lunes, 2 de mayo de 2016

El orgullo de los pobres

- Y ¿te vio?
- Yo creo que sí. Seguro que sí. Estábamos al lado en la barra.
- Y ¿se quedaron, o se fueron después de que ella te viera?
- Se fueron.

Blanco y en botella... mierda.

No nos debemos nada. No somos novios. Podríamos serlo, supongo, pero yo no me enamoro con el tiempo, yo me enamoro desde el primer acto. Ya veremos cómo es el epílogo. Tal vez deberíamos adelantar el epílogo, visto lo visto.

El orgullo es un hijo de puta. Después de la conversación por teléfono con esa amiga que me ha servido de infiltrada improvisada, me quedo rumiando si la desazón la provoca el orgullo o si va a ser que me gusta más de lo que pensaba, de lo que quería, de lo que me dejo. Concluyo que es opción A, el orgullo cabrón, susurrándome entre las meninges, armando con espada y sin escudo a mi ego, preparándolo para una batalla a la que lo mismo no va nadie, porque nunca hubo declaración de guerra. Concluyo así porque yo no me enamoro con el tiempo.

Sólo yo llego a esa conclusión. Mi amiga me sonríe y niega con la cabeza. Otra confidente me mira fijo y me sugiere hacer en vez de cavilar.

Lo peor que tienen los celos, oí una vez, es que nunca preguntan. Hay que preguntar. Hay que hablar, y así, gestionar los celos. Todos sentimos celos, en mayor o menor medida. La diferencia radica en cómo gestionarlos, en la cancha que les demos. En si abrimos las fronteras de mi cerebro para que los celos se vistan de refugiados desesperados por entrar en mi hipocampo. Los celos no necesitan visa, sólo necesitan que no preguntemos.

Así que pregunto sin preguntar. Converso buscando pistas, mentiras, vericuetos, lugares comunes. Como en un interrogatorio en el que el interrogado es un consumado profesional, responde sin vacilar, sin darle importancia, como quien cuenta la película que vio anoche en el cine.

Era el novio de una amiga. La amiga y otra pareja se habían ido a sacar dinero. Ellos esperaban, hasta que les avisaron de que salieran, que se iban a otro bar. Y se fueron.

Nunca vio a mi amiga. Su sorpresa cuando le comento que ayer la vieron en la barra con “un colega” parece sincera.

Cuelgo, niego con la cabeza, me insulto, y me río.

Cuatro horas de masticar teorías, de adelantar acontecimientos, de rellenar los huecos en las frases como en un examen de inglés. De imaginar, sin demasiado fundamento. Para estamparme, una vez más, contra lo que es, no lo que podría ser.

De vuelta a la normalidad, medito que lo razonable es volver a tener La Conversación y dejarlo estar. Terminaremos hiriéndonos si no, es posible. Pero no nos debemos nada. No somos novios. Podríamos serlo, supongo. Pero ya quedamos en que tal y como estamos, estamos bien, que no parece que vaya a ir a más, por parte de ninguno de los dos, aunque esta situación se haya prolongado seis meses.

Mis amigas, que me sirven de juicio cuando el mío se va de vacaciones indefinidas, me dicen que nunca me va a decir que ella sí quiere algo más. Yo respondo que me parece mal, que tuvimos ya la ocasión de decirnos verdades sin tapujos y ella lo que me dijo es “yo estoy igual. Nunca he estado tanto tiempo con alguien en plan follamigos, sin ser pareja, es raro, pero no parece que queramos más ninguno de los dos”. Y a eso me aferro yo. Hasta que mis dos cerebros femeninos me insisten en que mintió. Que el orgullo nos impide decir “pues a mí me gustas, mucho, quiero estar contigo”.

El orgullo es un hijo de puta.

Mentiroso.

Crea cizaña.

Quita vendas cuando no hay nada que ver y, lo que es peor, cuando en realidad no llevamos nada tapándonos los ojos.

Explica lo que no requiere de explicación, y posiblemente errando en la exposición de los acontecimientos.

El orgullo interpreta el primer acto para que inventemos el segundo, el tercero y hasta los títulos de crédito si hace falta.

Y luego cuando por fin ves la película, resulta que no coincide. Que el guión que has creado es de otro género.

No nos debemos nada.

No somos novios.