Ahora que aprendiste a saltar a la comba, te empeñas en lograr el doble salto. Que la comba pase dos veces por debajo de las suelas de los pies en cada salto. Es imprimir velocidad al giro de muñeca que hace circular la comba en torno a tu cuerpo, a la vez que saltar un poco más alto, apoyándote en la punta de los pies. Es hacer que todo vaya más rápido, que ocurra dos veces lo que ya dominaste cuando solo sucede una vez. Es conseguir en el mismo tiempo, en el mismo salto, el doble de lo que te ha costado lograr. Es ir más allá, no estancarte, querer mejorar, avanzar. Es usar lo aprendido para alcanzar nuevas cotas. Es hacer del pasado la espoleta de tu futuro y que todo eso ocurra ahora, en tu presente. ¿Cuándo si no? No es una cuestión de ahora o nunca. Es una cuestión de o hacer lo de siempre o probar a hacerlo mejor. No dejamos de intentar cosas porque sean difíciles. Las cosas son difíciles porque no las intentamos. Alguien dijo eso, alguna vez. Pero no te distraigas en ideas. Hazlas. Salta.
viernes, 26 de abril de 2019
sábado, 13 de abril de 2019
Lo que pasa cuando no pasa nada
Me fui pensando que algo había pasado, aun no habiendo pasado nada. Dos charlas, tres risas, unas miradas, eso fue todo, que parece tan poco pero algo me decía que era mucho. Que lo que no se dijo podría ocupar páginas, que nos veíamos cuando nos mirábamos, que nos reíamos porque lo sabíamos. Nada empírico en lo que basarse, ni un roce, ni una despedida nerviosa y prolongada. Nada. Pero ahí estaba, cargando el aire. Y al llegar a casa, salir de una asfixia en la que de repente reparaba. Solo cuando te vas a la montaña eres consciente del ruido que hace en la calle en la que vives.
lunes, 28 de enero de 2019
El desconocido
Ese no era él. Tenía la nariz más alargada, rozando casi el labio superior. La mandíbula se le había redondeado, incluso se le había formado un hoyuelo en la barbilla. Las mejillas le recordaban a las de su abuelo cuando se bebía dos coñacs. Los ojos se le habían juntado, y se adivinaba en ellos una curvatura hacia abajo. De repente tenía ojos tristes, y el color del iris ya no era el marrón del más común de los mortales, eran verdes Caribe, pero ya sabía que lo que hace unos ojos bonitos no es el color, sino la forma, y los suyos prometían echarse a llorar en cualquier momento. Tenía las cejas finas y tres surcos recorriéndole la frente de este a oeste. Se descubrió patillas que descendían encorsetando sus orejas, cuyo lóbulo era más pequeño de lo que recordaba. El pelo tiraba a rubio y asomaba sobre los hombros, como pidiendo a gritos tijeras. El flequillo mojado por la ducha se volcaba sobre la frente con desgana.
miércoles, 9 de enero de 2019
De qué escribes cuando no escribes
Y entonces, escribió.
Escribió todas esas frases que se sueñan pero no se plasman, todas esas sentencias por las que mueren los que quieren escribir, todas esas palabras que se contagian la una a la otra de ritmo, todas esas ideas que al leerlas, el otro suspira y se detiene, pensando en que era eso o no era nada, no había una forma mejor de poner en texto lo que tanto definía, al que escribió y al que lee. Escribió un párrafo repleto de cosas que decir pero nunca antes dichas así. Todo estaba ya escrito, pero nadie lo había escrito así. Escribió compulsivo, en un Niágara de imágenes tan bien descritas que no hacía falta ni cerrar los ojos para construirlas en la mente del que tiende los ojos como un puente hacia cada letra, y la siguiente, y la siguiente. Escribió tan rápido lo que otros no alcanzan en meses de talleres y lecturas que por un momento pensó que no era él el que estaba escribiendo, que estaba poseído por todas las musas de todos los ingenios. No podía creerse lo que estaba escribiendo, aunque sabía a cada coma, esa coma que acabas de pasar, que lo que estaba escribiendo era la forma de literatura más verdadera que había escupido en veinte años. Veinte años escribiendo cuentos y reflexiones le habían llevado a este bailar de dedos, a este claqué sobre un teclado manchado y pulido como parqué.
Escribió todas esas frases que se sueñan pero no se plasman, todas esas sentencias por las que mueren los que quieren escribir, todas esas palabras que se contagian la una a la otra de ritmo, todas esas ideas que al leerlas, el otro suspira y se detiene, pensando en que era eso o no era nada, no había una forma mejor de poner en texto lo que tanto definía, al que escribió y al que lee. Escribió un párrafo repleto de cosas que decir pero nunca antes dichas así. Todo estaba ya escrito, pero nadie lo había escrito así. Escribió compulsivo, en un Niágara de imágenes tan bien descritas que no hacía falta ni cerrar los ojos para construirlas en la mente del que tiende los ojos como un puente hacia cada letra, y la siguiente, y la siguiente. Escribió tan rápido lo que otros no alcanzan en meses de talleres y lecturas que por un momento pensó que no era él el que estaba escribiendo, que estaba poseído por todas las musas de todos los ingenios. No podía creerse lo que estaba escribiendo, aunque sabía a cada coma, esa coma que acabas de pasar, que lo que estaba escribiendo era la forma de literatura más verdadera que había escupido en veinte años. Veinte años escribiendo cuentos y reflexiones le habían llevado a este bailar de dedos, a este claqué sobre un teclado manchado y pulido como parqué.
martes, 18 de diciembre de 2018
Ahora que corro
Cuando corro busco tonificar, busco descubrir sitios nuevos, busco sudar, busco ser. Busco la ducha de después, las endorfinas liberadas que me tatúan la sonrisa. Busco que mañana me cueste menos. Busco ser más rápida. Busco ser más ligera. Busco ser, y busco estar. Porque cuando corro, estoy corriendo, nada más. Corro pensando en correr, pero se me cruzan todos esos pensamientos que duermen mientras hago otras actividades que requieren concentración. Pienso en él. Pienso en mamá. Pienso en el nuevo curro. Pienso en volver. Pienso en las vacaciones. Pienso en el coche nuevo. Pienso en buscar otra casa algo más grande. Pienso en mi clase, en cómo me recibirán. En no estar nerviosa el primer día. Pienso en hacerlo bien. Pienso en ser capaz de enseñarles. De que aprendan, más bien. Y pienso en correr, en el ritmo, en la postura, en la siguiente pendiente, en el bosque de mi izquierda, en la granja de la derecha, en el mar no tan lejos. En el trago largo de agua al volver. En el jabón formando regueros blancos y llevándose todo menos a mí. En el pelo limpio. Pienso sin pensar. Porque solo corro.
domingo, 16 de diciembre de 2018
Caballo de carreras
Un kilómetro más. Puedo llegar. Puedo hacerlo. Por primera vez, me lo creo.
Las luces largas como aviso, el chirriar de las ruedas con cada volantazo para esquivar, salvarme a cada poco, salvarles a ellos. Un kilómetro más y cumplir los veinte, llegar a los 60.000 euros. Adelantar pagos de la hipoteca, darle a Raúl y Tere regalos por Navidad después de tantas Navidades sombrías. Incluso saldar deudas con Marta, que no sabrá cómo conseguí el dinero pero me mirará con esos ojos verdes tan abiertos y tan inquisidores, sin atreverse, sin querer saber, contentándose. Responderla con media sonrisa y sin querer sudar. Guardarme quizá algo para mí, para lo que venga. Ya nadie contrata porteros de discoteca de más de cincuenta años. Ya no les valgo, dicen. Así que soy perro de pelea, títere con el que apostar. Un kilómetro más.
¿Y si sigo?
Las luces largas como aviso, el chirriar de las ruedas con cada volantazo para esquivar, salvarme a cada poco, salvarles a ellos. Un kilómetro más y cumplir los veinte, llegar a los 60.000 euros. Adelantar pagos de la hipoteca, darle a Raúl y Tere regalos por Navidad después de tantas Navidades sombrías. Incluso saldar deudas con Marta, que no sabrá cómo conseguí el dinero pero me mirará con esos ojos verdes tan abiertos y tan inquisidores, sin atreverse, sin querer saber, contentándose. Responderla con media sonrisa y sin querer sudar. Guardarme quizá algo para mí, para lo que venga. Ya nadie contrata porteros de discoteca de más de cincuenta años. Ya no les valgo, dicen. Así que soy perro de pelea, títere con el que apostar. Un kilómetro más.
¿Y si sigo?
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