domingo, 1 de diciembre de 2013

Tripas

Lo que fuera necesario. Así se lo dije a Raúl. Así me lo decía a mí mismo, parpadeando por el sudor que me inundaba los ojos y forzándome a no temblar. Un último vistazo a tu foto, la que siempre llevo en la cartera, la del invierno en Galicia, un esfuerzo por calmar la respiración agitada, un apretón al punzón que saqué de la cocina y un gemido mientras me lo clavaba en el estómago.



Duele como un cabrón, le respondí a Raúl, casi riéndome, y cada vez que me reía, salía un poco más de sangre. Raúl no sabía si taparme la herida o dejarla estar. Yo me reía viéndole blanco como la cal y mirándome la barriga como un imbécil. Ahí se quedó, embadurnado en sangre, mientras me llevaban en la camilla. Pensé que ojalá no le volviera a ver. Lo que fuera necesario, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Ya lo sabes.

Se creyeron que no quería anestesia general, así que ahí estaba, tumbado boca arriba y percibiendo como varias manos hurgaban y cosían ahí abajo. Intuí que debían ser las diez y poco. Pero la puerta seguía sin abrirse y ya sólo faltaban un par de hiladas más para remendarme como a una pelota de fútbol. Y luego llevarme de vuelta a patadas. Pero esta vez no. Esta vez haría lo que fuese necesario.

Y entonces lo oí. Un disparo, seguro, de arma corta. Los médicos se separaron de mí, me erguí un poco para verme la tripa y consideré que ya estaba todo hecho. Un médico se dio cuenta y se quedó balbuceando que me estuviera quieto, claro, y unos cojones. Di por bueno el trabajo de costura, creo que incluso le guiñé un ojo al cirujano palurdo ese, y justo se abrió la puerta de una patada y entró el madero, boquiabierto. Se derrumbó a los pies de la camilla, con un agujero del tamaño de un pulgar en la nuca. Increíble que aún diese un par de pasos con los sesos saliéndosele entre el pelo. Medio embobado por los estertores del poli entró García, pistola en mano y bata de médico como camuflaje. Apuntó a los médicos sin decir nada mientras yo me quitaba las correas. Me levanté, me dio una pistola, nos miramos y asentimos y salimos a juntarnos con Acero, que fumaba en la puerta del quirófano como quien se resguarda de la lluvia antes de entrar al cine. Palmadita en la espalda, vacile por el camisón operatorio, imagínate, pistola en mano y el culo al aire, y en ascensor al garaje. Sólo cuando estaba dentro y esperando a que se cerraran las putas puertas me fije que los otros dos policías también estaban muertos. Acero se encogió de hombros y García aseguró que no había habido más remedio. Yo no le deseo el mal a nadie... bueno, a alguno, pero no es el caso. Si era lo que había que hacer, pues mala suerte. Sé que lo entiendes.

Porque os quiero mucho y no podría soportar no estar siempre que me necesites, hija. Porque sé que tú me quieres. Por todo eso he vuelto, cariño. Porque no puedes vivir aquí sola, sin tu padre. A mamá la quisimos mucho, pero mamá ya no está. Paula, ven con tu padre y no te asustes por la sangre. No es mía. Es de una gente mala que no quería que te viera. No tengas miedo. No te volveré a pegar. Eso fue antes. Antes de que tu madre se fuera y a mí me pillaran. Pero esta vez va a ser diferente. Ya lo verás.