sábado, 15 de febrero de 2014

Impostoras del blues


Pierre pellizcaba la guitarra cantándole su nostalgia a Mississippi y nosotros bailábamos cerca de él, blues en las venas y sonrisas en la boca, a veces los ojos cerrados, a veces abiertos, buscándonos aun sabiendo que estábamos, pues llegamos juntos, entramos formando un dúo, dormiríamos como uno y despertaríamos pegados. Mientras, bailábamos enfrascados en melodías recién descubiertas, flexionando rodillas, jugando con la cadera y liberando las manos. Hasta que nos distrajo ella, sin permiso.

Nos ubicamos en la Boite, cerveza en mano, y decidimos, antes de que los músicos agotaran la pertinente hora de retraso, fichar cuerpos ajenos, describir los que nos gustaban, señalar los que nos atraían y comentar virtudes físicas y de carácter de esos que estarían a nuestro alrededor la próxima hora de voz gastada, batería poderosa, guitarra divinizada y bajo virtuoso. Una de nuestras presas imaginarias quedó descartada pronto, no era tanto como aparentaba mientras bajaba las escaleras. Pero ella debió sentir nuestro examen sobre su nuca y giró sus pupilas hasta descubrir las mías. Yo seguí con mi pareja jugando al Quién es Quién. Ese de ahí que es alto y tiene la mala vida surcándole las mejillas. Esa que viste original y ríe fácil. Ese que lleva un gorro caído hacia atrás y hace de la barba de tres días seña de identidad. Esa que... espera, que ya sale John The Conqueror y aquí hemos venido a un concierto, no a una rueda de reconocimiento. O también. Y mientras, esa que había adivinado mi estudio sobre su ser, decidió mirarme tanto como miraba al frente, al trío que había llenado la sala y agotado los vinilos, importándole bien poco que yo besara otra boca y suspirara por una única mujer de las allí reunidas.

Y empiezan los acordes y nos dejamos llevar, y nos cimbrean las corcheas y nos separan las negritas, y de repente me veo junto a la que suspendió nuestro examen, y la chica que me quita el sueño y me hace soñar, unos pasos más allá. Nos separa un cuerpo que no incluimos en nuestra selección darwiniana, y es de todo menos casual, es premeditada su situación geográfica en la pista de baile. Me mira, a veces con disimulo, a veces descarada, y yo me concentro en la música pero me pesa su mirada que rezuma apareamiento. Busco a mi compañera, que sonríe poniendo los ojos en blanco ante el obstáculo vivo que se interpone entre nosotros. Y que se acerca cada vez más a mí, como queriendo provocar roce, seguro que con el discurso estudiado, pues nada de lo que hace induce espontaneidad, ay, perdona, no te había visto, es que me pongo a bailar y se me va la olla. Y yo sin espacio para recular, notando el cuerpo que tengo detrás que se incomoda, pues mi huida agobia al resto, como ella me agobia a mí. En espacios reducidos con mucho público hay que saber guardar el sitio conquistado.

Habíamos iniciado un juego que ella no entendió y que ahora pretende terminar según sus propias reglas, pero sin cartas, sin una mísera jugada con la que marcarse la apuesta, obviando el hecho de que yo no estoy solo, ya no. Y entonces mi niña, la que me adula tanto como me vacila, la que juega conmigo tanto como me toma en serio, la que me admira tanto como me baja a la tierra, se acerca a la impostora y le dice al oído si puede echarse un poco para adelante, que hay sitio de sobra. La interpelada reacciona como cuando el profesor te pilla copiando en un examen, con risa nerviosa y una repetición afirmativa, sí, sí, claro, sí. Y yo asisto a la soltura de la que me duerme y a la vergüenza de la que me despierta, y de nuevo al lado de la primera y con la segunda ya en otra dimensión, beso tanto como bailo y juraría que nos dedican la próxima canción, hable de lo que hable, porque somos perfectos cuando somos dos y somos incompletos cuando nos separa alguien con tantas intenciones como poca dignidad.