como si fueras el perro y Paulov hubiese tocado una campana. No le echas de menos, ya pasó demasiado tiempo como para echar de menos. Han pasado otros, escogiste otros sentidos del humor, otras manos, otras pollas, otros lunares por descubrir. Pero aquí estás, de madrugada, con una camiseta larga que te cubre hasta las rodillas, las bragas un poco húmedas, el pelo en un moño atravesado por un lápiz que ya no usas porque ya nadie escribe a mano, y menos a lápiz. Ahora que todo es efímero, los lápices curiosamente no gastan punta, las gomas ya no se venden, a no ser que seas dibujante, y tú siempre fuiste de garabatos que terminaban arrugados en la papelera. Aquí estás, produciendo ceniza y traición, con las uñas de los pies sin pintar porque no hace tiempo de sandalias y hace noches que no reparan en tus dedos para besarlos. El cigarro que se consume, como la noche, y la brasa que creas, también en tu cabeza, por retrotraerte al tiempo en el que le manejaste y te manejó, como si fuerais peleles voluntarios, que es lo que eráis entonces, cuando os dejasteis llevar porque en aquel entonces dejarse llevar era el único imperativo que merecía la pena seguir, a grandes zancadas, nunca a pies juntillas. Aplastas el filtro contra el resto de filtros, el olor es desagradable, pero tú inhalas el vaho de su boca, el aliento de sus mordiscos, el semen que te daba. Tragas.

Y cuando tu novio se despierta para ver qué coño haces levantada a estas horas, tú le sonríes, estiras tu camiseta en un afán de cubrirte, y respondes la verdad. Nada, ya voy. Apagas la luz y dejas el salón, donde ya sólo quedará el humo gris de un cigarro mal fumado y la soledad de una noche que precede a un mañana que te han recordado que sí, existe.