domingo, 3 de enero de 2010

Diez días queriendo ser Caribe VI - De Lacoon a Awas

Nos levantamos cuando queremos, preguntamos por un sitio de desayunos, nos metemos unos huevos revueltos entre pecho y espalda, nos conectamos a Internet para ver qué pasa en el mundo y en nuestro correo electrónico, Lau hace unas llamadas a España, donde la mayor parte de los currelas tienen que estar en el descanso de la comida, y nos acercamos al muelle a apuntarnos en la panga a Laguna de Perlas, o Pearl Lagoon en inglés, o Lacoon en miskito. Un hombre delgado, con camisa florida, gorra y gafas sobre ojos sepultados por arrugas se encarga de la lista de pasajeros que van al paraíso de perlas. Hacemos tiempo por el jolgorio del muelle esperando a que se llene la lista y cuando un panguero empieza a gritar Pearl Lagoon subimos de un salto a su embarcación, siempre en los asientos de adelante.

El trayecto de Bluefields a Laguna de Perlas se demora una hora y media y se hace a través de un canal que va paralelo al mar. El canal natural debe tener diez metros de ancho y a un lado hay selva y al otro, más selva. De vez en cuando se ve alguna casa en medio de ningún sitio, con su panga amarrada, su plantación acotada y las gallinas y los perros merodeando. También somos testigos de la destrucción causada por el huracán Ida de noviembre. Palmeras derrumbadas y lo que alguna vez fue una choza, completamente desparramada por el suelo. Los habitantes de esas casas aisladas miran nuestra panga al pasar del mismo modo que nos miran los pájaros, con aburrimiento. Pero nosotros les miramos a ellos asombrados de que puedan sobrevivir así, con una panga a remo como única conexión con las poblaciones cercanas.

Pasamos el embarcadero de Kukra Hill y de Halover y finalmente llegamos a una bahía extensa presidida por el pueblo que le da nombre, Laguna de Perlas. Nos apeamos todos los pasajeros, alguno con más dificultad que otro y siempre con alguien en el muelle ayudando a los torpes o a los ancianos. Nada más pisar tierra, un hombre nos intenta convencer de que él tiene los mejores tours por la bahía. Nos puede llevar a los paradisíacos y coralinos Cayos Perlas, y también nos puede meter por el río Wawasanga y perdernos en la selva más importante de la zona, parte de una reserva natural y en la que nos prometen cocodrilos, monos y aves exóticas. ¡Incluso tal vez podamos atisbar al escurridizo jaguar! Pero no nos dejamos llevar por el entusiasmo del guía y le decimos que ya veremos, que queremos ir a darnos una vuelta por Laguna a ver si encontramos un hotelito. Que nos han recomendado el Casa Blanca. ¡Todos al hotel Casa Blanca!, que gritaba Chico Marx en Los Hermanos Marx en Casablanca.

Laguna de Perlas es una pequeña población que corre a lo largo de la bahía. No tiene calles asfaltadas y habrá un total de diez coches circulando por ahí o parados frente a una casa. Hace cinco años sólo había un coche, un todoterreno que hacía de taxi. Hay hoteles y bares cerca del muelle todos con el aire marinero que se puede esperar de un pueblo de pescadores, y todos con nombres que no desentonan. Está el hotelito Sweet Pearly o el bar Queen Lobster, levantado sobre la orilla de la bahía, una construcción de madera y bambú, de planta circular, techo de palma y con una terraza que te permite ver la bahía entera. Pero nosotros somos carne de recomendaciones y buscamos el Casa Blanca. Nos adentramos en el pueblo, saliendo de la calle principal y perdiéndonos por caminos estrangulados por casas y ventas ocupadas por negros y negras que se nos quedan mirando y nos sonríen y saludan, mostrando una afabilidad que no nos habían adelantado. Clev nos dijo que Laguna es un lugar peligroso. Pasamos por una cancha de baloncesto donde unos cuerpos esculturales saltan a canasta. Y así, andando y mirando e intentando mantener la mandíbula cerrada ante el ambiente que se despliega a los ojos, llegamos a una casona de cemento pintada de blanco.

El Hotelito-Restaurante Casa Blanca lo gestionan una curiosa pareja formada por el danés Svend Friberg y la garifona Dell López. Él rondará los sesenta y ella estará en los inicios de sus cuarenta. Esta zona ha recibido mucha ayuda de voluntarios daneses que, entre otras cosas, construyeron un camino asfaltado que une Pearl Lagoon con las comunidades de Awas y Raitipura y que llega, cruzando manglares, hasta Kukra Hill. Svend vino con ellos y se quedó, plasmando un sueño que a todo occidental se nos ocurre alguna vez: casarte con una mujer que te robe el corazón en un lugar alejado y que te lo transforme en cercano, en tu hogar. Y así se estableció en este lugar, levantó un hotel y encontró una forma de vivir los últimos treinta años de su existencia. Nos acomodamos en una de las habitaciones, comemos lo que se nos ofrece, algo de pasta con carne, y rápidamente, serán las dos, nos vamos hacia Awas, una comunidad miskito que se encuentra a un par de kilómetros por el camino asfaltado. Nos cuesta más de lo previsto llegar, no porque nos perdamos, sino porque niños tan guapos como los de los cuentos hindúes nos asaltan al grito de "Take me a picture", con un acento que hace que suene a "Tek mi a pikcha". Las madres nos saludan desde la puerta de la casa y los niños nos rodean, posan y nos gritan y se ríen por cosas que no entendemos pero no nos hace falta, porque la alegría de un niño que anda descalzo no necesita de explicación. Las casas están pintadas todas de colores, ninguna es sobria y blanca y muchas son de cemento. Cuando conseguimos huir de los niños que quieren ser modelos de fotografía de viaje llegamos a Raitipura, un pueblo que fue devastado por entero por el huracán Juana en 1988. Y los daneses solidarios levantaron un nuevo Raitipura justo al lado de donde se erigía ese pequeño pueblo. Por eso, Raitipura es una composición de casas perfectamente alineadas a la orilla de la bahía.

Cuando estamos frente a Raitipura y pensando en seguir hacia Awas, un hombre de gorra calada y fosas nasales grandes como túneles se aproxima a nosotros con la mano tendida desde una distancia de diez pasos. Le saludamos, se presenta como Mr. Orlando y nos dice que es guía para turistas, que si quiere nos lleva hasta Awas y nos lo enseña. Perfecto, pues. Por el camino, mientras Laura habla con la mujer de Mr. Orlando, yo atiendo a las explicaciones de éste. Me dice que por 500 córdobas nos hace el tour de los pobres, que dice él divertido (los tours que organiza el Hotel Casa Blanca van de los 200 dólares para arriba). Que por 500 córdobas nos da de desayunar, nos lleva en panga a la selva, a ver sus plantaciones, y luego de vuelta, a comer lo que ellos comen, el rondón (sopa de pescado con arroz, yuca y un buen trozo de róbalo), y para terminar la jornada, "hamaca, relax" hasta que nos queramos volver. No le decimos ni que sí, ni que no, primero queremos ver Awas, que después de nuestras experiencias basadas en dejarnos llevar sin mucho recapacitar, ahora somos más precavidos. Y así seguimos andando por el camino hasta que cruzamos un portón metálico que marca el inicio de la comunidad de Awas, separándola de la vecina Raitipura. Lo primero que ves es una cancha de baloncesto que nadie usa, y tras ella, cabañas de madera y techo de palma, extendíendose hacia el oeste, recorriendo la orilla de un mar que ahora sí es limpio y cristalino, tan diferente a la bahía de Bluefields, explotada y putrefacta. Orlando nos acomoda en uno de los cobertizos construidos para turistas, pues en semana santa éste es destino reclamado por sus bailes tradicionales del Palo de Mayo y se llena de gentes de todas partes de Nicaragua y de gringos que leyeron el capítulo correspondiente en la Lonely Planet. Los hijos de Mr. Orlando nos invitan a cocos que ellos mismos abren, y mientras sorbemos su agua y luego nos comemos su carne, decidimos que mañana hacemos el tour de los pobres. Le pregunto que si los 500 córdobas es lo que vale el tour o es por cabeza. Orlando se ríe y dice "Mr. Orlando will never do that. Just 500 córdobas for both of you", porque habla de él en tercera persona y titulándose como señor. Orlando, a diferencia de Clev, nos deja claro la pasta que nos va a costar estar con él, sin subterfugios absurdos. Así que quedamos con él para las siete de la mañana del día siguiente, para ir a la selva en su panga, con su hijo de 12 años Shem, que tiene la cara cubierta de pecas y una sonrisa que le alarga la cara entera y le achina los ojos. Como Juan Jose Ballesta, es el típico crío que sonríe con toda la cara. Es tímido y reservado, pero coge mi cámara y hace fotos a todo lo que se mueve, a los pelicanos que planean en la orilla, a sus amigos que se agolpan frente al objetivo, al pescador que carga con una cesta de cangrejos y se oculta bajo unas gafas de sol ahora que el sol se está poniendo quemando el horizonte. Nos tomamos el coco, hablamos con Mr. Orlando sobre la comunidad, contándonos él que aquí todo se rige por el Consejo de Ancianos, que, por ejemplo, la plata que él se gane con nosotros la anunciará en el próximo consejo, poniéndola a disposición de la comunidad para hacer una navidad en condiciones. No es anarquismo, pero poco le falta para hacer realidad lo que en Europa consideramos una utopía. Es parte de las concesiones de autogestión que lograron con los acuerdos posteriores a la contra. La Región Autónoma del Atlántico Norte y la del Sur son las únicas autonomías de Nicaragua, el resto son departamentos. Así pues, RAAN y RAAS (divididas por el río Grande de Matagalpa) tienen parlamento propio y cierta independencia en cuanto a toma de decisiones locales.

En la comunidad miskito de Awas viven 1216 personas, me precisa Mr. Orlando recordando la última reunión del Comité de Ancianos en la que se contabilizó a la población. Viven de la pesca y ahora un poco de la agricultura en las tierras heredadas familiarmente y que tienen en plena selva, donde el suelo es más fértil, pues ya hay poca pesca tras el expolio realizado por los españoles, que es como siguen llamando a los nicas del Pacífico (por lo que Lau y yo somos españoles al cuadrado), que con sus redes de 400 yardas a la entrada de la bahía están dejando sin su forma de subsistencia a esta gente que siempre vivió del mar y ahora tienen que aprender a explotar las tierras. La reforma agraria de los sandinistas hubiera desposeído de esa tradicional forma de transmitir las tierras a estos amerindios, que se levantaron en armas para conservarla. El propio Mr. Orlando luchó en la contra, en una guerra de guerrillas que se desarrolló en la selva y que supuso la matanza de hermanos. Me muestra con nostalgia una herida de bala en la pierna y me dice que sólo cuando estaba convaleciente del disparo se dio cuenta de que no podía seguir martirizando a su madre, pues todos sus hijos combatían, así que volvió con ella. Se queja, como mucha gente aquí, como Mabel, del pasotismo que han mostrado todos los gobiernos, sandinistas o conservadores, hacia las poblaciones del Caribe. "They do nothing for us", sentencia, pronunciando nothing como notin. Me cuenta que con el huracán Ida varias de sus tierras se perdieron y ni una mísera indemnización recibieron del supuesto gobierno de los pobres (los veteranos de la contra son gente non grata para Ortega, aunque sean más pobres que los del Pacífico). Tanto es así que las únicas construcciones de ingeniería, como la carretera o la reubicación de Raitipura, se llevaron a cabo gracias a ONGs o grupos de trabajo extranjeros. Algo no funciona cuando tu propio gobierno no hace nada y tienes que esperar que la gratitud de los que no te conocen te ayuden a salir del apuro que no has provocado, que sólo es fruto de un clima y de un viento que es de todo menos apacible. El Atlántico caribeño es rudo para vivir de él. Entiendo pues que el gobierno actual se comporta como los ingleses que les colonizaron hace cuatrocientos años. Los ingleses, comerciantes natos, no hicieron lo que los españoles, esgrimiendo la cruz como método de conquista. No, los ingleses les dejaron autonomía, les dejaron vivir como querían, pero les esquilmaron y explotaron hasta la extenuación. Luego los alemanes hicieron lo mismo, luego los Somoza, luego los sandinistas, siempre los yankis, y ahora Ortega. No son nadie, nadie les mira nunca y ellos no pueden dejar de esperar, porque qué otra cosa les queda más que salir a pescar a buscarse un sustento que siempre estuvo ahí, siempre fue suyo. Ahora pescan lo justo para susbsistir, pero ya no hay negocio que hacer con la pesca, aunque sigan saliendo todas las mañanas, esperando que haya viento del norte, que es cuando los peces entran en la bahía sin saber que allá les esperan los ansiosos miskitos. Pero sólo con viento del norte. Me pregunto cómo tiene que ser aguantar un huracán en esas casas débiles que tienen pero que ahí siguen, recompuestas y levantadas con orgullo. Me imagino a la familia dentro, abrazada, rezando ante el terrible ulular del viento y la fuerza de un huracán que parece que no se irá nunca. Los veo en la oscuridad, preocupados por sus tierras y demasiado habituados a que una vez cada dos o tres años el viento volverá a levantar techos y devastar cultivos, matar a hermanos e hijos y vuelta a empezar, hasta que llegue otro huracán de nombre masculino o femenino porque aquí ya han perdido la cuenta. Le invito a un cigarro y me coge dos, riéndose y explicándome que los pescadores fuman mucho, que en la noche, en la soledad de la panga, sólo les queda fumar. Y mientras hablamos, una chica canta sentada en las escaleras de su casa, una tonada triste y religiosa con la voz más bonita imaginable. No sé qué le puede faltar a este cuadro para hacerlo una obra de arte.

Cuando nos queremos dar cuenta está anocheciendo velozmente. Quedamos con Orlando para el día siguiente y nos ponemos en marcha. Se nos hace de noche a la mitad del camino y un chaval nos orienta pues estamos a punto de perdernos en nuestra vuelta a Lacoon. Vamos andando tranquilos, comentando lo que hemos aprendido hoy y lo contentos que estamos en este lugar. Se pone a chispear y al pasar al lado de una venta sale su dueño, un chaval de melena y café en la mano que nos invita a refugiarnos en su porche. Aceptamos, claro, y nos recrimina nuestra insensatez por ir de noche por el camino, que hay gente mala que nos puede robar. Cobijados bajo su porche de la lluvia y de los ladrones, hablamos de una película que vio hace poco en la que la protagonista se llamaba Laura, y de repente deja de llover, él mira al cielo y nos dice que tenemos 20 minutos hasta que vuelva la lluvia. Así que nos deshacemos en gratitud y seguimos nuestro camino, ahora algo más nerviosos por la advertencia del paisano. La ignorancia es la felicidad, y conocer los peligros del lugar sólo nos pone más alerta, aunque no nos pasa nada en los diez minutos de paseo que nos quedan.

Llegamos al hotel y cenamos pescado exquisito, sentados a la vera de un grupo de nicas adinerados que visten polos blancos con la inscripción Energía Noble bordada. Nos habían dicho que había un encuentro de gentes dedicadas a poner en marcha las energías renovables en el Caribe, y estos deben ser. Damos las buenas noches y nos ventilamos un pescado con arroz cocinado con cariño por Dell, que habla inglés garifona y no deja de reírse mostrando una dentadura blanca con un par de fundas de oro. Es gorda y los brazos descomunales son cúmulos flácidos de grasa que bailan cada vez que pone o recoge platos. Se balancea al andar y no pierde la sonrisa entre los fogones. Todo nos lo apuntan a la cuenta y Laura y yo nos subimos a la habitación, todavía sorprendidos por la amabilidad de la gente, por la preocupación del hombre de la venta, por el encanto de Mr. Orlando y de su familia y por la suerte que de momento parece que estamos teniendo en este lugar en el que no hay perlas. Y mañana, en panga, a remo, a la selva.

1 comentario:

Adrian dijo...

Lo más lindo de las vacaciones es levantarse cuando uno quiere, tal como mencionas al comienzo de tu relato.
Cerca del Hotel Viento Norte en Tilcara hay tanto para hacer que me levantaba temprano para no perderme nada!