martes, 3 de noviembre de 2015

Para qué quiero lógica si tengo a Marlon Brando

Había nacido con todo dado. Y eso no era culpa suya.

Sólo cuando alcanzó la edad de 13 años empezó a ser consciente de que su casa, en realidad, era un palacio. Nada parecido al hogar de sus amigos. No conocía a nadie que tuviera que ascender tres pisos para llegar a su cama. Ningún recibidor de los que había hollado estaba coronado por una cúpula de 20 metros. Una cúpula decorada con cuatro querubines profanos, cada uno representando una estación del año según el fruto que agarra con su neonata mano izquierda. Tampoco había visto otras casas que tuvieran bodegas con tinajas centenarias. O cabeceros de cama tallados por carpinteros de los que hoy sólo quedan bisnietos. No había otra morada en el pueblo que tuviera paredes cubiertas por frescos ya agrietados, o tapices que bien podrían valer el sueldo de cualquier padre desahogado. Su casa no era normal. Pero si naces y creces en una cueva, pensarás que una cueva no tiene nada de extraordinario. Hasta que empieces a escuchar lo que te dicen y a comparar donde vives con donde viven.

Era el regalo de sus antepasados. Un regalo difícil de apreciar cuando lo recibes, pues eso fue al nacer, y en ese momento lo que sorprende es respirar y la ausencia del líquido amniótico. Creces y juegas en decenas de habitaciones, en un patio donde podría entrenar un equipo de fútbol sala profesional, en unas cocheras que a falta de caballos bien tiene baúles, cajas, muebles, juguetes y cientos de misterios evocadores. Y te vas dando cuenta de que tu casa es única.

A los 13 años dio un paseo con su abuelo por el pasillo de un hospital valenciano. Pepe caminaba arrastrando las pantuflas, respirando como si en cada bocanada le fuera la vida pero no consiguiese atrapar todo el aire que necesitaba, apoyado en el gotero que parecía que tiraba de él, más que él empujarlo. Si antes venían a quitarme la cartera, narraba agotado, le pegaba al miserable una patada en las pelotas, y ya está. Pero ahora… El niño miraba ora las baldosas del suelo, ora las arrugas de su abuelo. Su abuelo había sobrevivido al frente del Ebro, al avance del bando nacional sobre Valencia, al de Madrid, donde tuvo que batirse cuerpo a cuerpo, matar a la distancia de un beso; tenía una cicatriz en el labio, el rastro de una bala que le lamió justo cuando él giró la cabeza para dar una orden, una bala que podría haber abortado la misma existencia del niño que agarraba ahora la mano de su abuelo sin entender que no volvería a tocarlo, a sentirlo, a oírle blasfemar “joder y qué coño”, o su quejoso “odo malo” cuando se resignaba, o su mítico “la leche, Varela”, que seguía diciendo aún con 80 años, de tantas veces que se había enfrentado al general Varela, ya no se podía quitar la expresión. Tiempo después el niño comprendió que el carterista era la muerte, a la que su abuelo sí que le había pegado unas buenas patadas en las pelotas tiempo ha. Pero esta vez tenía que ser diferente. Pepe ya no debía esquivar balas, sino la vejez. Pero había llegado al combate antes de tiempo, cuando no le tocaba. Ahora ya sólo quedaba resignarse. Odo malo.

Y cuando, al poco de aquella visita al hospital, el abuelo dejó de existir, la casa del pueblo permaneció inalterable y acogedora, refugio en Semana Santa y verano. Yaya la llenaba de vida, inmensa era la vitalidad de aquella viuda ansiosa de abrir puertas y hablar y reír. El niño se hizo mayor, pero seguía yendo siempre que podía, sabiendo ya, por supuesto, que aquella vivienda era un honor que le debía a su tatarabuelo. Y luego a su bisabuelo. Y luego, ya sí, a Yaya y al abuelo Pepe. Y él podía disfrutarla a su antojo. Porque sí. Porque nació con todo. Y eso no era culpa suya.

Cuando Yaya se fue a buscar a Pepe al único sitio en el que no habían estado juntos, el nieto notó temblar los cimientos de su infancia, de aquellas paredes con frescos, de aquel patio donde ahora se reunía él con todos sus amigos buscando nada más y nada menos que la eternidad, de aquellas habitaciones por las que había paseado a tanta gente ansiosa de ver por dentro la casa de la cúpula, donde vive Briones, el médico, el de Madrid, y su hijo, el que escribe. Aquella casa eran sus abuelos. Y estos habían desalojado ya. Heredaron el padre y la tía, que habían correteado por esa casa sin pasillos, pues hace dos siglos había recibidores y habitaciones que se comunicaban; los pasillos, tan de paso, tan intrascendentes, son algo moderno. Los que ahora eran tan adultos, se habían escondido en anexos que el nieto no llegó a conocer porque se vendieron. Vivieron infancias de verano en ese pueblo, en esa casa. Tal y como lo hacía ahora el nieto. Pero pensaron que lo mejor era vender la mansión. Era un vestigio doloroso, desaprovechado sin los abuelos, infrautilizado por el padre y la tía, ruinoso si no se cuida, con los gastos que conlleva.

Y el nieto sintió un corrimiento de tierras. En sus raíces.

Él no eligió nacer con todo. Tener privilegios muebles e inmuebles. Al llegar al mundo, este ya era así. Sólo tenía voz y voto en lo que vendría después.

Y eligió volver siempre al pueblo. A su abuela, estuviese o no estuviese. A sus amigos, que siempre estaban, esperando sonrientes. A esa casa que tenía tanta vida que le hablaba por las noches, recordando las miles de historias que se vivieron allí, cuando la compró un judío valenciano con ambición y la explotó como comercio y venta. Eligió vivir esos veranos y semanas santas que eran como un viaje en el tiempo, siempre al pasado, siempre al mismo punto, ese del que nadie quiere irse, por mucho que digan los que se dicen responsables y en verdad es que se han rendido: la niñez. No es lo mismo, no lo entienden, ser infantil y ser un niño. Ser infantil es una esquizofrenia. Elegir con acierto cuándo se puede ser un niño, eso es una proeza. Aprovecharla, un regocijo.

Resulta que la niñez, la suya, la de su padre, tiene un precio. No para él. Para el resto del mundo. Se puede tasar.

Imagina el cartel de Se Vende y un número de teléfono colgando de un balcón al que él todavía se asoma para ver pasar la vida y saludar, como si fuera el rey. Allí, en esa casa, él es el rey. Como lo fue su abuelo. Como lo es su padre, que opta por abdicar. Ahora ya, ni siquiera él anhela ser el rey. Él lo que desea es conservar su máquina del tiempo. Seguir escuchando la casa. Recuperar una conversación más con Yaya. Darle un beso a la puerta y decir "gracias" al aire para despedirse, cada vez que echa el cerrojo hasta dentro de unos meses.

Entiende los motivos que incitan la venta. No es su decisión, aunque su opinión, expresada incluso con vehemencia, se siga teniendo muy en cuenta. Él argumenta el romanticismo, poniéndolo por encima de cualquier consideración. Pero sabe que, todo sopesado, el recuerdo doloroso de los que son hijos y no nietos, unido al tiempo, dinero y gestiones necesarias para seguir manteniendo esa casa, que requiere de los cuidados de una estrella de cine eterna, esa casa es Marlon Brando, sume en la lógica el desprenderse, tras cinco generaciones, de aquel lugar que ya era mucho más que una casa. Era un homenaje y un sueño. Despertarse iba a ser duro, pues la lógica no tiene memoria, ni sueña.

Nació con todo dado, y aunque no era culpa suya, se juzgaba a menudo, como si la suerte fuera una losa.