jueves, 29 de octubre de 2015

Dialéctica inútil

- No le digas nada. Es una niña.
- Por eso mismo. Porque es una niña, sé qué decirle. La experiencia es un grado.
- Pero que tiene novio. Tiene diez años menos que tú.
- Tiene, tiene… Lo que tiene es una boca que es zona de conflicto. Tiene un pelo que es como un vertido de miel sobre la nieve de su espalda. Y, fíjate, ahí lo tienes, otra vez, me clava la pupila como implorando ayuda. Ayuda para reír y gritar. Y cuando habla conmigo me mira a los labios, no a los ojos. Y sonríe borracha de alcohol y morbo.
- Insensato. Sí, te mira. Porque es una niña. Es el diablo. Te mira sabiendo que eso es todo, gustándose, gustándole que te guste. Divirtiéndose sabiendo que hipnotiza a tipos mayores que ella. Lo cual no es ningún logro. Pasa desde siempre.
- Toda la vida.
- Toda la puta vida.
- Desahógate con una de tu edad.
- No quiero. No tengo de qué desahogarme. Sólo quiero follarme a esa. Hoy y mañana y al otro. Arrugar sábanas hasta hacerlas inútiles y olvidar la existencia de la ropa. Hacer el payaso para robarle carcajadas y que me persiga desnuda por la casa. Follar como si fuera el último acto con sentido de la humanidad.
- Muy bonito todo. Pues no puedes.
- No lo sé.
- No debes.
- No debo.
- Ponte a bailar, bromea con los amigos, tómate otra copa, mira a otra con algunos años más… haz cualquier cosa. Menos seguir jugando con esa. Es una niña.
- Bailar.
- Pero no con ella.
- Para ella.
- ¡Que no!
- Entonces no sé bailar. Ahora sólo soy capaz de bailarle. Me lo pide el cuerpo. Me lo pide cada poro. Me lo pide ella. Me lo está suplicando.
- Es una niña…
- Es el único pero que me pones.
- ¡Y tiene novio!
- Es verdad.
- Está jugando contigo. Una niña está jugando contigo.
- Otra vez.
- Otra vez.
- Me encanta.
- Dios, eres gilipollas.

Conversaciones con uno mismo a las cuatro de la mañana.