martes, 30 de diciembre de 2014

Como a Galileo

Yo maldigo. Reniego. Clamo. Para nada.

Como Galileo.

Y sin embargo, se mueve. Pero no tiene perdón ninguno.

Porque ante el Final, mucho puedes voficerar y maximizar las venas de tu frente y de tu cuello, que el Final es implacable y no conoce de piedad. Ni con ella, que si alguien merece que el Final sea apacible, como lo fue su vida, qué duda cabe, es ella.

Durante 80 años fue ejemplo de optimismo, dignidad, generosidad y bondad. Rezumando inocencia, incapaz de ver el mal en los suyos, convencida de que sólo podía haber engendrado buenas personas, y estos a su vez, mejores personas. ¿Qué iba a ser si no, si son sus genes?

Durante los 10 últimos años fue ejemplo de estoicismo, de resignación ante la degeneración de la mácula que le arrancó la vista, ante el chasquido débil de sus huesos que le negó la independencia, ante los esfuerzos temblorosos del aparato digestivo, que prolonga su fecha de garantía, desafiando al mismísimo fabricante. Asistió a una década cruel sin quejarse ni implorar cuidados. Resignada, molesta, pero tranquila.

Y ahora ya, sin dejarse rendir nunca, no se le concede el honor ganado de morir en paz, joder. Me cago en Dios. Alto, claro, y por escrito.

Despertarse vomitando sangre, sin entender qué está pasando, confusa, desorientada. Asustada. Me cago en Dios.

Asustada. Ella no. Ella no se merece eso. Ella se merece todo lo contrario, expirar con calma y seguridad de que todo se hizo como se debía, o al menos se hizo lo mejor que se podía. No se merece asistir a los últimos estertores de un cuerpo que ya no da más de sí.

Me imagino sus ojos abiertos como los de un bebé, implorando que alguien le explique porqué le sale sangre por la boca. Qué va a saber ella de úlceras de duodeno. Ella sólo sabe que tiene 90 años y que “nos está dando las navidades”. Encima.

La función debe seguir, por supuesto. Llevo tiempo preparado para saber que un día dejarás de existir. Pero nunca llevaré bien saber que, por un segundo, sufriste o tuviste miedo.

Tú no, yaya. Tú no. Así no.

Deja que se muera dormida, me cago en tu puta madre. Luego haz lo que te salga de tus beatos cojones. Pero esto no tiene perdón ninguno. Ni yo te lo concedo. Como a Galileo.