viernes, 12 de junio de 2015

Hasta que despiertas

Hoy he soñado que me escribías para pedirme que volviéramos a intentarlo. Yo leía y releía, contento y asombrado como cuando llegaba a casa y me esperabas con vino y vestida con una sonrisa y ligueros. En mi respuesta, me hacía el remolón, planteaba la conveniencia de la propuesta, si no sería un error, si tal vez deberíamos sopesarlo más, no dejarnos llevar.

En otro sueño, veía a mi gato rapado, sin ser ya una máquina productora de pelos, no dejando rastro allí por donde se restriega queriendo dejar su identidad.

También he construido imágenes en las que a punto de abordar un avión, me entraba el pánico y volvía sobre mis pasos, arrastrando una maleta atiborrada de planes y tirando a la papelera más cercana una tarjeta de embarque a un destino en el que me esperaría cualquier cosa menos supermercados que venden tomates que no saben, o calles atestadas de semáforos que siempre están en ámbar.

Dormido, he visualizado cómo me negaba a quitarme la ropa en una playa desierta, cómo me encerraba en casa para poner películas que nadie entiende cómo pudieron producirse si eso es como tirar el dinero, cómo me metía en la cama a las diez de la noche para obligar al día a que terminase y volver a empezar.

Me he visto recibiendo una carta en la que me conminan a presentarme a un examen de la universidad, como si allí alguien aún se acordara de mí y hubiera tenido el tiempo y las ganas de revisar expedientes y contar créditos y decidir que no merecía todavía un título que no cuelga en ninguna pared y que lleva la firma de alguien muy importante que no sabe que existo.

He soñado reacciones mías que nunca – nunca – sería capaz de tener, he guionizado deseos capilares y absurdos vacacionales, miedos que no sabía que tengo y etapas que no terminan de cerrarse. He sido perseguido por fatalidades que despierto no concibo y he renunciado a deseos que anhelo hasta que cierro los ojos.

Y la última vez que soñé contigo, dormías a mi lado, tus gafas en la mesilla y la respiración pausada, y en mi antojo onírico y armado sólo de una verdad que no conocía hasta entonces te decía que quererte ya no era sino un eslogan publicitario con demasiada letra pequeña. No era una pesadilla, pero al despertar percibiste la tensión en mi mandíbula y me preguntaste y yo respondí lo que en sueños era nítido y en vigilia no me atrevía ni a pensar, aunque aporreara mi cabeza justo entre las orejas, como los prolegómenos de una migraña.

Mañana soñaré que borro lo que escribo, que te echo de menos y que nuestros hijos se contarían por docenas y tendrían nombres bíblicos y los ojos de su madre, que a mi gato le crece el pelo como a Rapunzel y que no hay más playas en la que no me haya bañado. Soñaré absurdos que no tienen por qué tener explicación, y si la tienen, no la quiero saber.

O eso, o no soñar.