miércoles, 8 de julio de 2015

Torneos de verano

Si nos mirábamos cuando no nos conocíamos, ¿por qué ahora, que hago por descubrirte, economizas el lenguaje y te haces maestra de los monosílabos? Tal vez sea mi irrefrenable ansia de felicidad, pero yo habría jurado que cuando no sabías mi nombre, tus pupilas reaccionaban a la llamada de las mías y mantenían conversaciones indescifrables, se prometían risas y juegos, cimentaban encuentros futuros y quién sabe qué.

Y cuando ya era tarde, o pronto por la mañana, guié mis pasos hacia donde tú bailabas, con tu falda con lentejuelas, tu camiseta negra de tirantes y una cinta dorada en el pelo, negro como la noche que habíamos consumido sin pestañear. Y, sin pensar mucho en qué decirte, te dije. Y a los cinco minutos me alejaba de allí con tu teléfono siendo parte de mi agenda y tu risa castañeándome entre los dientes, como si de repente hiciera frío. A la noche siguiente, usé el número, volví a arrancarte una risa, esta escrita, pero no juntabas más de tres palabras. Mis preguntas eran respondidas sin encanto y ningún signo de interrogación terminaba tus escuetas frases. Así que, sin querer darme por vencido, me fuerzo a ello, que una cosa es intentar seducirte, y otra es perseguirte. Si te tiro la pelota con puntería y tú me la devuelves sin ganas y sin tino, como un hijo de padres divorciados que un fin de semana de cada dos baja al parque a jugar a fútbol con un desconocido que asegura ser su padre, el juego pierde sentido, ya no es divertido, la pelota sólo va en una dirección y así no hay manera de celebrar gol, o un buen regate, o una asistencia magistral que me encamine en la buena dirección y levante al estadio que huele ya el aroma del logro.

Opto por el silencio, por dejarlo estar. Pero me meto en la cama mirando el móvil, como el niño, que espera un mensaje de ese desconocido que no supo cuidarle cuando tuvo oportunidad y que ahora busca recuperar el tiempo perdido, o eso parecía. Y mi móvil ni vibra ni se enciende, tu nombre no aparece, tu número no viola al mío. Apago la luz enfadado, y a la mañana siguiente, cuando mamá le pregunta al niño qué tal ha dormido, el niño no contesta. Porque él no quería dormir, él sólo quería soñar, y pasó la noche en vela, ofuscado con el abandono.

No te conozco en realidad, así que poco debería importar todo esto. Pero si yo creí ver interés en miradas eternas, ahora me cuesta desentenderme, olvidar, dar por hecho que cuando ya era tarde, o pronto por la mañana, era cuando el partido se decidía, y yo quise dejarlo todo para la prórroga, o incluso para la ronda de penaltis. Y con cero cero en el marcador, lanzo mi ataque en tromba, para encontrarme con un rival que ya no hace por jugar, que le vale el resultado, que la copa no importa, que el partido ya terminó y el tiempo extra es lo de menos si en los noventa minutos anteriores hubo más intención que acción. Como si ahora ya fuera tarde, a pesar de que llegaste a elegir campo, dejándome sacar de centro.

No le escribas.

No le escribas.

Ni siquiera ese último mensaje que diga algo como “Oye, nada, que como a buen entendedor pocas palabras bastan, no te voy a dar más la vara. Que seas buena. Me quedo con las ganas de conocerte, pero no se puede tener todo en esta vida. Besos varios”.

No le escribas.

Borra su número.

No la conoces, no importa.

No le...

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