viernes, 24 de octubre de 2014

¿Qué será lo próximo?

Harto de banqueros que nunca tienen suficiente, de adolescentes infiltrados en absurdas cúpulas políticas, de críticas bolivarianas y de bolivarianos críticos. Harto de pandemias y goleadas mundiales, de canastas que se resisten y de vallas que nunca debieron levantarse y que, por más alto que las hagan, seguirán siendo franqueables. De políticos que no saben lo que significa su oficio y de oficios que no significan, y deberían.
Harto de los modernos y de los antiguos, del garrafón en los bares y de los precios de venta al público. Harto de micromachismos y de feminismos no igualitarios. Harto de según qué policías y según qué delincuentes, de leyes del aborto que sólo causaron revuelo para terminar en la basura, de la justicia que se levanta la venda de los ojos para espiar un rato y decidir, de analfabetos en pelotas en islas croatas y de inteligentísimos sin pelotas que rascar y colas que aguardar. Harto de élites que se creen que lo son y de la negación de lo mundano. Harto de consejeros que no tienen consejo moral ni para sus hijos. Harto de hijos que no quieren ser otra cosa, y de caciques que no son ron. Harto de corbatas que se creen armaduras y de faldas que se creen admirables corceles. Harto de cr7s y de récords que no cambiarán nada, sólo cuentas corrientes que ya son kilométricas. Harto de crestas brasileñas y gambetas argentinas, de desfiles de moda que enseñan prendas que jamás vestirá nadie, ni el diseñador se atrevería. Harto del valor de un nombre y del precio de una marca y un logo. Harto de premios literarios que no rechazaría Javier Marías y que no gana, de tanto Michael Bay y tan poco Aaron Sorkin. Harto de casas vacías que, por definición, pierden el significado de su nombre, un hogar inhabitado no es hogar, es una promesa. Harto de productos milagro y de milagros que se convierten en producto, con su mercadotecnia y sus estudios de retorno de la inversión. Harto de diálogos circulares y de discusiones que sólo son semánticas. Harto del poco respeto al lenguaje, y del lenguaje que no respeta al oyente. Harto de éxitos musicales veraniegos, que sólo son estacionarios y nadie decide su éxito, sólo el alcoholismo en vena que nos hace bailar cualquier cosa. Y con la resaca somos conscientes del agravio hecho a nuestros tímpanos. Harto de jefes que creen que mejorará la productividad cuanto más hijo putas sean. Harto de lacayos que así lo entienden y a eso aspiran.

Harto de estar harto. Pero no tienen nada que hacer. Sólo hartarme. El resto, es cosa mía, y tuya.