sábado, 11 de abril de 2015

Príncipes sin tiempo

Encontré la foto en un álbum viejo, de esos que quedaron olvidados en tu antiguo cuarto, en casa de tus padres, donde creciste y al que de vez en cuando vuelves a entrar para sentarte en tu cama, mirar esa pared que te calmaba los sueños, fijarte en las marcas que dejaba tu hámster en el rodapiés, repasar las manchas que dejaste con un balón de fútbol que tu madre terminó tirando a la basura sólo porque estaba pinchado, deleitarte con los agujeros que dejaron tantas chinchetas que sujetaban tantos posters, quedarte absorto con los arañazos del parqué, de tanto mover el pupitre para recuperar aquella revista porno que pensabas bien escondida, estancarte en la minicadena que aún funciona pero que hace tiempo que nadie enciende, pasear la vista por los casettes de música que te recuerdan que fuiste testigo del salto a lo digital, del abandono de lo analógico, del paso del tiempo cuando no eras consciente de eso, que pasaba, y no te importaba demasiado, suficiente tenías con un ayer que duraba poco y un mañana que no alcanzabas nunca.

Ahí sentado, con la foto en las manos y una mueca absurda, entre la gracia y la pena, atrapado en tu infancia que fue plena para terminar alcanzando una madurez que no termina de satisfacer nunca. Una foto tuya, de cuando eras niño, de no hace tanto, de hace milenios. No es que lo añores, sería contraproducente, inútil, nefasto. No. Recordar no te duele, en todo caso alimenta, porque no hay motivo ni para la queja ni para la nostalgia. Volver atrás no desmerece tu presente, puede que lo explique. Ahí, apoyando la cabeza contra la pared y cerrando los ojos te ves con una edad de un dígito queriendo apurar para crecer. Yéndote a la cama enfadado porque echaban Platoon y no te dejaban verla. Yéndote a la cama riendo porque te escapabas y escondías detrás del sillón del salón para desobedecer y ver Vietnam por primera vez. Yéndote a la cama sabiendo que al poco aparecería tu madre para darte un beso, como si no fuera suficiente el que diste en el salón un poco de mala gana, porque el niño nunca quiere acostarse, aunque se le cierren los ojos. El niño quiere que su día sea eterno, porque qué tontería es esa de que duren 14 horas, qué bobada tener que dormir 10, la de cosas que me estaré perdiendo sólo por dormirme.

Sólo por dormirme.

Y así me quedo, dormido, en esa cama, con la foto resbalando y cayendo al suelo. En mi cama, que siempre será mi cama, ese siempre será mi cuarto, por mucho que ahora siempre esté vacío y su puerta sólo se abra para recuperar una maleta del altillo del armario, para guardar ropa fuera de temporada, para apilar libros que nadie lee en una estantería que entonces sólo copaban libros de texto que fueron a parar a la casa del pueblo, a cajas que no se abren, como tesoros, tesoros para nadie más que para mi padre, que en una suerte de Diógenes hace por conservar todo lo conservable, no vaya a ser que se nos olvide lo que estudiamos, ahora que no nos acordamos de aquellas clases y de si nos sirvieron para algo, pues nunca la hipotenusa me ha sacado de un apuro ni la capital de Angola me ha llevado a África.  Ahora que mi cuarto no contiene lo que yo allí depositaba, yo me quedo dormido como entonces, como antes de que viniera mi madre a darme ese beso repetido. Y cuando despierto han pasado nada más que diez minutos, la foto está boca arriba sobre una muesca del parqué, y mi madre fuma en el umbral de la puerta mirándome entre extraña y tierna, casi que cortándose para no venir y con sus labios, en mi frente, devolverme a esos tiempos en los que crecer era la única misión en la vida, para poder, algún día, sentarme en esa cama y recuperar esos trozos de lo que fui.

Recojo la foto, la devuelvo al álbum, que coloco muy derecho en el sitio que alguien decidió que ocupara para estar a la vista pero que nadie lo vea, y me levanto despacio. Estiro el edredón, recoloco la almohada, mi madre ya no está en la puerta. Cojo el pomo, salgo fuera, miro y suspiro, y cierro tranquilo, sabiendo que siempre podré volver, aunque no vuelva a abrir la puerta. Porque ese cuarto siempre será mío. Siempre estará desordenado como a mí se me antojaba para reivindicarme. Siempre tendrá esos posters de grupos que no escuchaba tanto y de pelis que no debía ver. Siempre habrá una pelota botando cuando en casa no se juega al fútbol, y siempre habrá hámsters royendo maderas barnizadas. Hasta mañana, que no termina de llegar.