lunes, 4 de julio de 2016

La sequía

Se va acabando. Ya casi no queda. Se derrama. Desperdiciado. Se pierde entre las juntas del parqué, no deja rastro, o si lo deja, es pegajoso, nauseabundo. Cuando creías que ya no quedaba más, vuelves a verter y sigue saliendo. Pero se va acabando.

No haces nada para remediarlo, es más, sigues probando a volcarlo para ver si, oh, milagro, aún quedan unas gotas. Y quedan. Hasta que caen a las tablas que pisas todos los días.

Miras el frasco por cuyos bordes se derrumban lágrimas. Lo recuerdas rebosante. Piensas en como aquellos que lo admiraban, quedaban asombrados. En aquellos momentos casi que te idolatraban, aunque no habías hecho nada, sólo encontrarte el tarro tapado y sin una burbuja de aire dentro. Toda su capacidad, repleta.

Lo usaste. Cuanto más lo usabas, más parecía que había. Como si con cada sorbo se formase en el fondo otra capa más. Siempre estaba lleno. Por mucho que bebieras. Y no te saciabas, siempre tenías sed. Al beber, tenías espectadores, que buscaban el truco. No lo había. Era absurdo. Era sencillo.

Un día decidiste dejarlo en una balda, junto al resto de recipientes, ninguno de ellos con propiedades tan extraordinarias. Dedicaste el tiempo a otras cosas. Para ninguna reunías espectadores como cuando te daba por beber hasta el hipo. Probaste otros brebajes, otras botellas. Nada. No era lo mismo.

Así que volviste a la misma balda. Allí estaba, inmutable. Casi diríase que expectante, como si en un poltergeist empezase a temblar de excitación. Pero sólo lo miraste. Luego te diste la vuelta y saliste de casa.

Hoy, cuando al fin decides que tienes un don inexplicable y no otro, vas a por el tarro. Lo abres con cuidado, sin motivo en realidad, porque hasta donde podías recordar, nunca se acababa el contenido, fuese lo que fuese. Porque sí, lo bebías, y no sabía a nada, como el agua, pero no era agua. A veces sabía fuerte, a veces sabía amargo, otras más dulce. En ocasiones dabas tragos que duraban horas. Otras veces eran pequeños chupitos que ni degustabas, pasaba la bebida de tu boca al estómago sin acariciar nada más, sin dejar muestras en el paladar ni en la tráquea. Pero hoy por alguna razón lo abres con cuidado. Como temeroso de que tras tanto tiempo de abandono, el efecto se haya pasado.

Porque nada dura.

Bebes un trago. El primer sabor es agrio. Te dan ganas de escupir, pero no, cierras fuerte los ojos y tragas. Cuánto tiempo sin tragar.

El regusto te suena, como si tu cuerpo le diera la bienvenida tras tanto tiempo en el extranjero, haciendo vete tú a saber qué.

Vuelves a dar otro trago. Este sí lo paladeas. Levantas la barbilla, aspiras fuerte por la nariz, no abres los ojos. Gozas de una experiencia que casi habías olvidado.

Al abrir los ojos, los dos tragos no han sido sustituidos por más líquido. En la parte superior hay nada. Nada. Parpadeas rápido, no vaya a ser que te estén engañando esos ojos que llevan tanto tiempo sin mirar. Pero no. Así que lo volteas un poco y dejas que se precipite al suelo.

Se va acabando. Ahora. Cuando querías recuperarlo.

Dejas de vuelta el frasco en la balda. Bien cerrado. Te sientas a la mesa y miras el tarro. Esperando, inocente, que empiece a llenarse. Pero no. Lo que no está, no está. No vuelve. No se rellena.

Antes sí, cuando no suponía ningún esfuerzo abrir el tarro, sin miedo, sin cuidado. Entonces se rellenaba sin ayuda y tú no te dabas ni cuenta, no prestabas atención, lo dabas por hecho.

Ahora temes abrirlo, no vaya a ser que se acabe. Ahora das por hecho que se acaba. Que un día lo dirás en pasado. Se acabó. Cierras los ojos y te duermes. Qué otra cosa vas a hacer, si beber no, no vaya a ser que se acabe.