miércoles, 4 de noviembre de 2015

Piedras en el camino

- Hostia, me la he dejado en el coche.
- Bueno... hubiera molado, pero no pasa nada.
- No, no... Espérame aquí y ahora vengo.
- Que no hace falta, bobo.
- No tardo nada.

Y echo a correr, desandando un buen trecho de camino. La puta cámara.

No pensaba que hubiéramos caminado tanto. Si lo sé, le digo que retrate con la memoria. Que no hace falta, bobo.

Sorbo mocos y echo en falta el ácido láctico, pero sigo corriendo, sonriéndome porque si no me he percatado de todo el tiempo que ha pasado y del camino que hemos andado, es sólo porque con ella no existe el espacio ni el tiempo ni dimensiones por descubrir. Y como esto sólo me lo digo a mí, ni me da vergüenza ni coraje, sólo satisfacción. Así que sigo corriendo.

Antes de llegar al coche ya tengo las llaves en la mano y el pulgar pulsando el botón del mando. Derrapo ante el maletero y antes de darme cuenta estoy corriendo de vuelta con la cámara colgando del hombro. Cierro el coche sin mirar, click.

Creo que la última vez que corrí tanto fue en una prueba de campo a través en el colegio. Cross country lo llamaban. No se me daba mal. Coger aire por la boca, echarlo por la nariz.

Detrás de esa curva estará ella, que me verá llegar y sonreirá tierna ante su héroe doméstico.

Me cruzo con un tipo ancho y bajo, como un botijo. Le doy los buenos días, porque lo son, son los mejores días desde hace tiempo. El retaco enmudece y baja la vista, como un ratón asustadizo. Y mira que me gusta esta chica que me arranca metáforas baratas. Y mira que hay gente rara en el mundo.

Y doblo la curva y allí no hay nadie. Me doblo sobre las rodillas a coger aire, se me resbala la cámara que se queda colgando de mi antebrazo, pendulando. Ansío aire, que aprisiono por la nariz, por la boca, por donde sea. Levanto la cabeza y miro a mi alrededor. Robles, helechos y tierra.

Digo su nombre y me responde el viento. Doy bocanadas como un pez. El sudor se empieza a enfriar. Me yergo. Me late el corazón a ritmo de techno. Grito su nombre y esta vez el viento se calla sibilino. Dejo la cámara en el camino, a mi lado, y proclamo que no estoy para escondites, que menuda carrera me he pegado, que me merezco muchos besos. Nada.

Una chispa que prende en mi cabeza, excitando neuronas.

Miro hacia atrás, por donde he venido. Ya no me falta aire. Ya no respiro. El corazón lo tengo en el puño, que lo cierro con fuerza hasta que me blanquean los nudillos porque no les llega la sangre.

¿Por qué ha bajado la mirada el botijo ese? Yo diría que incluso ha acelerado el paso cuando nos hemos cruzado. Noto cada músculo tensándose. Noto cómo se me eriza el pelo y cómo me empiezan a doler las sienes. Como si me las apretara un acordeonista. Esas son las metáforas que me inspira ella.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que se encontraran hasta que me crucé a la vuelta con el pigmeo?

Fuerzo los pulmones de nuevo, vociferando el nombre que decía anoche mientras aguantaba, sin éxito, claro, el orgasmo. Me giro de nuevo hacia delante. Escruto al monte frente a mí. Hierba y pinos y polvo. ¿De dónde coño ha salido el hijo puta ese? ¿Qué le ha hecho?

Sigo gritando, su nombre, sólo su nombre. Raíces y piedras y musgo.

Ella esperándome en el recodo del camino. El tipo ese que llega y... ¿Qué has hecho, mal nacido? ¿Por qué?

Recojo la cámara por instinto. Instinto. Puro instinto que me empuja a correr, otra vez, deshaciendo camino, otra vez. Sin ella. A por él.

Ella llamándome. Llorando. Implorando. ¿Por qué, hijo de la gran puta?

No me limpio los mocos que se resbalan por la mejilla, ni me quito las lágrimas que me arranca el aire. Sólo corro. Como un animal.

Él mirándola y relamiéndose, colocándose la mochila de nuevo y alejándose, dejándola mal escondida entre matorrales y troncos quebrados.

Y el hombre-botijo empieza a siluetearse, se va haciendo más grande. ¿Por qué, puto loco? ¿Qué coño te ha hecho, qué coño te hemos hecho?

- ¡Eh! ¡Tú!

Escupo grava bajo los pies y él se gira y casi da un traspiés y abre mucho la boca, con cara de asustado. Asustado. Culpable. Hace por huir, bamboleándose, la mochila bailándole en la espalda.

Grito como una hiena y le alcanzo en un sprint fácil, le empujo hecho un gorila y él se estampa frente al suelo, muñeco de papel. Le agarro la mochila y le hago rodar hasta dejarlo boca arriba. Me siento a horcajadas sobre él. Sus manos que le tiemblan y con las que intenta taparse la cara, en donde, entre el polvo y el miedo, atisbo la culpa. La puta culpa. Le cojo de las muñecas y le aparto las manos y le perforo sus ojos con los míos.

- ¿Dónde está?

Él arruga la frente y achina los ojos. Culpable.

- ¿¡Dónde está!?

Y le aprieto fuerte las muñecas y su boca se abre y le acabo de romper la nariz de un cabezazo que hace que chille como un cerdo y saque fuerzas de donde no tiene y logre hacerme descabalgar a base de agitarse. Tirado en el suelo le veo gatear, como un cachorro en desamparo. Consigue levantarse y recuperar el equilibrio tras un breve tambaleo. Se lleva la mano a la nariz y al mirarse la palma comprueba lo que ya sabe, que está chorreando sangre. Fractura de tabique nasal. Da grititos, hipa, y se arranca a correr, pero parece un borracho. De un salto estoy sobre él otra vez, y mi puño rebotando contra su ojo derecho mientras le pregunto, y le pregunto, y le pregunto. Qué has hecho. Qué le has hecho. Y él sólo forma pompas de sangre y saliva y repite el nombre de ella cada vez que yo lo digo.

Y a mi espalda, otra pregunta, como en eco...

- Pero ¿qué coño haces?

Y allí está ella, con romero cayéndosele de las manos mientras se las lleva a la boca cuando me ve la cara, furia, cuando ve la de él, consecuencia.

- ¿Clara?

Y olvido al enano y compruebo que ella está bien, palpando sus hombros, su cuello, sus mejillas, su pelo. La abrazo y estoy llorando. Ella me besa, me acaricia la nuca, me aparta y se acerca al enano, tendido aún en el suelo, hecho un ovillo, feto que no quiere nacer.

La cámara, a su lado, con la funda abierta y una piedra rayando el objetivo.