lunes, 30 de junio de 2014

La caída

- Me duele.
- No pienses en ello.

No quiero ni mirarme el brazo. Trago lágrimas y saliva y sigo andando, con el brazo derecho pegado al cuerpo y con doscientos hijoputas martilleándome el codo.

Todo por un resbalón, uno más. La lluvia de los últimos días ha insuflado humor negro a la sierra de Madrid. Los dos nos hemos ido al suelo ya varias veces, pero todas han dado más risa que miedo. Bueno, excepto cuando la primera. Cuando tropecé y me agarré a ella y al final terminamos los dos rodando unos metros por la cuneta, separados pero viéndonos caer. Gritamos, nos rasgamos algo de ropa, nos limpiamos y retomamos. No pasó nada. Aunque nos duró el susto.

Pero esta hostia ha sido otra cosa.

Después de un rato tirando yo, marcando un ritmo no muy bueno, me doy la vuelta y la veo alejada. Me paro, esperándola, pero no termina de llegar. Cruzo los brazos y zapateo un poco cuando la veo detenerse, entretenerse con piedras y paisajes, gritarme algo. Yo voceo requiriendo prisa, que queda camino. Ella me pide calma con gestos, y con una sonrisa. Me siento, me fumo un cigarro mientras asisto a cómo se deleita con algo que yo no acierto a percibir. Yo lo que ansío es que venga, terminar la excursión como imaginé anoche: haciendo el recorrido completo y no saliéndonos del camino.

Cuando por fin me ha alcanzado, con mi cigarro siendo ya colilla, le he preguntado qué hacía y su respuesta ha sido nada. No me ha satisfecho. Ella ha ampliado con un “pues nada, tío, contemplar las vistas que tengo delante, disfrutar de ellas”. Y ha sido cuando yo iba a hacerle saber que me había tenido expectante, allí, sentado, observándola deambular, ir y venir, regocijarse en ese trozo de camino que le había cautivado vete tú a saber por qué… ha sido cuando le iba a decir eso cuando he tropezado, he apoyado el brazo derecho mal y algo ha sonado raro a la altura del codo.

Desandamos camino con ella delante y yo gimoteando detrás, de dolor, pero sobre todo de rabia. Así no había planeado yo la caminata.

- ¿Qué crees que debemos hacer?
- Pues qué vamos a hacer. Volver e ir a que te miren el brazo, a ver qué ha pasado. A ver si es tanto como dices que es.
- No sé si es mucho o poco. Sólo sé que me duele, y no sé qué hacer.
- Deja de pensar en ello. Deja de hablar de ello. Aguántate. Y sigue.
- Es lo que intento. Seguirte. Pero me duele mucho. No consigo pensar en otra cosa.
- Ya lo sé. Por eso te has caído, por eso estamos volviendo.

Ahora, dos semanas después, con el brazo derecho vendado y en cabestrillo, cuando ya no me duele el codo, sólo la memoria, soy actor novel en la vida del zurdo. Como, escribo, me masturbo y señalo con la izquierda, cuando era la derecha la que mandaba siempre, con mejores o peores resultados.

Y la memoria me duele porque me esfuerzo en recordar el tropezón, qué pie fue el que me falló, qué hice para caer, y nada, no consigo visualizarlo claro. En vez de eso, me asaltan imágenes del camino que habíamos recorrido, de la excursión en la que nos habíamos embarcado, de ella sonriéndome, de apurar un cigarro que me supo regular… pero nada, nada de lo que me hizo desnivelarme, romperme.

Me pondría en marcha mañana mismo, por la misma ruta, pero andándola diferente, tal vez incluso curioseando en el entorno como hacía ella. Y así tal vez no me rompería el codo y podríamos seguir andando. No lo sé, qué más da ya, si me caí y sólo tengo que mirarme el brazo para pensar en ello. Deja de pensar en ello. Deja de hablar de ello.

Vaya, me duele. Otra vez.

1 comentario:

Alonso Montelana dijo...

Cerrar los ojos, no quiere decir que no quieras ver; a lo mejor prentendes ignorar.

Saludos!