lunes, 13 de abril de 2015

Galeano, gracias viejo

Se murió viejito, y vivió con el ímpetu y la rebeldía del que es algo mayor que sólo joven, porque los que son muy jóvenes están demasiado ocupados asimilando lo que les viene.

Se murió viejito, después de haber regalado abrazos que eran palabras, y palabras que eran abrazos. Después de haberle abierto las venas a América Latina para que todos viéramos el poderoso fluir de su densa sangre. Después de haberse plantado ante esos españoles hastiados y decirles, sin ninguna pretensión, él no era así de osado, sólo lúcido, que ese era el camino, pero que aún queda mucho, que lo duro venía luego, y que esa era la verdadera motivación que debía empujarnos. Después de haber dicho tantas cosas, a quien quisiera escucharle y leerle, que es imposible recordarlas todas, y para qué, si él no daba clases, él sólo observaba, compartía y, cuando la ocasión lo merecía, sonreía.

Se murió viejito, porque el uruguayo no muere viejo, muere viejito.

Las eses resbalaban de su boca, pero en sus libros quedaban impresas para que bailaran en el paladar del lector, que si era bueno y consciente, las saborearía tanto como hacía él cuando las proclamaba.

Pocos pelos en la cabeza, y menos en la lengua. Arrugas tantas como ideas. Así se murió hoy Galeano. Viejito. Eduardo.

Y qué pena nos da, y él nos regañaría. Nos diría que porqué, qué bobada, alargando la segunda a, claro. Diría tranquilo que la vida es nada más que lo que precede a la muerte, obvio. Que él ya encontró sus abrazos, que después no hay nada, que es todo un invento de esa iglesia que tan poco le gustaba, que lo que merece la pena es lo que pasa en este mundo lleno de ladrones y corruptos, pero más lleno aún, seguro, de pequeños Galeanos que no saben que lo son. Porque después de todo, diríase que era un optimista, que la vida lo es todo, y eso no nos lo quita nadie, ni nosotros mismos, que mira que nos empeñamos a veces, hundimos la cabeza y nos tapamos la cara con las manos y nos negamos la dicha que es estar aquí, asistiendo al espectáculo. Siendo protagonistas cuando nos lo creemos, que es lo que aplaudía él, que tuviéramos fe en nosotros mismos, que fuéramos desconfiados con los que se creen de más, que fuéramos solidarios con los que están a nuestro nivel, porque al final, claro, somos legión.

Se murió viejito. Pero se nos antoja pronto. Porque el tiempo es un cabrón, que no respeta nada, sólo a sí mismo.

Se murió tan feminista que vapuleó a Adán con una sola frase. Se murió resultando incómodo a los acomodados. Se murió como sólo merece la pena morirse, habiendo exprimido hasta la última gota del zumo que es existir, bebiéndoselo a chorros, manchándose el cuello de la camisa, paseando la lengua por la comisura de sus labios nerviosos, atrapando cada gota que quería, ilusa, escapar a la vorágine de su creación.

Y el resto, el resto nos quedamos tristes, a mí me da por escribir, otros recuperarán lecturas, aquellos se pondrán vídeos y audios en los que Eduardo decía sus verdades. Que eran suyas, y ya está, y eran sencillas, por eso eran verdades. Que las cosas complejas lo son por dos motivos: porque nos empeñamos en que así lo sean, o porque esconden falsedades y degeneraciones. Se murió viejito, y sencillo.

Se murió viejito Galeano, y sus lacayos nos quedamos pensando que es injusto, cuando no lo es, hasta Galeano se tiene que morir. Como Saramago. Viejitos que saben que lo son y, aun así, no saben aflojar el ritmo, no vaya a ser que se pierdan algo que luego añoren cuando busquen ese último abrazo, en el lecho, cuando se apagan todas las luces y ya no suenan los motores. Mientras ahí fuera los hijos de puta se aferran a sus sillones y el resto, o nos conformamos con los grilletes, o tiramos de las cadenas hasta hacerlas endebles, a ver si se rompen, inspirados por la lógica y por tipos como Galeano, que al final no se mueren nunca, porque aquí estamos, haciendo lo que podemos para no dejarle ir sin más.

Dejame, díría él, que yo ya terminé. El mundo es vuestro, ahí os lo dejo, envuelto en mierda, para que lo limpiés, para que lo pateés, para que sepás mirar más adentro y veas que el hedor dura lo que vos se lo permitás. No se lo permitás. O al menos, no quedate callado. Porque los mudos no ven, y los que no ven, son mudos, y vos tenés cinco sentidos. Nacés buscando abrazos. Dalos. Dejá que te los den. Y pateale el culo al que se quede quieto, clavadito, para que ande de una vez, y al que no os deje caminar, pateale igual, para que se aparte de una vez, que ese sólo tiene miedo. Y el miedo es tan poderoso como el amor, pero mientras que el miedo se pasa cuando entendés que no es para tanto, al amor sólo podemos matarlo nosotros, cuando dejamos de confiar en lo que somos, animalitos que pensamos, a veces de más, a veces de menos.

Ciao, viejo, y disculpa la pena.