martes, 10 de noviembre de 2015

Lista de reproducción en modo aleatorio

- Oye, canija.

Ella sigue regando el ficus, mientras mueve los pies intentando seguir I follow rivers y tararea el estribillo.

- ¿Quieres hacer algo hoy?

El ritmo se acelera y ella usa la regadera como micro mientras levanta el otro brazo y hace un puño con la mano, tipo Freddy Mercury, pero sin bigote y sin dorados, y la manga de la camiseta se le resbala hasta la axila, enseñando el antojo del hombro, el pelo empieza a escaparse de una coleta hecha en lo que viene a ser la definición de microsegundo, y entre que el sol le pega directo y que, básicamente, lo está dando todo, se le colorean las mejillas, como la piel de un melocotón, y las gafas se le van resbalando hasta la nariz y, vestida sólo con esa camiseta de I love zombies que se diseñó, es obvio, para que la usara ella para dormir y para levantarse los domingos con ganas de cuidar plantas y de bailar para nadie, tiene esa pinta de ejecutiva que de lunes a viernes es un tiburón pero luego sólo ansía besos en horario extraescolar, nunca sangre.

- Que si quieres hacer algo hoy, canija.

Y la lista de reproducción salta ahora al Synthethizer de Electric Six. Y ahora es su cabeza, dominada por su cuello, la que decide que la música ha de acompañarse en lo físico. Baila de frente a la ventana, dándome la espalda, con el ficus ya contento y la regadera vacía, vacía como la cama. Que sigue desecha. A tres pasos. El bamboleo de la cabeza lo acompaña ahora de los brazos, doblados, y del chasqueo de sus dedos. A la izquierda. A la derecha. A la izquierda. Y el pelo flotando en el aire, desmadejándose, expulsando la goma de la coleta que sale despedida al suelo para regocijo del gato, que un segundo antes, tumbado en la única rendija de luz que deja pasar ella mientras baila, la contemplaba con el mismo interés que a una baldosa. El compás es lo de menos. Si hay que corregirse, se corrige, y ella lo hace resuelta y digna, sabiendo que no tiene público.

- Yo me podría quedar mirándote bailar todo el día.

En el subidón de I will wait ya no puede más y empieza a saltar. Las plantas de los pies ennegrecidas, los gemelos calientes como asfalto en agosto, la nalgas asomando bajo la camiseta, que está viva, como ella, y se mueve y se arruga y se estira y desvela un culo que no gusta de tangas, bien tapado por una braga blanca con el mudito de Blancanieves dibujado.

- Soy muy fan tuyo, Mar. Me vuelves loco. Estás loca. Te quiero, coño.

En la vida siempre hay tiempo para la publicidad, y nunca es oportuna. La música cede espacio a las marcas, y ella se gira, sudando, sonriendo, apartándose el pelo de la cara y subiéndose las gafas para volver al domingo en el que estamos. Me mira como si fuera una sorpresa que estuviera allí.

- ¿Has dicho algo?

Recupera el aire, los brazos en jarras. Yo me encojo de hombros. Ella resopla una última vez, se frota la punta de la nariz con los nudillos y baja la vista. Se agacha a por la goma de la coleta, olvidada por el gato después de unos zarpazos al aire. Erguida de nuevo se tensa la frente a base de apretar y tirar de la coleta.

- Entonces ¿te vas ya, no?

El anuncio termina. Los primeros acordes de Cadillac Solidario. No le apetece. Se salta la canción y no dura mucho quieta cuando The Clash decide Rock the Casbah. Sube el volumen.

Me levanto a por el abrigo. Me despide con la mano antes de coger al gato para echárselo al hombro y bailar con él. Con él. Rock the Casbah termina cuando yo estoy en el ascensor, asimilando. Cruzo el portal con la burla en la cara y salgo para darme de bruces con Madrid. Miro hacia arriba, hacia su ventana, delante de la que supongo seguirá meneándose. Echo a andar. No se escucha música ni me queda batería en el móvil.