lunes, 15 de agosto de 2016

Saltos de cabeza

Desde las toallas, te instan a no tirarte. Argumentan que está sucia y no se ve bien el fondo. Que no hay suficiente profundidad. Con la yugular hinchada por sobredosis de vehemencia afirman que no tienes la técnica ni la práctica como para no picarte demasiado al saltar. Se preguntan, supones que con retórica, por qué vas a hacerlo, como si en el río hubiera algo que demostrar a las truchas. Presides la roca con la mirada fija en un punto imaginario en el agua, procuras no hacer caso al vocerío. Qué presuntuoso, negar el deseo ajeno cuando a ti no te implica. Qué cómodo, entrar andando al agua y personificar tu miedo en quien pretende volar. Más Frida Kahlo y menos Isaac Newton.

En realidad, hace años, cuando estabas con gente que no te doblaba la edad y que por tanto jaleaba en vez de reprender, ya habías saltado desde ahí, de cabeza. No lo contaste en casa, pero lo reviviste toda la noche, con los ojos abiertos y salivando. Hasta que te dormiste y soñaste con saltar de cabeza al río desde aquella roca. No lo recuerdas como un salto difícil, ni tuviste sensación de peligro en ningún momento. Al salpicar, encorvaste el tronco, remontaste a la superficie y miraste hacia la roca, silueteada por el sol, como un tótem negro que clausura tu infancia. Luego te giraste hacia tus congéneres, que mordían una manzana y olvidaban la osadía para sacar la baraja, que la partida siempre fue sagrada. Más que ningún tótem ni ningún ritual de supuesta madurez.

No lo habías vuelto a hacer. Ibas cada vez menos al pueblo, no regabas raíces, y las mañanas de río ahora eran o para curar resacas, o para embriagarse de lo bucólico. El repicar del agua trotando entre los rollos, ramas que tiritan por los besos de la brisa de Gredos, una carpa que se chulea saltando al aire, que para ella es asfixia. Ya no concibes el río como un escenario de aventuras. Ya no remontas la garganta en busca de un charco que nadie conozca y que sea el más bonito del mundo. Con treinta y tres a tus espaldas ya sabes que es tarde para lo desconocido y que el río de tu pueblo tiene de todo menos misterio. No vas al río a descubrir. Simplemente vas al río, y ya te colma.

Lo que antes era rutina hoy son escapadas. Mal vivimos si tenemos que escapar cada cierto tiempo. Cada poco tiempo.

Resulta que desde ahí arriba, donde nada importa más allá de lo que vayas a hacer en ese momento, recuperas una perspectiva que habías eclipsado, tantas lunas han pasado. No es que corones lo que ves, que también. Es en esa roca, en ese momento, con los pezones duros como teclas de piano, los dedos de los pies encogiéndose tratando de agarrarse aún más a la piedra, los ojos clavados en ese punto de entrada que has escogido, y voces que llegan desde cada vez más lejos, es entonces cuando tienes la epifanía más reproducida del mundo, pues la inocencia no supone originalidad: con casi media vida a cuestas, habitas la soledad. Y no se está mal, te convences. En soledad eres juez y parte, la sentencia la dictas tú en nombre de una nación de un individuo. Ni tabúes ni protocolo; se le rinde cuentas a quien se asoma en el espejo cuando te pones delante. A nadie más.

No cuentas hasta tres, no hay reglas. Encoges las rodillas. No oyes, por un momento logras apagar el sentido del oído. Mínimo balanceo de brazos. Te muerdes el labio. Despegas, dejas atrás el mundo Donde Nada Importa. Queriendo dejarlo. Buscas una diagonal, desplazarte más en horizontal que en vertical. No eres de querer estar en lo más alto. Eres de intentar llegar lejos. Los tropiezos se dan por descontado.

Presa de la gravedad durante menos de un segundo, te estiras como queriendo desmembrarte. Tus uñas son las primeras en llegar y abrir las aguas. Cuando tu frente se empapa, tus ojos ya buscan una referencia y tu culo hace por emerger. Dejas el fondo a medio metro y aún vuelan gotas cuando vuelves a respirar. Te pasas la mano por la cara y observas la roca mientras tus tímpanos se desperezan. Se han reducido los decibelios, empiezan a recuperarse conversaciones interrumpidas, parece que lo imaginado superó a lo visto, el miedo se reveló desproporcionado. El desasosiego de una madre nunca será empírico y dura lo que tarda el retoño en volver con una sonrisa. Eso importa.

Mientras retorna la calma entre las toallas, tú braceas sin avanzar, observando la piedra desde la que has vuelto a saltar. De cabeza. Si saltas a bomba es como no saltar, de culo no se va bien a ningún sitio, no compensa.

Te imaginas con trece años, cuando cuatro metros parecen cuarenta, y no entiendes qué ha pasado durante los últimos veinte. Por qué dejaste de saltar, qué fue del tótem. Tu madre te mira negando con la cabeza, con media sonrisa, con esa expresión que le robaste al nacer. Como si supiera la pregunta que te haces. Porque lo sabe. Sabe que saltaste entonces, obvio, y sabe que volverás a saltar en un par de años, cuando ella ya no vaya al río por la artritis y tú eches de menos la reprobación de los que se empeñan en que no hay soledad mientras alguien empape de vez en cuando las raíces, que no crecen en esa piedra, sino más abajo, entre toallas.

A la mañana siguiente amaneces en Madrid. Encorvas el tronco, remontas a la superficie y miras hacia la roca. No hay tótem, sólo el reloj iluminado en la pantalla del móvil, pero el sueño ha sido el mismo.