domingo, 19 de octubre de 2008

Un domingo cualquiera

Un domingo más, en la larga y aburrida historia de los domingos, antesala de los lunes, final de una semana más, marca temporal donde las haya, día de fútbol y de paseos lacónicos, día en honor al sol, aunque éste no salga, perezoso, y se esconda porque no está de humor, y eso que ayer no salió tampoco.

Mi domingo empezó ayer a las doce y dos minutos, dos minutos inaugurales de domingo, con un mensaje en el móvil. Una gallega de ojos verdes, tan parecida a la famosa foto de portada del National Geographic pero con expresión más halagüeña, me anunció el nuevo día con un "Espero ser la primera". Joder, se adelantó hasta a mi conciencia temporal.

Esta mañana, café y cigarrito pa'l pecho, mi compañera de piso buceando en la tele para superar su resaca, y mi compañero indagando en Internet para ponerse al día del Gran Premio. Yo me conecto y en mi buzón de entrada un mensaje comercial, pero de felicitaciones. Malditas bases de datos en las que no sé que soy celda y fila y registro. Soy electrónicamente más popular de lo que cabía esperar. Un ente comercial ha sido el segundo, un mensaje fue el primero, no he oído nada todavía pero no dejo hueco ni a la melancolía ni a la depresión por las relaciones devaluadas, en las que acordarse de una fecha como hoy es siempre más difícil que controlar el gasto hipotecario o que marcar en el calendario el comienzo de las ansiadas vacaciones.

Hoy es mi cumpleaños y no me importa ni a mí (miento, claro). Ya son 27 palos dando tumbos y oye, no estoy magullado. Estoy de buen humor y soy invisible.

En el Messenger, otra felicitación. Si tuviera Facebook... pero yo sigo confiando demasiado en las relaciones de verdad, con tacto y esas cosas, más allá de ventanitas y webs y redes sociales que son redes sin malla pero sólo artificialmente sociales. Confiamos tanto en la facilidad que nos ofrecen las tecnologías que nos olvidamos del contacto que ha existido siempre. Estamos pervertidos, proxenetas de amistades reales y vendedores de agendas de contactos, y nos acomodamos en un mar de teclas y bits. Soy talibán con la web 2.0, aunque supongo que acabaré cayendo. Que a todos nos gusta que nos feliciten por nuestro cumpleaños, aunque sea con un mensaje virtual.
¿Quién será el primero en llamarme o en decirme a la cara 'felicidades'? ¿Quién recuperará el tirón de orejas y la tarta y esas tradiciones del pleistoceno, tan poco de moda?
Cumplir años en domingo es como ser mudo en un coro. Nadie se da cuenta de que no cantas porque mueves la boca abierta, sólo los que saben que no articulas palabra son conscientes del falsete, y son los únicos que te felicitan cómplices porque saliste airoso del concierto. El resto del público se congratula contigo por lo bien que has entonado.

Y mi abuela, que no sabe de los Internets estos, tira de teléfono y es la primera en cantarme en la distancia. Y mis compañeros de piso lo oyen y recuperan el hábito perdido y me abrazan y ríen su despiste.
Y es un domingo más en el que yo hago 27 y no lo pongo en el Messenger como "mensaje personal" ni lo anuncio en comunidades internautas por lo que freno posibles muestras de afecto electrónicas. Y no las echo de menos.

4 comentarios:

El patio dijo...

Desequilibrado libra de los cojones... como eres celda, fila y registro de mi espacio, ante tu "mensaje personal" de tus recién estrenados 27, y en espera de que mis cordornices en salsa de setas terminen de hacerse, no se me ocurre nada mejor que hacer que dejarte un fortísimo abrazo virtual.

Patricia Vera dijo...

Al menos, gracias a las redes virtuales te puedo mandar una felicitación desde aquí. Aunque no nos hayamos visto nunca las caras formas parte de todos aquellos que te leemos, así que ¡felices 27! (y que nosotros los veamos, o leamos).

Mixha dijo...

Me encantó esta entrada una forma de explayar la soledad, felicidades a los 27 un abrazo virtual desde lejos. Y ya habrán ido a saludarte me imagino, un beso

náufrago digital dijo...

Es curioso, en mis 29 años de vida nunca recuerdo haber cumplido en domingo. Quizá el calendario perpetuo se ha aliado conmigo para no provocar esa circunstancia que, no sé porqué, parece que tiene algo de voluntaria.

En fin, pues nada, ¡felicidades! Y déjate de antiguallas sobre la vida virtual y real. ¡Se pueden compatibilizar las dos! Y la primera puede incluso nutrir a la segunda!