martes, 17 de noviembre de 2015

En apnea

Diez segundos.

No me muevo. Sigo boca arriba, la nuca apoyada en el corcho para mantenerme a flote, los ojos cerrados. Hago carpas, ni un solo hueco en el pulmón, quiero aire, más aire. Sólo aire. No quiero, no preciso nada más. Lo que es invisible y está por todas partes es lo único que necesito. Todo lo demás es prescindible.

Cinco segundos.

Todo está bien. Todo está lejos. Los sonidos casi no alcanzan mi cerebro. Soy yo. Nada más.

Un segundo.

Me volteo y me sumerjo. Desciendo cerca de la cuerda, que me guía hacia la oscuridad donde yo reluzco. Me impulso a estudiadas brazadas, el mosquetón se desliza por la cuerda siguiendo mi inmersión, y en mi mente, el vacío más absoluto. Sólo yo existo.

Los apneistas de emergencia me dejan solo, me ven alejarme, hundirme, fundirme con el agua cada vez más oscura, cada vez más amiga. Soy el elemento.

Treinta metros. Caigo a plomo. Todo está bien. Aprovecho el aire que habita entre la lengua y el paladar y descomprimo el oído interno. El tímpano vuelve a su lugar. El dolor no existe, no tiene cabida entre tanto placer.

El diafragma empieza a reaccionar. A base de espasmos intenta forzarme a respirar, como si hubiera aire y no agua a mi alrededor. Sonreiría si no estuviera tan concentrado, tan concentrado que podría estar muerto y no me habría enterado.

Noventa metros. Mi hogar.

Tres minutos y catorce segundos de buceo. Todo está bien. En apnea me reconozco. En apnea soy. En tierra sólo espero volver al agua, al líquido amniótico. Para volver a nacer.

Veo el plato de profundidad. El final. 122 metros. Récord del mundo en descenso libre sin aletas. Mi disciplina. Mi mundo. Mi vida. Seré el mejor, aunque no me importa. Me importa seguir buceando. Soy mejor.

Descubrirme cada vez que me hundo.

Con la mano izquierda cojo la marca, me volteo. Ha sido un giro raro. Un poco violento, tal vez incluso descontrolado. Pero subo. Subo después de haber llegado donde nunca antes lo había hecho. Un lugar en el que la vida no es posible. Donde soy pleno.

Un pinchazo, bajo las costillas.

Empiezo a estar muy cansado. No soy consciente de cuánto he subido, de si he ascendido algo. No sé el tiempo que ha pasado.

Laura no tenía buena cara esta mañana. Decía que no había dormido bien, pero yo no la noté mover un músculo en toda la noche. Yo he dormido del tirón. He dormido profundamente. No sé lo que habré soñado, pero debía estar bien porque se estaba a gusto inconsciente.

Percibo el sonido que me envían los apneistas de emergencia. Todo va bien. Voy a salir. No sé si quiero hacerlo.

Pero Laura no tenía buena cara. Con lo que le gustan las Bahamas. Vomitó el desayuno y luego ya decía que mejor, que estaba mejor. Con ganas de conseguir el récord.
Intento agarrarme a la cuerda. Los dedos son incapaces de apretar nada. La nada.

Como debió ser anoche, no sé lo que sueño, pero se está a gusto inconsciente. En calma. Todo va bien.

Me despierto sin ser campeón del mundo y con un desgarro pulmonar. He estado bajo el agua algo más de cinco minutos. He sido eterno en el mar. En tierra, qué son cinco minutos.

Poco a poco, empiezo a asimilar.

Síncope de poca profundidad. Mierda. Antes de morir, mejor desconectar todo lo que es accesorio para la vida y luego ya vemos. La hipoxia como última defensa del cerebro.

Lo accesorio para la vida. Lo que no es fundamental. Nada lo es.

En el barco, con Laura ya relajada y con Johansson haciendo su inmersión, yo estirado en el suelo como una tabla, sopeso entre probar de nuevo la próxima temporada o…

O qué, me pregunto retórico justo al abrir los ojos, para encontrarme con Laura mirándome seria. Sonrío y le guiño el ojo derecho. Y entonces me dice que está embarazada.

Me quedo sin aire. Cierro los ojos. Echo en falta la cuerda que me guíe.