lunes, 25 de enero de 2010

Diez días queriendo ser Caribe VII - Let's go, fisherman!

A las 7 estamos camino de Awas de nuevo. De nuevo a la altura de Raitipura nos asalta un nuevo personaje, rapado y de sonrisa forzada. Nos suelta el mismo discurso que ya nos dijo Mr. Orlando, que nos hace de guía, que bla bla bla. Le decimos que se le han adelantado y pone cara de resignación. Mientras le damos largas, una horda de niños nos asalta y uno de ellos, haciendo gala de un total desconocimiento de la discreción, me pregunta qué le pasa a mi pelo. Respondo que es que estoy a ver si me hacen rastas, que lo de las trenzas es temporal. El niño sonríe y canta "hey you rastaman" y sale corriendo. Seguimos nuestro camino, yo pensando que el primero que me ha llamado rastaman es un niño descalzo que me ha vacilado en mis narices.

Al pasar el portón enrejado, que no hace ninguna función pues tiene toda la pinta de llevar sin cerrarse desde que se erigió, nos cruzamos con un negro alto y desgarbado, con rastas finas bailándole entre los omoplatos y una perilla malamente recortada subrayándole una cara guapa. Va descalzo, con una camiseta blanca de tirantes y pantalones pirata vaquero. En una mano lleva dos pez gato y en la otra una botella de Toña. Le saludo al pasar con un cantarín Hello y él responde con un susurrante Yeah man que nos enamora a Lau y a mí. Yeah man, para qué decir más si tu cuerpo, tu porte y tu rollito completan el significado de tan escueta frase. Reaccionamos tarde como para tirarle una foto, porque lo cierto es que se merece quince.

Mr. Orlando ya nos está esperando, listo para prepararnos un desayuno a base de café soluble y pescado frito, que nos ventilamos entre gemidos orgásmicos mientras él ultima la panga que nos llevará selva adentro. La mujer, callada, invisible, nos sirve el inusual desayuno y continúa con las brasas. Shem, el hijo mayor de Orlando, entra y sale de la choza obedeciendo sin piar las órdenes de su padre. Cuando salimos de nuevo, con el café y un cigarro, vemos que hay alboroto en la playa. Vuelven los pescadores de marisco, con buenas dosis de cangrejo pero pocas de camarones. Niños desnudos y con ronchas en las piernas, algunas en carne viva, que no parece ni que las noten, revolotean alrededor de las pangas de los sufridos pescadores. Una mujer a la que hemos dado un cigarro nada más llegar aparece royendo una raspa de pescado, y a los dos segundos un par de niños se la piden. Ella se la pasa, ellos la roen aún más y cuando me doy cuenta la están mordiendo y la raspa ha desaparecido.

Al segundo aparece Mr. Orlando con una vela enrollada bajo el brazo. Nos hace señas para que nos subamos a la panga mientras Shem nos tiende unas botas de agua. Nos quitamos las chanclas, embutimos nuestros pies en las botas y nos metemos en ese tronco vaciado que se menea más de lo que ningún blanco sin Biodramina desearía. Yo voy al frente, Lau detrás, la vela enrollada a nuestros pies, Shem delante de mí, y su padre en la parte trasera, todos sentados menos Orlando, que con un palo largo va impulsando la panga para alejarla de la orilla. Me pregunto qué hacemos con las botas de agua puestas. Una vez que el palo no toca el fondo del mar, desenrollamos la vela, Orlando la encasqueta en un agujero del banco que tengo delante y dejamos que el viento impulse nuestro viaje hacia el norte, hacia la selva. Hace un día estupendo, con sólo un poco de viento ligero que no mueve las nubes que hoyan un cielo demasiado azul para describirlo, y el viaje es una oda al placer de navegar. En la orilla, un grito sale de entre los árboles. Orlando mira y responde con otro grito. Es un cazador de venados, nos dice. Sale de entre los árboles y le veo andando por la orilla, sin ningún arma entre las manos.

Llegamos por fin a nuestro destino y entiendo porqué los españoles desistieron de hacer tierra aquí. Los árboles y la maleza tiran sus raíces al agua, no dando lugar a una mísera playita más allá de donde amarramos la panga. Orlando clava su palo en la arena y ata en él la panga. A su vera hay otra panga que se mece en el agua. Ahora es cuando él y Shem se ponen sus botas de agua, y yo es cuando me las quito para vaciarlas del agua recogida en la ida. Tengo los dedos arrugados como orugas viejas. Vierto el agua y me vuelvo a poner esos trozos de caucho agujereados y sigo a Shem, Lau y Clev al interior de la selva, por una senda de esas por las que sólo se puede ir en fila india. Es selva tupida, con el camino a veces embarrado y otras directamente cortado por un arroyo que salvamos haciendo equilibrio por un tronco mal puesto. No vemos monos, como mucho oímos algún pájaro y hacemos un alto en una de las tierras que es propiedad de la familia, donde lo que habían plantado fue arrasado por el último huracán. Orlando hace grandes esfuerzos por explicarnos lo poco que vemos más allá de lianas, palmeras, copas de árboles altos como gigantes y delgados como jugadores africanos de baloncesto, pero lo cierto es que sus explicaciones duran menos de cinco minutos, pues no hay mucho que contar. Llegamos a un claro donde dos hombres se desloman con el machete en mano. Son el suegro de Orlando y un joven de Awas, que están despejando el fértil suelo para iniciar una plantación de judías. En medio de la selva, un cultivo. Suena raro y absurdo, pero a tenor por la vegetación, la tierra aquí sólo podría ser más rica si en ella se encontrara oro. Pero a falta de metales preciosos que sacar, buena cosecha para vivir, que el oro no se come. Orlando no lo duda y saca su machete y echa una mano a los dos afanados compañeros. Cada golpe de machete de cada uno de estos hombres, sea del joven o sea del suegro que pasa de los cincuenta, arranca más hierbajos y cañas y raíces que los que diez españoles podrían arrasar con una hoz. Al rato, con algo más de terreno ganado a la selva, les dejamos con su tarea, sudando como pollos al horno. Un poco más adentro de esta selva en la que si de repente me dejaran probablemente moriría a la semana, más de desesperación que otra cosa, encontramos una cabaña derruida. Es la del suegro, que el huracán no respetó y que en algún momento tendrán que volver a erigir. Los rescoldos de un fuego reciente y algo de fruta recopilada son las únicas señales de supervivencia entre la devastación y la jungla. Tras la cabaña venida a menos está la plantación de yuca, banano y piña. Shem y Orlando se dedican a arrancar los arbolitos de la yuca y con el machete cortan el tubérculo, que echan al saco. Sólo los matojos grandes indican que la yuca ya está lista, y van tirando los tronquitos siempre al mismo lado del huerto, con lo que están formando una valla natural que delimita el campo sembrado de la selva salvaje. Miramos mientras trabajan, qué otra cosa podemos hacer dos blancos en terreno indígena. Lau tira alguna foto y yo me dedico a sonreírle a Shem, que va recogiendo la yuca que su padre va arrancando. Cuando llenan el saco, nos llevan a ver la piña. Nunca había visto una piña plantada, que nace en el suelo, como las lechugas. Son pequeñitas y su cresta verde asoma de entre el suelo en rebeldía, dura y puntiaguda, prometiendo dulzura bien protegida por la coraza de la fruta. Y los bananos están justo detrás, levantándose orgullosos por encima de los árboles frondosos de la selva. Están repletos de bananos, completa ebullición, así que arrancan un buen manojo, de unos treinta frutos alargados. Y con eso nos damos por satisfechos, un saco lleno de yuca que Orlando se pone a la cabeza con la facilidad con la que yo me pongo los gayumbos por la mañana, y el par de docenas de plátanos que Shem lleva incómodamente al hombro. Desandamos el camino estrecho, yo detrás de Shem cerrando la fila, que si esto fuera una película de Hollywood, sería pues yo el primero en morir a manos de una fiera asesina o de una tribu en taparrabos, lanzas y escudos pintarrajeados, sin que el resto de la fila se percatase, cayendo uno a uno… pero qué peliculero soy. Y en esas estoy cuando veo a Shem pararse y mirar al suelo. Deja los plátanos a su lado y agarra con suavidad una liana que repta por el camino, delgadita. No acierto a saber qué está haciendo, primero pienso que jugando, y sigo andando. Llego a donde está la panga, que está a punto de inundarse, porque hace aguas por una pequeña grieta que a la ida iba Shem tapando con paños y hojas, y al rato llega Shem agarrando la liana que ha arrancado de un extremo, y del otro cuelgan los plátanos, por detrás de su hombro. Se ha fabricado una cuerda en lo que yo tecleo esta frase. Pienso que si yo necesitara ayuda en una situación parecida en mi mundo, llamaría un taxi o a un amigo con coche. Cargamos las cosas en la parte delantera, donde a la ida venía Shem remendando la grieta de la panga, y nos situamos en las mismas posiciones de antes, ahora ya sin las botas puestas, ingenuos que somos. Orlando empuja la panga con el palo hasta alejarla de la orilla y me pasa un remo. Él detrás remando a la izquierda, yo delante haciendo lo propio a la derecha. Cuando veníamos, con el viento dándonos a la espalda, navegamos. Ahora, con el viento en contra, toca avanzar a golpe de remo. No se me había ocurrido que esto iba a ser así, y se me ocurre que sí, que es una excursión a la selva lo que hemos hecho, pero que en realidad no es más que acompañar al padre y al hijo a por su siembra y a ayudarles en la dura tarea de volver remando. Y encima pagamos por ello. Qué cosas. La travesía dura unos cuarenta minutos, y yo a los cinco estoy derrengado. Viendo que flaqueo, Orlando se ríe y grita a mi espalda "Let's go, fisherman!" Qué pescador ni que ocho cuartos, si yo sólo soy periodista, y ni siquiera de los que salen a la calle en busca de la noticia, sino de los que están frente al ordenador edulcorando textos. Le respondo que es que yo no estoy acostumbrado a esto, que ellos son duros. Él me responde con un "we do this everyday", pero sin querer sonar chulo, con el mismo tono de obviedad que empleó Danly en Rama Cay cuando me dijo que se hacía 18 kilómetros a remo en mar abierto en menos de cinco horas. Razono para mis adentros que al igual que yo no estoy acostumbrado a hacer lo que esta gente hace a diario, ellos no lo están a mi rutina, a trabajar con ordenadores o desenvolverse en una ciudad como Madrid. Concluyo mustio que lo que yo sé hacer no me salvaría nunca la vida, mientras que lo que Shem o su padre ejercen con soltura les da de comer cada día, aunque no haya nada a la vista para llevarse a la boca. Yo moriría aquí en diez días si me dejaran solo. Ellos en Madrid encontrarían la manera de sobrevivir. Termino pasándole el remo a Shem, que a un ritmo más pausado pero constante que el mío, aguanta el resto de la travesía sin siquiera hacer una mueca de agotamiento.

De nuevo en la playa de Awas nos tiramos en la hamaca mientras la mujer de Orlando cocina el rondón que nos espera, a saber: sopa de pescado, yuca y banano. Lau y yo comentamos con satisfacción el hecho de que no nos hayan pedido un peso más allá del presupuesto acordado por el día de excursión. Comer lo que acabamos de extraer de la tierra es un placer al alcance sólo de los que tienen dónde sembrar. Está exquisito y desaparece de nuestro plato en menos tiempo de lo que Shem ha tardado en fabricarse una cuerda con una liana.

Volvemos a la hamaca, donde intentando dormitar nos interrumpe un tipo que apesta a alcohol. Balbucea cosas incomprensibles, acierto a entender que despotrica contra Orlando, que si volvemos mañana es mucho mejor que lo hagamos con él que con nuestro esforzado anfitrión. Noto como la sangre me hierve, pero en la hamaca se está demasiado a gusto como para buscar la confrontación con nadie, así que lo único que hacerle es empujarle con suavidad cada vez que se inclina demasiado cerca de mi oreja para susurrarme sus necedades hediondas. Es realmente repugnante. Le respondo que a mí esta gente no me resulta tan mala como él me anuncia, que me deje tranquilo que quiero descansar, pero no se da por vencido y continua creando cizaña, algo que no va a conseguir ni aunque el mismísimo Zeus se acomodara en su hombro para darle la razón. Aparecen dos chavales que se ríen de él y sin hacerle caso me invitan a jugar al fútbol con ellos, pero entrar en la hamaca es fácil e imposible salir de ella con tanta facilidad, y el rondón está todavía surcando mi estómago. Terminan casi encarándose al tipo, mofándose de él y alejándole de nosotros, respetando nuestro sosiego. Me da la impresión de que Orlando, su familia y sus amigos nos protegen. Cuando por fin se aleja, se acerca Shem, que le ha tirado un par de piedras mientras el borracho intentaba convencerme de lo imposible, y me dice que no le haga caso, que es el borracho del pueblo, porque en toda sociedad alguien tiene que hacer el papel de tonto del pueblo y este se esfuerza en representarlo.
Al rato Orlando se acomoda a mi vera buscando conversación y la abre con una pregunta que me deja estupefacto: "What's the name of the president of Spain?" Zapatero, le digo, y quiere saber qué tal es. De verdad que no sé cuántas veces he flipado ya en este viaje, me río yo de los profetas del LSD. Le cuento mi impresión sobre un presidente que nunca conocerá y le dejo que me hable él de sus ideas políticas, mucho más interesantes que las mías. Volvemos a hablar de la contra, y ahora reproduzco este párrafo suyo, que por elocuente me resultó encantador: "The sandinistas wanted to take our lands and change our traditions, brother. They wanted to put us on the swamp so they could came to the coast and t olive. We said: 'if you want to do that, you will have to kill us all'. So we fighted, and they gave up". Todo ello dicho con ese acento y esa forma de comerse consonantes que simplemente termina convirtiendo el inglés en un idioma diferente, con poco entusiasmo pero demasiada convicción, quitándose la gorra a veces para limpiarse el sudor de su tremenda cabeza, y siempre sonriéndome. Embobado una vez más busco la grabadora que traje y que no encuentro, pero sabiendo que esto no se me olvida.

Rumio que esta gente son una tribu auténtica, y ahora yo apostillaría "salvando las diferencias", pero cuando las diferencias son tan vagas como la ropa y la cancha de baloncesto, para qué salvarlas. En este día que compartimos con ellos, si nos borramos a Lau y a mí de la escena, únicos blancos entre miskitos, y también a las canastas, las camisetas y las gorras, este día de diciembre de 2009 se encontraría con total similitud en el diciembre de 1400, por ejemplo. Pangas prehistóricas, pesca, reuniones tribales y chozas de madera y techo de palma, el progreso se ha olvidado de esta gente, y ni falta que les hace. Si acaso la luz eléctrica, que les llegó hace cuatro años y aparece en la población de cuatro de la tarde a seis de la mañana.

Cuando nos vamos a ir, Orlando nos cuenta que su madre necesita unas medicinas, que sino nos importa que venga con nosotros a Lacoon y que le ayudemos con el tema. Claro que sí, amigo mío. La gran diferencia en lo que a dinero respecta entre esta gente y los McRea es que éstos nos pedían plata para lo que fuera mientras que Orlando nos dice, con absoluta sinceridad y sin esconderse, lo que necesita y nos pide que se lo compremos, él no quiere más dinero que el acordado por hacernos de guía. Así pues nos ponemos en camino con el sol cayendo. Hacemos una parada en Raitipura, a que Orlando hable con un amigo que teje una red de pesca y yo aprovecho para comprar pan de coco en la misma casa. Cuando continuamos el regreso le decimos a Orlando que nos gustaría volver mañana, esta vez para pescar con él. Pone cara de asombro, como si nadie jamás hubiera ido dos días seguidos, pero obviamente accede, a las siete de nuevo, esta vez en busca de ese pescado tan escurridizo que antes encontraban con los ojos cerrados.
Le pregunto mientras andamos a buen ritmo, él con la visera de la gorra ladeada de tal manera que le cubra de dónde nos golpea el sol de la tarde, que cómo se dice flaco en miskito, que así es como me llaman en La Prusia y que en rama se dice suinyi. Me dice que es biánwa y se ríe por mi absurda duda idiomática. Ya tengo mote en tres idiomas, dos de los cuales nadie de mi entorno en España sabe siquiera que existen.

En Lacoon probamos en dos farmacias y en ninguna de las dos tienen una de las medicinas que requiere la madre de Orlando, que tiene una infección bucal. De la que sí tienen son cuatro córdobas el comprimido, un precio escandaloso para un nica. La sanidad aquí es pública, pero los medicamentos son inalcanzables para su economía. Me cago en las farmacéuticas una vez más. El ibuprofeno se lo regalo yo, y otros dos medicamentos los encontramos. Paramos también en una ferretería para comprar anzuelos y sedal para nuestra aventura de mar de mañana y nos despedimos de Orlando, hasta mañana a las siete, brother.

En el hotel nos sentamos al lado de una pareja formada por una blanca y un nica, ella española por el acento. Terminamos uniendo mesas y compartiendo cafetera. Ella, Cuti, llegó a España con las brigadas de paz, en plena guerra, y allí conoció a Miguel, natural de Ocotal, un pueblo de campesinos al norte del Pacífico. Miguel vendría a ser un maki pero al estilo al nica, pues huyendo de la represión somocista en los primeros coletazos de la revolución tuvo que esconderse en las montañas durante un año, sin bajar nunca al pueblo a ver a sus padres. Nos explica que era tal la represión que si una patrulla de somocistas te veía calzando botas embarradas, ya daba por hecho que eras un rebelde y, sin más, te disparaban si tenías suerte, te apresaban si el azar no te sonreía. Para él, claro, como para casi todos, Somoza no era sino un clan de hermanos déspotas, caprichosos, sanguinarios, proyankis, esquilmadores, corruptos e hijos de puta. Él tiene ahora mismo cincuenta años exactos, o sea que en la guerra contaba veinte. Dice que el primer FSLN en el poder, el de Ortega y Sergio Ramírez, era un buen gobierno, el único que ha tenido Nicaragua. Que ahora es un insulto que se sigan llamando sandinistas, que es más o menos la idea que nos estábamos ya forjando Lau y yo. Si Sandino levantara la cabeza lo primero que haría es patearle el culo a Ortega, tal y como hizo con los yankis en los treinta.

Cuti nos cuenta como, con las brigadas de paz en el 84, cenaban con una banda sonora de tiros de metralleta, como los sandinistas que les protegían cenaban con ellos con el fusil apoyado entre las piernas, como Julia, una niña de quince años, sacaba tiempo para por la mañana ir a la escuela y por la tarde dar clases de alfabetización de adultos y por las noches sacaba fuerzas para hablar con los brigadistas y seguir cultivándose.

Hablamos del carácter de los nicas, que, cuentan, son famosos en Centroamérica por su hospitalidad y afabilidad, que son bondadosos al máximo cuando no tienen nada. Nos cuentan que el secreto de la pobreza de este país de suelo extremadamente rico está en la falta de industria, que desapareció cuando echaron a los Somoza. Miguel se queja de que todo material de construcción en este país es carísimo, zinc, madera, pintura, y que así es normal que la gente opte por vivir en chabolas, como en La Prusia, pues nosotros también les contamos nuestra escueta historia nicaragüense. Miguel confiesa que los nicas son los moros en España para los ticos, que son la mano de obra barata y anulada de Centroamérica.

Preguntamos por este viaje que están haciendo, pues toca pasar la navidad con la familia de Miguel, él se mofa de ello pues siempre las pasan con la familia de Cuti y ahora el que se lleva el gato al agua es él, por fin. Que su madre, siempre que la llamaban en navidad, decía que sí, que estaba bien con los hermanos de Miguel en casa, pero que sin Miguel es como si en estas épocas de nostalgia le faltara un brazo. Es el hijo predilecto y lo sabe, así que esta vez complace a su madre anciana, que quién sabe si éstas serán sus últimas navidades. Son una pareja graciosa, bien avenida, que se conocieron aquí en plena guerra y se fueron a vivir a España, donde a Miguel le siguen parando por la calle los policías para pedirle los papeles y él ya directamente les enseña el abono transporte mientras musita "joder, que llevo aquí más años de los que tiene tu hijo".

Nos despedimos, que ellos mañana han contratado un viaje con el hotel por las poblaciones garífunas de Orinoco y alrededores y nosotros hemos quedado con un hombre que no tiene nada pero no se lamenta de ello.