martes, 19 de enero de 2016

Colores

No hay lunes triste. Ni viernes apasionante. Los sábados exagerados no existen. El descanso de los domingos es una falacia. Soy yo el que vive cada uno de esos días y el que lo pinta de un color u otro. Y como para gustos, los colores, si la paleta es casi infinita, la forma de experimentar los días, también. Escojo la pena un martes, me mezo en ella, puede incluso que tenga motivos, pero casi que es lo de menos. Yo elijo. Lloro en un arranque que no quiero frenar. Pego puñetazos en las paredes hasta que se me marque el gotelé en los nudillos, y evito sorber mocos y quitarme a manotazos las lágrimas, para que unos fluidos se mezclen con otros y así la tristeza sea plena. Me dejo llevar por ella. Porque así quiero que sea. Porque necesito que sea así. Cuando estamos contentos no nos detenemos en los porqués. Así que tampoco busco explicar el disgusto. Dejo que fluya. Con ganas. El único error es la desgana. El que desgana, pierde, por pura etimología, porque es la negación de la victoria, la desgana, es el prefijo el que mata al verbo, el que muta su significado para convertirlo en lo contrario. Así que, con todas las ganas del mundo, en pos de la victoria, lloro.

Me preguntaban el otro día si escribo mejor cuando me acurruco en la cama con la nostalgia, haciendo la cuchara. Pues no lo sé, respondí - mintiendo, porque sí sé - espero que no, ojalá la alegría me empuje también a escribir obras que te embriaguen. Porque son cojonudas y yo el autor, y qué pasa, es lo que hay, el talento es lo que tiene y negarlo es la estupidez más grande que puede existir. Como lo es pensar que el talento es axioma. Sé en lo que soy bueno, y sé en lo que soy malo. No me cuesta escribirte un cuento que adores. No es injusto, ni es tan atractivo como crees. Si a tu padre le dices que quieres ser escritor te dirá, cabal, que es una locura, que muy pocos, subrayando el muy, lo logran, que el resto malviven y deben ganarse el pan en otras cosas, relegando la escritura a una afición. Que la escritura, como los malabares, bien para entretenerte, mal para ser alguien en esta vida. Venga, coño, ser alguien en esta vida, qué carajo querrá decir eso. En boca de don Pantuflo tenía gracia. En boca de cualquiera me da arcadas. En fin, que no me endulces los oídos con que qué bien que sea escritor. Si es una condena. Si es una maravilla. A mí me das un pincel y soy capaz de mojar en pintura el mástil en vez de las hebras. Soy inútil para lo pictórico. Y si tú me dices que eres pintor, todo un artista del lienzo, pues bien por ti, qué más da, a nadie más que a ti le debería importar. El arte por el arte, y punto, sin miedo, sin expectativas, sólo por necesidad para no volverte loco ni estar más perdido de lo que ya estás un martes. En el que estás triste, y escribes. Con ganas. Las mismas, exactamente las mismas, que las que tendré el jueves, cuando opte por las risas y la ironía y me ponga a escribir. Esta es la verdad que enmascaré, supongo que por remarcar el halo de atractivo que se le pone al perdedor, otra absurdez con la que nos cautivan en las películas, porque no nos engañemos, cautivar a alguien es hacerle preso. Así que sí, claro, escribo igual cuando estoy contento; escribiré el jueves sobre un polvo mal echado o sobre esa chica a la que dejé escapar con vida sólo porque me adoraba, o incluso, por qué no, puede que te cuente cómo le pregunté a unos ojos negros y achinados, como muescas de Miró, en la barra de un bar tomándome un Flor de Caña que si podía darle un beso y ella definió el milisegundo al responder que no, y me entró la risa y aplaudí y la conversación siguió como si esa pregunta nunca hubiera sido hecha aunque no podía dejar de imaginarme que esa boca era el pozo sin fondo al que me quería tirar un domingo que prometía grandes cosas, y grandes cosas ocurrieron. Porque así pinté ese día de la semana.