lunes, 27 de julio de 2015

Camisas, camisetas y otras prendas

Si en la primera tienda en la que entre hay una camisa que me gusta, haré lo posible por hacerme con ella. No esperaré a ver si en la siguiente tienda, o en la siguiente, o en la siguiente, hay una prenda que me quede mejor, que me embelese más, que sea más de mi estilo. No es porque no me guste irme de compras o porque confíe excesivamente en mis instintos. Es sólo que si pronto veo algo que atrae, para qué esperar a ver si hay algo mejor a la vuelta de la esquina. No es una cuestión de pájaro en mano, etcétera, sino que, sabiendo que en algún lugar del mundo habrá siempre una camisa que me obnubile aún más, no le veo el sentido a desechar oportunidades sólo porque puede que más adelante me tropezaré con ropa que pareciera hecha para mí. Si me tengo que tropezar con ella, me tropezaré, pero no encuentro la lógica a aguardar algo que tal vez no llegue, pues puede que esa camisa sea la que mejor me puede abrigar. Hagamos armario con el que sentirme a gusto. Lo que no quiero es vestirme por vestirme.

Influye la forma, el corte. El cómo me cae. De qué está hecha. La soltura, la calidad, lo original que sea y cómo me haga sentir cuando la elijo.

No me importa el origen, ni el precio, ni por lo que ha pasado hasta llegar a mi armario. Me da igual que esté o no de moda, que sea más o menos exclusiva.

Como la capa de un superhéroe, debe hacerme volar cada vez que la visto.

Por supuesto me he comprado camisas que luego no me quedaban tan bien como parecía en el probador, donde los espejos tienen la deformación medida para que todo parezca cortado a tu medida y donde las luces están estudiadas para que todo resalte. Ha sido quitarles la etiqueta y ponérmelas en casa para saber que no, que elegí mal, que tal vez no debía haber sido tan impulsivo, esperarme a la siguiente tienda. O incluso que mejor habría sido volver a casa como me fui. Mejor no renovar vestuario si sólo va a servir para hacer bulto o incluso combar la barra de la que cuelga mi ropa. Mejor tener poca ropa y saber que es la que te pega que acumular prendas que una vez estrenadas, mejor olvidar y que sean pasto de las polillas.

Llevo meses sin aprovechar rebajas y sin dejarme llevar a una tienda y dejar que una camisa me atrape y me ciegue y me haga pensar que no hay más camisas en el mundo. Qué sensación tan placentera, llegar a casa y poner la camisa bien estirada sobre la cama y admirarla tranquilo, convencido de que ese era el objetivo y te lo has traído a casa.

He pasado por escaparates donde se ha estudiado cómo exponer las existencias, pero por algún motivo no me he atrevido a entrar, ni siquiera a preguntar cuánto, si lo hay de mi talla. A veces porque eran tiendas recién abiertas y no apetece ser cobaya de un nuevo diseñador que empieza. A veces porque, aunque el color me gustaba, podía ser arriesgado. A veces, simplemente, porque ese día no me apetecía comprarme nada. No nos engañemos: a veces, claro está, porque me ha dado la sensación de que esa camisa era mucho para mí. No me he atrevido y he preferido pasar de largo antes que probar. Y luego, fumando en casa, arrepentirme por no haber hecho algo para hacerme con esa camisa tan llamativa.

He vestido camisas que al resto le resultaban poco atractivas. He entrado sin expectativas para salir con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa colgando del brazo. He profanado tiendas en las que nunca pensé que entraría para salir borracho de emociones. Incluso he terminado comprando cuando yo sólo salí a pasear.

Alguna camisa que me volvía loco ha terminado hecha harapos porque no he sabido cuidarla. Lavarla como requiere la etiqueta. Cuidar el material y plancharla con mimo. Porque las camisas hay que plancharlas. Las camisetas son otra cosa.

Y así llega el verano y creo que toca renovar armario, así que a veces salgo queriendo comprarme algo, otras simplemente me doy de bruces contra una tienda que anuncia una nueva colección y formando parte de ella, en una esquina, relegada por un traje de mil euros, una camisa de manga corta que me sonríe y me tiende la mano. Y una vez agarrada, ya no queda sino hacerse con ella, salir de allí con brío, llegar a casa y, frente al espejo, probártela y saber que es un acierto. Dure lo que dure. Exprimirla, vestirla cuantas más veces mejor, hacerla mi segunda piel.

Ya no me quita el sueño volver de vacío después de un paseo por la milla de oro de cualquier ciudad, porque en todas partes hay una milla de oro que se considera la mejor y más sofisticada. Seguiré probándome toda camisa que me llame la atención. Con suerte, será de algodón, entallada, con cuello fino y con motivos divertidos. Posiblemente a otro le quede mejor, pero no renuncio a encontrar lo que me hará crecer dos metros cuando llegue al mostrador y me preguntan “¿sólo la camisa?”. Sólo. Como si fuera fácil encontrarla. Claro, sólo la camisa. De momento, sólo la camisa, ya veremos si se desgasta o no. Lo mismo engordo y ya no me cabe, lo mismo enfermo y no me levanta el ánimo. Lo mismo el próximo verano será el más frío de todo el siglo y de poco servirá una camisa hecha para días soleados. No todos los días son soleados.

A ella, claro, le pasa lo mismo con los pantalones.