lunes, 8 de marzo de 2010

En casa de la dinastía Yax Kuk Mo

Amanecemos con calma, que no hay prisa, tenemos todo el día para dedicárselo a las ruinas, y con nuestros cuerpos intactos, que nuestra imaginación está más corrupta que esta gente. Al final la oferta que nos hicieron era sólo eso, una buena oferta.

Buscamos un sitio para desayunar, nos ponemos hasta el culo, e iniciamos el paseo hasta las ruinas, ubicadas a kilómetro y medio del pueblo. Por el camino nos encontramos ya con estelas mayas, bordeando la carretera. Miden dos metros y sólo son un anticipo de lo que nos espera. Tom, que ya ha visto las ruinas de Tikal, espera que éstas de Copán le decepcionen. A mí las estelas ya me han puesto las pilas. El espíritu de Indiana al principio de El arca perdida está en mí. Sólo necesito tipos en taparrabos disparándome con sus cerbatanas, pues las esculturas mayas ya se me han aparecido.

Decidimos visitar primero el museo, al que se accede por un túnel cuya entrada está presidida por la mandíbula de una serpiente tremenda, como si estuvieras entrando en sus fauces. Los mayas consideraban que por sus túneles se accedía al inframundo, y que éste estaba custodiado por animales mitológicos. Sólo los grandes guerreros volvían de su interior con vida y ganas de contarlo.

En el museo guardan una reproducción de Rosalila, un templo que se conservó en el interior de una de las pirámides y que no se puede visitar en estos días. Nos tendremos que conformar con la reproducción, a tamaño real, majestuosa, impresionante, gigantesca, dedicada al dios sol y al cultivo del maíz. El original conserva su color rojo, y lo que tenemos delante está muy logrado. Aunque sabemos que es de cartón piedra, nos quedamos estupefactos. Estos mayas sabían lo que hacían, sin conocer el hierro para picar la roca y esculpirla. Genios del pasado.



El museo tiene fundamentalmente dos partes, el inframundo y la dedicada a la fertilidad. En la del inframundo hay muchas estelas de los reyes de la dinastía Yax Kuk Mo, que reinó hasta el S.IX de nuestra era. Luego fue desapareciendo por luchas tribales, y cuando llegaron los conquistadores ya sólo quedaban las ruinas. No fue hasta el S.XVII que se empezó a documentar bien este lugar que ahora hollamos nosotros con nuestras deportivas y nuestros vaqueros. Un murciélago con unos cojones tremendos (qué capacidad para esculpir tenían estos tipos) y muchísimos glifos abundan en el museo. Copán tiene la mayor cantidad de jeroglíficos descubiertos en ruinas mayas, sobre todo en la escalinata de la pirámide principal, que nos espera en un ratito. Vemos la entrada a la casa del escribano, parte de un calendario maya, bancos esculpidos y parte de un arca con los perfiles de los catorce monarcas esculpidos. Esto es sólo el aperitivo, y a Tom se le empieza a quitar de la cabeza una posible decepción. Salimos del museo y nos encaminamos hacia las ruinas por un sendero que serpentea por el medio de un trozo de selva con lianas y guacamayas, de las que en España vemos en jaulas o en reproducciones de peluche. Pueblan las ramas encima nuestro y pasan olímpicamente de nosotros.

Llegamos a las ruinas, primero a una explanada rodeada por gradas de piedra, con varias estelas protegidas por techos de zinc y que aún conservan restos de policromía. Los reyes representados van ataviados con plumas, agarran serpientes, en sus calzones tienen representados el disco solar en sus diferentes fases, y en su base se cuentan algunas de sus hazañas. Vamos sin guía, que era muy caro, y en algún momento nos arrepentimos, pero la verdad es que este lugar habla mucho por sí solo.

En un extremo de las ruinas está conservado magníficamente un lugar donde los mayas jugaban al juego de pelota. Tres pirámides, una escalinata alucinante, varias moradas de nobles, cabezas de ancianos talladas en piedras gigantes (los mayas creían que los ancianos sostenían el mundo, que era como un gran cocodrilo), rocas redondeadas imitando al sol y con canalones por los que circulaba la sangre de los sacrificados… cualquier cosa que intente escribir serían relatitos de niño chico alucinado por el poder de esta gente que dejó de existir pero dejó un legado para la posteridad. Ninguna de nuestras construcciones de ingeniería durará ni la mitad de lo que han durado estas pirámides.





Subiendo a una de ellas nos encontramos una serpiente de unos dos metros. Nos unimos a unos hondureños entusiastas que quieren que se mueva y la tiran piedras. Finalmente termina deslizándose hastiada a ocultarse bajo unas piedras, y su contorneo reptante nos embelesa a todos. No muerde, pero estrangula, aunque no es una boa. Dicen los lugareños que por las noches mata ciervos.



Después de sentirnos mayas un rato, después de que Tom reconozca que este lugar le ha impresionado tanto como Tikal, nos alejamos de un mundo en ruinas y cogemos un taxi de esos de tres ruedas de vuelta a una civilización que tiene mucho que envidiar a aquellos tipos que vestían con plumas y comían corazones humanos.

Hemos escalado pirámides que se construyeron hace más de mil años. Hemos visto jeroglíficos que cuentan historias que no nos creeríamos si las entendiéramos. Nos hemos tumbado en las camas de los nobles, dura piedra pulida sobre la que seguramente pondrían pieles o paja. Nos hemos topado con serpientes, guacamayas y tucanes que han tenido el detalle de dejarse ver. Hemos contemplado el inframundo y vuelto para contarlo. Hemos pisado piedras que originariamente no estaban aquí pero los afanados mayas transportaron para levantar un lugar majestuoso. He visto mis primeras ruinas mayas y ahora sé que quiero verlas todas, no en este viaje, pero volveré, al Yucatán, a donde sea, al medio de la selva para comprobar cómo unos hombres que fueron considerados salvajes distaban mucho de serlo.

Hoy me he sentido viajero de nuevo, aunque por la noche he reservado el vuelo para España, porque sigo pensando que tengo que volver, es una sensación, algo me dice que tengo que regresar. Estoy cansado, ilusionado por hollar tierras mayas, pero cansado. No puedes ver un mundo antiguo con agotamiento. No diré cuando vuelvo porque, como los mayas, quiero ser un misterio.