sábado, 4 de junio de 2016

El triunfo de lo inútil

No escribo por placer.

No escribo por dinero.

No escribo por reconocimiento.

Escribo por necesidad. Escribo porque se me da muy bien, sin saber del todo por qué. Qué será eso del talento.

Escribo por explicarme, conmigo como lector. El resto entenderá o no entenderá, pero que lo disfrute.

Escribo porque muevo el mundo cuando tecleo, aunque no te des cuenta del seísmo.

Tecleo aporreando porque cuando escribo no susurro, vocifero hasta la afonía.

Releo la primera versión con una mueca que va del escepticismo al regodeo, puro regodeo, verbo que, mira tú por donde, incluye ego. La etimología nunca miente.

Corrijo como si tirara salivazos para emborronar tinta que no existe. Y publico en este blog o donde me dejen para que ojos ajenos se paseen y, con suerte, no se cansen. Escribo cosas buenas y cosas malas, cosas mejorables y cosas que deben quedarse como están, pero escribo. Poco o mucho, a rachas o con constancia. Pero escribo.

Se me ocurren historias que olvido pronto, y se me ocurren tramas que vomito en media hora. A veces me aplauden, a veces tardan un segundo en borrar lo leído de su memoria, tan prescindible era.

Ahora me dicen que tengo que escribir. Que no puedo quedarme en un libro publicado. Que han de venir más. Que me arranque con una novela. Que aproveche.

Nunca escribí con un fin.

Por eso tal vez escribo tan poco ahora, porque asombrado asisto a expectativas que nunca estuvieron ahí y ahora empiezan a florecer, que es primavera.

Me abruma el talento, me hace preguntarme si es justo. No me costó que dos editoriales quisieran mis cuentos. Un mail. Eso fue todo. No creo que sea vanidad. No creo que sea un engreído. Sólo reconozco que, oye, sin grandes motivos, sin grandes lecturas (siempre quedan lecturas), escribo y te meneo por dentro.

Así que cuando veo una película como Trumbo, lo único que se me ocurre es escribir al rematar los créditos. Como si sirviera para algo escribir algo como esto. No sirve para nada.

Escribir es la cosa más inútil que hay.

Por eso es un gusto escribir. Porque sirve para todo. Para derrocar imperios que son nuestras vergüenzas, para matar miedos que se amamantan de cosas que aún no han pasado, para entender el absurdo que ocurre desde que suena el despertador hasta que apago la luz de la mesilla, para que tú pares cinco minutos y bebas el café que he molido.

Escribe más, me digo. Me escribo.