domingo, 2 de agosto de 2015

El escondite inglés

No quedamos, como con tanta otra gente, en vernos por ahí. No. Quedamos en mirarnos, como ya es tradición, verano tras verano, verbena tras verbena, ron tras ron. Tú allí con tus amigos, yo allá con los míos, cada uno a su baile, a su risa, a su charla etílica y a sus futuros cercanos, porque de noche, en verano, el futuro sólo es a corto plazo. Y así van pasando los años entre nuestras pupilas que sin buscarse ya se encuentran y cuando se encuentran, se sonríen, porque saben, aunque no se haya dicho nada, no hace falta. Y en ese juego ni ganamos ni perdemos, no avanzamos siquiera, nos mantenemos en esa misma fase de flirteo mudo a la que ya nos hemos acostumbrado. En la que nos relamemos, como si fuera un sorbete en un menú de boda, colocado entre platos fuertes para aligerar. Aunque no lleguemos al postre, el dulce se mantiene en la lengua, motivando las neuronas y haciéndonos imaginar qué pasaría si un día, mañana, nos dijéramos en vez de mirarnos. En todo banquete hay una tarta que espera, encerrando los sabores que tú quieras. Las pepitas de chocolate las ponemos nosotros cada vez que nos sonreímos separados unos metros mientras bailamos rumba mal tocada.

Así me despertaré todas las mañanas de una semana que queremos hacer infinita, aunque todos sabemos que el tiempo sólo se expande en la mente de los niños, que no entienden de minutos ni quehaceres y para los que 24 horas son siempre demasiado tiempo, tantas cosas que hacer, castillos que construir, goles que meter, carreras que echar, risas que prolongar hasta que nos duela el estómago. El único dolor que compensa, junto con el de parir, supongo. Los estertores de las carcajadas nos anudan el intestino y lo único que somos capaces de defecar es alegría. Porque es verano. El que no ríe en verano sólo aguarda la nostalgia del invierno, porque no le gusta la nata ni las comidas pantagruélicas donde siempre hay un plato después. Hay quien respeta lo de hacer tres comidas al día, cuando de junio a septiembre almorzar, merendar, picar y recenar son verbos que ansían ser conjugados. Yo te almuerzo, te meriendo, te pico y te receno. Y siempre habrá más hambre. Porque en verano somos inmortales.

Como en el escondite inglés, todo se queda inmóvil cuando, después de contar con los ojos cerrados, los abres para darte de bruces con los míos. Y sólo cuando los vuelves a cerrar me muevo, tal vez para acercarme.

Y así hasta el verano que viene. Hasta que llegue un año en que las miradas no sean las mismas, porque nada es eterno y algún día nos despertaremos mirando otro cuerpo y otra boca y otros ojos a nuestro lado, sin que la almohada aguarde ya a los rizos negros que no he hecho sino observar. Se terminará el juego sin que hayamos sacado de centro, aunque en nuestras cabezas hayamos llegado a penaltis después de una contienda igualada en la que no ha habido lesionados pero tampoco peligrosos acercamientos al área. Quizá tenga que ser así. Quizá el encanto de todo esto es no verbalizar lo que intuimos y dejar que pase el tiempo hasta que ya sea tarde para unir sílabas que rezumen libido. Como la nata de esa tarta que aún tienen que sacar y para la que hemos dejado un hueco.

Luego, cuando bailemos, te miro. Para contar luego hasta diez y ver si has cimbreado cadera, balanceado hombros, atusado melena o, quizá, pestañeado. Quien pestañee pierde. Siendo el precio de la derrota mi mano en tu cintura y tu lengua hundida en mis entrañas. Como en cualquier postre que se precie, hace falta canela, de la que te untas en esas piernas kilométricas. No hace falta glicerina para adornar el plato. Tal y como está, salivo.

Y si el verano que viene le regalamos el iris a otro competidor que supo jugar mejor y hacer gol antes del primer minuto de juego, seguiremos sonriendo, porque total, nunca supimos jugar de portero como para detener ese futuro que nos negamos en los días más largos del año. Tan largos que, como niños, no sabemos rellenar con otra cosa que no sean juegos, sueños y carcajadas.

Cuando llegue el invierno y ni nos miremos ni nos echemos de menos, no tendremos la sensación de haber perdido oportunidades, porque los niños no entienden de oportunidades, sólo de momentos exprimidos. Como el zumo que me sirves de tu boca cuando cierro los ojos y cuento hasta diez, imaginando que te mueves hasta rozarme.