martes, 8 de diciembre de 2015

Siguiendo a Stendhal

Yo no quiero que me leas. No busco que me quieras. Ni siquiera persigo que me conozcas.

Sólo quiero que me desees, que me pienses, que me desnudes sin tocarme cada vez que te dé por mirarme. Que te cueste no mirarme. Porque ansío que cuando me veas llegar al bar en el que ya ocupas plaza, todo quede en silencio en tu cabeza y no puedas reprimir espiar cada uno de mis gestos. Aspiro a que cuando te cruces conmigo, tu cuello se rebele contra todo lo establecido y alcance el punto máximo de rotación en busca de mis pasos. El objetivo es que cuando me vaya, no quieras, y cuando llegue, brinques. Que cuando te vayas te cueste y que cuando llegues lo hagas corriendo, sin aliento y sin paciencia. Reventar el minutero cuando compartamos espacio, vivir a cámara lenta siempre que nos respiremos.

Pero tú no manifiestas ni la más mínima variación en la cara cuando me ves, cuando me oyes, cuando nos rozamos porque en el bar hace tiempo que superamos el aforo. Pasas a mi lado como si fuera yo una columna. Mis ojos te llaman y eres sorda.

Así que bailo. Y bebo. Y me río con los míos. Y les confieso que soy voyeur de tu existencia. Ellos ya lo sabían, conocen mis antojos, pero también a tu novio y tu edad y otros abismos que se abren entre la barra del bar, donde tus dedos tamborilean esperando, y la pista de baile donde habito y te añoro. No pasa nada, todo en orden, respeto el status quo. Si en verdad el fin no es prepararte el desayuno. El motivo de mi sonrisa es saber que estás por ahí, excitando mi imaginación y confirmando que la belleza debe admirarse, aunque no haya lugar a poseerla. Y es que eres imán y mis ojos son metal y no pueden reprimir ir detrás de ti, así que no lucho contra la física y me venzo y degusto tu nombre y tu cara de gata concentrada. Siempre pareces concentrada. Será por los ojos que parecen arcos de medio punto, o será por la piel nívea y tersa de tus mejillas, esas que a consecuencia de tu sonrisa se convierten en abazones que elevan tus ojos y el resultado es una sinfonía. Será, quizá, por tus cejas largas y tus pestañas cortas, que provocan que tu iris barniz destaque como neón en el desierto. Será, quién sabe, por los labios finos, que se estiran como risotada de Joker para liberar a tus dientes grandes e inmaculados. Será, por qué no, por la coleta por la que optas casi siempre, que te despeja la frente que nunca arrugas, ni cuando te ríes. Será por lo recto de tu espalda, la finura de tus dedos, tu mentón que remata la obra de arte que es tu cara. Da igual, el caso es que siempre pareces concentrada. Hasta cuando te diviertes, que es casi siempre que te veo, porque te veo por la noche y por la noche somos dioses. Concentrada en cualquier cosa, probablemente en nada y es todo expresión natural, pero desde luego no concentrada en mí, que desde que te descubrí, te sueño, y desde que te sueño, me río de mí mismo al despertar, intuyendo que, cabalmente, estoy optando por idealizarte por no conocerte. Porque si nos conocemos, entonces sí, o te querré sin vértigo ni redes de seguridad, o te despojaré de un manotazo de todos esos adornos que te he ido colocando mientras te pensaba, devolviéndote la mortalidad, a lo Stendhal.

Así que no me leas. No me mires. No me conozcas. Todo bien. Así ni duele, ni frustra, ni decepciona. Sólo alimenta lo que me ha llevado hasta aquí, hasta las teclas, hasta este punto y final. Por favor, que sea un punto final. Me conformo incluso con que sea punto y seguido. Pero, eso sí, que no sean puntos suspensivos, tengamos la fiesta en paz, que hace tiempo que soy más de flores que de rifles y tras tantas batallas y hemorragias empiezo a quedarme sin plasma para transfusiones.