lunes, 22 de marzo de 2010

En la selva, en la cama

He estado casi una semana en un lugar en el que te sientes nada, ni siquiera parte de algo. Tú no perteneces a la selva. Tu oído es nefasto, tu olfato está desentrenado y tu vista no reconoce detalles fundamentales para sobrevivir en la selva. No eres nadie acá, se pone en duda tu posición en la pirámide de los depredadores. Si no te has criado en la selva, en ella eres más presa que cazador, y darse cuenta de esta inversión de los papeles comunes, estando a 66 kilómetros de cualquier atisbo de civilización, causa una sensación cercana al alivio: por fin, sólo eres un hombre, un animal. Un brote de debilidad se despierta en tu humana omnipotencia.

Cuando contemplaba cómo el sol moría o nacía un día más, allá arriba, en lo alto de una pirámide maya cubierta todavía de vegetación, aún casi virgen de las violaciones del curioso, comprobaba lo poca cosa que puede ser un hombre, sólo un hombre, en medio de la maldita e inhóspita jungla. Por encima de aquella alfombra inmensa, que desenrollada se estira más allá del horizonte, verde y mullida, te empequeñeces. Estás solo. Allá en lo alto de la pirámide de La Danta, más de setenta metros de altura, veinte o treinta metros por encima de los árboles, encaramado en piedras que llevan ahí 2300 años, estás solo. Oyes a los monos aulladores, con un mugido grave y poderoso que retumba y rebota por la selva, y otros que contestan, y no les puedes ubicar, no aciertas a adivinar a qué distancia están, y porque ya les has visto sabes que su tamaño no se corresponde con su aullido, que si no es fácil imaginarse a King Kong bien cerquita.

Éste no es tu sitio, tus sentidos están colapsados por la inmensidad y la vida de todo, todo, lo que te rodea. Nadie. Tú solo, por encima de lo que te engulle. Con la caída del sol las aves se unen a los monos, hasta tal punto que les hacen una seria competencia. Y como en la ciudad sólo hay palomas y gorriones - odias a las primeras por su imparable escatología y a los segundos ya no los miras dar saltitos - por supuesto no sabes reconocer qué pájaros son esos que despiden al sol y se ponen de acuerdo para dormir seguros, pero atentos. A tus pies se desarrolla el principio de la vida y tú no eres capaz de entenderlo.

Y el sol se va. Y te quedas allí, osado. Y los monos y los pájaros se calman, pero toda la selva se mueve. Y las estrellas coronan lo que ya era perfecto. Tal vez tú seas lo único que sobra. Las estrellas se multiplican, y entonces tú ya eres un escarabajo, un bicho cualquiera, diminuto, con mundos de luz por encima de ti y tu mundo por debajo, porque en ese momento no hay más mundo para ti que la selva, nada ocurre fuera de ella, todo se ha detenido, sólo en estos cientos de kilómetros que te rodean por todas partes hay vida. Ves el mundo entero. Y tú estás por encima de él, y comprendes al fin que es ahí donde el hombre que conoces se siente seguro. Dominando lo que le devoraría en un descuido.

Todo esto lo escribo desde una habitación que invita a hacer el amor, de vuelta de la experiencia selvático arqueológica, esperando el fin de este viaje. Cuando conoces la fecha de vuelta, la definitiva, ahora ya sí, empieza la absurda contrarreloj. Llevo una semana con la mochila perfectamente colocada, casi sin deshacerla en cada hostal en el que me quedo, escarbando en ella para sacar algo, sin desmontar el encaje de bolillos que es un macuto de cinco meses de viaje. He adelantado el retorno sin cambiar el boleto: mi cabeza viaja ya hacia occidente, a mi cuerpo, como inerte, le quedan todavía días.

Descanso en una buhardilla, ocupo la habitación superior de un gran bungalow, mi techo es la caña sostenida sobre vigas de madera, que hace de rústico y acogedor tejado para este módulo del hotel. El suelo de mis efímeras y confortables posesiones lo conforman listones de madera envejecida, y allá donde hay ángulos de 90 grados, las paredes son de troncos cortados transversalmente. Tiene dos ventanas, una que da a un árbol de flor rosada, otra que da a un concierto de pájaros generosos. El hospedaje se conoce por La Paz y se esconde en un pueblo idílico a la vera del Lago Atitlán, San Marcos de la Laguna.

Y aquí estoy yo, de soñar en una hamaca atada a dos cedros a la sombra de una pirámide maya, a perderme en una cama grande, y hecha para hacer el amor hasta que se callen los grillos. Si solo en el corazón de la selva notas en tus huesos lo que eres y lo que puedes, es en una habitación como ésta, en unas sábanas que son estas, donde se te reitera lo que no tienes.