lunes, 15 de febrero de 2016

El premio

No estás orgulloso. Recoges el premio por decoro, porque odias los desiertos y los ex aqueo. Tu discurso dura poco, lo que duran tres agradecimientos y ninguna explicación. El diploma irá pronto a cualquier basura, y el cheque a la cartera, esperando a ser cobrado el lunes, cuando te despereces a alguna hora de dos dígitos y vayas a visitar el banco, que no pisas desde hace años porque pisar cada vez conduce a menos fines, el medio es el teléfono móvil y sus aplicaciones que sustituyen la sociabilidad.

Percibes algún aplauso, no hay vítores ni silbidos. Desapareces del estrado por la puerta que te señala una chica con auriculares y micrófono justo cuando el presentador del acto empieza a introducir la siguiente categoría. En la calle te abrochas hasta el último botón del abrigo y deslizas el diploma a un contenedor de papel y cartón, que hasta los honores son reciclables. Deambulas pensando en qué habrá hecho ganadora a esa foto que tomaste sin preocuparte de tiempos de exposición ni aperturas de diafragma. Una foto cualquiera, hecha al tuntún, en la que una madre amamantaba a su bebé en el Retiro y de fondo se veía a un policía a caballo, y el caballo cagando en marcha. Estaría bien poder cagar sin dejar de caminar, pero no lo vas a probar, al menos ahora no que empieza a lloviznar. La categoría por la que has ganado se llama “Fotografía natural”. Al recordarlo, arrugas la boca y niegas con la cabeza y te levantas el cuello del abrigo mientras empiezas a notar el pelo mojado.

En casa, el cheque junto a las llaves en la mesilla del recibidor, donde se acumulan facturas y descuentos del supermercado. El abrigo se derrumba en la primera silla al alcance, goteando, y tu culo al sofá, de donde no querías moverte esta mañana pero 500 euros son 500 euros y eso hace más apacible el domingo. En la tele, nada. En Internet, todo, y por eso mismo, nada. Te enciendes el tercer cigarro del día y te concentras en fumártelo. Nada importa más que la ceniza que creas en ese momento. El móvil vibra y en la pantalla su nombre, Julia. Estiras el brazo y la ceniza cae al suelo. Descuelgas y saludas y ella pregunta directa y tú mientes con un “bien”. Te emplaza a quedar a la tarde, que le invites a algo ahora que eres algo más rico. Inventas una excusa, tus padres como punto de fuga. Ella resopla y te llama aburrido. Tú asientes, pero tu voz teje congruencias, una cena de homenaje, una reserva hecha hace tiempo, unos padres satisfechos. Julia no insiste, y al colgar, toda la ceniza ha caído al suelo y el filtro humeante empieza a calentarte el índice y el corazón.

Llamas a tu madre pero no lo coge, como es habitual en la vejez. Rebuscas entre los DVDs y eliges La noche del cazador, sin más motivos que el plástico que aún envuelve el estuche. Entiendes al predicador.

Al día siguiente irás al banco, harás una cola, entregarás el cheque, lo cobrarás previo pago de comisión que no conocías y que te molesta pero no lo dices, saldrás de la sucursal con un billete de 200 en la cartera y otros que sí has visto antes, y llegarás algo tarde al trabajo, pero no parece importarle a nadie. Diseñarás banners en los que no crees y harás lo posible por preocuparte por mantener el look&feel de los cojones.

No llamarás a Julia, ni a tus padres, ni siquiera a Juan, que te enseñó lo poco que sabes sobre fotografía y que aún no has puesto en práctica ni una sola vez. A la salida de la oficina donde las horas pasan tan despacio te pararás frente a una tienda de animales y te comprarás un cachorro de pastor alemán, lo llamarás Price y Julia te reñirá, porque las vidas no se compran, se adoptan, y tú te encogerás de hombros y musitarás que fue un capricho, y al final ella adorará a tu perro, al que no educarás y morirá atropellado dentro de tres años, cuando lo pasees por Madrid en compañía de Julia, justo la misma mañana de verano en la que ella te iba a preguntar que por qué no casaros. No hará falta inventar excusas, porque la excusa es una masa de sangre, vísceras y pelo – he ahí un look&feel – que yace bajo un Peugeot 206 conducido por un anciano, al que en un arrebato romperás la nariz de un puñetazo por haberte quitado al animal que te obligaba a salir de casa en domingo, porque todavía no se han inventado aplicaciones que saquen a pasear a un perro y le recojan la mierda y la metan en una bolsa verde que irá a una papelera que algún afanado barrendero tendrá que vaciar todos los días para que las bolsas verdes y ya no calientes terminen en una incineradora, qué desperdicio de abono, opinaría Julia. Y en comisaría te citarán a declarar en un juicio rápido por lesiones, y Julia se irá a casa sola y arrastrando los pies y con los ojos rojos y tú sin hacer amago de prolongar una tarde de domingo que podría no haber pasado nunca si nunca hubieras ganado un premio. De camino a tu apartamento te cruzarás con una mujer y su hijo, a ninguno reconoces, pero son los que retrataste hace tres años en un banco del Retiro mientras un caballo cagaba a su espalda. El niño te sacará la lengua al pasar cerca de ti y la madre al verlo te sonreirá y tú sólo le pedirás fuego y ella te dirá que no fuma, que lo siente, qué estupidez sentirlo, no ha lugar, ya lo sientes tú, que lo dejaste hace dos años y ahora evitas siquiera hacer frente al ansia y al paquete recién comprado en el bar donde desayuna la policía y que te quema en el bolsillo del mismo abrigo que te cerrabas hasta el cuello después de recoger un premio por el que no te esforzaste lo más mínimo. En la mesilla las facturas se siguen acumulando en el mismo sitio, como si las fueras a revisar o necesitar para algo. Enciendes el cigarro en el fuego de la cocina y, por fin, lloras.

Clavas la mirada en la manta de Price y es entonces, sólo entonces, cuando llamas a Julia y le pides perdón. Tu madre sigue sin coger el teléfono y Juan ya no te llama para ver qué tal va todo, porque nunca llamas tú y porque todo, simplemente, va.