lunes, 28 de julio de 2014

Fenómenos extraordinarios

- El rayo verde no es un mito, es sólo un fenómeno natural. No tiene nada de extraordinario.

Eso me dijo ella. Qué manera de frustrar mis galanterías. O lo que yo creía galanterías, que vaya usted a saber. El recuerdo es difuso. En cambio, tengo tatuado en la memoria su frase, su cara seria, su sorbo a un mojito mediocre, su mirada de superioridad, propia de quien refuta con ciencia los argumentos novelescos. El resto es nebulosa, desconfío de lo que acierto a vislumbrar mientras peleo con mi resaca. Porque, claro, yo diría que estuve ingenioso y locuaz, pero de nuevo, no pondría mi mano en el fuego.

Dos días después, sin haberla vuelto a ver pero pensándola de más, le mando un mensaje que tiene menos de improvisado que una guerra mundial. Su respuesta se demora dos horas y doce minutos, pero quién está contando el tiempo.

“¿Ahora me mandas mensajes? ¿Te gusto tanto que no te atreves a llamarme para tomar algo?”

Leo el mensaje rápido. Pestañeo tres veces, aunque quién lleva la cuenta. Lo releo despacio. Lo repaso, lo desmenuzo, le hago incluso un análisis sintáctico. Me fumo dos cigarros en el proceso, frunzo el ceño una vez por palabra, por signo de interrogación, por pronombre.

Decido que lo único recomendable cuando no sabes o no entiendes es buscar consejo. Llamo a Ana, que es mi mejor psicóloga. Al menos es la única que me dice las cosas como son. Lo que viene siendo una amiga, vamos.

- Pues yo diría que te está retando. Llámala. Si no quisiera nada, te lo habría dicho claro ya. Te está vacilando. Se está divirtiendo. Tú sabrás si ese juego te gusta.

Sé que tiene razón, claro, tampoco es que me haya descubierto América. El quid de la cuestión es si quiero jugar aun desconociendo si realmente existen posibilidades de ganar. Y ahí, cuando ya he colgado el teléfono y me he fumado otro cigarro y me estoy diciendo estas cosas, me arranco por teorías antropológicas. Ganar. Porque, claro, qué es ganar. Ganar a lo mejor no es despertarme con ella, sea de día, de noche, o todo lo contrario. Ganar puede que no sea únicamente detener el tiempo mientras descubro a qué sabe esta chica que ni sabía que existía hasta hace dos días y que ahora busco, deseo, ansío conocer. Puede que ganar incluya también el propio flirteo, el tirar y aflojar, las frases disparadas con tantos sentidos como letras las componen, las miradas congeladas y las pupilas hablando sin necesidad de intérprete. Ganar será un concepto capitalista, occidental. No hay derrota en ligar, en que te liguen. No es un negocio, ni una competición. En la vida no se gana o se pierde. En el juego de la seducción debería ser igual.

Me enfrasco en ese discurso. Sustento mis propias teorías, las amplío, las simplifico, creo dogmas y establezco reglas al comportamiento humano.

Y funciona igual, igual, que un reloj de cuco en el espacio.

No funciona una mierda.

La llamo. Será capitalista, pero chica, yo lo que quiero es ganar, ganarte. Juguemos lo que quieras, pero, como en baloncesto, no ha lugar al empate.

Tal vez la próxima puesta de sol nos regale el rayo verde, ese destello refractario, y tal vez entonces sepamos, los dos, coño, si es o no extraordinario. La ciencia no es sólo cosa de números y signos y fórmulas que ocupan siete pizarras.

Hagamos ciencia. No tenemos nada que perder.

Al tercer tono aparece ella, como el dichoso rayo verde. Pestañear ahora es delito, tan poco dura.

Al colgar ya es de noche, sigo en la cama. Mirando al techo de vigas vistas me pregunto si el tío que estaba con ella lo estaba porque nunca le habló de chorradas de Julio Verne. O si simplemente he novelado solo cuando creí estar escribiendo a cuatro manos. No sería la primera vez. Porque no hay nada de extraordinario en todo esto. Es todo un fenómeno natural.

Me duermo al fin. Sueño con amigos que no veo desde el pleistoceno y con lugares que no visito desde niño. Sueño con teléfonos que suenan y mojitos que se estrellan contra el suelo. Sueño con mi profesora de matemáticas y con mi último examen en Selectividad.

Me despierto con calma y la garganta seca, un poco desconcertado pensando que tengo que estudiar, cuando hace ya años que mi licenciatura está probada en un diploma que no encuentro.

Un vaso de agua y cerciorarme de que no he retrocedido en el tiempo, por mucho que me empeñe yo en repetir. Repetir eventos. Fenómenos naturales. Todo va bien. Tal vez sí sea un mito. Tal vez por eso merezca la pena buscarlo.