jueves, 18 de junio de 2009

Dejando Sodoma envuelta en LSD

Decidiendo el otro día que Un hombre en la oscuridad no me había gustado demasiado, la verdad, me puse a ver la tele, pensando en Paul Auster y su vida en general. Terminé no deteniéndome en ningún canal. Del cero al cien en un buen rato, dándole al PR+ en intervalos de cinco segundos, lo justo para adivinar lo que emitía cada ocupante de mi cajita mágica. Yo recordaba a Martin Frost y decidí apagar, con el StandBy, claro, cuando completé el amplio espectro que ofrecía mi tele de cuarenta pulgadas, elecedé y no sé qué ostias más. Y salí a la calle murmurando sobre el novato Owen Brick, y juzgando si mejor dormir sobre una pila rectangular de libros o hundiéndome en el colchón de latex de dos quince por metro noventa que hace que entrar en mi habitación sea una suerte de Tetris. Duermo solo, pero follar es más cómodo. Follo solo, pero dormir es más cómodo. Qué más da, si tengo una cama que es como un velero, pienso.
Claudia jugaba en la acera con su diábolo, y Marta se le sacaba el humo a un Lucky, con la espalda apoyada en el pino de la entrada y sus minivaqueros dejando asomar media nalga. Marta me preguntó que dónde iba con esa cara de bobo, y les dije que no lo sabía muy bien, que simplemente había salido y ahora no tenía muy claro de hacia donde ir ni para qué. Que qué me recomendaban. Claudia dejó el diábolo corriendo en la cuerda y escondió una carcajada tras los labios apretados, mirando a su hermana con la cabeza baja. Marta descompuso su risa en un extraño resoplido, como si hubiera estado a punto de vomitar, todo muy vacuno, pero se hizo la inmutable, repelente hermana mayor amante de Melendi, e inquirió sobre mi salud mental. Yo le dije, textualmente y con la soltura de un político entusiasta, que el riego parecía circular con fluidez cual bólido en Silverstone, las ideas emanaban deprisa y los músculos me respondían, que no se preocuparan si me veían un poco ido, pobres niñas estúpidas, que podía ser el LSD que le robé a sus padres aprovechando que estaban follando sobre la mesa de la cocina mientras yo me colaba por la ventana del cuarto de Marta. El cigarro de ésta cayó al suelo, como el diábolo de Claudia. Sin hacer una mueca, sin querer hacerla en realidad, comenté si mejor calzarme o no para este incierto paseo que acababa de proponerme, pues sólo en ese momento me mire a los pies y los vi desnudos, pero contentos, como se debe estar cuando se está en pelotas. Claudia balbuceó una opinión favorable a qué menos que unas chanclas, y Marta se limitó a coger el cigarro del suelo para volverlo a tirar, indecisa. No les hice el más mínimo caso y me alejé dando pasos lentos pero firmes, convencido de que todo estaría por llegar.
Por lo visto, Marta y Claudia entraron corriendo en casa, entre asustadas e incrédulas, y claro, se encontraron a sus padres follando puestos hasta el culo de ácido, aún jóvenes y aún jipis, y de aniversario descontrolado. Me hubiera encantado verlo. Pero aquí estoy en ningún sitio, con la planta de los pies como barro seco y escribiendo en un cibercafé en el que no puedo pagar nada y deseando de todo menos volver, porque sigo creyendo que lo bueno está por llegar, tiene que llegar algún día. Hace tres días de aquello, cuando me infiltré en el cuarto de Marta, no sé muy bien si para masturbarme con uno de sus tangas o si para robarle algún porro. Hace tres días... y aún insisto en que Un hombre en la oscuridad no me gustó demasiado. Y sonrío y le digo al encargado que no tengo dinero y cuando me ve los pies me echa a patadas, literalmente, pero me da tiempo entre puntapié en el hígado y rodillazo en la espinilla a darle a enviar mail. Me lo envío a mi mismo. Pienso hacerlo más a menudo. Tal vez incluso con dinero, tal vez incluso con unas chanclas, hagámosle caso a Claudia. Pero no pienso volver.