martes, 9 de junio de 2015

Cuando llegan las moscas

Ahora que es verano, ahí estáis, todas las mañanas, repantigados en la playa. Os veo dejar pasar el tiempo, como si no valiera, os veo apresar horas de luz, os veo semidesnudos en arenas que olvidáis en invierno, os veo besaros, no hablaros, jugando, durmiendo, bañándoos. Os veo y para vosotros no existo, yo, que domino estas aguas a las que vosotros venís cuando las ciudades no tienen ya nada más que ofreceros. Soy un extraño, soy sólo lo que mancha vuestro paisaje, un paisaje que describís en idiomas que yo ya no entiendo. Si pudierais, me apartaríais con la mano, como a las moscas que, como vosotros, siempre vuelven en verano.

Sois vosotros los que ansiáis el mar, pero soy yo al que le siguen las gaviotas todas las mañanas. Soy yo el que pone las trampas y clava las redes, el que iza a mi barco esos peces y gambas y moluscos que no sabéis ver aunque están ahí, espiándoos, rechazándoos porque sois intrusos de temporada, como esos negros con cien sombreros en la cabeza y tubos con pulseras que se pasean entre vuestros cuerpos.

Soy el horizonte que os ciega, siempre estaré aquí, capitaneando un barco de tres almas y que vosotros denigráis exiliándolo al olvido. Vosotros, que no sois capitanes ni de vuestras vidas, a las que empujáis a la costa cuando el solsticio de verano abre la veda, como si antes no mereciera la pena. Como si no mereciéramos la pena. Inundáis carreteras secas y quebradas guiados por GPS que no os hacen más libres, os convierten en ciegos y mudos. Desde aquí veo las casas que alquilan vuestros amigos a precios sin sentido, veo los chiringuitos donde olvidáis lo que sois y restaurantes donde os sirven lo que yo recupero del mar. Soy yo el que os suministra, pero vosotros no me veis, aunque mi barco siempre está ahí, delante vuestro, moviéndose despacio, que es como se mueven las cosas que compensan. Sois capaces de pagar veinte euros por un puñado de gambas que recojo yo. Suspiráis después de chupar sus cabezas como si no lo hubierais hecho nunca antes, os relaméis cuando las desnudáis de su caparazón y creéis que es lo mejor que habéis comido. Yo ya no como gambas, os las doy a vosotros, ni almejas, ni calamar. Yo os alimento. Sois parásitos, y yo para vosotros sólo soy un bulto que se desliza de la cama con el amanecer y que se mueve allá a lo lejos, donde el mar es mar de verdad. Vosotros os ancláis a una playa que se irá llenando de más parásitos, mientras que aquí, al fondo, somos los mismos los que vaciamos el mar todas las mañanas. Y cenareis mi trabajo, y yo probablemente cene tortilla y un chato de vino, mirando a Carmen a los ojos y diciéndole que hoy la cosa ha estado floja, que esto ya no es lo que era. Que el mar tiene límites , aunque desde la playa se vea infinito. ¿Cuánto tiempo hace que no hundo los pies en la arena?

Todo me sabe a algas y soy incapaz de quitarme el olor a mar, un olor que perseguís como si fuera perfume y que en otoño ya habréis olvidado, cuando vuestra piel claree de nuevo.

Mañana volveré a madrugar, volveré a ser perseguido por gaviotas, egoístas carroñeras como vosotros, y vosotros seguiréis atisbando tan solo lo que hay a menos de veinte metros de la costa, donde se forman las primeras olas que hace tiempo que yo no surco, porque el mar ya no es lo que era, por donde yo navego siempre está calmo, como una autopista por estrenar que nunca termina.

Y en septiembre, cuando os vayáis, yo seguiré cenando tortilla y un chato de vino, y Carmen seguirá echándoos de menos porque es oficio de madre. Porque desde que os fuisteis a la universidad que pagan mis peces ya sólo os acordáis de vuestros padres cuando venís a pasar el verano para tiraros en la playa, y no verme ni a lo lejos cuando trabajo, ni de cerca cuando os espero a cenar y nunca acudís. A veces dudo de si vendréis a mi entierro si me muero en invierno.