Los niños que abundan en la pequeña isla nos miran y nos sonríen. Dejan de jugar o de correr o de gritar y se quedan observándonos. Aquí los negros somos nosotros. Les devolvemos la sonrisa, les decimos hello y ellos giran la cabeza vergonzosos e intentando aguantar una risa que no puede esconderse, porque la risa de un niño es demasiado poderosa como para apagarla. La iglesia morava es un edificio de cemento, rectangular y con un campanario que no ejerce en la entrada. La campana está colgando en el exterior resguardada por un techo de zinc. La puerta de la iglesia apunta hacia el interior de la isla, y el templo le da la espalda al mar. A su izquierda está el inodoro, un cubículo cerrado por una puerta azul y con el candado echado, y tras el váter una pendiente que lleva al muelle. A la derecha de la construcción religiosa y tras el camino que lleva al interior de la isla hay tres casas: una es la de la familia de Clev, al lado está la casa de huéspedes y a la derecha de ésta la casa de Jeffrey, otro hermano de Clev. Son casas de madera con techo de palma, con un pequeño porche sostenido por columnas delgadas de madera y un suelo de tablas. Clev nos conduce a la casa de huéspedes, donde la hermana que me corregía por decir Rama Cay en vez de Rama Ki está ordenando camas y despejando el suelo de ropa. Con ella está la madre, una mujer enjuta, metida en un vestido roído y con un delantal ennegrecido. Tiene los ojos casi cerrados, como si fueran dos puñaladas, y la cara es todo una arruga enorme, con pequeños surcos y líneas cruzando el rostro tostado. El pelo negro y con alguna cana lo lleva recogido en una coleta, no podría ser o parecerse más a una india. Se acerca andando como un péndulo, con pasos cortos y separados, y con una sonrisa sin dientes que le cierra aún más los ojos hasta casi hacerlos desaparecer en el mar de carne ondulada que es la frente. Nos da la mano derecha y con la izquierda nos agarra el brazo que le hemos tendido, murmurando cosas incomprensibles. Luego se aleja a su casa.
La casa de huéspedes es un lugar diáfano con cuatro camas, dos a cada lado de la puerta y otras dos junto a la pared de enfrente. Entre estas dos últimas hay una puerta que no conduce a ningún sitio, sólo sirve para abrirla y contemplar unas vistas de ensueño, con el mar golpeando a escasos diez metro y un islote a lo lejos, todo mirando al oeste, con el sol en perezoso descenso. Ocupo la cama que está a la derecha de la puerta de entrada, cerciorándome de que se compone de una tabla delgada de madera sobre cuatro patas y un colchón del grosor de una esterilla. Y yo que me quejaba de las camas de La Prusia... Laura ocupa la cama que está al otro lado de la puerta y Clev está afuera hablando con alguien. Salimos y nos lo encontramos departiendo con el que es su padre, un hombre delgado, de pelo cano y gafas ahumadas protegiendo un ojo tuerto y el otro demasiado vivo. Viste con camisa blanca, cinturón desgastado y pantalones de raya al medio con más manchas que una vaca lechera. Su cara huesuda y marrón oscuro es la de un hombre que se resiste a cansarse pese a la edad, pese a vivir en una isla con todo tipo de deficiencias y pese a ser cura en una diezmada población de pescadores y cazadores de marisco. Se nos presenta como Cleveland McRea, así que nuestro guía se queda como Clev y nuestro anciano anfitrión como Cleveland el pastor. Nos da la bienvenida en un español pausado y con mucho acento, nos desea una feliz estancia y se muestra interesado en los motivos que nos han llevado a su isla. Le narramos que leímos que los rama estaban casi todos circunscritos a la isla y que tenemos interés en conocer sus costumbres y tradiciones como etnia, yo esperando que este hombre me sirva como utilísimo interlocutor en lo que respecta a la forma de vida rama. Afirma con la cabeza, entre adulado y pasota, y cambia de tema inquiriéndonos sobre si sabemos lo que nos costará quedarnos en la casa que llaman de huéspedes pero que es exactamente igual que el resto de casas que hemos visto. Respondemos que no tenemos la menor idea, que lo único que sabemos es que queremos quedarnos, que queremos comer como ellos y vivir como ellos durante unos cinco días. Arquea sus cejas tupidas y de pelos desordenados, como los del bigote de un borracho, en una expresión que parece de sorpresa, como si quedarnos cinco días fuera casi una osadía, un ejemplo de riesgo. Se gira y le ordena algo a una niña que juega con una tabla. Entre ellos hablan en rama, y de esa lengua que un día fue cien por cien india y ahora es ochenta por ciento india y veinte por ciento inglesa entiendo una de cada veinte palabras. La niña sale corriendo a la casa de la familia y vuelve con un cuaderno de tapas verdes desgastadas. El viejo pasea sus dedos arrugados y de uñas largas y amarillas por las hojas cuarteadas y se detiene en una. Anuncia que los precios son de 2008, que algo habrá subido el valor de la vida y que tiene que hacer algún cálculo. Fumamos, yo asimilando que en más de un año no ha venido ni un solo gringo a este lugar, él frente a mí enfrascado en su cuaderno e inventándose cuánto dinero pedirnos, y Jeffrey, el hermano vecino, asomado a la ventana de su casa haciendo que sacude un mantel pero repasándonos de los pies a la cabeza. Tiene el pelo negro y ensortijado, revoloteándole encima de su ancha cabeza como césped mal cortado, la cara hinchada como la de un hámster que guarda provisiones para el duro invierno y el cuerpo (está sin camiseta) curtido al sol y al mar. Le saludo y me responde con una sonrisa de todo menos sincera y llevándose el dedo índice y corazón a la boca, sosteniendo un cigarro invisible. Me acerco a su ventana y le alcanzo un Belmont. Lo coge pero me pone cara de gato, arrugando la nariz y sonriendo raro, indicándome con la otra mano que mejor dos cigarros que uno solo. Obedezco y seguro que poniendo la misma cara que se te queda cuando en el colegio te preguntaba la profesora qué acababa de decir para pillarte en un renuncio, y tú balbuceabas lo último que habías creído oír. Con esa cara le doy el cigarro extra al desvergonzado rama, cruzándose por mi cabeza el recuerdo de comprar tabaco en Bluefields, aprovisionándonos ante la advertencia de Clev de que en la isla no hay. Y fuimos tan ingenuos, una vez más, de comprar en sus narices un cartón de Belmont para mí y uno de Casino para Lau. Clev sabe que tenemos tabaco para provocarle cáncer a la isla entera, lo cual quiere decir que sus hermanos, primos, sobrinos y cuñados lo sabrán antes de que el sol salga mañana.
Finalmente el párroco termina con sus cábalas y nos anuncia que serían 50 córdobas la noche por persona y tres comidas al día por 20 córdobas cada una. Y nosotros con miles de córdobas en efectivo y algo en dólares. Somos gringos hasta a la hora de contar. Estamos conformes, claro. Acto seguido nos pide un favor. Comienza reconociendo "mi familia es muy grande, gracias a Dios" (no la conozco entera y ya van: Jimmy, al que no conocemos todavía; Jeffrey, el fumador de la ventana; la hermana que vino con nosotros en la panga; otra que no pasa de los veinte y que deambula por aquí; la que nos invitó a comer en Bluefields; Gerry, conductor de la panga; y Clev... es decir, siete, y me faltan varios, joder con el cura, ni gracias a Dios ni ostias, amigo, gracias a una religión morava que no contempla la castidad y gracias al marisco, que siempre se ha dicho que tiene algo de afrodisiaco, que si fueras jesuita y vegano menos prole acapararías). Continúa citando pasajes de la Biblia para ejemplificar lo que es la generosidad, que, y cito, "hay que compartir todo lo que ocupamos". Y concluye su edulcorada oratoria pidiéndonos que entendamos que por ser navidad están todos aquí y no tienen espacio, que compartamos el de la casa de huéspedes con sus dos hijas, la joven y la de la panga. Laura y yo llevamos diciéndole que claro, que sin problemas, desde la mitad del previsible discurso del pastor, así que cuando por fin cierra la boca se lo repetimos una vez más y él da por finalizado el episodio con un exclamativo "hay que vivir en familia".
Anunciamos que nos queremos dar un baño, que dónde es el mejor sitio. Clev, el que nos ha traído aquí, pone cara de susto y rápidamente reacciona indicándonos que ellos se bañan en el mismo sitio en el que hemos atracado la panga. Yo ya estoy en bañador así que espero a que Lau se cambie, quedándome fuera y charlando con Clev. Le comento que cuando nos montamos en el avión en Managua a Laura le dieron el número 17 (como el avión tiene capacidad para 25 pasajeros, cuando compras tu billete te dan un número para concluir si hay que botar dos aviones o con uno vale), que ese número coincide con el día de su cumpleaños y que ella lo vio como señal de buena suerte, y que parece que se está cumpliendo su profecía de bingo. Clev se ríe y nos asegura que estaremos muy bien, que si nos quedamos cinco días podremos ir a pescar con él, nos llevará en panga hasta las islas cercanas a la de Punta de Aguila donde hay playas paradisíacas y que lo pasaremos de fábula. Que en la isla casi todos son McRea, que media isla es familia y seguro que encontramos una panga para hacer todo eso y más. Que en realidad su mamá es mestiza, pero su padre es rama, rama, así que él dice que también es rama, porque está orgulloso de serlo. Pues muy bien, hombre, el orgullo del que se sabe miembro de una minoría con una historia de sufrimiento y opresión. También me suelta que como además mañana es la fiesta de promoción tendremos ocasión también de vivir la noche de Rama Cay. Vivir la noche de Rama Cay... vaya tela, si esto es una isla igual de sucia que Bluefields y con menos cosas que hacer que en una piscina seca. Y sale ya Laura con su biquini y Clev le dice a unas niñas que nos acompañen. Nos encaminamos hacia el muelle, bajamos con cuidado la pendiente y nos adentramos en un agua tibia y de color oscuro. Vamos con las chanclas pero podemos notar el fango bajo nuestros pies. Es demasiado tarde cuando concluimos que está más sucia que la boca de un orco, así que decimos qué coño y nadamos un rato bajo la atenta mirada de las chicas, que en corro nos observan como si fuéramos caimanes en un acuario del zoo. Deseo que la suciedad en la que nos bañamos sólo exista en la bahía de Bluefields, que una vez en océano abierto y en las costas adyacentes a la bahía, el mar volverá a ser sólo sal agua limpia. Lau pregunta divertida si habrá tiburones por aquí, y yo le digo que si los rama se bañan, ellos sabrán. Nos reímos pensando que nunca nos lo dirían. Salimos del agua sin resbalarnos en las rocas pulidas por el Atlántico y volvemos hacia la casa con los niños escoltándonos y susurrándose cosas que les hacen reír. En el porche yo me seco al viento y Laura con su pareo, mientras Clev nos dice que ahora nos tenemos que lavar, como si fuera la obviedad más grande jamás dicha. Y el cabrón nos dijo que en ese lado de la costa isleña es donde se bañan ellos, y ahora casi nos ordena que nos duchemos. A que lo que había en el fondo no eran fango sino excremento humano, depositado allí por los indígenas desde que vestían sólo con collares. Acompaño a Clev al lavadero, que está frente a la casa y a unos metros de la iglesia, separada de ésta por el camino que lleva al muelle. El lavadero es una cabina hecha de cuatro tablas de bambú, paredes de zinc y techo de bolsa de basura, como los cagaderos de La Prusia, pero aquí se lava también la ropa en una pila que ocupa la mitad del cubículo. En otra esquina hay un barril de caucho vacío y unos cubos blancos. Agarramos los cubos blancos, dos cada uno, y nos encaminamos al pozo, que está entre la casa de la familia del cura y la casa de huéspedes. Llenamos los cubos y con estos el barril. Clev me da un tazón de plástico y ahí me quedo. La entrada se cierra con una plancha de zinc que está suelta y apoyada a la pared. La coloco, me río yo solo encerrado en bañador en tan lúgubre espacio y con el tazón empiezo a sacar agua y a chorreármela por encima. Mojo el jabón y todo lo rápido que puedo me enjabono y me aclaro. Me doy por satisfecho en menos de treinta segundos y salgo del antro. Si el lavabo es así no quiero ver el váter, así que me mentalizo para no cagar en un par días al menos. Estreñimiento voluntario, buscando un control de mi cuerpo que ni un monje del Tao.
Después de lavarnos sin hacer uso de grifos, cañerías o desagues, nos vestimos mientras atardece a través de esa puerta que debería dar a un balcón o simplemente ser una ventana. Una vez más, el cielo nicaragüense me recuerda que el de Madrid es artificial. El azul se va oscureciendo mientras el naranja en tonalidades desconocidas devora el horizonte, más allá de una isla cercana. Nubes blancas como la leche y vaporosas como el humo de un habano se agarran y se estiran como las manos de un fantasma en una pesadilla. Podría quedarme mirando el cielo de este lugar mientras me atracan. Pero Clev nos azuza para que terminemos, que la cena ya está lista y después quiere llevarnos a casa de su hermano Jimmy. Antes de salir Lau me comunica que Gerry le ha aconsejado que no dejemos nunca el dinero por ahí, que lo llevemos siempre encima porque nos lo pueden robar. Y eso que en teoría media isla es de la familia.
La cena es en casa del párroco, donde la cocina es amplia y tiene una mesa de comedor. El plato es otro pescado que se deshace en la boca, nunca pensé que fuera a apreciar tanto el pescado, yo que siempre me he declarado carnívoro. Pero después de los menús prusianos, algo proveniente del mar es elixir barato. Acompañándolo, el insustituible arroz y un bollito de pan de coco que me entusiasma. Es dulce y algodonoso, con corteza tostada y caliente. Damos buena cuenta de la cena y salimos impulsados por la insistencia de Clev, que parece estar ansioso por llegar a casa de Jimmy. Entra un momento en la casa de huéspedes y sale con una bolsa de plástico blanco en la que se adivinan una botella de guaro Cañita, el Flor de Caña, los hielos supervivientes y la Pepsi que compramos antes de dejar Bluefields. Le seguimos por el camino y tomamos una bifurcación que sale a la derecha, al oeste, dejando la iglesia a nuestra espalda y el grueso de la isla a nuestra izquierda.
La primera casa iluminada como si esta navidad fuera la última es la de su hermano Jimmy. Subimos un par de peldaños y estamos en el porche, alargado y recorriendo toda la pared frontal y doblando la esquina. Hay una ventana al lado de la puerta y un par de cables de luces de navidad la enmarcan dejándola en constante parpadeo amarillo y rojo. Sentado en una mesa baja, hecha de dos tocones y una tabla está Jimmy, un hombre con barba de guerrillero, pelo corto y negro, vistiendo unos pantalones cortos y nada más, descalzo sobre unos pies de dedos separados y gordos, con un torso y una espalda y unos brazos que serían la envidia de cualquier figurín de gimnasio. Se levanta y despliega una sonrisa que sería anuncio de Profiden si Profiden supiera que esta gente existe. No es más alto que yo, pero es tres veces yo. O cuatro. Me da la mano suave y me saluda con una leve inclinación de cabeza, sin decir nada. A Laura lo mismo. Clev le habla en rama y él asiente, le estará contando lo que hacemos aquí. Por fin se decide a hablar y lo hace en español, dándonos la bienvenida a su casa e instándonos a que nos pongamos cómodos, que él tiene que terminar unos papeles y en seguida está con nosotros. Nos sentamos frente a la mesa en la que él tiene desplegadas lo que parecen facturas, junto a una tele Samsung LCD de unas 37 pulgadas en la que la imagen borrosa es la del telediario, que no se oye porque el equipo de música que está junto a la tele suena más alto. Dos piezas de tecnología punta funcionando a la par en una cabaña de una isla de pescadores pobres. Hago un símil mental con los gitanos en España. Frente a la ventana que está junto a la puerta hay una báscula colgando del techo, paquetes de chips de plátano frito amarrados a la pared, sacos de arroz bajo la ventana y alguna gominola y comestible básico más. Es una venta. Clev me dice al oído que invite a Jimmy a beber ron con nosotros, cosa que hago sin demorarme un segundo, y Jimmy levanta la vista de sus papeles y agradece la invitación pero pide un par de minutos. El descamisado hombretón es educado y responsable, de modales pausados y ojos limpios. Clev sirve tres vasos cuando entra en escena una niña de unos ocho años, vestida de rosa y chupándose una coleta. Nos sonríe y se tira a los brazos de Jimmy, que suspirando la recoge y la da un beso en la cabeza. Ella se aparta y sale por la puerta de nuevo. Clev nos cuenta por encima del sonido de la música que Jimmy está estudiando derecho y que además es el encargado de varias cosas de la isla, como la energía, que tiene que ir a revisar cada cierto tiempo el motor que hace que la luz artificial exista en este lugar dejado de la mano del progreso. Y que además, como ya no hay tanto pescado, muchos rama se están dedicando a la agricultura en tierra firme, en el lado más cercano de la bahía, y uno de ellos es Jimmy, que ha vuelto esta tarde de estar sembrando frijoles en tierra. Es decir, Jimmy es padre, lleva una venta, se encarga de la energía, estudia leyes y saca tiempo para trabajar la tierra. Un cañonazo cargado con humildad me atiza en toda la cabeza. De nuevo en lo que llevo de viaje en este lado del mundo, un hombre con mucho menos que yo es tanto más que yo. Clev canturrea y Laura bebe observando la estancia, sentada entre Clev y yo porque es norma nica que si van dos hombres y una mujer ella va al centro, y que pasa lo mismo cuando es el hombre el que está en inferioridad. Por fin Jimmy termina y se une a nosotros sirviéndose una copa. Le pregunto por la carrera, me dice que está en tercer año y que quiere ser litigador, que ahora vienen Jordan, que estudia para médico en León, y Lemond, que creo que no estudia. Estoy atónito con el hecho de que sean universitarios. Harby para ingeniero, y estos dos para abogado y médico, sueño de cualquier padre de novela decimonónica. Madre mía, no soy nadie. Nos explican que por ser indígenas tienen muchas becas, becas que sostener con buenos resultados académicos, y que estudiar es importante. Es como si estuviera viendo un documental en la tele, sin nada que decir y mucho que ver y escuchar. Saco el tabaco y Clev se lleva uno pero Jimmy no fuma. Aparecen Jordan y Lemond, ambos también sin camiseta, Jordan más joven que el resto, con pelo recortado y pocas facciones indias. Lemond habla poco y fuma mucho. Están todos aquí por ser navidad, porque de ser una época normal, Jordan estaría en León, Lemond acostado para levantarse mañana a pescar y Clev en Bluefields. Jimmy estudia en la universidad de Bluefields, así que va y viene entre semana, que tiene que mantener lo de la energía. Y así vamos agotando la botella de ron y Lemond se va a comprar algo llamado chicha, que resulta ser licor de maíz que fabrican en la isla y que sabe a sidra, riquísimo y de poca graduación. También abren una botella de Cañita y me da a mí que la fiesta que se suponía era mañana nos la vamos a pegar hoy, pero yo no estoy para muchos trotes que nos hemos levantado a las cuatro de la mañana y parece mentira que siga siendo el mismo día. Lau está conmigo y tras un par de tragos más de ron nos pasamos a la fácil chicha. Lemond y Jordan prefieren el Cañita, Clev mezcla el guaro con Tang de naranja y Jimmy sorbe su Flor de Caña mientras de cuando en cuando se levanta a la ventana para atender a algún cliente nocturno. También Clev sale de la casa alguna vez para, intuyo, hacer negocios con la marihuana que inconscientemente le he financiado. En estas me reclama y para allá voy. Me pide nervioso que le haga un porro, que él no sabe, y le digo yo que para qué si él no fuma, o eso me dijo, y me responde que es para venderlo. Me asombro y le musito que debería vender la maría y que el porro se lo haga el cliente, qué cojones, que yo no soy su mano de obra. Pero me mira suplicante y termino accediendo mascullando que menuda estupidez venirse a una isla a hacerse porros para el personal. Me lo hago todo lo rápido que puedo en una esquina del porche, sintiéndome ridículo, estúpido y usado. Le doy el porro a Clev y le digo que no me vuelva a pedir ese favor, que no quiero que me involucre en sus negocios, que me da igual que no haya policía en la isla, que me parece más importante la sanción moral que puedan hacer sobre mí los rama que piensen que he venido a traerles droga, que me deje al margen, por favor. Como quien oye llover, me da una palmadita en el hombro y sale del porche para darle el porro a dos chavales que se lo encienden al revés, y yo me meto sin avisarles e importándome tres cojones que inhalen cartón. Me siento y le comento a Laura el tema, y que se me acaba de ocurrir que si de repente a estos tiarrones les diera por darnos de ostias, podrían simplemente hacer lo que quisieran con nosotros. Que somos dos contra 1.200. Que no creo que pase nada, pero que por poder, puede pasar. Que estamos un poco locos. Que parecen buena gente, pero que en realidad no lo sabemos, que al final y al cabo viven aislados y que quién sabe si lo que para nuestra occidental percepción es sintomático de gente de fiar aquí no sirve de nada. Lau me comenta que ella lo había pensado cuando veníamos en la panga, que nos estábamos metiendo en no sabíamos donde impulsados por nuestra jovial ilusión, pero que las mujeres tienen un sexto sentido para valorar el peligro de esta clase de situaciones, que es cuestión de supervivencia en mundos machistas, y que a ella no le daba la impresión de que nos fueran a hacer nada malo. Yo estoy con ella, pero en realidad no tenemos ni puta idea porque la intuición que en España nos puede servir de mecanismo de defensa, aquí puede ser tan útil como un mechero en una bañera. Es decir, en Madrid yo sé que andar por un callejón oscuro de Cuatro Caminos de madrugada puede resultar peligroso, pero qué carajo sé yo sobre estar en una isla rodeada de ramas que se están emborrachando. Pero conversamos sobre medicina, sobre que Jordan quiere ser epidemiólogo, qué lógica aplastante, sobre que Clev quiere volver a estudiar, que no lo hizo antes porque era demasiado tonto de joven y luego simplemente estuvo en la cárcel, y que acaba de hacer el examen de ingreso a cursos para auxiliar de laboratorio. Y que además el 21 de diciembre tiene una entrevista para trabajar en un call center de Claro en Managua, porque como sabe inglés, español, rama, miskito y algo de creole, es un trabajo a su alcance. Y hablando de todo eso se me despejan las dudas sobre la inseguridad, a pesar de que Lemond cada vez habla menos y bebe más, que Clev se tambalea en la silla y que Jimmy resopla cada vez que le mira salir a vender marihuana.
Laura tiene más capacidad para bromear con ellos que yo, absorto en mis pensamientos y divagaciones truculentas, pensando que un secuestro en una isla como ésta es digno de un relato de Stephen King, pero que soy yo y no el prolífico y simple escritor yanki el que tiene la historia. La santanderina hace reír a Jimmy y a Jordan, no así al impasible y mudo Lemond. El anfitrión, en respuesta a una broma de mi compañera, le va a dar un palmetazo en el muslo, pero de repente se corta, o eso me parece a mí, dejando caer la mano suave sobre la pierna de Laura. Es como si súbitamente se hubiera acordado de que es una mujer y que no puede tratarla como a un hombre, arcaísmos de su raza. Pero todo esto es a mis ojos, que los tengo ahora de escritor, buscando detalles para un relato siniestro que se dibuja en mi cabeza y que hace que me relama, pero sólo porque no sale de mi cabeza. Si saliera, si se cumpliera lo que mi encabritada imaginación pinta ante mí, estaríamos tremendamente jodidos. Lo que nos podría pasar... tengo una historia entre manos, por fin, después de tanto tiempo, y lo mejor es que es de ficción... por ahora. ¿Te imaginas que nos apalean, nos atan desnudos a una palmera y nos obligan a darles el número secreto de nuestra tarjeta de crédito, y allí nos dejan hasta saquearnos los ahorros, con nuestras familias siguiéndonos la pista y perdiéndola en un barrio de chabolas en Bluefields? ¿Te imaginas?
Un tanto ahogados por el ambiente, Lau y yo salimos al porche, donde Harby está con unos amigos. Nos piden tabaco, claro, y Lau y yo estamos por irnos cuando se apaga la música dentro y sale Clev con las botellas de alcohol pero sin decir nada. Justo pasa por delante un hombre de barba tupida y sombrero ridículo y llama a Clev para saludarle. Clev le dice que se vaya al cuerno, que no se ha acordado de él cuando estaba en la cárcel y que no le gusta la hipocresía, así que no le va a saludar. Harby azuza al transeúnte rechazado y éste se aleja sin saber qué decir. Clev nos dice que le gusta ser honesto aunque a veces duela, y que si alguien le demuestra desinterés, él le responderá con desinterés, aunque sean familia. Le digo que claro, que hay que ser sincero e ir de frente, aunque en realidad, una vez más, no sé de qué estoy hablando.
Pasamos Lau y yo adentro y les decimos a Jimmy, Jordan y Lemond que nos vamos, que estamos muy cansados y que mañana les volvemos a ver. Afuera Clev dice que se viene con nosotros y allí dejamos a Harby, que se ha hecho con la botella de chicha y fuma el Belmont que le he dado como si quisiera apurarlo en dos caladas. No hemos dado ni tres pasos en la noche de Rama Cay cuando Clev exclama que Jimmy se ha enfadado, que ha apagado la música porque creía que no nos gustaba y que nos hemos ido porque no estábamos a gusto. Le paro en seco y le digo que vayamos de vuelta a aclararlo, que sólo nos hemos ido porque estábamos cansados. Clev dice que sí, que es buena idea dejar las cosas en su sitio. Así que llamamos a Jimmy por la ventana y cuando se asoma le pregunto en inglés que qué pasa, que nosotros sólo nos íbamos porque estamos cansados. Hace gesto de cansancio y sale de la casa. Me cuenta que no sabe a quién creer, si a sus hermanos Jordan y Lemond o a nosotros. Le pregunto que de qué está hablando, que estoy perdido. Y Clev interviene hablando no sé qué en rama sobre el alcohol. Luego se pasa al inglés y dice que le gusta ser honesto, como ya me dijo a mí hace menos de diez minutos, que a él no le gusta beber con sus hermanos pequeños, que con Jimmy sí, pero no con Jordan y con Lemond, y que por eso ha cogido el alcohol. Jimmy se me queda mirando y yo le informo de que todo esto es nuevo para Laura y para mí, que nosotros nos íbamos porque estábamos cansados, no por nada de la música ni de líos entre hermanos, que se deberían quedar a hablarlo y nosotros nos vamos porque no pintamos nada. Pero Jimmy se sigue dirigiendo a mí, preguntándome si me parece bien que Clev hable así de sus hermanos pequeños, que qué hace, se fía de ellos que le han dicho que Clev les ha quitado el alcohol sin más, o si se fía de Clev que lo único que le preocupa es que sus hermanos pequeños se emborrachen. Y yo le digo que yo qué cojones sé, que no sé de qué va esto, que nos vamos a la cama y que ellos hablen como buenos hermanos. Clev, con una voz de borracho que ya no puede esconderse, vuelve a decir lo mismo, que siente mucho si el ser honesto duele, que quiere a sus hermanos pero le disgusta verlos beber, que no se enfade Jimmy por eso, que nosotros sólo estamos cansados y que no pretendía arrancar de las manos de nadie ninguna botella. Y Jimmy le responde lo que ya ha dicho, y Clev vuelve a repetirse, y Lau y yo de repente estamos metidos en un torbellino de acusaciones en un inglés cada vez más indescifrable. Sólo nos faltan unas palomitas y unos sillones para sentarnos y ver el partido de tenis, bola va, bola viene. Finalmente intervenimos Laura y yo por última vez tendiendo la mano a Jimmy y diciéndole que nos vamos a dormir, que sentimos todo lo que ha pasado pero que nosotros no tenemos nada que ver, y menos ahora que Jordan y Lemond se unen a la discusión mirando a su hermano Clev con la peor de las caras.
De vuelta a casa me doy cuenta de que no he visto tantas estrellas juntas en mi vida. Incluso yo diría que se puede distinguir la vía láctea, y las estrellas fugaces son tan habituales como en cualquier peli de dibujos animados. Yo estoy boquiabierto con eso y Clev y Lau hablan sobre lo que acaba de pasar. La magnificencia de la estrellas en un cielo limpio como el baño de la reina de Inglaterra me parece mucho más digna que una discusión terrenal que al final se reduce a quién iba más borracho como para malinterpretar qué. Llegamos a la casa, ocupo mi cama tapándome con una sabana fina y escondiendo mi pantalón con la cartera entre la pared y la cama, como si fuera un cachorro. Clev se queda fuera y cuando ya estamos en la cama empieza un recital de ruidos de todo tipo. Golpes en la pared, la puerta que se abre para que pase Clev, que se cierra tras él, luego se vuelve a abrir y pasa alguien que le susurra algo a Clev, y se cierra, y más golpes en la pared. Entiendo que la noche va a ser así de continuo, así que me mentalizo y me quedo dormido mucho antes de lo que suponía, que pegar ojo sobre una tabla dura y con una docena de borrachos justo ahí fuera no parece fácil. Pero como hice al llegar con la cuestión de cagar, el poder somático prevalece sobre la realidad de los sentidos y necesidades fisiológicas, y me duermo en condiciones en las que no lo haría ni un oso pardo en invierno.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
martes, 29 de diciembre de 2009
Diez días queriendo ser Caribe II - A Rama Cay con la familia McRea, y los tres primeros errores
Bajamos de la avioneta de dos hélices y el clima no es tan húmedo como esperaba. Aquí llueve el doble que en el Pacífico, donde se estrena ahora la época seca. En el Atlántico nica no saben lo que es una época seca, en todo caso conocen periodos en los que no hay huracanes o no llueve tanto. Seguimos a la escueta fila de pasajeros bajo un toldo y entramos en un edificio mínimo y de una sola planta que hace de aeropuerto de la capital del RAAS. Allí un gendarme nos pide el pasaporte. Apunta nuestros datos en una hoja de ingreso a la región. Nuestros nombres son los únicos que ocupan la lista. Al salir del edificio y en el párking, media docena de taxistas nos reclaman. Aceptamos y Martín es el encargado de adentrarnos en la ciudad. Es un tipo menudo, de pelo rizado y bigote más grande que la boca. Todos los taxis son Hyundais pequeños, y el suyo es negro y se diferencia del resto en que no tiene ni pegatinas ni adhesivos fosforescentes decorando su minúsculo coche. No lleva fuego y queremos fumar, así que por señas detiene a un taxi que llega al aeropuerto y su colega le termina tirando una caja de cerillas que nos quedamos. Le decimos que queremos ir al centro, a donde haya un hotel barato y seguro, y él lo tiene claro: La isleña, diez dólares por cabeza y ambiente tranquilo. Nos vale, claro, pues no sabemos nada y cualquier dato es bueno. Nos cuenta que tiene amigos europeos y que es voluntario de la Cruz Roja, lo cual nos tranquiliza a la hora de sospechar de él, pues venimos precavidos en cuanto a la inseguridad de Bluefields. Lo poco que veo de la ciudad tiene el encanto decadente que se le presupone a las ciudades cubanas. Casas de una sola planta, alguna de dos, y todas desconchadas pero pintadas de todos los colores posibles, calles resquebrajadas y estrechas, suciedad y mucha gente deambulando. La mayor parte de los coches son taxis y conducen como locos y usan la bocina casi tanto como el embrague. De repente Martín para y estamos ante el hotel. Se apea él primero y se adentra en el hostal buscándonos habitación. No sabemos si se llevará comisión por conseguirles clientes, pero desde luego conoce a la gente del hostal. Dice que nos espera para llevarnos al puerto, pues ya le hemos comentado nuestros planes de llegar a Rama Cay al día siguiente, que hacerlo en el acto parece precipitado. Dejamos las cosas en la habitación de dos camas, ducha, baño y tele por cable y dejamos que Martín nos siga haciendo de guía. Llegamos al puerto, que está bien cerca del hostal y empezamos a entender lo que es esta ciudad. Mercancías entrando y saliendo en coches y camionetas, pangas llevando y trayendo pasajeros a los destinos fijados entre los que no está Rama Cay porque no suele ir la suficiente gente como para establecer una ruta, vendedores ambulantes y algún pedigüeño, hordas de taxistas a la caza de los que arriban al muelle, pescadores desembarcando la carga de sus canoas a remo, y mucho negro y mulato, poca gente tostada al uso del Pacífico y, por supuesto, ni un solo blanco a excepción de Laura y yo. El ajetreo es constante y los sentidos no me dan abasto. Martín, de nuevo, nos hace de interlocutor con un panguero que responde a Pirrín. Una vez que le comenta nuestros planes, Martín se hace a un lado para que seamos nosotros los que debatamos precio y horario. Pirrín nos dice que como sólo nos llevaría a nosotros y que tendría que volver solo en caso de que nos quedemos en la isla por más de un día, el precio son 3.000 córdobas. Es carísimo, pero se excusa en que si volviésemos en el mismo día, sólo serían 1.500. Si fuésemos a quedarnos más días, sería el viaje de ida, volverse él solo, el viaje a por nosotros el día que le dijéramos, y el viaje de vuelta, y eso es mucha gasolina, dice. Si sólo permaneciésemos en la isla unas horas, él nos esperaría y sólo serían dos viajes, con lo que el precio es la mitad. Entendemos la lógica de su razonamiento y quedamos con él para el día siguiente a las siete de la mañana, en el mismo sitio, con su panga preparada y nuestra cartera algo esquilmada, pero ya con parte de nuestro proyecto en marcha. Pagamos a Martín algo más de lo convenido, que se ha portado bien, y decidimos darnos una vuelta por Bluefields, que es temprano y tenemos todo el día por delante.
Salimos del puerto y decidimos ir a la derecha en vez de a la izquierda, sin motivo alguno. Subimos por una calle donde nos para un hombre de unos treinta y cinco que nos saluda, nos pregunta de dónde somos y nos ofrece marihuana. No llevamos ni una hora en esta ciudad y ya nos ofrecen uno de los productos típicos. Rechazamos el negocio y el hombre se aleja y seguimos camino por un barrio alto donde abundan los negros jóvenes vestidos con camisetas de baloncesto, pantalones anchos y pañuelos cubriéndoles la cabeza o rastas al viento. Tienen pinta de chicos malos, pero eso es sólo para el occidental que no está acostumbrado a toparse con estos grupos, pues en esta ciudad el ochenta por ciento de los chavales visten, andan y hablan así. Nos miran con la curiosidad justa y algunos nos saludan, mientras que otros muestran el mismo interés que se le da al asfalto de la carretera. El ambiente nos gusta más que el del Pacífico, por el estilo de los negros, por el color de las casas, por los vericuetos que hacen las calles, porque hay un mar que explotan hasta casi matarlo y porque no hablan español. Aquí la mayoría son creoles, descendientes directos de los africanos traídos como esclavos por los ingleses en el S.XVII y tienen África en las venas y están orgullosos de ello. Los colores africanos, rojo, amarillo y verde, adornan las casas, las pulseras, los gorros y las camisetas de los oriundos del lugar. Bob Marley es dios y Lucky Dube suena en las casas. Ni rastro de la salsa, el merengue, la bachata y el reggaeton que inunda la costa Pacífica y el centro del país. La pequeña Jamaica empieza a desplegarse a nuestros ojos. Niños en los porches de las casas, con dientes blancos y piel oscura, desplegando sonrisas y abriendo mucho los ojos cuando pasamos cerca. Abuelos asomados a la ventana de sus casas cochambrosas, moviendo la cabeza cuando saludamos y cuchicheando cuando nos alejamos. Son las ocho de la mañana y el ritmo reggae o dancehall pelea con el sonido del mar para darle banda sonora a la costa Caribe. Los rótulos de cibercafés y talleres de pangas están pintados a mano sobre las paredes, y algún cartel de Toña anunciando donde hay un bar en el que entramos para descubrir una casa particular con las puertas abiertas y nadie a la vista. Seguimos el paseo y volvemos a la calle del hostal, que efectivamente está en el centro a tenor de la vida que hay en la calle. Es viernes por la mañana y los puestos callejeros de móviles, comida, tabaco, CDs de reggae, ropa y repuestos de electrodomésticos ocupan las aceras, por lo que los viandantes y los taxis ocupan la calzada. Bocinazos, gritos en lengua incomprensible y mucho mover de cuello al andar nos rodea y nos sentimos afortunados por estar aquí, en un sitio tan diferente de la colonial costa Pacífica de la que casi nos hemos aburrido. Laura abre el obturador y yo los ojos y la boca para contagiarme de un ritmo de vida que me está penetrando los huesos. Algún negro desarrapado nos para y nos tiende la mano y aquí no se saluda con el chocar de puños de la costa oeste. Aquí se da la mano y se retrae para enganchar dedos doblados y dejarlos ir. Y nos hablan en inglés y preguntan de dónde somos y siguen andando. La curiosidad y la simpatía puede más que las ganas de pedirnos dinero, de momento. Nos alejamos del caos organizado del centro y encaramos un parque con una estatua de seis esculturas sosteniendo una pila. Cada una representa una etnia: creoles, miskitos, ramas, garifonas, sumus y mestizos. Los ramas y los miskitos llevan un pescado, los garifonas una piña y a los otros tres no les vemos porque quedan al otro lado. Los bares están casi todos cerrados y por fin encontramos donde desayunar algo. Mientras lo hacemos vemos en la calle a un negro con rastas hasta el culo y se nos hace la boca agua, a Laura porque el tipo es atractivo, a mí porque sus andares me gustan, parsimoniosos, tranquilos, arrastrando los pies y sintiéndose África. Esto no ha hecho nada más que empezar. Terminamos el desayuno frugal y andamos hacia la otra punta de la ciudad, donde nos paramos en una venta a comprar una botella de agua. Antes de pagar una voz exclama a nuestra espalda 'qué calor hace hoy, ¿eh?', en español. Nos giramos y vemos a un tipo de tez oscurecida y afilada, pelo negro corto y polo Lacoste blanco. Respondo que sí, que estamos comprando agua para no morir deshidratados y ya él se siente triunfal para seguir con una conversación que creemos fútil pero nada más allá de la realidad. Como ya han hecho otros, nos pregunta de dónde somos, pero éste va más lejos y pregunta qué hacemos en Bluefields. Le comentamos nuestra intención de ir mañana a Rama Cay en panga desde el puerto y se le iluminan los ojos. 'Yo soy rama, soy de Rama Cay y mi papá tiene allá una casa de huéspedes. Hoy vamos mi hermano y yo en su panga hacia allá, si quieren venir con nosotros...'. Laura y yo nos miramos, entre desconfiados y sorprendidos. Le decimos que no sabemos, que ya hemos quedado con un panguero que nos lleva por 1.500 córdobas. Cleveland, que así se ha presentado, exclama que eso es muchísimo dinero, que si nos vamos con él y con su hermano Gerry sólo nos cobran lo que vale la gasolina del viaje de ida, 600 córdobas, y que además nos invita a comer a casa de su hermana, aquí en Bluefields, antes de salir para allá, que Gerry hasta las dos o las tres no arrancará el motor. Qué carajo, arriesguémonos. Aceptamos y nos conduce hacia casa de su hermana, saliendo de la calle y adentrándonos en un laberinto de casas puestas sin orden ni concierto a la vera de la bahía. Un pequeño camino asfaltado que se divide cientos de veces sirve de paseo para los habitantes de este barrio llamado Punta Fría. Pasamos por una venta donde saludan a Cleveland y nos miran con sorpresa. La gente con la que nos cruzamos saluda con un Ay a Clev y él responde con un Ey. Me dice que si hablo inglés y le digo que sí y entonces se arranca en el idioma sajón, que es el propio del lugar. Me cuenta que él es rama auténtico, que su padre es el pastor de la iglesia morava de Rama Cay, que mañana sábado 13 de diciembre hay fiesta de promoción de los alumnos de secundaria en la isla y que es un placer para él llevarnos allí. Que la isla está a 18 kilómetros en medio de la bahía, que viven del pescado y que por ser vacaciones estarán todos allí. Paro en una venta a comprar una botella de tres litros de CocaCola para la familia de la hermana de Clev, que ya que nos dan de comer pues algo habrá que llevar. Y por fin llegamos a una casa imposible de diferenciar del resto, muy cerca del mar, con un seudo puente hecho de tablas sueltas adentrándose en la bahía hasta donde están las pangas familiares. En la casa está la hermana y alguno de sus hijos e hijas, a saber: Aysha, de unos diez, Danaly, de unos catorce, Harby, de 18 y estudiante de ingeniería civil y Gerrald, de 17 y novato en la escuela de enfermería. Todos chapurrean algo de español menos Aysha. La casa tiene dos habitaciones, un saloncito con la tele en una esquina y la nevera en otra, y la cocina de leña al fondo, con el acceso al patio donde está el retrete y el lavadero. El marido y cuñado de Clev no está, que está pescando, y la hermana está preparando pescado para la comida por lo que le da reparo darnos la mano. En total en la casa viven ocho personas y me pregunto cómo lo hacen si duermen todos en dos habitaciones.
Damos buena cuenta de la Coca Cola mientras Cleveland nos dice que podríamos comprar algo más para la comida, en plan arroz y esas cosas. Claro, hombre, sin problema, que la hospitalidad no se paga con dinero... o sí, pues en vez de llevarnos de compras nos piden el dinero y ya lo comprarán ellos. Les damos 100 córdobas y Clev nos acompaña al hotel a recoger nuestras cosas, que estamos a tiempo de dejarlo libre sin pagar un córdoba. Nos acompañan Danaly y Aysha, que van hablando con Laura mientras yo abro camino con Clev. Me dice que lo mismo nos cobran algo los del hotel, que tiene que llamar a su hermano Jimmy, que está en la isla, para decirle que vamos para allá, que qué barbaridad lo que nos querían cobrar por ir a Rama Cay y que hemos tenido suerte de encontrarle. Le doy la razón, porque así lo creo, porque soy inocente, pero eso todavía no lo sé, y tanto es así que le anuncio que tengo que pasar por el cajero para pagarle los 600 córdobas del viaje en panga. Ese es, obvio, el primer error. Pero eso es algo que no sabes hasta que lo haces, porque yo soy de los que confían en la buena voluntad de las personas, sean pobres como ratas o ricos como el tío Gilito. Pero la realidad es que si Cleveland sabe que vamos con mucho dinero, la isla lo sabrá en cuanto toquemos su muelle. Pero si en la vida no cometes errores no sabes apreciar los aciertos.
En el hotel se sorprenden de nuestro éxito mañanero y no nos cobran, en el cajero saco el dinero que no pude sacar en Granada porque cumplí el límite diario en dólares, Laura llama a casa y Clev a su hermano Jimmy y las hermanas pequeñas se ríen de mí cuando salgo del hotel con el bañador puesto, que me las doy de previsor sabiendo que si viajaremos en panga me mojaré. Volvemos a la casa, donde ya han hecho la compra y donde nadie menciona la posibilidad de darnos las vueltas del dinero que les dejamos. Ya está Gerry allí, preparado para conducir la panga, pero todavía sin la gasolina, así que nos vamos Clev, él y yo de nuevo a la ciudad y esta vez con un bidón vacio. De camino me sugiere Clev que deberíamos de comprar algo de licor para los amigos de la isla, que mañana es la promoción y esas cosas. Yo acepto sin reparos, qué menos que convidar a algo a la familia que nos está acogiendo. Le pregunto que qué beben allá, y me responde que Cañita, que es un aguardiente. Me señala la tienda donde venden, le pregunto que cuánto compro y él opta por la botella más grande, y yo le repito que cuánto compro, que si una o dos botellas y él se ríe y me dice que decida yo, y yo voy de generoso por la vida y entro en la tienda solo y pido dos botellas grandes de Cañita y una de Flor de Caña para mí. Y ese es el comienzo del segundo error, que cualquier antropólogo sabe que llevar alcohol a una isla de indígenas es de todo menos una buena idea. Ya los ingleses empleaban el alcohol para someter a los miskitos, y ahora la diferencia es que yo no soy colonizador, ni ellos miskitos, ni voy acompañado de soldados armados y carabelas rápidas. Dice Ian Gibson que el nombre miskito viene de la palabra inglesa para mosquetón, pues los colonos ingleses armaron a esa etnia para que sometiera al resto, entre ellos a los ramas, a los que estuvieron a punto de exterminar.
Antes de volver a la casa y con el bidón lleno y el alcohol a mano, paramos en una tasca a tomarnos un litro de Toña que increíblemente pagan ellos, sospecho que con lo que les ha sobrado o de la gasolina o de la compra para la comida. Mientras damos buena cuenta de la cerveza me doy cuenta de que estoy cómodo en un lugar que no conozco, con gente que no conozco y estando más solo que Malinche sin Hernán Cortés.
Caminando hacia la casa me comenta Clev que en la isla no hay policía y que si quiero podemos comprar marihuana, que él no fuma pero que me puede coger algo si me place. Le digo que con el alcohol es suficiente y él se sonríe y noto cierta decepción en su mirada de ojos pequeños y oscuros. Su nariz de aguilucho me apunta de nuevo y me dice que le haga un favor, que le deje doscientos córdobas para comprar marihuana, que él la vende en la isla en dosis más pequeñas y sacándose beneficio y luego me devuelve mi inversión. Total, son unos siete euros, así que venga, ahí lo llevas. Le acompaño a cometer el crimen, despistando a su hermano Gerry, pues Clev no quiere que se entere. Le pregunto porqué y me confiesa que es que acaba de salir de la cárcel, para ser más exactos lleva 28 días en libertad, que le encerraron por venta de cocaína y que aunque le cayeron cinco años salió en tres y medio por buen comportamiento y colaboración con el Gobierno en tareas carcelarias tipo organizar concursos de pintura y demás. Bien, nuestro primer contacto en Bluefields es un expresidiario extraficante. Y claro, no quiere que se entere su hermano mayor porque le correría a ostias por ser tan imbécil como para volver a coger droga habiendo salido hace nada de la cárcel. Ay, señor, cómo lo hago que siempre me junto con lo peorcito, pero en fin, ya está hecho, el tipo parece buena gente y la aventura es la aventura, donde todo puede pasar. Nos metemos por una callejuela y llegamos a una casa en la que entramos y Cleveland grita Hello. Sale una mujer gorda de tetas caídas que se alegra de ver a Clev. Nos cuenta que su marido sigue en la cárcel, que no sabe cuando le soltarán pues entró con Clev, que ella también estuvo encarcelada y que no le ha pasado nada. Que la vida es así. Y todo lo dice riéndose, que desgracias sólo son las que tú haces que lo sean. Nos comunica que no tiene nada para vender, que deberíamos probar en la casa de Fulanito. Así que salimos y Clev me dice que le espere sentado en un lugar, y así lo hago, sopesando el hecho de que llevo dos botellas de licor y otra de ron, que estoy esperando a un hombre que no conozco y al que le he dado doscientas córdobas para que compre marihuana y la venda en la isla, tercer craso error. Cualquier antropólogo consumado me vociferaría por el alcohol, por el dinero y por supuesto por la maría. Pero yo sólo soy periodista, soy un niño de 28 años y tengo ganas de llegar a la isla. Aparece Clev a lo lejos corriendo y haciéndome señas con la boca para que me adentre en los callejones que llevan a casa de su hermana. Y es que parece que aquí las manos no se usan para apuntar nada, sólo la boca. Ponen morritos y los alargan hacia el lugar al que se refieren. Le pregunto que si todo ha ido bien, me dice que sí pero que había una policía registrando a la gente y que por eso venía corriendo. Le digo que se ande con cuidado, hombre, que 28 días en libertad no son nada, una menstruación, menos de un mes, lo que vive una gacela coja en la sabana africana. Aprecia mi preocupación pero no le da importancia, y yo le hago repetir que me devolverá mis 200 córdobas. Pero qué iluso soy.
De vuelta por fin a la casa me pregunta Laura que qué hemos estado haciendo para tardar tanto y le susurro lo que hemos hecho y se descojona de mí. Comemos un pescado exquisito llamado róbalo, acompañado de arroz, yuca y banano maduro. Laura ha tirado alguna foto a la familia y el cuñado de Clev, un hombre feo como un trol de cuento, está por ahí, deambulando en silencio y sin camiseta. Gerry prepara la panga y al terminar de comer nos vamos. Resulta que al final en la panga, aparte de Clev, Gerry, Lau y yo, vienen otros once adultos, dos niños y tres bebés. Me da la impresión de que les hemos pagado el viaje a todos. También se une finalmente Harby, con el que Lau ha hecho buenas migas y que salta a la panga en el último momento. Parece que ha tenido que convencer a su madre para que le dejase ir.
El motor no es muy potente y vamos despacito alejándonos de tierra firme, dejando atrás Punta Fría, que desde el mar se ve como un panal desordenado de casas que jamás aguantarían un huracán. Bluefields fue completamente devastado por el huracán Juana en 1988 y lo reconstruyeron, pero parece que no hicieron mucho caso del desastre porque cualquier otra tormenta tropical se llevaría Punta Fría por delante. El huracán Aida que pasó por aquí hace un mes no tocó Bluefields. Gerry, protegido del sol con un gorro típico de explorador, va peleándose con el motor, que hace amagos de pararse. Las señoras y sus hijos se cubren la cabeza con toallas y camisetas y Harbi, Clev y otra hermana de éste que yo no conocía nos van dando conversación. Que si queremos comer la comida típica de la isla, pues claro, hombre, queremos ser ramas por unos días. Que cuántos días nos quedaremos, pues unos cinco. Que si nos mareamos, no parece. Y así hasta que finalmente el motor dice basta y nos quedamos un rato a la deriva a menos de un kilómetro de Bluefields, justo debajo de los postes de electricidad que cruzan la bahía de punta a punta, erigiéndose sobre el agua como delgados colosos pintados de rojo y blanco. Pangas a vela (velas hechas de bolsas de basura) nos adelantan con sólo dos ocupantes. Pangas de motor rápido provocan algo de oleaje que mece nuestra embarcación, y Gerry abre el motor y hace de mecánico en el mar. Al final consigue arrancar de nuevo y seguimos a ritmo lento. Nos dicen que se tarda unas dos horas, que Rama Cay está a dieciocho kilómetros, que no hay policía ni nada, alguna venta y poco más, que todos son pescadores y que vamos a comer sopa de ostiones y pescado, y nosotros encantados que nos sale el gallopinto y el pollo por las orejas. Y yo sigo diciendo Rama Cay, como se escribe, y Laura y la hermana desconocida me corrigen sin cesar, pues se dice Rama Ki, en inglés.
Clev parece el cachondo de la familia, porque hablando en rama hace que todos se rían, y no es de nosotros. Comenta no sé qué de las cédulas de identidad, de lo difícil que es conseguir una y más cuando acabas de salir de la cárcel, de que este gobierno es una mierda y de que una vez volcó en una panga a vela cuando llevaba un equipo de música enorme a la isla. Muy halagüeño todo. Y de repente Gerry empieza a pasar una lona de plástico hacia adelante, desenrollándola para que nos tapemos la cabeza pues se acerca lluvia. Y es terminar de colocarla y chaparrón. Qué control de la meteorología. Así que así vamos todos menos Gerry, sacrificado conductor, agachados y cubiertos por una lona de plástico negra y el agua repicando sobre nuestras cabezas y colándose por agujeros, mojándonos como yo había previsto, aunque yo pensaba en agua salada. A los diez minutos deja de llover y volvemos a sacar la cabeza y vuelve a hacer sol, así es el Caribe, tierra de huracanas y lluvias torrenciales que luchan contra el sol. Pasamos Round Key, o Isla Redonda, un islote perfectamente circular y cubierto por completo de maleza y palmeras, como si fuera la cabeza de un gigante que hace pie en el fondo del mar y sólo deja la coronilla en superficie. Y a lo lejos la silueta de Rama Cay se empieza a dibujar. Es una isla alargada, con dos montículos a los lados unidos por una depresión. No parece muy grande y está casi a la misma distancia de los dos límites de la bahía, cuyos cabos terminan un poco más allá.
Amarramos por fin en un muelle que no es sino una diminuta cala en la isla, sin playa a la vista, con un rompeolas enano que encierra una lagunita de agua donde unos niños se bañan y juegan con un velero de juguete. Alguna canoa aguanta las embestidas del oleaje y hacemos pie a tierra y escalamos el montículo donde está la iglesia morava y la casa de la familia de Clev. Hemos llegado a la isla que era objetivo del viaje a eso de las cuatro de la tarde del mismo día en el que aterrizamos en Bluefields. Es un triunfo, o eso creemos, porque en realidad no hemos hecho sino dar el primer paso de esta carrera contrarreloj que nos hemos propuesto para hacer un mínimo estudio de lo que antaño fue una tribu y se resiste a dejar de serlo. Dos blancos en una isla de ramas, sin más autoridad que la de un párroco viejo y con el viento soplando fuerte las palmeras dobladas. Pero sonreímos.
Salimos del puerto y decidimos ir a la derecha en vez de a la izquierda, sin motivo alguno. Subimos por una calle donde nos para un hombre de unos treinta y cinco que nos saluda, nos pregunta de dónde somos y nos ofrece marihuana. No llevamos ni una hora en esta ciudad y ya nos ofrecen uno de los productos típicos. Rechazamos el negocio y el hombre se aleja y seguimos camino por un barrio alto donde abundan los negros jóvenes vestidos con camisetas de baloncesto, pantalones anchos y pañuelos cubriéndoles la cabeza o rastas al viento. Tienen pinta de chicos malos, pero eso es sólo para el occidental que no está acostumbrado a toparse con estos grupos, pues en esta ciudad el ochenta por ciento de los chavales visten, andan y hablan así. Nos miran con la curiosidad justa y algunos nos saludan, mientras que otros muestran el mismo interés que se le da al asfalto de la carretera. El ambiente nos gusta más que el del Pacífico, por el estilo de los negros, por el color de las casas, por los vericuetos que hacen las calles, porque hay un mar que explotan hasta casi matarlo y porque no hablan español. Aquí la mayoría son creoles, descendientes directos de los africanos traídos como esclavos por los ingleses en el S.XVII y tienen África en las venas y están orgullosos de ello. Los colores africanos, rojo, amarillo y verde, adornan las casas, las pulseras, los gorros y las camisetas de los oriundos del lugar. Bob Marley es dios y Lucky Dube suena en las casas. Ni rastro de la salsa, el merengue, la bachata y el reggaeton que inunda la costa Pacífica y el centro del país. La pequeña Jamaica empieza a desplegarse a nuestros ojos. Niños en los porches de las casas, con dientes blancos y piel oscura, desplegando sonrisas y abriendo mucho los ojos cuando pasamos cerca. Abuelos asomados a la ventana de sus casas cochambrosas, moviendo la cabeza cuando saludamos y cuchicheando cuando nos alejamos. Son las ocho de la mañana y el ritmo reggae o dancehall pelea con el sonido del mar para darle banda sonora a la costa Caribe. Los rótulos de cibercafés y talleres de pangas están pintados a mano sobre las paredes, y algún cartel de Toña anunciando donde hay un bar en el que entramos para descubrir una casa particular con las puertas abiertas y nadie a la vista. Seguimos el paseo y volvemos a la calle del hostal, que efectivamente está en el centro a tenor de la vida que hay en la calle. Es viernes por la mañana y los puestos callejeros de móviles, comida, tabaco, CDs de reggae, ropa y repuestos de electrodomésticos ocupan las aceras, por lo que los viandantes y los taxis ocupan la calzada. Bocinazos, gritos en lengua incomprensible y mucho mover de cuello al andar nos rodea y nos sentimos afortunados por estar aquí, en un sitio tan diferente de la colonial costa Pacífica de la que casi nos hemos aburrido. Laura abre el obturador y yo los ojos y la boca para contagiarme de un ritmo de vida que me está penetrando los huesos. Algún negro desarrapado nos para y nos tiende la mano y aquí no se saluda con el chocar de puños de la costa oeste. Aquí se da la mano y se retrae para enganchar dedos doblados y dejarlos ir. Y nos hablan en inglés y preguntan de dónde somos y siguen andando. La curiosidad y la simpatía puede más que las ganas de pedirnos dinero, de momento. Nos alejamos del caos organizado del centro y encaramos un parque con una estatua de seis esculturas sosteniendo una pila. Cada una representa una etnia: creoles, miskitos, ramas, garifonas, sumus y mestizos. Los ramas y los miskitos llevan un pescado, los garifonas una piña y a los otros tres no les vemos porque quedan al otro lado. Los bares están casi todos cerrados y por fin encontramos donde desayunar algo. Mientras lo hacemos vemos en la calle a un negro con rastas hasta el culo y se nos hace la boca agua, a Laura porque el tipo es atractivo, a mí porque sus andares me gustan, parsimoniosos, tranquilos, arrastrando los pies y sintiéndose África. Esto no ha hecho nada más que empezar. Terminamos el desayuno frugal y andamos hacia la otra punta de la ciudad, donde nos paramos en una venta a comprar una botella de agua. Antes de pagar una voz exclama a nuestra espalda 'qué calor hace hoy, ¿eh?', en español. Nos giramos y vemos a un tipo de tez oscurecida y afilada, pelo negro corto y polo Lacoste blanco. Respondo que sí, que estamos comprando agua para no morir deshidratados y ya él se siente triunfal para seguir con una conversación que creemos fútil pero nada más allá de la realidad. Como ya han hecho otros, nos pregunta de dónde somos, pero éste va más lejos y pregunta qué hacemos en Bluefields. Le comentamos nuestra intención de ir mañana a Rama Cay en panga desde el puerto y se le iluminan los ojos. 'Yo soy rama, soy de Rama Cay y mi papá tiene allá una casa de huéspedes. Hoy vamos mi hermano y yo en su panga hacia allá, si quieren venir con nosotros...'. Laura y yo nos miramos, entre desconfiados y sorprendidos. Le decimos que no sabemos, que ya hemos quedado con un panguero que nos lleva por 1.500 córdobas. Cleveland, que así se ha presentado, exclama que eso es muchísimo dinero, que si nos vamos con él y con su hermano Gerry sólo nos cobran lo que vale la gasolina del viaje de ida, 600 córdobas, y que además nos invita a comer a casa de su hermana, aquí en Bluefields, antes de salir para allá, que Gerry hasta las dos o las tres no arrancará el motor. Qué carajo, arriesguémonos. Aceptamos y nos conduce hacia casa de su hermana, saliendo de la calle y adentrándonos en un laberinto de casas puestas sin orden ni concierto a la vera de la bahía. Un pequeño camino asfaltado que se divide cientos de veces sirve de paseo para los habitantes de este barrio llamado Punta Fría. Pasamos por una venta donde saludan a Cleveland y nos miran con sorpresa. La gente con la que nos cruzamos saluda con un Ay a Clev y él responde con un Ey. Me dice que si hablo inglés y le digo que sí y entonces se arranca en el idioma sajón, que es el propio del lugar. Me cuenta que él es rama auténtico, que su padre es el pastor de la iglesia morava de Rama Cay, que mañana sábado 13 de diciembre hay fiesta de promoción de los alumnos de secundaria en la isla y que es un placer para él llevarnos allí. Que la isla está a 18 kilómetros en medio de la bahía, que viven del pescado y que por ser vacaciones estarán todos allí. Paro en una venta a comprar una botella de tres litros de CocaCola para la familia de la hermana de Clev, que ya que nos dan de comer pues algo habrá que llevar. Y por fin llegamos a una casa imposible de diferenciar del resto, muy cerca del mar, con un seudo puente hecho de tablas sueltas adentrándose en la bahía hasta donde están las pangas familiares. En la casa está la hermana y alguno de sus hijos e hijas, a saber: Aysha, de unos diez, Danaly, de unos catorce, Harby, de 18 y estudiante de ingeniería civil y Gerrald, de 17 y novato en la escuela de enfermería. Todos chapurrean algo de español menos Aysha. La casa tiene dos habitaciones, un saloncito con la tele en una esquina y la nevera en otra, y la cocina de leña al fondo, con el acceso al patio donde está el retrete y el lavadero. El marido y cuñado de Clev no está, que está pescando, y la hermana está preparando pescado para la comida por lo que le da reparo darnos la mano. En total en la casa viven ocho personas y me pregunto cómo lo hacen si duermen todos en dos habitaciones.
Damos buena cuenta de la Coca Cola mientras Cleveland nos dice que podríamos comprar algo más para la comida, en plan arroz y esas cosas. Claro, hombre, sin problema, que la hospitalidad no se paga con dinero... o sí, pues en vez de llevarnos de compras nos piden el dinero y ya lo comprarán ellos. Les damos 100 córdobas y Clev nos acompaña al hotel a recoger nuestras cosas, que estamos a tiempo de dejarlo libre sin pagar un córdoba. Nos acompañan Danaly y Aysha, que van hablando con Laura mientras yo abro camino con Clev. Me dice que lo mismo nos cobran algo los del hotel, que tiene que llamar a su hermano Jimmy, que está en la isla, para decirle que vamos para allá, que qué barbaridad lo que nos querían cobrar por ir a Rama Cay y que hemos tenido suerte de encontrarle. Le doy la razón, porque así lo creo, porque soy inocente, pero eso todavía no lo sé, y tanto es así que le anuncio que tengo que pasar por el cajero para pagarle los 600 córdobas del viaje en panga. Ese es, obvio, el primer error. Pero eso es algo que no sabes hasta que lo haces, porque yo soy de los que confían en la buena voluntad de las personas, sean pobres como ratas o ricos como el tío Gilito. Pero la realidad es que si Cleveland sabe que vamos con mucho dinero, la isla lo sabrá en cuanto toquemos su muelle. Pero si en la vida no cometes errores no sabes apreciar los aciertos.
En el hotel se sorprenden de nuestro éxito mañanero y no nos cobran, en el cajero saco el dinero que no pude sacar en Granada porque cumplí el límite diario en dólares, Laura llama a casa y Clev a su hermano Jimmy y las hermanas pequeñas se ríen de mí cuando salgo del hotel con el bañador puesto, que me las doy de previsor sabiendo que si viajaremos en panga me mojaré. Volvemos a la casa, donde ya han hecho la compra y donde nadie menciona la posibilidad de darnos las vueltas del dinero que les dejamos. Ya está Gerry allí, preparado para conducir la panga, pero todavía sin la gasolina, así que nos vamos Clev, él y yo de nuevo a la ciudad y esta vez con un bidón vacio. De camino me sugiere Clev que deberíamos de comprar algo de licor para los amigos de la isla, que mañana es la promoción y esas cosas. Yo acepto sin reparos, qué menos que convidar a algo a la familia que nos está acogiendo. Le pregunto que qué beben allá, y me responde que Cañita, que es un aguardiente. Me señala la tienda donde venden, le pregunto que cuánto compro y él opta por la botella más grande, y yo le repito que cuánto compro, que si una o dos botellas y él se ríe y me dice que decida yo, y yo voy de generoso por la vida y entro en la tienda solo y pido dos botellas grandes de Cañita y una de Flor de Caña para mí. Y ese es el comienzo del segundo error, que cualquier antropólogo sabe que llevar alcohol a una isla de indígenas es de todo menos una buena idea. Ya los ingleses empleaban el alcohol para someter a los miskitos, y ahora la diferencia es que yo no soy colonizador, ni ellos miskitos, ni voy acompañado de soldados armados y carabelas rápidas. Dice Ian Gibson que el nombre miskito viene de la palabra inglesa para mosquetón, pues los colonos ingleses armaron a esa etnia para que sometiera al resto, entre ellos a los ramas, a los que estuvieron a punto de exterminar.
Antes de volver a la casa y con el bidón lleno y el alcohol a mano, paramos en una tasca a tomarnos un litro de Toña que increíblemente pagan ellos, sospecho que con lo que les ha sobrado o de la gasolina o de la compra para la comida. Mientras damos buena cuenta de la cerveza me doy cuenta de que estoy cómodo en un lugar que no conozco, con gente que no conozco y estando más solo que Malinche sin Hernán Cortés.
Caminando hacia la casa me comenta Clev que en la isla no hay policía y que si quiero podemos comprar marihuana, que él no fuma pero que me puede coger algo si me place. Le digo que con el alcohol es suficiente y él se sonríe y noto cierta decepción en su mirada de ojos pequeños y oscuros. Su nariz de aguilucho me apunta de nuevo y me dice que le haga un favor, que le deje doscientos córdobas para comprar marihuana, que él la vende en la isla en dosis más pequeñas y sacándose beneficio y luego me devuelve mi inversión. Total, son unos siete euros, así que venga, ahí lo llevas. Le acompaño a cometer el crimen, despistando a su hermano Gerry, pues Clev no quiere que se entere. Le pregunto porqué y me confiesa que es que acaba de salir de la cárcel, para ser más exactos lleva 28 días en libertad, que le encerraron por venta de cocaína y que aunque le cayeron cinco años salió en tres y medio por buen comportamiento y colaboración con el Gobierno en tareas carcelarias tipo organizar concursos de pintura y demás. Bien, nuestro primer contacto en Bluefields es un expresidiario extraficante. Y claro, no quiere que se entere su hermano mayor porque le correría a ostias por ser tan imbécil como para volver a coger droga habiendo salido hace nada de la cárcel. Ay, señor, cómo lo hago que siempre me junto con lo peorcito, pero en fin, ya está hecho, el tipo parece buena gente y la aventura es la aventura, donde todo puede pasar. Nos metemos por una callejuela y llegamos a una casa en la que entramos y Cleveland grita Hello. Sale una mujer gorda de tetas caídas que se alegra de ver a Clev. Nos cuenta que su marido sigue en la cárcel, que no sabe cuando le soltarán pues entró con Clev, que ella también estuvo encarcelada y que no le ha pasado nada. Que la vida es así. Y todo lo dice riéndose, que desgracias sólo son las que tú haces que lo sean. Nos comunica que no tiene nada para vender, que deberíamos probar en la casa de Fulanito. Así que salimos y Clev me dice que le espere sentado en un lugar, y así lo hago, sopesando el hecho de que llevo dos botellas de licor y otra de ron, que estoy esperando a un hombre que no conozco y al que le he dado doscientas córdobas para que compre marihuana y la venda en la isla, tercer craso error. Cualquier antropólogo consumado me vociferaría por el alcohol, por el dinero y por supuesto por la maría. Pero yo sólo soy periodista, soy un niño de 28 años y tengo ganas de llegar a la isla. Aparece Clev a lo lejos corriendo y haciéndome señas con la boca para que me adentre en los callejones que llevan a casa de su hermana. Y es que parece que aquí las manos no se usan para apuntar nada, sólo la boca. Ponen morritos y los alargan hacia el lugar al que se refieren. Le pregunto que si todo ha ido bien, me dice que sí pero que había una policía registrando a la gente y que por eso venía corriendo. Le digo que se ande con cuidado, hombre, que 28 días en libertad no son nada, una menstruación, menos de un mes, lo que vive una gacela coja en la sabana africana. Aprecia mi preocupación pero no le da importancia, y yo le hago repetir que me devolverá mis 200 córdobas. Pero qué iluso soy.
De vuelta por fin a la casa me pregunta Laura que qué hemos estado haciendo para tardar tanto y le susurro lo que hemos hecho y se descojona de mí. Comemos un pescado exquisito llamado róbalo, acompañado de arroz, yuca y banano maduro. Laura ha tirado alguna foto a la familia y el cuñado de Clev, un hombre feo como un trol de cuento, está por ahí, deambulando en silencio y sin camiseta. Gerry prepara la panga y al terminar de comer nos vamos. Resulta que al final en la panga, aparte de Clev, Gerry, Lau y yo, vienen otros once adultos, dos niños y tres bebés. Me da la impresión de que les hemos pagado el viaje a todos. También se une finalmente Harby, con el que Lau ha hecho buenas migas y que salta a la panga en el último momento. Parece que ha tenido que convencer a su madre para que le dejase ir.
El motor no es muy potente y vamos despacito alejándonos de tierra firme, dejando atrás Punta Fría, que desde el mar se ve como un panal desordenado de casas que jamás aguantarían un huracán. Bluefields fue completamente devastado por el huracán Juana en 1988 y lo reconstruyeron, pero parece que no hicieron mucho caso del desastre porque cualquier otra tormenta tropical se llevaría Punta Fría por delante. El huracán Aida que pasó por aquí hace un mes no tocó Bluefields. Gerry, protegido del sol con un gorro típico de explorador, va peleándose con el motor, que hace amagos de pararse. Las señoras y sus hijos se cubren la cabeza con toallas y camisetas y Harbi, Clev y otra hermana de éste que yo no conocía nos van dando conversación. Que si queremos comer la comida típica de la isla, pues claro, hombre, queremos ser ramas por unos días. Que cuántos días nos quedaremos, pues unos cinco. Que si nos mareamos, no parece. Y así hasta que finalmente el motor dice basta y nos quedamos un rato a la deriva a menos de un kilómetro de Bluefields, justo debajo de los postes de electricidad que cruzan la bahía de punta a punta, erigiéndose sobre el agua como delgados colosos pintados de rojo y blanco. Pangas a vela (velas hechas de bolsas de basura) nos adelantan con sólo dos ocupantes. Pangas de motor rápido provocan algo de oleaje que mece nuestra embarcación, y Gerry abre el motor y hace de mecánico en el mar. Al final consigue arrancar de nuevo y seguimos a ritmo lento. Nos dicen que se tarda unas dos horas, que Rama Cay está a dieciocho kilómetros, que no hay policía ni nada, alguna venta y poco más, que todos son pescadores y que vamos a comer sopa de ostiones y pescado, y nosotros encantados que nos sale el gallopinto y el pollo por las orejas. Y yo sigo diciendo Rama Cay, como se escribe, y Laura y la hermana desconocida me corrigen sin cesar, pues se dice Rama Ki, en inglés.
Clev parece el cachondo de la familia, porque hablando en rama hace que todos se rían, y no es de nosotros. Comenta no sé qué de las cédulas de identidad, de lo difícil que es conseguir una y más cuando acabas de salir de la cárcel, de que este gobierno es una mierda y de que una vez volcó en una panga a vela cuando llevaba un equipo de música enorme a la isla. Muy halagüeño todo. Y de repente Gerry empieza a pasar una lona de plástico hacia adelante, desenrollándola para que nos tapemos la cabeza pues se acerca lluvia. Y es terminar de colocarla y chaparrón. Qué control de la meteorología. Así que así vamos todos menos Gerry, sacrificado conductor, agachados y cubiertos por una lona de plástico negra y el agua repicando sobre nuestras cabezas y colándose por agujeros, mojándonos como yo había previsto, aunque yo pensaba en agua salada. A los diez minutos deja de llover y volvemos a sacar la cabeza y vuelve a hacer sol, así es el Caribe, tierra de huracanas y lluvias torrenciales que luchan contra el sol. Pasamos Round Key, o Isla Redonda, un islote perfectamente circular y cubierto por completo de maleza y palmeras, como si fuera la cabeza de un gigante que hace pie en el fondo del mar y sólo deja la coronilla en superficie. Y a lo lejos la silueta de Rama Cay se empieza a dibujar. Es una isla alargada, con dos montículos a los lados unidos por una depresión. No parece muy grande y está casi a la misma distancia de los dos límites de la bahía, cuyos cabos terminan un poco más allá.
Amarramos por fin en un muelle que no es sino una diminuta cala en la isla, sin playa a la vista, con un rompeolas enano que encierra una lagunita de agua donde unos niños se bañan y juegan con un velero de juguete. Alguna canoa aguanta las embestidas del oleaje y hacemos pie a tierra y escalamos el montículo donde está la iglesia morava y la casa de la familia de Clev. Hemos llegado a la isla que era objetivo del viaje a eso de las cuatro de la tarde del mismo día en el que aterrizamos en Bluefields. Es un triunfo, o eso creemos, porque en realidad no hemos hecho sino dar el primer paso de esta carrera contrarreloj que nos hemos propuesto para hacer un mínimo estudio de lo que antaño fue una tribu y se resiste a dejar de serlo. Dos blancos en una isla de ramas, sin más autoridad que la de un párroco viejo y con el viento soplando fuerte las palmeras dobladas. Pero sonreímos.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Diez días queriendo ser Caribe I - Introducción
Ahora que la ONG se ha convertido en un campamento de verano, donde muchos follan con muchos y los otros beben lo que pueden y pasean y duermen y no hay gran cosa que hacer, Laura y yo decidimos irnos al Caribe nicaragüense. Ahora que el proyecto solidario está en un receso, toca llevar a cabo un proyecto personal, que para esos nunca hay descanso fijado en el calendario. Ahora que mi motivación va en descenso porque no hay mucho que hacer en La Prusia, porque no me siento útil haciendo nada, porque la energía e implicación de los voluntarios se reduce al Flor de Caña y a dormir hasta que el sol te deje, toca renovarse para volver a darle sentido a este viaje que empecé hace casi dos meses y que veo que va a llegar a su fin pronto a no ser que haga algo. Así que voy a hacerlo, y Laura está conmigo, armada con su cámara y con muchos carretes como munición. Nos vamos en busca de los ramas, indígenas de verdad, que hablan una lengua que también articulaban antes de que Cristo revolucionase el otro lado del mundo, que viven de la pesca y que fueron colonizados por los británicos y misioneros daneses dos siglos después de que los orgullosos españoles unieran el mundo de casualidad. Y yo al menos me voy en busca un poco de mí mismo, creyéndome periodista por fin y con un trabajo que hacer acorde con la profesión que estudié y en la que trabajé con desgana. Porque la desgana ha oscurecido muchos de mis días y ahora soplo con fuerza para espantar nubes que no descargan lluvia pero sí truenan.
El plan es llegar a Bluefields, capital de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) y denominada la pequeña Jamaica, y de ahí encontrar viaje a Rama Cay, la isla con la mayor población de ramas, una etnia en proceso de extinción. Dicen los libros que sólo quedan unos 1.500 ramas auténticos, y más de 1.000 viven en la isla. Imbuidos en antropología para principiantes, en fotografía de profesionales y en periodismo de campaña, hacemos un macuto ligero y planeamos en diez minutos una expedición que requiere de al menos tres días de estudio y preparación. Sopesamos la posibilidad de llegar de Granada a Bluefields por tierra. Sería en autobús hasta El Rama, final de la única carretera transitable que apunta al Caribe, y de ahí en panga siguiendo el curso de Río Escondido hasta la bahía de Bluefields, que tiene ese nombre en honor a Bleuveldt, pirata holandés que fue el primero en establecer una base de operaciones fija en ese lugar, pues vamos a tierra de piratas. Llegar a El Rama son unas seis horas en autobús escolar yanki, desechado por el primer mundo y aprovechado hasta la extenuación del motor por los nicas. Y de ahí, en panga, es decir, una lancha con capacidad para 20 personas e impulsada por un motor de 75 cc, por Río Escondido serían otras dos horas. Para un viaje de diez días, emplear ocho horas en llegar al destino se nos antoja una inversión excesiva de tiempo, así que tiramos de cartera y optamos por el avión. La Costeña es el único operador de vuelos nacionales en Nicaragua, bonito monopolio. Reservamos billete por teléfono, que en la página web tienen el sitio de reservas en construcción (conociendo el estilo nica, la puesta a punto de esa parte de la web puede finalizar el siglo que viene). El día 12 de diciembre, a las 6.30 de la mañana, un avión que no se merece ese nombre nos trasladará en un viaje de una hora de una punta de Nicaragua a la otra. Del Pacífico al Atlántico. De un océano a otro. De un país a otro, aunque la ausencia de frontera diga lo contrario. Tenemos el billete y tenemos las ganas, y poco más. Así que madrugamos lo indecible el día 12, llegamos al aeropuerto con más legañas que pupilas y hacemos cola en el mostrador de facturación, que aunque sólo llevamos equipaje de mano también es aquí donde se compran los billetes que reservamos. Y como es una avioneta lo que nos va a llevar por el cielo nica, nos tenemos que pesar en una vergonzosa báscula, no vaya a ser que seamos demasiado gordos y desnivelemos el cacharro. Nos quitan los mecheros, el repelente de mosquitos y las tijeras de uñas de Laura, por ser considerado todo ello como equipaje peligroso. Las uñas de mis pies bien podrían haber sido requisadas también, que el fuselaje del aeroplano lo mismo no aguanta el rascar de mis nerviosos miembros inferiores.
Somos los únicos gringos del avión. Volamos por debajo de las nubes, por lo que la orografía de este país se dibuja bajo nosotros. El Lago de Managua, los campos arados, alguna carretera y de repente todo se vuelve verde tupido. Al pasar el lago el país ha cambiado. Ya no hay casi cultivo, se ve algo de ganado y mucho bosque, y según nos acercamos al océano que sólo he visto desde Portugal y Canarias, los manglares se ríen de la tierra firme. Sobrevolando tan hostil geografía entiendo porqué los colonizadores españoles prefirieron bordear el Cabo de Hornos para entrar en Nicaragua antes que ir directamente por la costa atlántica. Entre los mosquitos y los pantanos y la selva, las armaduras de los soldados españoles se habrían podrido y asfixiado a los cuerpos que en teoría protegían. Sólo los piratas y corsarios ingleses tuvieron el valor de hacer tierra en esas condiciones un siglo después de que Colón y Cortés pasaran tan cerca. Así que aterrizamos en el aeródromo de Bluefields sabiéndonos españoles en tierra de ingleses.
Llegamos al punto de partida de nuestro inocente periplo con una sonrisa en la boca producto de la emoción que causa lo desconocido, la aventura y la juventud. Y a partir de ahí, sin horarios ni hoja de ruta, todo es posible. Nos han dicho que Bluefields es peligroso y que a Rama Cay no hay pangas, y no tenemos ningún otro lugar fijado en nuestro itinerario para cuando terminemos con la isla de los ramas. Es decir, nos hemos embarcado en una locura de diez días, una no demasiado meditada expedición que pocos de la costa del Pacífico han hecho. Y por eso tenemos el ego hinchado y el dinero bien escondido, como el río que decidimos no surcar por falta de tiempo.
El plan es llegar a Bluefields, capital de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) y denominada la pequeña Jamaica, y de ahí encontrar viaje a Rama Cay, la isla con la mayor población de ramas, una etnia en proceso de extinción. Dicen los libros que sólo quedan unos 1.500 ramas auténticos, y más de 1.000 viven en la isla. Imbuidos en antropología para principiantes, en fotografía de profesionales y en periodismo de campaña, hacemos un macuto ligero y planeamos en diez minutos una expedición que requiere de al menos tres días de estudio y preparación. Sopesamos la posibilidad de llegar de Granada a Bluefields por tierra. Sería en autobús hasta El Rama, final de la única carretera transitable que apunta al Caribe, y de ahí en panga siguiendo el curso de Río Escondido hasta la bahía de Bluefields, que tiene ese nombre en honor a Bleuveldt, pirata holandés que fue el primero en establecer una base de operaciones fija en ese lugar, pues vamos a tierra de piratas. Llegar a El Rama son unas seis horas en autobús escolar yanki, desechado por el primer mundo y aprovechado hasta la extenuación del motor por los nicas. Y de ahí, en panga, es decir, una lancha con capacidad para 20 personas e impulsada por un motor de 75 cc, por Río Escondido serían otras dos horas. Para un viaje de diez días, emplear ocho horas en llegar al destino se nos antoja una inversión excesiva de tiempo, así que tiramos de cartera y optamos por el avión. La Costeña es el único operador de vuelos nacionales en Nicaragua, bonito monopolio. Reservamos billete por teléfono, que en la página web tienen el sitio de reservas en construcción (conociendo el estilo nica, la puesta a punto de esa parte de la web puede finalizar el siglo que viene). El día 12 de diciembre, a las 6.30 de la mañana, un avión que no se merece ese nombre nos trasladará en un viaje de una hora de una punta de Nicaragua a la otra. Del Pacífico al Atlántico. De un océano a otro. De un país a otro, aunque la ausencia de frontera diga lo contrario. Tenemos el billete y tenemos las ganas, y poco más. Así que madrugamos lo indecible el día 12, llegamos al aeropuerto con más legañas que pupilas y hacemos cola en el mostrador de facturación, que aunque sólo llevamos equipaje de mano también es aquí donde se compran los billetes que reservamos. Y como es una avioneta lo que nos va a llevar por el cielo nica, nos tenemos que pesar en una vergonzosa báscula, no vaya a ser que seamos demasiado gordos y desnivelemos el cacharro. Nos quitan los mecheros, el repelente de mosquitos y las tijeras de uñas de Laura, por ser considerado todo ello como equipaje peligroso. Las uñas de mis pies bien podrían haber sido requisadas también, que el fuselaje del aeroplano lo mismo no aguanta el rascar de mis nerviosos miembros inferiores.
Somos los únicos gringos del avión. Volamos por debajo de las nubes, por lo que la orografía de este país se dibuja bajo nosotros. El Lago de Managua, los campos arados, alguna carretera y de repente todo se vuelve verde tupido. Al pasar el lago el país ha cambiado. Ya no hay casi cultivo, se ve algo de ganado y mucho bosque, y según nos acercamos al océano que sólo he visto desde Portugal y Canarias, los manglares se ríen de la tierra firme. Sobrevolando tan hostil geografía entiendo porqué los colonizadores españoles prefirieron bordear el Cabo de Hornos para entrar en Nicaragua antes que ir directamente por la costa atlántica. Entre los mosquitos y los pantanos y la selva, las armaduras de los soldados españoles se habrían podrido y asfixiado a los cuerpos que en teoría protegían. Sólo los piratas y corsarios ingleses tuvieron el valor de hacer tierra en esas condiciones un siglo después de que Colón y Cortés pasaran tan cerca. Así que aterrizamos en el aeródromo de Bluefields sabiéndonos españoles en tierra de ingleses.
Llegamos al punto de partida de nuestro inocente periplo con una sonrisa en la boca producto de la emoción que causa lo desconocido, la aventura y la juventud. Y a partir de ahí, sin horarios ni hoja de ruta, todo es posible. Nos han dicho que Bluefields es peligroso y que a Rama Cay no hay pangas, y no tenemos ningún otro lugar fijado en nuestro itinerario para cuando terminemos con la isla de los ramas. Es decir, nos hemos embarcado en una locura de diez días, una no demasiado meditada expedición que pocos de la costa del Pacífico han hecho. Y por eso tenemos el ego hinchado y el dinero bien escondido, como el río que decidimos no surcar por falta de tiempo.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Un médico murciano cantando a Sergio Dalma en un karaoke nicaraguense
24/11/09
Hoy me toca hacer la cena y voy a repetir las fajitas. Bajo prontito a Granada, a conectarme un rato y escribir. De ahí tiro hacia el Pali a comprar lo necesario para la única cena que he hecho aquí. De camino veo el primer atasco serio con el que me he encontrado en Granada. En la calle Atravesada, donde está el mercado y que es calle principal de esta ciudad colonial, un pick up que lleva un ataúd ocupado va en dirección contraria, con toda la comitiva del funeral tras él. Me quedo a mirar y escucho a uno de los transeúntes quejarse por el tráfico: "¡están haciendo esperar al muerto!". Lo dice en serio, no hay broma en la voz y nadie así lo interpreta. Me parece increíble que de verdad piensen que un muerto puede perder la paciencia por no llegar a tiempo a sepultura.
Hago la compra en un pis pas, ya soy amo y señor de este supermercado, y a la salida me encuentro con Terry, con el que charlo un rato, le digo que no hay nada que hacer con Lau, que no quiere novios, que yo tengo suerte con la alemana y que cómo va su tatuaje de La Parca. Él me llama pícaro por lo primero y me cuenta que justo mañana le colorean lo segundo. Me encuentra un taxi, cuyo conductor me dice que si no tengo prisa adelante, pues tiene que pasar antes por el Hospital Japón a dejar al hombre que ocupa el asiento del copiloto. Le digo que no hay problema, pero que no le pago más de 40 córdobas. Acepta el trato sin discutir y allá que nos vamos. Dejamos al hombre en el hospital y continuamos hasta La Prusia.
No hay nadie en casa excepto Klara, que de nuevo se ha vuelto pronto de la obra porque se encuentra débil, probablemente necesite reposo, sin más.
Al rato llega Jose, que vuelve de hacer su ronda ministerial. Esta vez se ha ido al Ministerio de Agricultura a ver si hay subvenciones para los agricultores sin recursos y a enterarse de qué hay que hacer para montar una cooperativa. Está motivado el antropólogo, que si ya de por sí es un gran tipo ahora se me descubre como un hombre con algo útil que poner en marcha en este lugar que necesita de cosas tangibles. El antropólogo que nunca fue inocente.
Las canadienses llegan de su viaje por León y las playas cercanas, que querían estar en la despedida de Ale y él las iba a poner falta si no llegaban a tiempo. Son la alegría de la huerta, y son canadienses, lo cual no sé si es que es común en ese nórdico país o simplemente es que son dos maravillosas personas, y Ale piensa lo mismo y sabe de lo necesarias que son para que una fiesta pase de ser divertida a ser la maldita bomba. Vienen solas, sin Haley, que es la canadiense que sería excepción si todas las canadienses son tan estupendas como Vane y Reanne. Nos cuentan que ha decidido seguir viaje sola hasta Chinandega, y todos estamos tan contentos de que esté lejos. De entre las anécdotas que cuentan de su viaje destaca que durmieron en un hotel rosoño donde ni siquiera los dueños podían creerse que se fueran a quedar una noche más, con murciélagos sobrevolando almohadas y todo tipo de bichos compartiendo colchón. Pero tenían unas vistas estupendas y les compensó, dejando boquiabiertos incluso a los regentes del lugar, que debían no haber tenido un solo huésped desde que construyeron ese estercolero.
Vanessa, sin saber lo que hace, nos cuenta que fueron al cine a ver 2012, la típica y penosa peli catastrofista, mala como el futuro que vaticina. Y Ben y Mitch se arrancan y mantienen la conversación más friki imaginable sobre el fin del mundo, que entusiastas intentan resolver problemas que ni Stephen Hawkins se atrevería a formular.
Porque hoy me visto de cocinero decido no bajar a la práctica de fútbol, que las fajitas son el alimento de 20 personas para esta noche, y además decidimos cenar antes pues hoy despedimos a Ale y vamos a salir por Granada, por mucho martes que sea.
Alba le saca el horóscopo maya a Cata, Lau y Ale, y Lau matiza el destino y la forma de ser que le descubre Alba, y tienen una conversación tipo qué piensas de mí y por qué crees que el horóscopo dice eso. Lau es serpiente autoexistente y Alba guerrero activo, y por las explicaciones de la bruja granadina, ha dado en el clavo: a las autoexistentes se les ve venir, no ocultan sentimientos, son transparentes para las emociones, y Lau es así, cuando algo le sienta mal, se le nota, y cuando se cree feliz, también. Alba es más como yo, reflexiva e insatisfecha, buscando respuestas sin saber las preguntas y dejándose llevar demasiado.
Llegan Pete y Eider de la obra, que se ha quedado a comer allí, jabata y comprometida con lo del tejado. La cosa ha estado movida. El Gato decía que con dos voluntarios le bastaba, y el muy iluso creía que eso era suficiente para colocar las vigas sobre el techo. Teniendo en cuenta que las vigas recorren longitudinalmente el edificio, es físicamente imposible que la suban hasta allá dos personas, así que han terminado todos los de la obra implicados (Pico incluido, eso es lo que pasa por elegir presupuestos bajos sin considerar porqué son bajos). La obra se ha quedado parada mientras todos hacían un trabajo que no les corresponde, y para más inri el Gato ha desaparecido dejándoles el marrón a ellos. Pete viene realmente cabreado por semejante eventualidad y Eider, que es un primor, se siente mal por haber dicho que sí a algo con lo que no puede, mira que es vasca, y mira que está dispuesta y predispuesta y es tan sol que se autoculpabiliza cuando el único culpable es El Gato.
Alba, viendo la tortura a la que me someten las lumbares se compadece y me da un masaje cojonudo. Me tiro todo lo largo que soy sobre la mesa y ella se sitúa en el banco. En un momento localiza el nudo que me limita y hace magia con las manos, provocando que yo vea las estrellas, pero es uno de esos dolores que sabes que te conducirán al placer, como cuando te quitan una muela picada. Después me enseña estiramientos que he de hacer antes y después de la obra y que por supuesto dejaré de practicar a los cuatro días, porque mi memoria es nula y mi vagancia extrema.
Soportando un dolor legítimo me pongo con la cena, siempre buscando los consejos de Monsieur Ortín, que recopila fotos para su marcha. Aparece Lau, que se había ido a dar clase de apoyo. Viene acompañada de una chica y unos niños y me anuncia a través del enrejado de la ventana, pues yo estoy dentro con los fogones y ella está fuera con todo lo demás, que la han invitado a un velatorio, y aunque cree que no podrá tirar fotos, ha aceptado en un momento de curiosidad antropológica (¿será el mismo muerto que viajaba en una pick up por Granada esta mañana?). Me ruega que le guarde una fajita, y cómo no, que fue ella que siempre mejor rehogar las verduras que dejarlas freirse. La chica que le ha invitado al velatorio me informa de que el muerto contaba en vida 20 años y se ahorco por un tema de faldas, porque la novia le dejó. Eso pasa en todas partes, pero en La Prusia me resulta curioso. Es como en España hace cincuenta años, cuando se casaba la gente más por atadura y compromiso y formar una familia que por el poco rentable para el matrimonio amor. Pero aquí también son románticos y son capaces de quitarse la vida por despecho. Como en cualquier parte del tercer mundo, los prusianos no son depresivos ni saben qué es el estrés, enfermedades occidentales donde las haya, aquí no conocen oportunidades y no tienen motivos para añorar ningún tipo de éxito, así que sí sorprende saber que son capaces de buscar la asfixia porque no les dejaban respirar al lado de quien compartió almohada durante más de una noche. Pienso que si el suicida era el mismo que iba en la pick up esta mañana es una grotesca paradoja que algunos pensaran que le estaban haciendo esperar para ser enterrado cuando en verdad tuvo prisa por matarse.
Fajitas para la peña y reunión en la que Eider y Pete sacan el tema del tejado y Judith reconoce que se ha equivocado, que efectivamente habría que contratar mano de obra en exclusiva para El Gato. Ben me suelta en un aparte que contratar el presupuesto más barato para una construcción es siempre un error. Y poco más que decir en la reunión, que las cenas se adelantan a las siete que para entonces ya estamos hambrientos y que mañana vendrá definitivamente el policía que pertenece al famoso comité de La Prusia que gestiona cosas como la seguridad y rifas y colectas de dinero para diferentes actividades. Tenía que haber venido hoy pero Scarlett, la mujer de Eduardo, el Guayo, el ladrón hipócrita, le preguntó a Marta cuando subía de sus últimas tareas de la tarde si había llamado al policía. Y Marta como si le hablara en japonés pues no sabía nada. Scarlett y el Guayo parece que están en el comité, manda huevos, es como meter un zorro a cuidar un gallinero. Así que el comité representado por un hombre de uniforme llegará mañana. Ni de lejos Pete tendrá la lista con los nombres de los integrantes del comité, por mucho que la doña se la prometiera.
Ben, Alba, Klara (jodida de la garganta pero resistiéndose a quedarse en casa) y Mitch tiramos millas andandito por el camino hacia Granada, en busca de la fiesta de despedida de un médico que ha llegado a ser mucho más que una bata y un fonendo. El resto de voluntarios bajan en taxi. A medio camino recogemos a Lau del velatorio, pues se ha hecho en la casa de la madre del suicida. Por ahí anda Alex, pero es que está toda La Prusia, con camisas negras y más sonrisas de las que cabría esperar en tan lúgubre ambiente. Noche sin luna y sin novio abandonado.
Lau nos relata que no sabía si tirar fotos hasta que vio a varios nicas empleando el móvil como cámara para inmortalizar la muerte. Nos dice que había muchísima gente, muchísimo jaleo, café y picos (pan dulce) y poco respeto a la parca. Incluso se ridiculizaba al muerto por la debilidad mostrada. El orgullo que crece de la testosterona impide sentir compasión por el enamorado ahorcado.
Cenamos en la Calzada, donde Ale tiene una urgencia, pues el que es médico lo es a todas horas y más en este país. Arantxa ha venido a buscarle pues Maikol tiene varicela.
En el Centralito vuelan las toñas y los flores de caña, Ale reaparece resoplando. Han dejado en un taxi a Maikol rumbo a casa del samaritano Chapu, que pasó la varicela y se quedará a cuidarle, pues nadie en este mundo cuidaría a un niño de la pega. Si se ahorcara como el otro, nadie acudiría a un velatorio por su alma.
Me pongo mano a mano con Ben en el arte de ingerir alcohol. El ron le suelta la lengua y empieza a contarme más de esas historias truculentas que me vuelven loco. Resulta que en su carrera de músico llegó a ser parte de un grupo conocido en Escocia, a donde huyó de los Estados Unidos para estudiar la carrera y vivir una vida que le habían negado. Pero su éxito musical llegó sobre todo en Polonia, pues el guitarrista era polaco, hijo de un mítico guitarra del país. Se llamaban Dark Past y hacían hard rock, y podían decir que de verdad vivían de la música. Me explica que en un país como Polonia es posible triunfar con la música, pues sus habitantes son grandes melómanos y respetan el ritmo. Pero el guitarrista se creyó Dios y si en septiembre iban a firmar con una productora alemana (tenían bolo de despedida en Escocia, la productora les iba a pagar el billete y el traslado de todo a Polonia), en mayo se fue al carajo, y el grupo se disolvió y Ben dejó de ganar dinero con la música y tuvo que vender la mejor batería que ha olido para venirse hasta aquí. Ha tardado dos meses en comerse y beberse su instrumento. "Man, talking about this I just realiced I'm drinking again as a musician". Este chaval tiene 24 años y cuenta historias de un hombre de cuarenta, pero me dice que es que los grandes músicos reventaron el listón del triunfo con 20 y pocos. Que estuvo cerca del sueño, y que ya fue la segunda vez, que en los Estates con Rusted Crowns (psicobilly and swing) también llegaron a ser alguien, teloneando al grupo de ska The Toasters, a los Murders Yankees, llegando a tocar con uno de los Ramones y con The kings of nothing, muy grandes en Boston. Besó el cielo dos veces, y las dos cayó en picado como las aves de presa, pero esta vez sin presa.
Se nos une Luis, un amigo nica de Ben, de los tiempos en los que el neuyorkino trabajaba para los sandinistas (cuando llegó Ben a Granada, la doña le dijo que no había hueco en la casa de voluntarios, así que durante un mes estuvo trabajando de albañil para otros hasta que por fin encontró una cama que ocupar en la casa azul).
Luis me cuenta melancólico que la novia le ha echado de casa, que la bolsa de plástico que lleva son sus pocas pertenencias y que acaba de llegar de Masaya donde ha estado recogiendo la naranja, pero la cosecha, por la sequía, no da para mucho y ya ha terminado. Vivía en Granada pero su novia le acusó de infiel y le ha echó. Es guapo y parece sincero, realmente afectado pero sonriendo, y se lleva muy bien con Ben, así que acepto pagarle un hostal para que no tenga que dormir en la calle con la posibilidad de que le roben lo poco que tiene. No tiene familia en esta ciudad ni donde caerse vivo para despertarse quién sabe si muerto. Le presto 40 córdobas que no son nada, me ha dado buen feeling y me fío de las amistades granadinas del bueno de Ben.
Nos vamos del Centralito sin pagar, pues Ale se ha hecho cargo de la cuenta. Vale, señor, pero el resto de la noche queda a nuestra cuenta, y el resto de la noche va a ser inolvidable.
Nos encaminos a Mi Tierra, donde terminamos agarrándonos todos, sin excepción, un pedo estupendo. Ale engancha el micrófono cuando el DJ anuncia que empieza el karaoke. Ale se desmarca como un enorme cantante, entonando perfecto Bailar pegados es bailar y Seré tu amante bandido, esta última acompañada de imágenes de Madrid en el proyector, la plaza de Colón de noche y una nostalgia que no esperaba recorriéndome las venas.

De izq. a dcha.: Cata, Marta, Reanne y Vanessa... de derecha a izquierda, dos canadienses borrachas, una murciana haciendo por no estarlo y una catalana maravillosamente pedo.
Ben y yo nos situamos en la barra para intentar convencer al camarero que semejante actuación de Ale se merece, por lo menos, por lo menos, una ronda gratis. No cuela, por supuesto, y cuando le digo a Ben que "no fucking way", una tía morena acomodada a nuestro lado nos pregunta si somos de los EEUU, por el "fucking", claro. Entabla conversación con nosotros y nos cuenta que es de Alaska, por muy morena que tenga la piel. A Ben se le hacen los ojos chiribitas hasta que ella menciona algo de su novio, que de la nada aparece para situarse detrás de ella y hacerla suya con los brazos, mirándonos suspicaz. Al segundo y medio pasamos de ellos y volvemos con los nuestros, con Ben despotricando que no hay peor idea que viajar con un novio que no te deja hacer amigos, carajo, que se va a perder lo mejor de un viaje por hacerlo acompañada de un cromañón. Mi amigo neuyorkino lleva un pedo en exceso gracioso y habría sido capaz de cualquier cosa por arrancarle un muerdo a la de Alaska, y sus planes se han ido al garete y me ofrece chupitos de ron para superar el absurdo.
Mitch vuelve a quedarse dormido como el finde en el que nos quedamos Klara y yo en el hotel, y éstos vuelven a hacerse las míticas fotos con él.

Los nicas que le toman el relevo a Ale con el micrófono no saben cantar, así que mejor que no canten que están espantando hasta a los mosquitos. El karaoke se termina y vuelve el bailoteo. Ocupamos la pista más borrachos que otra cosa, bailando lo que queremos aunque no tenga nada que ver con lo que sale de los bafles. Estamos etílicos y contentos, despidiendo a nuestro médico showman y llenando Mi Tierra, pues es martes y nunca se esperaron los dueños que pudieran hacer negocio un día como hoy. Ben y yo nos prometemos que mañana estaremos en la obra dándolo todo, sabiendo que nos estamos mintiendo.
El indio y sus colegas molones artesanos andan por ahí, con el mismo de siempre tirándole a Klara, otro consiguiendo el objetivo con Alba y otro más allá con, oh la la, Cata, que está que se sale y no quiere dormir sola una noche de martes que es cualquier cosa menos una noche de martes. Nos retiramos a las cuatro, borrachos como cubas y soportando un sablazo considerable en el Mi Tierra, pues estamos convencidos de que sí, las botellas de Flor de Caña que aparecen en la manoseada cuenta son las que nos hemos pimplado, pero que ni de lejos han caído las 15 Toñas que anuncia la dolorosa, pues a cervezas sólo estaban Alba, Jose y Cata. Salimos a trompicones y sin descalabrarnos por las escaleras de milagro.

Jose con una camiseta mía, Ben intentando peinarse unos pelos inamovibles, Klara mirando sin mirar, Vanessa pidiendo más, y Alba enseñándole algunos pasos al somnoliento Mitch.
Los seis más avezados nos apretamos en el primer taxi que encontramos, con Mitch despierto por fin, Klara durmiéndose en el acto sobre mi hombro, Alba parlanchina, Marta moribunda y Reanne haciendo de la ventana un escaparate. El resto vendrán detrás en más taxis, o eso creemos. Bueno, todos menos Cata, que se aleja calle abajo de la mano de un nica que va a probar el sabor de la pequeña catalana.
Alcanzamos nuestro objetivo, pagamos al taxista que no puede haberse cachondeado más de nuestra borrachera de entre semana y caemos cada uno en su cama, menos yo que ocupo una que no es mía, sólo para dormir, o para intentarlo, aunque si por mí fuera seguiría sudando, esta vez no por bailar.
Hoy me toca hacer la cena y voy a repetir las fajitas. Bajo prontito a Granada, a conectarme un rato y escribir. De ahí tiro hacia el Pali a comprar lo necesario para la única cena que he hecho aquí. De camino veo el primer atasco serio con el que me he encontrado en Granada. En la calle Atravesada, donde está el mercado y que es calle principal de esta ciudad colonial, un pick up que lleva un ataúd ocupado va en dirección contraria, con toda la comitiva del funeral tras él. Me quedo a mirar y escucho a uno de los transeúntes quejarse por el tráfico: "¡están haciendo esperar al muerto!". Lo dice en serio, no hay broma en la voz y nadie así lo interpreta. Me parece increíble que de verdad piensen que un muerto puede perder la paciencia por no llegar a tiempo a sepultura.
Hago la compra en un pis pas, ya soy amo y señor de este supermercado, y a la salida me encuentro con Terry, con el que charlo un rato, le digo que no hay nada que hacer con Lau, que no quiere novios, que yo tengo suerte con la alemana y que cómo va su tatuaje de La Parca. Él me llama pícaro por lo primero y me cuenta que justo mañana le colorean lo segundo. Me encuentra un taxi, cuyo conductor me dice que si no tengo prisa adelante, pues tiene que pasar antes por el Hospital Japón a dejar al hombre que ocupa el asiento del copiloto. Le digo que no hay problema, pero que no le pago más de 40 córdobas. Acepta el trato sin discutir y allá que nos vamos. Dejamos al hombre en el hospital y continuamos hasta La Prusia.
No hay nadie en casa excepto Klara, que de nuevo se ha vuelto pronto de la obra porque se encuentra débil, probablemente necesite reposo, sin más.
Al rato llega Jose, que vuelve de hacer su ronda ministerial. Esta vez se ha ido al Ministerio de Agricultura a ver si hay subvenciones para los agricultores sin recursos y a enterarse de qué hay que hacer para montar una cooperativa. Está motivado el antropólogo, que si ya de por sí es un gran tipo ahora se me descubre como un hombre con algo útil que poner en marcha en este lugar que necesita de cosas tangibles. El antropólogo que nunca fue inocente.
Las canadienses llegan de su viaje por León y las playas cercanas, que querían estar en la despedida de Ale y él las iba a poner falta si no llegaban a tiempo. Son la alegría de la huerta, y son canadienses, lo cual no sé si es que es común en ese nórdico país o simplemente es que son dos maravillosas personas, y Ale piensa lo mismo y sabe de lo necesarias que son para que una fiesta pase de ser divertida a ser la maldita bomba. Vienen solas, sin Haley, que es la canadiense que sería excepción si todas las canadienses son tan estupendas como Vane y Reanne. Nos cuentan que ha decidido seguir viaje sola hasta Chinandega, y todos estamos tan contentos de que esté lejos. De entre las anécdotas que cuentan de su viaje destaca que durmieron en un hotel rosoño donde ni siquiera los dueños podían creerse que se fueran a quedar una noche más, con murciélagos sobrevolando almohadas y todo tipo de bichos compartiendo colchón. Pero tenían unas vistas estupendas y les compensó, dejando boquiabiertos incluso a los regentes del lugar, que debían no haber tenido un solo huésped desde que construyeron ese estercolero.
Vanessa, sin saber lo que hace, nos cuenta que fueron al cine a ver 2012, la típica y penosa peli catastrofista, mala como el futuro que vaticina. Y Ben y Mitch se arrancan y mantienen la conversación más friki imaginable sobre el fin del mundo, que entusiastas intentan resolver problemas que ni Stephen Hawkins se atrevería a formular.
Porque hoy me visto de cocinero decido no bajar a la práctica de fútbol, que las fajitas son el alimento de 20 personas para esta noche, y además decidimos cenar antes pues hoy despedimos a Ale y vamos a salir por Granada, por mucho martes que sea.
Alba le saca el horóscopo maya a Cata, Lau y Ale, y Lau matiza el destino y la forma de ser que le descubre Alba, y tienen una conversación tipo qué piensas de mí y por qué crees que el horóscopo dice eso. Lau es serpiente autoexistente y Alba guerrero activo, y por las explicaciones de la bruja granadina, ha dado en el clavo: a las autoexistentes se les ve venir, no ocultan sentimientos, son transparentes para las emociones, y Lau es así, cuando algo le sienta mal, se le nota, y cuando se cree feliz, también. Alba es más como yo, reflexiva e insatisfecha, buscando respuestas sin saber las preguntas y dejándose llevar demasiado.
Llegan Pete y Eider de la obra, que se ha quedado a comer allí, jabata y comprometida con lo del tejado. La cosa ha estado movida. El Gato decía que con dos voluntarios le bastaba, y el muy iluso creía que eso era suficiente para colocar las vigas sobre el techo. Teniendo en cuenta que las vigas recorren longitudinalmente el edificio, es físicamente imposible que la suban hasta allá dos personas, así que han terminado todos los de la obra implicados (Pico incluido, eso es lo que pasa por elegir presupuestos bajos sin considerar porqué son bajos). La obra se ha quedado parada mientras todos hacían un trabajo que no les corresponde, y para más inri el Gato ha desaparecido dejándoles el marrón a ellos. Pete viene realmente cabreado por semejante eventualidad y Eider, que es un primor, se siente mal por haber dicho que sí a algo con lo que no puede, mira que es vasca, y mira que está dispuesta y predispuesta y es tan sol que se autoculpabiliza cuando el único culpable es El Gato.
Alba, viendo la tortura a la que me someten las lumbares se compadece y me da un masaje cojonudo. Me tiro todo lo largo que soy sobre la mesa y ella se sitúa en el banco. En un momento localiza el nudo que me limita y hace magia con las manos, provocando que yo vea las estrellas, pero es uno de esos dolores que sabes que te conducirán al placer, como cuando te quitan una muela picada. Después me enseña estiramientos que he de hacer antes y después de la obra y que por supuesto dejaré de practicar a los cuatro días, porque mi memoria es nula y mi vagancia extrema.
Soportando un dolor legítimo me pongo con la cena, siempre buscando los consejos de Monsieur Ortín, que recopila fotos para su marcha. Aparece Lau, que se había ido a dar clase de apoyo. Viene acompañada de una chica y unos niños y me anuncia a través del enrejado de la ventana, pues yo estoy dentro con los fogones y ella está fuera con todo lo demás, que la han invitado a un velatorio, y aunque cree que no podrá tirar fotos, ha aceptado en un momento de curiosidad antropológica (¿será el mismo muerto que viajaba en una pick up por Granada esta mañana?). Me ruega que le guarde una fajita, y cómo no, que fue ella que siempre mejor rehogar las verduras que dejarlas freirse. La chica que le ha invitado al velatorio me informa de que el muerto contaba en vida 20 años y se ahorco por un tema de faldas, porque la novia le dejó. Eso pasa en todas partes, pero en La Prusia me resulta curioso. Es como en España hace cincuenta años, cuando se casaba la gente más por atadura y compromiso y formar una familia que por el poco rentable para el matrimonio amor. Pero aquí también son románticos y son capaces de quitarse la vida por despecho. Como en cualquier parte del tercer mundo, los prusianos no son depresivos ni saben qué es el estrés, enfermedades occidentales donde las haya, aquí no conocen oportunidades y no tienen motivos para añorar ningún tipo de éxito, así que sí sorprende saber que son capaces de buscar la asfixia porque no les dejaban respirar al lado de quien compartió almohada durante más de una noche. Pienso que si el suicida era el mismo que iba en la pick up esta mañana es una grotesca paradoja que algunos pensaran que le estaban haciendo esperar para ser enterrado cuando en verdad tuvo prisa por matarse.
Fajitas para la peña y reunión en la que Eider y Pete sacan el tema del tejado y Judith reconoce que se ha equivocado, que efectivamente habría que contratar mano de obra en exclusiva para El Gato. Ben me suelta en un aparte que contratar el presupuesto más barato para una construcción es siempre un error. Y poco más que decir en la reunión, que las cenas se adelantan a las siete que para entonces ya estamos hambrientos y que mañana vendrá definitivamente el policía que pertenece al famoso comité de La Prusia que gestiona cosas como la seguridad y rifas y colectas de dinero para diferentes actividades. Tenía que haber venido hoy pero Scarlett, la mujer de Eduardo, el Guayo, el ladrón hipócrita, le preguntó a Marta cuando subía de sus últimas tareas de la tarde si había llamado al policía. Y Marta como si le hablara en japonés pues no sabía nada. Scarlett y el Guayo parece que están en el comité, manda huevos, es como meter un zorro a cuidar un gallinero. Así que el comité representado por un hombre de uniforme llegará mañana. Ni de lejos Pete tendrá la lista con los nombres de los integrantes del comité, por mucho que la doña se la prometiera.
Ben, Alba, Klara (jodida de la garganta pero resistiéndose a quedarse en casa) y Mitch tiramos millas andandito por el camino hacia Granada, en busca de la fiesta de despedida de un médico que ha llegado a ser mucho más que una bata y un fonendo. El resto de voluntarios bajan en taxi. A medio camino recogemos a Lau del velatorio, pues se ha hecho en la casa de la madre del suicida. Por ahí anda Alex, pero es que está toda La Prusia, con camisas negras y más sonrisas de las que cabría esperar en tan lúgubre ambiente. Noche sin luna y sin novio abandonado.
Lau nos relata que no sabía si tirar fotos hasta que vio a varios nicas empleando el móvil como cámara para inmortalizar la muerte. Nos dice que había muchísima gente, muchísimo jaleo, café y picos (pan dulce) y poco respeto a la parca. Incluso se ridiculizaba al muerto por la debilidad mostrada. El orgullo que crece de la testosterona impide sentir compasión por el enamorado ahorcado.
Cenamos en la Calzada, donde Ale tiene una urgencia, pues el que es médico lo es a todas horas y más en este país. Arantxa ha venido a buscarle pues Maikol tiene varicela.
En el Centralito vuelan las toñas y los flores de caña, Ale reaparece resoplando. Han dejado en un taxi a Maikol rumbo a casa del samaritano Chapu, que pasó la varicela y se quedará a cuidarle, pues nadie en este mundo cuidaría a un niño de la pega. Si se ahorcara como el otro, nadie acudiría a un velatorio por su alma.
Me pongo mano a mano con Ben en el arte de ingerir alcohol. El ron le suelta la lengua y empieza a contarme más de esas historias truculentas que me vuelven loco. Resulta que en su carrera de músico llegó a ser parte de un grupo conocido en Escocia, a donde huyó de los Estados Unidos para estudiar la carrera y vivir una vida que le habían negado. Pero su éxito musical llegó sobre todo en Polonia, pues el guitarrista era polaco, hijo de un mítico guitarra del país. Se llamaban Dark Past y hacían hard rock, y podían decir que de verdad vivían de la música. Me explica que en un país como Polonia es posible triunfar con la música, pues sus habitantes son grandes melómanos y respetan el ritmo. Pero el guitarrista se creyó Dios y si en septiembre iban a firmar con una productora alemana (tenían bolo de despedida en Escocia, la productora les iba a pagar el billete y el traslado de todo a Polonia), en mayo se fue al carajo, y el grupo se disolvió y Ben dejó de ganar dinero con la música y tuvo que vender la mejor batería que ha olido para venirse hasta aquí. Ha tardado dos meses en comerse y beberse su instrumento. "Man, talking about this I just realiced I'm drinking again as a musician". Este chaval tiene 24 años y cuenta historias de un hombre de cuarenta, pero me dice que es que los grandes músicos reventaron el listón del triunfo con 20 y pocos. Que estuvo cerca del sueño, y que ya fue la segunda vez, que en los Estates con Rusted Crowns (psicobilly and swing) también llegaron a ser alguien, teloneando al grupo de ska The Toasters, a los Murders Yankees, llegando a tocar con uno de los Ramones y con The kings of nothing, muy grandes en Boston. Besó el cielo dos veces, y las dos cayó en picado como las aves de presa, pero esta vez sin presa.
Se nos une Luis, un amigo nica de Ben, de los tiempos en los que el neuyorkino trabajaba para los sandinistas (cuando llegó Ben a Granada, la doña le dijo que no había hueco en la casa de voluntarios, así que durante un mes estuvo trabajando de albañil para otros hasta que por fin encontró una cama que ocupar en la casa azul).
Luis me cuenta melancólico que la novia le ha echado de casa, que la bolsa de plástico que lleva son sus pocas pertenencias y que acaba de llegar de Masaya donde ha estado recogiendo la naranja, pero la cosecha, por la sequía, no da para mucho y ya ha terminado. Vivía en Granada pero su novia le acusó de infiel y le ha echó. Es guapo y parece sincero, realmente afectado pero sonriendo, y se lleva muy bien con Ben, así que acepto pagarle un hostal para que no tenga que dormir en la calle con la posibilidad de que le roben lo poco que tiene. No tiene familia en esta ciudad ni donde caerse vivo para despertarse quién sabe si muerto. Le presto 40 córdobas que no son nada, me ha dado buen feeling y me fío de las amistades granadinas del bueno de Ben.
Nos vamos del Centralito sin pagar, pues Ale se ha hecho cargo de la cuenta. Vale, señor, pero el resto de la noche queda a nuestra cuenta, y el resto de la noche va a ser inolvidable.
Nos encaminos a Mi Tierra, donde terminamos agarrándonos todos, sin excepción, un pedo estupendo. Ale engancha el micrófono cuando el DJ anuncia que empieza el karaoke. Ale se desmarca como un enorme cantante, entonando perfecto Bailar pegados es bailar y Seré tu amante bandido, esta última acompañada de imágenes de Madrid en el proyector, la plaza de Colón de noche y una nostalgia que no esperaba recorriéndome las venas.
De izq. a dcha.: Cata, Marta, Reanne y Vanessa... de derecha a izquierda, dos canadienses borrachas, una murciana haciendo por no estarlo y una catalana maravillosamente pedo.
Ben y yo nos situamos en la barra para intentar convencer al camarero que semejante actuación de Ale se merece, por lo menos, por lo menos, una ronda gratis. No cuela, por supuesto, y cuando le digo a Ben que "no fucking way", una tía morena acomodada a nuestro lado nos pregunta si somos de los EEUU, por el "fucking", claro. Entabla conversación con nosotros y nos cuenta que es de Alaska, por muy morena que tenga la piel. A Ben se le hacen los ojos chiribitas hasta que ella menciona algo de su novio, que de la nada aparece para situarse detrás de ella y hacerla suya con los brazos, mirándonos suspicaz. Al segundo y medio pasamos de ellos y volvemos con los nuestros, con Ben despotricando que no hay peor idea que viajar con un novio que no te deja hacer amigos, carajo, que se va a perder lo mejor de un viaje por hacerlo acompañada de un cromañón. Mi amigo neuyorkino lleva un pedo en exceso gracioso y habría sido capaz de cualquier cosa por arrancarle un muerdo a la de Alaska, y sus planes se han ido al garete y me ofrece chupitos de ron para superar el absurdo.
Mitch vuelve a quedarse dormido como el finde en el que nos quedamos Klara y yo en el hotel, y éstos vuelven a hacerse las míticas fotos con él.
Los nicas que le toman el relevo a Ale con el micrófono no saben cantar, así que mejor que no canten que están espantando hasta a los mosquitos. El karaoke se termina y vuelve el bailoteo. Ocupamos la pista más borrachos que otra cosa, bailando lo que queremos aunque no tenga nada que ver con lo que sale de los bafles. Estamos etílicos y contentos, despidiendo a nuestro médico showman y llenando Mi Tierra, pues es martes y nunca se esperaron los dueños que pudieran hacer negocio un día como hoy. Ben y yo nos prometemos que mañana estaremos en la obra dándolo todo, sabiendo que nos estamos mintiendo.
El indio y sus colegas molones artesanos andan por ahí, con el mismo de siempre tirándole a Klara, otro consiguiendo el objetivo con Alba y otro más allá con, oh la la, Cata, que está que se sale y no quiere dormir sola una noche de martes que es cualquier cosa menos una noche de martes. Nos retiramos a las cuatro, borrachos como cubas y soportando un sablazo considerable en el Mi Tierra, pues estamos convencidos de que sí, las botellas de Flor de Caña que aparecen en la manoseada cuenta son las que nos hemos pimplado, pero que ni de lejos han caído las 15 Toñas que anuncia la dolorosa, pues a cervezas sólo estaban Alba, Jose y Cata. Salimos a trompicones y sin descalabrarnos por las escaleras de milagro.
Jose con una camiseta mía, Ben intentando peinarse unos pelos inamovibles, Klara mirando sin mirar, Vanessa pidiendo más, y Alba enseñándole algunos pasos al somnoliento Mitch.
Los seis más avezados nos apretamos en el primer taxi que encontramos, con Mitch despierto por fin, Klara durmiéndose en el acto sobre mi hombro, Alba parlanchina, Marta moribunda y Reanne haciendo de la ventana un escaparate. El resto vendrán detrás en más taxis, o eso creemos. Bueno, todos menos Cata, que se aleja calle abajo de la mano de un nica que va a probar el sabor de la pequeña catalana.
Alcanzamos nuestro objetivo, pagamos al taxista que no puede haberse cachondeado más de nuestra borrachera de entre semana y caemos cada uno en su cama, menos yo que ocupo una que no es mía, sólo para dormir, o para intentarlo, aunque si por mí fuera seguiría sudando, esta vez no por bailar.
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un mes, y de lunes
23/11/09
Hoy cumplo un mes en La Prusia, pero no hay nada que conmemorar pues es lunes, y hoy noto la miseria del primer día laboral de la semana más que nunca. Después de un fin de semana de completo asueto, toca volver al tajo. Después de un dos noches durmiendo como es ley, me despierto en mi catre, me despierto bajo mi endeble mosquitera, me despierto sobre un somier que es una tabla y que soporta dos colchones pésimos, me despierto de nuevo en la parte baja de una litera en vez de en el lado derecho de una cama de matrimonio, me despierto de lunes.
Me duele la cadera, ya no por sobrecarga, sino porque se me clavan los putos huesos al tumbarme en posición fetal en esa mierda de camastro. Así pues, lunes que te quiero lunes, y a la obra, con algo de dolor todavía en las lumbares, pero lo considero llevadero. Error. Hoy toca rellenar de cemento la sala que encofraron Klara y Eider el viernes, así que sacamos ocho bolsas de cemento del almacén y las transportamos sobre la espalda hasta donde hacemos la mezcla. Es decir, mezcla non stop, sin tregua, y pasando cubos a Pico y Mula para que los viertan y alisen la mezcla sobre la parrillada. A la segunda tanda de mezcla Pete, enfadado, me dice que lo deje, que si no puedo, no puedo. La espalda la verdad es que me impide darle a la pala con soltura y el hecho de que es un lunes odioso me anula las ganas de forzarme. Así que hago caso omiso al enfado del abogado de Connecticut pero no a su consejo.
Eider ha empezado hoy a colaborar con El Gato para el tejado. Está con Alex pintando las vigas de aluminio que sostendrán el tejado con pintura roja y un líquido inflamable que, por ser transparente, confundo con agua intuyendo que lo que hacen es diluir la pintura, y me voy a encender un cigarro y la cara de Alex es una sonrisa de riesgo. Decidimos cambiarnos las labores la vasca y yo, ella le va a dar a la pala, que le apetece más, y yo a pintar con Alex, que no me apetece pero me conviene. Y así nos tiramos la mañana, cargando vigas por pintar o ya pintadas, y dándole a la brocha. En lo que Alex pinta seis vigas yo termino dos, y el sol dándonos duro en la espalda, y sin poder fumar porque salimos en llamas. Cuando llegan las 12.30 cambio la brocha por el saco de botellas de agua vacías y me pongo en camino hacia la casa de voluntarios, que Cata y Ale se han encargado de servir la comida a los que se quedan en la obra por la tarde y ya deben estar en casa con los manjares del día. Al despedirme de El Gato me pregunta tras quitarse la máscara de soldar que si vuelvo por la tarde. Extrañado le digo que no, que no solemos venir por la tarde. Sólo cuando me he alejado me he dado cuenta de que no tenía curiosidad sino verdadero interés, que él quiere acabar cuanto antes con lo suyo y como no tiene mano de obra tiene que contar con voluntarios que hagan doble jornada. Y no sería como lo hace Pete, que se queda por la tarde sólo porque quiere, sino que algún voluntario debería hacer el horario del soldador, entero, para que compense haber contratado a Gato por un presupuesto tan bajo. Pero que no cuente conmigo, que no estaré de acuerdo nunca con que haya sido él elegido para hacer la tarea, no por nada, sino porque implica un cambio no procedente en la obra: no sólo quitarle gente a Pico, sino además hacerles que vengan por la tarde. De momento Eider es la única fija en esa tarea, pues Judith fue hábil y la eligió para pedirle que ayudara a Gato, y la vasca dijo que claro, por ser nueva, por ser vasca y por ser un cielo que no conoce ser asertiva, eso que Ale descubrió eficaz no hace tanto tiempo.
Comemos y, como me imaginaba, haya vuelve Eider, con el mismo tizne que trajo, con las ganas de hacer lo que sea menester pero con la mosca detrás de la oreja por haberle dicho que sí demasiado pronto a la doña.
De comer lo de siempre y hoy sí que no me saca de la hamaca ni Dios, que es lunes y es siesta lo que me piden hasta las uñas. Tengo los hombros y el pecho de un deshollinador tras haber estado cargando con las vigas, así que me pego un manguerazo y ya me ducharé luego que un café y una hamaca son mi destino inmediato.
Ben vuelve de Managua, a donde ha ido esta mañana a ver si resuelve los trámites en la embajada española para que definitivamente pueda irse a Barcelona a trabajar y cumplir un sueño. Pero viene de vacío, porque le han pedido fotocopias compulsadas del pasaporte, y en la embajada no tenían fotocopiadora, increíble, así que después de pegarse el pateo para fotocopiarse todas las hojas del pasaporte y de vuelta a la embajada, le dicen que sellar cada hoja supone 180 córdobas, con lo que no llevaba encima dinero suficiente y para La Prusia de nuevo. Mañana vuelve a pelearse con la burocracia, pero hoy, y después de que coma él y descansemos los dos, empezamos las clases de boxeo. Se apunta Alba, que todo lo que suponga movimiento le priva, y si es armonía, ya no hay marcha atrás. Ben, descamisado y motivado, se mete en el papel. Propone estiramientos agarrándonos al tronco doblado de un árbol y luego empezamos con lo básico: posiciones de pelea, movimiento de píes, dibujo de la pierna y la cadera al lanzar el puñetazo. Así se hace el directo, así el cross, así el gancho y así el upper. Uno (directo), dos (cross), tres (gancho), cuatro (upper). Uno, uno, uno. Dos, dos, dos. Uno, dos, uno, dos. Uno, dos, tres, cuatro. Lo hacemos durante menos de media hora y la verdad es que cansa. Haces piernas como un corredor y aprendes a coordinar pies con cintura, hombros y brazo. Practicamos golpeos a las manos, primero Alba a las mías y luego cambiamos, con Ben cantando el número que marca el puñetazo a tirar. Al rato Ben sustituye a Alba, que es pequeña para mi estatura, y mientras encaja en sus manos mis puñetazos me va corrigiendo y animándome a tirar ganchos. El boxeo es divertido, tonificante y, espero no tener que demostrarlo, también útil. Y Ben es amante de la lucha y las artes marciales, y se le ve en la cara que le encanta transmitir esta afición sádica y divertida.
Lo dejamos porque se pone a llover como no esperaba nadie, pues en quince días empieza la temporada seca oficial, la que está marcada en el calendario aunque éste haya sido uno de los años más secos de la década. La hierba está recortada gracias al lomo de Carlos y a su buen hacer con el machete y la lluvia refresca y alivia, por lo que Alba y Ale no lo dudan y salen del porche. El médico se encarama al árbol del que cuelga el columpio y se sienta allá arriba, aprovechando cada gota que pasa cerca. La actriz granadina opta por bailar en círculos con su camiseta negra y sus pantalones bombachos, con la melena azabache siguiendo al cuerpo a cada giro, los ojos cerrados y la boca dibujando una canción que nadie oye. Y luego al columpio, con los pies descalzos y mojados, balanceándose bajo Ale, en una estampa bucólica y pasada por agua.
Mitch está con pasta entre las manos, de la de comer, que de la otra ya se la quité limpiamente ayer noche con los naipes. La rutina habitual de antes de cenar se despliega por el porche: cartas, lectura, musiquita, y la gata por ahí, con la prohibición de no subirse a la mesa ni entrar en la casa porque tiene más pulgas que pelo. Es muy pequeña para el tiempo real que tiene y no huye de la casa de voluntarios, todo lo lejos que ha llegado ha sido en una expedición hasta el porche de la casa de la doña, de la que ha vuelto corriendo, dando saltitos y casi sin vérsele entre la hierba cortada. Por hoy está bien la exploración y vuelve al calor de los voluntarios, que humano es el único que ha conocido.
Mitch cocina la pasta con aceite de oliva, que es caro en cualquier país que no sea el que me vio nacer, y es un tremendo detalle el que se ha marcado el yanki, aunque Lau y Ale opinan por lo bajini que es un desperdicio, pues sólo es pasta y con ese plato no le sacas partido al oro líquido. Tienen razón, pero qué sentido tiene buscarle tres pies al gato cuando está claro que tiene cuatro y encima es aceite de oliva, carajo, qué más dará que lo desaproveche o no si el caso es que nos invita. Y la pasta, todo sea dicho, tiene otro sabor. De postre, el yanki de trencitas y ego tremebundo se marca una sabrosa macedonia de fruta en la que predomina la sandía, y poco más que contar, que los lunes al sol ya los vimos en la peli pero no los vivimos hasta que llegamos aquí, así que a la cama prontito, que mañana ya será martes y lejos quedará esa cama donde dormí el fin de semana y me habré vuelto a acostumbrar a un colchón pulgoso y hundido por el centro.
Hoy cumplo un mes en La Prusia, pero no hay nada que conmemorar pues es lunes, y hoy noto la miseria del primer día laboral de la semana más que nunca. Después de un fin de semana de completo asueto, toca volver al tajo. Después de un dos noches durmiendo como es ley, me despierto en mi catre, me despierto bajo mi endeble mosquitera, me despierto sobre un somier que es una tabla y que soporta dos colchones pésimos, me despierto de nuevo en la parte baja de una litera en vez de en el lado derecho de una cama de matrimonio, me despierto de lunes.
Me duele la cadera, ya no por sobrecarga, sino porque se me clavan los putos huesos al tumbarme en posición fetal en esa mierda de camastro. Así pues, lunes que te quiero lunes, y a la obra, con algo de dolor todavía en las lumbares, pero lo considero llevadero. Error. Hoy toca rellenar de cemento la sala que encofraron Klara y Eider el viernes, así que sacamos ocho bolsas de cemento del almacén y las transportamos sobre la espalda hasta donde hacemos la mezcla. Es decir, mezcla non stop, sin tregua, y pasando cubos a Pico y Mula para que los viertan y alisen la mezcla sobre la parrillada. A la segunda tanda de mezcla Pete, enfadado, me dice que lo deje, que si no puedo, no puedo. La espalda la verdad es que me impide darle a la pala con soltura y el hecho de que es un lunes odioso me anula las ganas de forzarme. Así que hago caso omiso al enfado del abogado de Connecticut pero no a su consejo.
Eider ha empezado hoy a colaborar con El Gato para el tejado. Está con Alex pintando las vigas de aluminio que sostendrán el tejado con pintura roja y un líquido inflamable que, por ser transparente, confundo con agua intuyendo que lo que hacen es diluir la pintura, y me voy a encender un cigarro y la cara de Alex es una sonrisa de riesgo. Decidimos cambiarnos las labores la vasca y yo, ella le va a dar a la pala, que le apetece más, y yo a pintar con Alex, que no me apetece pero me conviene. Y así nos tiramos la mañana, cargando vigas por pintar o ya pintadas, y dándole a la brocha. En lo que Alex pinta seis vigas yo termino dos, y el sol dándonos duro en la espalda, y sin poder fumar porque salimos en llamas. Cuando llegan las 12.30 cambio la brocha por el saco de botellas de agua vacías y me pongo en camino hacia la casa de voluntarios, que Cata y Ale se han encargado de servir la comida a los que se quedan en la obra por la tarde y ya deben estar en casa con los manjares del día. Al despedirme de El Gato me pregunta tras quitarse la máscara de soldar que si vuelvo por la tarde. Extrañado le digo que no, que no solemos venir por la tarde. Sólo cuando me he alejado me he dado cuenta de que no tenía curiosidad sino verdadero interés, que él quiere acabar cuanto antes con lo suyo y como no tiene mano de obra tiene que contar con voluntarios que hagan doble jornada. Y no sería como lo hace Pete, que se queda por la tarde sólo porque quiere, sino que algún voluntario debería hacer el horario del soldador, entero, para que compense haber contratado a Gato por un presupuesto tan bajo. Pero que no cuente conmigo, que no estaré de acuerdo nunca con que haya sido él elegido para hacer la tarea, no por nada, sino porque implica un cambio no procedente en la obra: no sólo quitarle gente a Pico, sino además hacerles que vengan por la tarde. De momento Eider es la única fija en esa tarea, pues Judith fue hábil y la eligió para pedirle que ayudara a Gato, y la vasca dijo que claro, por ser nueva, por ser vasca y por ser un cielo que no conoce ser asertiva, eso que Ale descubrió eficaz no hace tanto tiempo.
Comemos y, como me imaginaba, haya vuelve Eider, con el mismo tizne que trajo, con las ganas de hacer lo que sea menester pero con la mosca detrás de la oreja por haberle dicho que sí demasiado pronto a la doña.
De comer lo de siempre y hoy sí que no me saca de la hamaca ni Dios, que es lunes y es siesta lo que me piden hasta las uñas. Tengo los hombros y el pecho de un deshollinador tras haber estado cargando con las vigas, así que me pego un manguerazo y ya me ducharé luego que un café y una hamaca son mi destino inmediato.
Ben vuelve de Managua, a donde ha ido esta mañana a ver si resuelve los trámites en la embajada española para que definitivamente pueda irse a Barcelona a trabajar y cumplir un sueño. Pero viene de vacío, porque le han pedido fotocopias compulsadas del pasaporte, y en la embajada no tenían fotocopiadora, increíble, así que después de pegarse el pateo para fotocopiarse todas las hojas del pasaporte y de vuelta a la embajada, le dicen que sellar cada hoja supone 180 córdobas, con lo que no llevaba encima dinero suficiente y para La Prusia de nuevo. Mañana vuelve a pelearse con la burocracia, pero hoy, y después de que coma él y descansemos los dos, empezamos las clases de boxeo. Se apunta Alba, que todo lo que suponga movimiento le priva, y si es armonía, ya no hay marcha atrás. Ben, descamisado y motivado, se mete en el papel. Propone estiramientos agarrándonos al tronco doblado de un árbol y luego empezamos con lo básico: posiciones de pelea, movimiento de píes, dibujo de la pierna y la cadera al lanzar el puñetazo. Así se hace el directo, así el cross, así el gancho y así el upper. Uno (directo), dos (cross), tres (gancho), cuatro (upper). Uno, uno, uno. Dos, dos, dos. Uno, dos, uno, dos. Uno, dos, tres, cuatro. Lo hacemos durante menos de media hora y la verdad es que cansa. Haces piernas como un corredor y aprendes a coordinar pies con cintura, hombros y brazo. Practicamos golpeos a las manos, primero Alba a las mías y luego cambiamos, con Ben cantando el número que marca el puñetazo a tirar. Al rato Ben sustituye a Alba, que es pequeña para mi estatura, y mientras encaja en sus manos mis puñetazos me va corrigiendo y animándome a tirar ganchos. El boxeo es divertido, tonificante y, espero no tener que demostrarlo, también útil. Y Ben es amante de la lucha y las artes marciales, y se le ve en la cara que le encanta transmitir esta afición sádica y divertida.
Lo dejamos porque se pone a llover como no esperaba nadie, pues en quince días empieza la temporada seca oficial, la que está marcada en el calendario aunque éste haya sido uno de los años más secos de la década. La hierba está recortada gracias al lomo de Carlos y a su buen hacer con el machete y la lluvia refresca y alivia, por lo que Alba y Ale no lo dudan y salen del porche. El médico se encarama al árbol del que cuelga el columpio y se sienta allá arriba, aprovechando cada gota que pasa cerca. La actriz granadina opta por bailar en círculos con su camiseta negra y sus pantalones bombachos, con la melena azabache siguiendo al cuerpo a cada giro, los ojos cerrados y la boca dibujando una canción que nadie oye. Y luego al columpio, con los pies descalzos y mojados, balanceándose bajo Ale, en una estampa bucólica y pasada por agua.
Mitch está con pasta entre las manos, de la de comer, que de la otra ya se la quité limpiamente ayer noche con los naipes. La rutina habitual de antes de cenar se despliega por el porche: cartas, lectura, musiquita, y la gata por ahí, con la prohibición de no subirse a la mesa ni entrar en la casa porque tiene más pulgas que pelo. Es muy pequeña para el tiempo real que tiene y no huye de la casa de voluntarios, todo lo lejos que ha llegado ha sido en una expedición hasta el porche de la casa de la doña, de la que ha vuelto corriendo, dando saltitos y casi sin vérsele entre la hierba cortada. Por hoy está bien la exploración y vuelve al calor de los voluntarios, que humano es el único que ha conocido.
Mitch cocina la pasta con aceite de oliva, que es caro en cualquier país que no sea el que me vio nacer, y es un tremendo detalle el que se ha marcado el yanki, aunque Lau y Ale opinan por lo bajini que es un desperdicio, pues sólo es pasta y con ese plato no le sacas partido al oro líquido. Tienen razón, pero qué sentido tiene buscarle tres pies al gato cuando está claro que tiene cuatro y encima es aceite de oliva, carajo, qué más dará que lo desaproveche o no si el caso es que nos invita. Y la pasta, todo sea dicho, tiene otro sabor. De postre, el yanki de trencitas y ego tremebundo se marca una sabrosa macedonia de fruta en la que predomina la sandía, y poco más que contar, que los lunes al sol ya los vimos en la peli pero no los vivimos hasta que llegamos aquí, así que a la cama prontito, que mañana ya será martes y lejos quedará esa cama donde dormí el fin de semana y me habré vuelto a acostumbrar a un colchón pulgoso y hundido por el centro.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Back to reality, y tenemos mascota
22/11/09
Desayuno tremebundo una vez más, esta vez el zumo del desayuno es de guayaba. Y a la piscina a aprovechar nuestras últimas horas en el oasis. “Cuando tienes el pelo mojado, sí aparentas la edad que tienes”, me suelta Klarita, que está más suelta que nunca. Y otro de Fruta de la Pasión con ron, mañanero, por favor. Ramón se me acerca y me dice que si queremos venir cualquier día a darnos un baño aunque no estemos alojados en el hotel, que sin problemas. Chapó por él, que con esa tontería nos gana y sabe que vendremos y consumiremos. Buen negociante. Desalojamos la habitación esperando que no huela mucho a tabaco, que no se puede fumar en las habitaciones, herencia occidental, supongo. 183 dólares por un fin de semana de capricho, pues ya ves tú. Y lo pago y me quedo tan ancho, que no hay remordimiento que valga. Y antes de irme, Ramón me deja un vale para la piscina, en caso de que me lo vayan a pedir, que no cree, y me dice "Bueno, qué, ahora de vuelta a la verdadera Nicaragua, ¿no?". Y qué razón tiene.
Nos acercamos a sacar pasta, que he tirado de tarjeta todo el fin de, como un señor, como lo que no soy, y a la vuelta nos pasamos por la librería del Eurocafé donde Klara se hace con un ejemplar de Das Parfum. A la salida veo a lo lejos a Ale y a una comitiva de voluntarias dirigiéndose al ciber. Vamos tras ellos y allí nos unimos de nuevo. Ale está rallado con su vuelo de vuelta, se va el jueves, porque American Airlines no le confirma la reserva. Lau me enseña uno de sus proyectos de foto, sobre el cierre de alguna corrala de Lavapies. Tiene arte, sabe lo que hace y las fotos hablan por sí solas. Klara busca sin éxito a su amiga, con la que se juntará en Perú y con la que había quedado para hablar por Skype hoy a las dos, pero nada, no aparece, qué poco alemán.

Cata está derrengada, que como no salió el viernes, tenía que ir a por los materiales para el tejado a primera hora del sábado, sí salió ayer. Con ella estuvieron Mitch, Pico, Chapu, Alemán, Eli, Alba, Ben y Pete, que sorprendentemente se quedó hasta el final, bailando como un poseso y borracho como me habría gustado verlo. Alba y Eli volvieron el viernes de Ometepe, y al final Eli se apunta al viaje e Alba, por lo que se van la semana que viene, y Cata se queda sin compi para bajar hasta Argentina. Y al final, como era de precer, no fueron a Managua Lau y Marta a la manifestación, que salió sin problemas en lo que es considerado toda una victoria de la oposición, aunque sí se registraron un muerto y varios heridos en el retorno de los manifestantes opositores. Ojeo El País y, claro, lo único que destaca es lo del muerto y los heridos. Maldito sea el periodismo cuando sólo se ensaña con la sangre y no con los triunfos de los que gritan cuando vivieron amordazados tanto tiempo, cuando la sangre en este país no es novedad y lo segundo sí.
Comemos en una pizzería y decidimos que hoy es un buen día para la barbacoa. Alba y Marta se acercan al Pali a por verduras, que pollo ya tenemos de lo que me sobró a mí y de lo que le sobró a Marta de su cena. En taxi a casita, back to reality. Estoy cansado y somnoliento después de tanto dormir y estar en horizontal.
Cata nos cuenta que no está del todo a gusto, que se sigue sintiendo algo inútil, que tiene curro de pascuas a ramos y que cuando lo tiene no coincide con nosotros, como este sábado por la mañana. Que le gusta la soledad y eso aquí no existe, así que no sabe si pasará siquiera las navidades. Lo cierto es que la entiendo y me da lástima que se sienta desplazada por ser arquitecta y no obrera, diferenciación que la doña se encarga de remarcar cada mañana cuando la ve.
Pete se está currando ya la barbacoa, luego le sustituyen Ale, Lau y Jose que se ponen a hacer pinchos de verdura.
Me percato de que hay una cría de gato por ahí. Ben me aclara que apareció por la casa de voluntarios el viernes y la hemos adoptado, gracias sobre todo a que cuando apareció Ben y Mitch le dieron una lata de atún, y la gata no es tonta y sabe que aquí hay comida. Como no podía ser de otra manera, su nombre es Rufia, que es hembra.
Intento escribir y, como todos los gatos, se tumba en el teclado, que lo mismo está calentito, o lo mismo sólo quiere cariño y me ve atareado y ella lo que quiere es que la acaricie el lomo y no las teclas. Y luego hace lo propio con Pete, que escribe en su cuaderno y en su casa es dueño de cuatro gatos y está dispuesto a dejarse las yemas de los dedos entre el pelo duro y lleno de pulgas de la pequeña Rufia. Pete se encargará de desparasitarla el lunes. Rufia mira con recelo a Capi, el perro guardián. Así pues ya tenemos mascota. Debe tener tres semanas o menos, está raquítica pero es muy espabilada y realmente es amigable con los humanos, se deja querer mucho, probablemente no la hayan acariciado en su corta vida. Pete dice que este gato es anglosajón y que el español no lo entiende, por eso no me hace caso a mí. Se le sube por la camisa a Pete y se le encarama a la nuca, donde se hace fuerte y encuentra un lugar en el que dormir.
Marta y Eli se dedican a practicar globoflexia para el taller que les van a montar mañana a los niños, que resulta que Marta es payaso profesional. Vanessa y Reanne no vuelven hasta el martes y alguien se tiene que encargar de los desayunos, que aunque ya no hay clase, la doña ha decidido que repartiremos desayuno entre las familias del proyecto, y yo que creía que esto no era Cáritas y que antes, para ganarse el desayuno, había que ir a la escuela o a los talleres. Marta y Eli se encargarán de sustituir a las canadienses.
Rufia hace por no dormirse sobre la nuca de Pete, aunque le balancea la cabeza a la pobre gata, y es que hay demasiado ajetreo en la mesa (Ben, Mitch, Eider y Klara juegan a las cartas; Marta y Eli con lo suyo; Pete y yo escribiendo; Jose y Lau cortando verdura para los pinchos para la barbacoa).
Ale se queda solo con la barbacoa, pues Eva ha ido allá a hacerse valer y Lau ha huido. Hemos invitado a cenar a las dos señoras y aunque rechazan la invitación porque ya han cenado y esto ya iba a ser mucho para el flujo sanguíneo de la doña, se muestran tan agradecidas que se quedan con nosotros. Y ahí vamos, barbacoa de pollo, patatas envueltas en aluminio y pinchos de verdura. Comida campera auténtica, mira que nos ha costado montar la barbacoa y mira que lo vamos a agradecer. Nos ponemos como queremos, sobran papas pero nada más, y todos concluimos que vivir aquí sin barbacoa era poco más o menos que un pecado.
De repente, Ale y Alba se sienten festivaleros y empiezan a cantar y a poner música latina para bailar. Ale se pone el sombrero de pita de Pete, se sube a la mesa, empieza a animar el cotarro. Jose le pregunta que cómo puede sin Flor de Caña en sangre, y la respuesta de Ale es "libera endorfinas, Jose, libéralas". Menuda fiesta nos montamos con nada más que música y buen humor. Vamos a echar mucho de menos a este loco murciano con título de médico y dotes para todo lo demás.
Ben y yo nos leemos a la par un National Geographic que trata sobre el oro, desde su extracción hasta su comercialización. En una página, un niño con un colador buscando el preciado material que para él probablemente valga muy poco, lo que le den por trabajar. En la página siguiente, lingotes, y Ben gracioso "OK, know we are talking! It's like 'meanwhile in Miami'". Y yo, claro, me río, jodidos puntos que tiene el gran Ben.
De repente Ale y Lau proponen un póker dominguero, y nos apuntamos Mitch, Klara (qué duda cabe), Eider, Ben y yo, por lo que el bote ya es cuantioso y decidimos repartirlo entre los dos primeros. Motivado tras haber ganado en Internet el otro día, despliego todo mi mejor juego y arraso la puta partida, dejando a Klara desencantada tras dos rebuys y a Lau sorprendida porque gano manos con poco o con nada, simplemente intuyendo que el resto no lleva suficiente. Y mis piedras y mis frijoles se multiplican y al final quedamos Ben y yo y me tira un all-in teniendo yo dos dieces en mano y otro en el flop, y se lo veo, claro, y él consigue una escalera, pero dos reinas en la mesa posibilitan mi full y a la cama un poco más rico. Gran partida, por fin. "That was a crazy hand", sentencia mi amigo Ben, y tiene razón, una escalera guarra contra un full en la última mano. Muy rico.
Desayuno tremebundo una vez más, esta vez el zumo del desayuno es de guayaba. Y a la piscina a aprovechar nuestras últimas horas en el oasis. “Cuando tienes el pelo mojado, sí aparentas la edad que tienes”, me suelta Klarita, que está más suelta que nunca. Y otro de Fruta de la Pasión con ron, mañanero, por favor. Ramón se me acerca y me dice que si queremos venir cualquier día a darnos un baño aunque no estemos alojados en el hotel, que sin problemas. Chapó por él, que con esa tontería nos gana y sabe que vendremos y consumiremos. Buen negociante. Desalojamos la habitación esperando que no huela mucho a tabaco, que no se puede fumar en las habitaciones, herencia occidental, supongo. 183 dólares por un fin de semana de capricho, pues ya ves tú. Y lo pago y me quedo tan ancho, que no hay remordimiento que valga. Y antes de irme, Ramón me deja un vale para la piscina, en caso de que me lo vayan a pedir, que no cree, y me dice "Bueno, qué, ahora de vuelta a la verdadera Nicaragua, ¿no?". Y qué razón tiene.
Nos acercamos a sacar pasta, que he tirado de tarjeta todo el fin de, como un señor, como lo que no soy, y a la vuelta nos pasamos por la librería del Eurocafé donde Klara se hace con un ejemplar de Das Parfum. A la salida veo a lo lejos a Ale y a una comitiva de voluntarias dirigiéndose al ciber. Vamos tras ellos y allí nos unimos de nuevo. Ale está rallado con su vuelo de vuelta, se va el jueves, porque American Airlines no le confirma la reserva. Lau me enseña uno de sus proyectos de foto, sobre el cierre de alguna corrala de Lavapies. Tiene arte, sabe lo que hace y las fotos hablan por sí solas. Klara busca sin éxito a su amiga, con la que se juntará en Perú y con la que había quedado para hablar por Skype hoy a las dos, pero nada, no aparece, qué poco alemán.
Cata está derrengada, que como no salió el viernes, tenía que ir a por los materiales para el tejado a primera hora del sábado, sí salió ayer. Con ella estuvieron Mitch, Pico, Chapu, Alemán, Eli, Alba, Ben y Pete, que sorprendentemente se quedó hasta el final, bailando como un poseso y borracho como me habría gustado verlo. Alba y Eli volvieron el viernes de Ometepe, y al final Eli se apunta al viaje e Alba, por lo que se van la semana que viene, y Cata se queda sin compi para bajar hasta Argentina. Y al final, como era de precer, no fueron a Managua Lau y Marta a la manifestación, que salió sin problemas en lo que es considerado toda una victoria de la oposición, aunque sí se registraron un muerto y varios heridos en el retorno de los manifestantes opositores. Ojeo El País y, claro, lo único que destaca es lo del muerto y los heridos. Maldito sea el periodismo cuando sólo se ensaña con la sangre y no con los triunfos de los que gritan cuando vivieron amordazados tanto tiempo, cuando la sangre en este país no es novedad y lo segundo sí.
Comemos en una pizzería y decidimos que hoy es un buen día para la barbacoa. Alba y Marta se acercan al Pali a por verduras, que pollo ya tenemos de lo que me sobró a mí y de lo que le sobró a Marta de su cena. En taxi a casita, back to reality. Estoy cansado y somnoliento después de tanto dormir y estar en horizontal.
Cata nos cuenta que no está del todo a gusto, que se sigue sintiendo algo inútil, que tiene curro de pascuas a ramos y que cuando lo tiene no coincide con nosotros, como este sábado por la mañana. Que le gusta la soledad y eso aquí no existe, así que no sabe si pasará siquiera las navidades. Lo cierto es que la entiendo y me da lástima que se sienta desplazada por ser arquitecta y no obrera, diferenciación que la doña se encarga de remarcar cada mañana cuando la ve.
Pete se está currando ya la barbacoa, luego le sustituyen Ale, Lau y Jose que se ponen a hacer pinchos de verdura.
Me percato de que hay una cría de gato por ahí. Ben me aclara que apareció por la casa de voluntarios el viernes y la hemos adoptado, gracias sobre todo a que cuando apareció Ben y Mitch le dieron una lata de atún, y la gata no es tonta y sabe que aquí hay comida. Como no podía ser de otra manera, su nombre es Rufia, que es hembra.
Intento escribir y, como todos los gatos, se tumba en el teclado, que lo mismo está calentito, o lo mismo sólo quiere cariño y me ve atareado y ella lo que quiere es que la acaricie el lomo y no las teclas. Y luego hace lo propio con Pete, que escribe en su cuaderno y en su casa es dueño de cuatro gatos y está dispuesto a dejarse las yemas de los dedos entre el pelo duro y lleno de pulgas de la pequeña Rufia. Pete se encargará de desparasitarla el lunes. Rufia mira con recelo a Capi, el perro guardián. Así pues ya tenemos mascota. Debe tener tres semanas o menos, está raquítica pero es muy espabilada y realmente es amigable con los humanos, se deja querer mucho, probablemente no la hayan acariciado en su corta vida. Pete dice que este gato es anglosajón y que el español no lo entiende, por eso no me hace caso a mí. Se le sube por la camisa a Pete y se le encarama a la nuca, donde se hace fuerte y encuentra un lugar en el que dormir.
Marta y Eli se dedican a practicar globoflexia para el taller que les van a montar mañana a los niños, que resulta que Marta es payaso profesional. Vanessa y Reanne no vuelven hasta el martes y alguien se tiene que encargar de los desayunos, que aunque ya no hay clase, la doña ha decidido que repartiremos desayuno entre las familias del proyecto, y yo que creía que esto no era Cáritas y que antes, para ganarse el desayuno, había que ir a la escuela o a los talleres. Marta y Eli se encargarán de sustituir a las canadienses.
Rufia hace por no dormirse sobre la nuca de Pete, aunque le balancea la cabeza a la pobre gata, y es que hay demasiado ajetreo en la mesa (Ben, Mitch, Eider y Klara juegan a las cartas; Marta y Eli con lo suyo; Pete y yo escribiendo; Jose y Lau cortando verdura para los pinchos para la barbacoa).
Ale se queda solo con la barbacoa, pues Eva ha ido allá a hacerse valer y Lau ha huido. Hemos invitado a cenar a las dos señoras y aunque rechazan la invitación porque ya han cenado y esto ya iba a ser mucho para el flujo sanguíneo de la doña, se muestran tan agradecidas que se quedan con nosotros. Y ahí vamos, barbacoa de pollo, patatas envueltas en aluminio y pinchos de verdura. Comida campera auténtica, mira que nos ha costado montar la barbacoa y mira que lo vamos a agradecer. Nos ponemos como queremos, sobran papas pero nada más, y todos concluimos que vivir aquí sin barbacoa era poco más o menos que un pecado.
De repente, Ale y Alba se sienten festivaleros y empiezan a cantar y a poner música latina para bailar. Ale se pone el sombrero de pita de Pete, se sube a la mesa, empieza a animar el cotarro. Jose le pregunta que cómo puede sin Flor de Caña en sangre, y la respuesta de Ale es "libera endorfinas, Jose, libéralas". Menuda fiesta nos montamos con nada más que música y buen humor. Vamos a echar mucho de menos a este loco murciano con título de médico y dotes para todo lo demás.
Ben y yo nos leemos a la par un National Geographic que trata sobre el oro, desde su extracción hasta su comercialización. En una página, un niño con un colador buscando el preciado material que para él probablemente valga muy poco, lo que le den por trabajar. En la página siguiente, lingotes, y Ben gracioso "OK, know we are talking! It's like 'meanwhile in Miami'". Y yo, claro, me río, jodidos puntos que tiene el gran Ben.
De repente Ale y Lau proponen un póker dominguero, y nos apuntamos Mitch, Klara (qué duda cabe), Eider, Ben y yo, por lo que el bote ya es cuantioso y decidimos repartirlo entre los dos primeros. Motivado tras haber ganado en Internet el otro día, despliego todo mi mejor juego y arraso la puta partida, dejando a Klara desencantada tras dos rebuys y a Lau sorprendida porque gano manos con poco o con nada, simplemente intuyendo que el resto no lleva suficiente. Y mis piedras y mis frijoles se multiplican y al final quedamos Ben y yo y me tira un all-in teniendo yo dos dieces en mano y otro en el flop, y se lo veo, claro, y él consigue una escalera, pero dos reinas en la mesa posibilitan mi full y a la cama un poco más rico. Gran partida, por fin. "That was a crazy hand", sentencia mi amigo Ben, y tiene razón, una escalera guarra contra un full en la última mano. Muy rico.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)