¿Sabes cuándo estás con alguien, con una chica, digo, y, siendo la situación de lo más inocente y trivial, ocurre algo, algo que tal vez sólo tú ves, sólo tú quieres ver? Algo absurdo, nada fuera del más aburrido normal, pero que te inquieta; algo que te despierta, que te hace pensar en si esa chica te ha sugerido de más, en si podrías con un poco de labia y de descaro mecer el curso de los acontecimientos previsibles hacia el terreno del juego de la seducción, de los dobles sentidos. ¿Sabes de lo que te estoy hablando? Claro que sabes.
Es como en Los puentes de Madison, cuando Meryl Streep sólo está fregando los platos, qué cosa más habitual, sin colores. Pero de repente ya no está sólo fregando los platos porque Clint Eastwood se le ha acercado más de lo normal, sin cambiar el tema de conversación monótono, sin hacer nada más que acercarse a donde ella friega, consiguiendo que ella ya no esté sólo fregando, allá con las manos enguantadas y hundidas en el agua jabonosa. El pistolero que envejeció romántico le roba el espacio vital a ella, provocando que la escena se llene de colores que no se ven pero se palpan, y ella quiere seguir fregando pero, preguntándose por qué, se ha puesto nerviosa. Han invadido su aire y Eastwood está ya por todas partes, tan cerca, su respiración se nota, la de ella se detiene. Sus cuerpos se rozan cuando él se cruza sobre el fregadero para alcanzarle algo a una madre que no esperaba volver a sentirse tentada por un hombre. Hay una explosión silenciosa en cada vena, músculo y hueso de los dos maduros que no esperaban encontrarse y que, sin más, se estaban buscando después de todo. Él monopoliza el oxígeno y ella boquea, como en un incendio, él es el viento y ella el árbol que se deja quemar, vencida.
Pues algo así me ha pasado hoy, siendo yo mucho más joven que Eastwood y ella sin querer ser Meryl Streep, y con el símil con la película revelándose en mi mente, rebelándola. Ella me repasaba las rastas, haciéndome un favor con el que le gusta entretenerse, los dos solos en mi casa, sin música, sin más conversación que la que propiciaba mi pelo y el país en el que estamos. Ella sólo enredaba mi pelo y en un momento que no sabría recordar he empezado a elucubrar en cambiar de tercio, en enredar yo con el suyo, no para cambiarle el peinado... para despeinarla. Pero un pensamiento tan suculento como ese se ha adormecido por la lógica de lo que es visible: sólo me está haciendo las rastas, llevamos dos meses conviviendo en grupo y ella quiere aprender a tejer así el pelo y yo soy el cobaya. Nada ha hecho ella para activar mi perversión y mi deseo, pero su cuerpo estaba tan cerca del mío que podríamos haber pasado por siameses. Yo sentado en un taburete bajo, ella en una silla, en un plano superior, con mi nuca a la altura de su pecho. Sus piernas quedaban cruzadas a mi izquierda, su muslo derecho marcando mi cadera a través de unos pantalones de tela fina, de la finura exacta para revolucionarme las neuronas, su pie desnudo apoyado en la mesa, quemándose por el láser de mi mirada, oculta para ella, que haya atrás sólo me colocaba la cabeza, me la ladeaba o me la erguía o me la hundía, tiraba del pelo y frotaba mechones, ella sólo hacía algo intrascendente, pero yo quería ser Meryl Streep, que al fin y al cabo sólo estaba fregando y al final mira como acabaron, despejando de cacharros la mesa de la cocina para revolcarse como adolescentes.
Todo se ha venido abajo con grandilocuencia, como el frente del Pacífico con Hiroshima y Nagasaki devastadas, como las demoliciones mal planeadas, como los peores matrimonios. Todo se ha frustrado con una tercera pisoteando mi imaginación, irrumpiendo allí donde dos, sólo dos, luchábamos sin armas por un aire que sobra pero que de repente faltaba. La batalla que sólo se libraba en mi retorcida cabeza, tan cerca de donde sus dedos bailoteaban, ha durado unos minutos que se le han escapado al tiempo, que han volado de la esfera de su reloj, porque hace mucho que yo ya no quiero saber la hora. Ha sido uno de esos ratos en los que podría haber pasado lo inconcebible, pero hemos dejado que todo siguiera su curso, manso, sin olas a por las que lanzarse. Puede que ella no se haya percatado de nada, que sólo los rescoldos de mi niñez justifiquen lo que he dibujado en el más rico de los silencios, pero me da igual, porque sin espacio me he puesto algo nervioso, y eso ha hecho que el día de hoy haya merecido la pena. Y mañana será otro día y me acordaré de esto y me sonreiré y responderé nada si alguien pregunta por esa expresión estúpida que se me ha escapado, porque no pasó nada, ni iba a pasar, supongo, pero podría haber pasado, y ese podría, ese condicional que conjuga mi ego, sólo mi ego, me ha sentado a escribir, porque el deseo es ese privilegio humano tan poderoso que puede convertir el momento más prosaico en un relato como éste.
viernes, 29 de enero de 2010
miércoles, 27 de enero de 2010
Paso a paso, haciendo camino
En la última semana me han ocurrido dos cosas que me han dado que pensar sobre mi nivel de integración en este lugar. Las dos acontecieron andando, que estando parado te pasan menos cosas.
Sábado, once de la mañana, la peor hora que existe para bajar por el camino a Granada, con el sol riéndose cruel allá arriba y nuestras nucas implorando perdón acá abajo. Con un escocés, dos yankis y una canadiense, con la camiseta guardada en la mochila y las rastas apartadas de mi frente por un pañuelo enrollado en la sien, andamos hacia la civilización. Cinco blancos en país de mestizos. Cinco signos de dólar hollando un camino de chabolas, perros tísicos, niños sonrientes, mujeres ocupadas, y vagos que saludan desde su silla o hamaca. De repente, el ruido de un motor a nuestra espalda. Tenemos suerte, una pick up va en la misma dirección que nosotros y, como tantas otras veces, la paro y pregunto si nos llevan a Granada. Aparte del conductor, dos nicas van en la parte trasera de la pick up, gritándonos Granada, Granada, Granada como hacen los voceros de los autobuses que anuncian su destino a cada grupo de gente que, parada a la vera de la carretera, bien puede estar esperando ese grito para trepar al bus. Les respondo con el mismo grito, nos reímos y nos encaramamos a la pick up. Tras la cabina del conductor hay una tabla de madera cruzada que sirve como banco. La canadiense y un americano la ocupan, mientras que el escocés y el que es de New Jersey preferimos ir de pie.
Soy el único que habla español de entre los gringos que hemos sido recogidos a tan calurosa hora en tan polvoriento camino. Entablo conversación con los dos hombres, hablamos de los toros que hubo en Nandaime, sacándoles de dudas aclarándoles que no venimos de la Laguna, que vivimos en La Prusia, en la casa de voluntarios que queda una milla más arriba de donde nos han recogido. Les pregunto que a dónde se dirigen, van al mercado, un destino perfecto para nosotros. Todo es como siempre que he cogido raid (hacer autostop) en el camino de La Prusia, aunque esta pick up Toyota, como casi todas, roja y cochambrosa no la había visto nunca. Cuando llegamos y el motor se alivia con el giro de la llave, parados frente a la gasolinera que está pasado el mercado de Granada, me apeo de un salto. Tras de mí y con la ayuda de los dos nicas, bajan mis compañeros. Los dos nicas se quedan en la pick up, apoyados en la cabina del conductor con los brazos cruzados y mirándonos divertidos. Me despido de ellos y del conductor, que sale justo cuando paso a su lado. Le doy las gracias y hasta la próxima, justo a la vez que Tom, el de New Jersey, pregunta con acento '¿Cuánto?'. Me río y le digo que no es nada, hombre, que nos han traído a raid, que eso no se paga. Pero el conductor entonces me mira raro y extiende la mano con la palma, callosa y con dedos gordos como penes flácidos, hacia arriba. Mis cejas suben hasta límites insospechados, le sonrío cuando me pregunta quién paga y, creyendo que está de broma, porque qué otra cosa vas a creer sino, le digo que nada, hombre, que el raid no se paga. En ese momento un borracho que tengo el disgusto de conocer se mete en la conversación anunciando solemne, con la poca solemnidad que dan sus ojos perdidos y su mandíbula bailonga, que en Nicaragua los raids sí se pagan. Deduzco pues que no están de guasa, que de verdad pretenden que les paguemos. Contesto, porque soy el único que puedo hacerlo, es como si estuviera viajando con cuatro gatos en tierra de perros, que no, mae, que he cogido muchos raids ya en Nicaragua y nunca he pagado ninguno, nunca siquiera habían hecho el amago de cobrarme. Sigo escondiéndome detrás de una sonrisa que me niego a borrar porque sigo esperando que estén intentando tomarnos el pelo, porque siempre pensaré que la gente no se aprovecha de la gente, aunque la vida me haya demostrado tantas veces lo contrario. El borracho decide seguir llevando la palabra, con los dos nicas del pick up asomados y riéndose y con el conductor serio y con la misma pose de un taquillero en un espectáculo circense de tres al cuarto. Me dice el tipo sucio y ebrio que entonces ésta será la primera vez que pagaré por un raid en Nicaragua. Me carcajeo a gusto de semejante imbecilidad y le digo que no, que los raids no se pagan, que ya llevo rato acá, en su país, y jamás se pagó un raid, mae, dejemos la guasa ya. El conductor decide bajar de los cinco pesos iniciales por cabeza a un total de 20. Entonces es cuando ya borro la sonrisa, las cejas bajan y me achinan los ojos, arrugo la frente, cambio el tono, y sigo en mis trece. Si tengo que estar discutiendo hasta el atardecer, así sea, pero a mí no me la dais que he cagado tantas veces ya en este país que bien podría tener que pagar un impuesto para la limpieza de alcantarillas, tengamos la fiesta en paz. Respondo de nuevo lo mismo que ya he dicho, que no pago, que a cuento de qué. El conductor balbucea y encuentra una excusa. La gasolina es cara, mae, me dice, en un tono menos áspero que el del borracho que se ha metido donde no le llaman, pero que se está ganando a pulso que bordeé la camioneta y le estampe sus inútiles sesos en la acera de la que ha levantado su estúpido culo. Vuelvo a carcajearme mientras doy un paso al frente, poniéndome más cerca del conductor, pues puede que sea sordo y no me haya oído, o puede que sea ciego y crea que ha llevado a raid a niños de cinco años. Suelto la obviedad más grande que se ha dicho en este país desde que Sandino mandó a la mierda a los yankis. El viaje lo ibais a hacer igual, con nosotros o sin nosotros, nos habéis recogido porque habéis querido, que si no hubiéramos caminado y simplemente sudado un poco más, la gasolina que habéis empleado es exactamente la misma que gastaríais si hubierais venido sin cinco gringos en vuestra pick up de mierda que como me ponga chulo os la malcompro, tontos del culo. El conductor se calla, supongo que porque para qué hablar si lo único que va a salir de tu boca son sandeces, una detrás de otra. Pero no el borracho, que ha decidido que esta guerra también es suya, y sin otra cosa mejor que hacer, decide seguir inflándome los cojones, porque los cuatro que me acompañan lo único que hacen es adivinar alguna palabra y mirarme ora a mí, ora al borracho, como si estuvieran en un partido de ping pong. Así que el alcohólico que podría ser anónimo pero que a partir de ese momento tiene cara y voz para mí y siempre que le vea tendré ganas de meterle semejante ostia que no iba a tener garganta para tragar el guaro que desayuna, incide una vez más en que en Nicaragua se paga el raid, que si la gasolina es cara y que así funcionan las cosas acá, mae. Cuando voy a repetirle por enésima vez, porque no me importa, porque no tengo prisa, porque no te voy a pagar, que somos gringos pero no gilipollas, Tom saca un billete de 20 córdobas y se los da al conductor. Miro lo que ha hecho, veo que el conductor se da la vuelta con el billete desaparecido en su bolsillo, y me arranco diciendo que eso está muy feo, que el raid no se paga y que no me vengan con tonterías. El borracho intenta tomar la palabra de nuevo pero le interrumpo, porque se merece no sólo que le interrumpa sino que le arranque la lengua a mordiscos, y le digo algo que no había dicho en mi vida, y mucho menos usando el acento nica: Vos sos loco, que bien sé yo que el raid no se paga, ni acá ni en ningún sitio, mae, así que callate de una vez y vete a la verga, vos! (voseando, cambiando el acento de las esdrújulas y arrastrando las eses, como si hubiera nacido en Managua, por ejemplo). Me giro y empiezo a andar calmo, meneando los hombros, para escuchar como el borracho me devuelve el improperio: A la verga se va vos, perro! Decido que es suficiente y me alejo, sorprendido por el hecho de que he insultado en nica a un nica. Los cuatro perritos falderos me siguen, vistiendo incomprensión en sus caras.
Por primera vez en tres meses he mandado a alguien a la verga de tal modo que lo único que ha podido hacer el interpelado es devolverme el insulto repetido, con el mismo acento que le he robado. Me he sentido tan nica que miraría mal al próximo español que se me presente, colonizadores de mierda. Tom se me acerca y me pregunta si he dicho lo que he dicho, le digo que sí riéndome y él se queda rumiando la frase, como intentando guardársela, pero sabiendo que nunca, porque no habla castellano y nunca podrá desprenderse de sus pecas y sus ojos claros y su acento de yanki, podrá imitar el hablar de esta gente. Yo sí puedo, y lo he hecho casi sin darme cuenta, y estoy orgulloso, tanto de eso como del hecho de que, aun sabiendo que 20 pesos no son ni un euro, me escocía pagárselos a estos ladrones, no por avaricia, sino porque ya pienso en pesos y sé lo que se pueden hacer con 20. Comerte dos enchiladas, comprar un paquete de tabaco, pagar un taxi para dos, media hora de Internet, una cerveza, una docena de donuts, un paquete de pan de molde en la panadería. No me suponen nada 20 míseros córdobas, pero estoy cada vez más cansado de que crean que por ser español soy, no sólo rico, sino tonto. Pues mira, no sólo no lo soy, sino que te insulto como me insultarías tú luego. Porque el avaro en realidad fue el conductor, porque malicioso fue el borracho, porque los cuatro con los que yo iba, de haber ido solos, no habrían dudado en pagar como si aquello fuera normal, y no lo es. Nadie paga por un raid, gringo o no gringo, tonto o listo, niño o viejo, mujer u hombre. Y no me las doy de extranjero experimentado en las triquiñuelas de este país, que sólo llevo tres meses y eso es menos de lo que tarda un niño en destetarse, no quiero parecer el listo de turno, pero lo que no pienso aparentar es que soy ciego. He visto y aprendido, que es a lo que vine, y lo que es mejor, he dicho, por fin, como ellos, sólo como ellos.
La otra cosa que me pasó no tiene nada que ver con malos tragos, con acentos, con insultos nacionales, es más, en realidad no me pasó nada, fue sólo una sensación que tuve y que no había experimentado en los tres meses largos que llevo en este país que nunca antes habría pensado que visitaría. ¿Quién carajo cruza el Atlántico para ir a Nicaragua?
De nuevo por el camino de La Prusia, de nuevo hacia la colonial y falsa Granada, de nuevo paseando por este hermoso lugar que no tiene nada digno de ver pero a tanta gente que conocer y que ya conozco, de nuevo con dos voluntarios que cuentan por días su estancia aquí cuando yo ya he tenido que ir a renovar el visado, esta vez los dos españoles, de Madrid, como yo, o cada vez menos como yo, eso es lo que quiero pensar, andamos. Ellos van hablando sobre Argentina, que los dos estuvieron visitándola. El perito Moreno, Iguazú, la carne a la parrilla de los domingos, la hospitalidad, el vino de Mendoza, lo avispados que son los bonaerenses, los viajes de 20 horas en autobús, el acento, las mujeres, Argentina. Departen sobre la nieve que ha caído en Madrid y que los nicas sólo ven la tele, sobre lo peligroso que es Managua, o eso dicen, sobre la impresión que les dio el camino cuando lo cruzaron la primera noche que llegaron, montados en un taxi o en la camioneta de Hugo, sensación que casi no recuerdo. Ríen sobre cómo es hacer escala en Estados Unidos, se asombran de la fuerza de los enjutos nicas y de lo pronto que las mujeres empiezan a tener hijos que terminarán contando por docenas y teniendo que inventarse sus nombres. Discuten sobre el valor del euro en estos países, analizan forzados el precio de la gasolina y comentan en chascarrillo los parásitos que han leído pueden colársete por entre los dedos de los pies y anidar dentro de tu piel, tan blanca y poco preparada. Y mientras ellos entrenan la fuerza de su lengua, yo saludo a izquierdas, luego a derechas; me detengo con el pequeño Erik a decirle que mañana tenemos práctica de fútbol, que no me falte y que entrene con su balón mientras; respondo al vacile de Junior que me sigue llamando Shakira por las rastas y que sigue queriendo enseñarme a jugar al beisbol, incitándome a apostarnos 10 dólares en un partido nicas contra voluntarios, 10 dólares que no ha visto en su vida y yo aconsejándole que, ya puestos, mejor 100; le grito qué paso, cochón, a un chavalo cuyo nombre no termino de retener y que me llama Julio Voltio, tengo que averiguar qué es eso; le sonrío a Julia que nos adelanta en su bici y sonriendo ella con una fila de dientes blancos y apetecibles si no fuera porque sólo tiene 17 años; respondiendo todo bien a la pregunta de qué pasó, Julio, que me lanza Lenin cuando pasa con su moto hacia casa de su cuñada.
No fue hasta que me senté en el cibercafé de Granada cuando me di cuenta de lo poco que me interesaba la charla de los que nacieron en la misma ciudad que yo, prefiriendo diez mil veces más todo lo que me pasó en el camino, que no fue nada, porque ya no es nada, porque he andado por ese camino tantas veces haciendo exactamente lo mismo que ya no es nada, cuando en realidad lo es todo en este viaje. Soy alguien cuando bajo por el camino de La Prusia, los gringos son los que iban hablando sin darse cuenta de por dónde andaban y de quién les miraba. Todo es cosa de tiempo, supongo, y yo he necesitado tres meses para que el camino La Prusia-Granada se convierta en un racimo de conversaciones entrecortadas con quien me cruzo por el trayecto. Cuando llegué, bajaba igual que mis dos compañeros madrileños, tardaba cuarenta minutos en alcanzar al cementerio. Ahora, si quisiera, no llegaría nunca.
Esas dos cosas tan nimias me pasaron, y en la poca importancia que tienen me he quedado nadando, sin ahogarme, respirando tranquilo y haciéndome el muerto, sopesándolas hasta concluir que son los pequeños detalles los que te demuestran las más grandes de las cosas. Un insulto y un paseo para darme cuenta de que sí, por fin, tengo nombre en este lugar, ya no soy un bicho raro, o al menos ya no lo soy tanto. Tres meses, un visado, la vida de un ratón sin suerte, mi tiempo, el de ellos, noventa días para ser Willie Fog sin moverme del sitio, sin cogerme un globo, sólo andando, siempre andando.
Sábado, once de la mañana, la peor hora que existe para bajar por el camino a Granada, con el sol riéndose cruel allá arriba y nuestras nucas implorando perdón acá abajo. Con un escocés, dos yankis y una canadiense, con la camiseta guardada en la mochila y las rastas apartadas de mi frente por un pañuelo enrollado en la sien, andamos hacia la civilización. Cinco blancos en país de mestizos. Cinco signos de dólar hollando un camino de chabolas, perros tísicos, niños sonrientes, mujeres ocupadas, y vagos que saludan desde su silla o hamaca. De repente, el ruido de un motor a nuestra espalda. Tenemos suerte, una pick up va en la misma dirección que nosotros y, como tantas otras veces, la paro y pregunto si nos llevan a Granada. Aparte del conductor, dos nicas van en la parte trasera de la pick up, gritándonos Granada, Granada, Granada como hacen los voceros de los autobuses que anuncian su destino a cada grupo de gente que, parada a la vera de la carretera, bien puede estar esperando ese grito para trepar al bus. Les respondo con el mismo grito, nos reímos y nos encaramamos a la pick up. Tras la cabina del conductor hay una tabla de madera cruzada que sirve como banco. La canadiense y un americano la ocupan, mientras que el escocés y el que es de New Jersey preferimos ir de pie.
Soy el único que habla español de entre los gringos que hemos sido recogidos a tan calurosa hora en tan polvoriento camino. Entablo conversación con los dos hombres, hablamos de los toros que hubo en Nandaime, sacándoles de dudas aclarándoles que no venimos de la Laguna, que vivimos en La Prusia, en la casa de voluntarios que queda una milla más arriba de donde nos han recogido. Les pregunto que a dónde se dirigen, van al mercado, un destino perfecto para nosotros. Todo es como siempre que he cogido raid (hacer autostop) en el camino de La Prusia, aunque esta pick up Toyota, como casi todas, roja y cochambrosa no la había visto nunca. Cuando llegamos y el motor se alivia con el giro de la llave, parados frente a la gasolinera que está pasado el mercado de Granada, me apeo de un salto. Tras de mí y con la ayuda de los dos nicas, bajan mis compañeros. Los dos nicas se quedan en la pick up, apoyados en la cabina del conductor con los brazos cruzados y mirándonos divertidos. Me despido de ellos y del conductor, que sale justo cuando paso a su lado. Le doy las gracias y hasta la próxima, justo a la vez que Tom, el de New Jersey, pregunta con acento '¿Cuánto?'. Me río y le digo que no es nada, hombre, que nos han traído a raid, que eso no se paga. Pero el conductor entonces me mira raro y extiende la mano con la palma, callosa y con dedos gordos como penes flácidos, hacia arriba. Mis cejas suben hasta límites insospechados, le sonrío cuando me pregunta quién paga y, creyendo que está de broma, porque qué otra cosa vas a creer sino, le digo que nada, hombre, que el raid no se paga. En ese momento un borracho que tengo el disgusto de conocer se mete en la conversación anunciando solemne, con la poca solemnidad que dan sus ojos perdidos y su mandíbula bailonga, que en Nicaragua los raids sí se pagan. Deduzco pues que no están de guasa, que de verdad pretenden que les paguemos. Contesto, porque soy el único que puedo hacerlo, es como si estuviera viajando con cuatro gatos en tierra de perros, que no, mae, que he cogido muchos raids ya en Nicaragua y nunca he pagado ninguno, nunca siquiera habían hecho el amago de cobrarme. Sigo escondiéndome detrás de una sonrisa que me niego a borrar porque sigo esperando que estén intentando tomarnos el pelo, porque siempre pensaré que la gente no se aprovecha de la gente, aunque la vida me haya demostrado tantas veces lo contrario. El borracho decide seguir llevando la palabra, con los dos nicas del pick up asomados y riéndose y con el conductor serio y con la misma pose de un taquillero en un espectáculo circense de tres al cuarto. Me dice el tipo sucio y ebrio que entonces ésta será la primera vez que pagaré por un raid en Nicaragua. Me carcajeo a gusto de semejante imbecilidad y le digo que no, que los raids no se pagan, que ya llevo rato acá, en su país, y jamás se pagó un raid, mae, dejemos la guasa ya. El conductor decide bajar de los cinco pesos iniciales por cabeza a un total de 20. Entonces es cuando ya borro la sonrisa, las cejas bajan y me achinan los ojos, arrugo la frente, cambio el tono, y sigo en mis trece. Si tengo que estar discutiendo hasta el atardecer, así sea, pero a mí no me la dais que he cagado tantas veces ya en este país que bien podría tener que pagar un impuesto para la limpieza de alcantarillas, tengamos la fiesta en paz. Respondo de nuevo lo mismo que ya he dicho, que no pago, que a cuento de qué. El conductor balbucea y encuentra una excusa. La gasolina es cara, mae, me dice, en un tono menos áspero que el del borracho que se ha metido donde no le llaman, pero que se está ganando a pulso que bordeé la camioneta y le estampe sus inútiles sesos en la acera de la que ha levantado su estúpido culo. Vuelvo a carcajearme mientras doy un paso al frente, poniéndome más cerca del conductor, pues puede que sea sordo y no me haya oído, o puede que sea ciego y crea que ha llevado a raid a niños de cinco años. Suelto la obviedad más grande que se ha dicho en este país desde que Sandino mandó a la mierda a los yankis. El viaje lo ibais a hacer igual, con nosotros o sin nosotros, nos habéis recogido porque habéis querido, que si no hubiéramos caminado y simplemente sudado un poco más, la gasolina que habéis empleado es exactamente la misma que gastaríais si hubierais venido sin cinco gringos en vuestra pick up de mierda que como me ponga chulo os la malcompro, tontos del culo. El conductor se calla, supongo que porque para qué hablar si lo único que va a salir de tu boca son sandeces, una detrás de otra. Pero no el borracho, que ha decidido que esta guerra también es suya, y sin otra cosa mejor que hacer, decide seguir inflándome los cojones, porque los cuatro que me acompañan lo único que hacen es adivinar alguna palabra y mirarme ora a mí, ora al borracho, como si estuvieran en un partido de ping pong. Así que el alcohólico que podría ser anónimo pero que a partir de ese momento tiene cara y voz para mí y siempre que le vea tendré ganas de meterle semejante ostia que no iba a tener garganta para tragar el guaro que desayuna, incide una vez más en que en Nicaragua se paga el raid, que si la gasolina es cara y que así funcionan las cosas acá, mae. Cuando voy a repetirle por enésima vez, porque no me importa, porque no tengo prisa, porque no te voy a pagar, que somos gringos pero no gilipollas, Tom saca un billete de 20 córdobas y se los da al conductor. Miro lo que ha hecho, veo que el conductor se da la vuelta con el billete desaparecido en su bolsillo, y me arranco diciendo que eso está muy feo, que el raid no se paga y que no me vengan con tonterías. El borracho intenta tomar la palabra de nuevo pero le interrumpo, porque se merece no sólo que le interrumpa sino que le arranque la lengua a mordiscos, y le digo algo que no había dicho en mi vida, y mucho menos usando el acento nica: Vos sos loco, que bien sé yo que el raid no se paga, ni acá ni en ningún sitio, mae, así que callate de una vez y vete a la verga, vos! (voseando, cambiando el acento de las esdrújulas y arrastrando las eses, como si hubiera nacido en Managua, por ejemplo). Me giro y empiezo a andar calmo, meneando los hombros, para escuchar como el borracho me devuelve el improperio: A la verga se va vos, perro! Decido que es suficiente y me alejo, sorprendido por el hecho de que he insultado en nica a un nica. Los cuatro perritos falderos me siguen, vistiendo incomprensión en sus caras.
Por primera vez en tres meses he mandado a alguien a la verga de tal modo que lo único que ha podido hacer el interpelado es devolverme el insulto repetido, con el mismo acento que le he robado. Me he sentido tan nica que miraría mal al próximo español que se me presente, colonizadores de mierda. Tom se me acerca y me pregunta si he dicho lo que he dicho, le digo que sí riéndome y él se queda rumiando la frase, como intentando guardársela, pero sabiendo que nunca, porque no habla castellano y nunca podrá desprenderse de sus pecas y sus ojos claros y su acento de yanki, podrá imitar el hablar de esta gente. Yo sí puedo, y lo he hecho casi sin darme cuenta, y estoy orgulloso, tanto de eso como del hecho de que, aun sabiendo que 20 pesos no son ni un euro, me escocía pagárselos a estos ladrones, no por avaricia, sino porque ya pienso en pesos y sé lo que se pueden hacer con 20. Comerte dos enchiladas, comprar un paquete de tabaco, pagar un taxi para dos, media hora de Internet, una cerveza, una docena de donuts, un paquete de pan de molde en la panadería. No me suponen nada 20 míseros córdobas, pero estoy cada vez más cansado de que crean que por ser español soy, no sólo rico, sino tonto. Pues mira, no sólo no lo soy, sino que te insulto como me insultarías tú luego. Porque el avaro en realidad fue el conductor, porque malicioso fue el borracho, porque los cuatro con los que yo iba, de haber ido solos, no habrían dudado en pagar como si aquello fuera normal, y no lo es. Nadie paga por un raid, gringo o no gringo, tonto o listo, niño o viejo, mujer u hombre. Y no me las doy de extranjero experimentado en las triquiñuelas de este país, que sólo llevo tres meses y eso es menos de lo que tarda un niño en destetarse, no quiero parecer el listo de turno, pero lo que no pienso aparentar es que soy ciego. He visto y aprendido, que es a lo que vine, y lo que es mejor, he dicho, por fin, como ellos, sólo como ellos.
La otra cosa que me pasó no tiene nada que ver con malos tragos, con acentos, con insultos nacionales, es más, en realidad no me pasó nada, fue sólo una sensación que tuve y que no había experimentado en los tres meses largos que llevo en este país que nunca antes habría pensado que visitaría. ¿Quién carajo cruza el Atlántico para ir a Nicaragua?
De nuevo por el camino de La Prusia, de nuevo hacia la colonial y falsa Granada, de nuevo paseando por este hermoso lugar que no tiene nada digno de ver pero a tanta gente que conocer y que ya conozco, de nuevo con dos voluntarios que cuentan por días su estancia aquí cuando yo ya he tenido que ir a renovar el visado, esta vez los dos españoles, de Madrid, como yo, o cada vez menos como yo, eso es lo que quiero pensar, andamos. Ellos van hablando sobre Argentina, que los dos estuvieron visitándola. El perito Moreno, Iguazú, la carne a la parrilla de los domingos, la hospitalidad, el vino de Mendoza, lo avispados que son los bonaerenses, los viajes de 20 horas en autobús, el acento, las mujeres, Argentina. Departen sobre la nieve que ha caído en Madrid y que los nicas sólo ven la tele, sobre lo peligroso que es Managua, o eso dicen, sobre la impresión que les dio el camino cuando lo cruzaron la primera noche que llegaron, montados en un taxi o en la camioneta de Hugo, sensación que casi no recuerdo. Ríen sobre cómo es hacer escala en Estados Unidos, se asombran de la fuerza de los enjutos nicas y de lo pronto que las mujeres empiezan a tener hijos que terminarán contando por docenas y teniendo que inventarse sus nombres. Discuten sobre el valor del euro en estos países, analizan forzados el precio de la gasolina y comentan en chascarrillo los parásitos que han leído pueden colársete por entre los dedos de los pies y anidar dentro de tu piel, tan blanca y poco preparada. Y mientras ellos entrenan la fuerza de su lengua, yo saludo a izquierdas, luego a derechas; me detengo con el pequeño Erik a decirle que mañana tenemos práctica de fútbol, que no me falte y que entrene con su balón mientras; respondo al vacile de Junior que me sigue llamando Shakira por las rastas y que sigue queriendo enseñarme a jugar al beisbol, incitándome a apostarnos 10 dólares en un partido nicas contra voluntarios, 10 dólares que no ha visto en su vida y yo aconsejándole que, ya puestos, mejor 100; le grito qué paso, cochón, a un chavalo cuyo nombre no termino de retener y que me llama Julio Voltio, tengo que averiguar qué es eso; le sonrío a Julia que nos adelanta en su bici y sonriendo ella con una fila de dientes blancos y apetecibles si no fuera porque sólo tiene 17 años; respondiendo todo bien a la pregunta de qué pasó, Julio, que me lanza Lenin cuando pasa con su moto hacia casa de su cuñada.
No fue hasta que me senté en el cibercafé de Granada cuando me di cuenta de lo poco que me interesaba la charla de los que nacieron en la misma ciudad que yo, prefiriendo diez mil veces más todo lo que me pasó en el camino, que no fue nada, porque ya no es nada, porque he andado por ese camino tantas veces haciendo exactamente lo mismo que ya no es nada, cuando en realidad lo es todo en este viaje. Soy alguien cuando bajo por el camino de La Prusia, los gringos son los que iban hablando sin darse cuenta de por dónde andaban y de quién les miraba. Todo es cosa de tiempo, supongo, y yo he necesitado tres meses para que el camino La Prusia-Granada se convierta en un racimo de conversaciones entrecortadas con quien me cruzo por el trayecto. Cuando llegué, bajaba igual que mis dos compañeros madrileños, tardaba cuarenta minutos en alcanzar al cementerio. Ahora, si quisiera, no llegaría nunca.
Esas dos cosas tan nimias me pasaron, y en la poca importancia que tienen me he quedado nadando, sin ahogarme, respirando tranquilo y haciéndome el muerto, sopesándolas hasta concluir que son los pequeños detalles los que te demuestran las más grandes de las cosas. Un insulto y un paseo para darme cuenta de que sí, por fin, tengo nombre en este lugar, ya no soy un bicho raro, o al menos ya no lo soy tanto. Tres meses, un visado, la vida de un ratón sin suerte, mi tiempo, el de ellos, noventa días para ser Willie Fog sin moverme del sitio, sin cogerme un globo, sólo andando, siempre andando.
lunes, 25 de enero de 2010
Diez días queriendo ser Caribe VII - Let's go, fisherman!
A las 7 estamos camino de Awas de nuevo. De nuevo a la altura de Raitipura nos asalta un nuevo personaje, rapado y de sonrisa forzada. Nos suelta el mismo discurso que ya nos dijo Mr. Orlando, que nos hace de guía, que bla bla bla. Le decimos que se le han adelantado y pone cara de resignación. Mientras le damos largas, una horda de niños nos asalta y uno de ellos, haciendo gala de un total desconocimiento de la discreción, me pregunta qué le pasa a mi pelo. Respondo que es que estoy a ver si me hacen rastas, que lo de las trenzas es temporal. El niño sonríe y canta "hey you rastaman" y sale corriendo. Seguimos nuestro camino, yo pensando que el primero que me ha llamado rastaman es un niño descalzo que me ha vacilado en mis narices.
Al pasar el portón enrejado, que no hace ninguna función pues tiene toda la pinta de llevar sin cerrarse desde que se erigió, nos cruzamos con un negro alto y desgarbado, con rastas finas bailándole entre los omoplatos y una perilla malamente recortada subrayándole una cara guapa. Va descalzo, con una camiseta blanca de tirantes y pantalones pirata vaquero. En una mano lleva dos pez gato y en la otra una botella de Toña. Le saludo al pasar con un cantarín Hello y él responde con un susurrante Yeah man que nos enamora a Lau y a mí. Yeah man, para qué decir más si tu cuerpo, tu porte y tu rollito completan el significado de tan escueta frase. Reaccionamos tarde como para tirarle una foto, porque lo cierto es que se merece quince.
Mr. Orlando ya nos está esperando, listo para prepararnos un desayuno a base de café soluble y pescado frito, que nos ventilamos entre gemidos orgásmicos mientras él ultima la panga que nos llevará selva adentro. La mujer, callada, invisible, nos sirve el inusual desayuno y continúa con las brasas. Shem, el hijo mayor de Orlando, entra y sale de la choza obedeciendo sin piar las órdenes de su padre. Cuando salimos de nuevo, con el café y un cigarro, vemos que hay alboroto en la playa. Vuelven los pescadores de marisco, con buenas dosis de cangrejo pero pocas de camarones. Niños desnudos y con ronchas en las piernas, algunas en carne viva, que no parece ni que las noten, revolotean alrededor de las pangas de los sufridos pescadores. Una mujer a la que hemos dado un cigarro nada más llegar aparece royendo una raspa de pescado, y a los dos segundos un par de niños se la piden. Ella se la pasa, ellos la roen aún más y cuando me doy cuenta la están mordiendo y la raspa ha desaparecido.
Al segundo aparece Mr. Orlando con una vela enrollada bajo el brazo. Nos hace señas para que nos subamos a la panga mientras Shem nos tiende unas botas de agua. Nos quitamos las chanclas, embutimos nuestros pies en las botas y nos metemos en ese tronco vaciado que se menea más de lo que ningún blanco sin Biodramina desearía. Yo voy al frente, Lau detrás, la vela enrollada a nuestros pies, Shem delante de mí, y su padre en la parte trasera, todos sentados menos Orlando, que con un palo largo va impulsando la panga para alejarla de la orilla. Me pregunto qué hacemos con las botas de agua puestas. Una vez que el palo no toca el fondo del mar, desenrollamos la vela, Orlando la encasqueta en un agujero del banco que tengo delante y dejamos que el viento impulse nuestro viaje hacia el norte, hacia la selva. Hace un día estupendo, con sólo un poco de viento ligero que no mueve las nubes que hoyan un cielo demasiado azul para describirlo, y el viaje es una oda al placer de navegar. En la orilla, un grito sale de entre los árboles. Orlando mira y responde con otro grito. Es un cazador de venados, nos dice. Sale de entre los árboles y le veo andando por la orilla, sin ningún arma entre las manos.
Llegamos por fin a nuestro destino y entiendo porqué los españoles desistieron de hacer tierra aquí. Los árboles y la maleza tiran sus raíces al agua, no dando lugar a una mísera playita más allá de donde amarramos la panga. Orlando clava su palo en la arena y ata en él la panga. A su vera hay otra panga que se mece en el agua. Ahora es cuando él y Shem se ponen sus botas de agua, y yo es cuando me las quito para vaciarlas del agua recogida en la ida. Tengo los dedos arrugados como orugas viejas. Vierto el agua y me vuelvo a poner esos trozos de caucho agujereados y sigo a Shem, Lau y Clev al interior de la selva, por una senda de esas por las que sólo se puede ir en fila india. Es selva tupida, con el camino a veces embarrado y otras directamente cortado por un arroyo que salvamos haciendo equilibrio por un tronco mal puesto. No vemos monos, como mucho oímos algún pájaro y hacemos un alto en una de las tierras que es propiedad de la familia, donde lo que habían plantado fue arrasado por el último huracán. Orlando hace grandes esfuerzos por explicarnos lo poco que vemos más allá de lianas, palmeras, copas de árboles altos como gigantes y delgados como jugadores africanos de baloncesto, pero lo cierto es que sus explicaciones duran menos de cinco minutos, pues no hay mucho que contar. Llegamos a un claro donde dos hombres se desloman con el machete en mano. Son el suegro de Orlando y un joven de Awas, que están despejando el fértil suelo para iniciar una plantación de judías. En medio de la selva, un cultivo. Suena raro y absurdo, pero a tenor por la vegetación, la tierra aquí sólo podría ser más rica si en ella se encontrara oro. Pero a falta de metales preciosos que sacar, buena cosecha para vivir, que el oro no se come. Orlando no lo duda y saca su machete y echa una mano a los dos afanados compañeros. Cada golpe de machete de cada uno de estos hombres, sea del joven o sea del suegro que pasa de los cincuenta, arranca más hierbajos y cañas y raíces que los que diez españoles podrían arrasar con una hoz. Al rato, con algo más de terreno ganado a la selva, les dejamos con su tarea, sudando como pollos al horno. Un poco más adentro de esta selva en la que si de repente me dejaran probablemente moriría a la semana, más de desesperación que otra cosa, encontramos una cabaña derruida. Es la del suegro, que el huracán no respetó y que en algún momento tendrán que volver a erigir. Los rescoldos de un fuego reciente y algo de fruta recopilada son las únicas señales de supervivencia entre la devastación y la jungla. Tras la cabaña venida a menos está la plantación de yuca, banano y piña. Shem y Orlando se dedican a arrancar los arbolitos de la yuca y con el machete cortan el tubérculo, que echan al saco. Sólo los matojos grandes indican que la yuca ya está lista, y van tirando los tronquitos siempre al mismo lado del huerto, con lo que están formando una valla natural que delimita el campo sembrado de la selva salvaje. Miramos mientras trabajan, qué otra cosa podemos hacer dos blancos en terreno indígena. Lau tira alguna foto y yo me dedico a sonreírle a Shem, que va recogiendo la yuca que su padre va arrancando. Cuando llenan el saco, nos llevan a ver la piña. Nunca había visto una piña plantada, que nace en el suelo, como las lechugas. Son pequeñitas y su cresta verde asoma de entre el suelo en rebeldía, dura y puntiaguda, prometiendo dulzura bien protegida por la coraza de la fruta. Y los bananos están justo detrás, levantándose orgullosos por encima de los árboles frondosos de la selva. Están repletos de bananos, completa ebullición, así que arrancan un buen manojo, de unos treinta frutos alargados. Y con eso nos damos por satisfechos, un saco lleno de yuca que Orlando se pone a la cabeza con la facilidad con la que yo me pongo los gayumbos por la mañana, y el par de docenas de plátanos que Shem lleva incómodamente al hombro. Desandamos el camino estrecho, yo detrás de Shem cerrando la fila, que si esto fuera una película de Hollywood, sería pues yo el primero en morir a manos de una fiera asesina o de una tribu en taparrabos, lanzas y escudos pintarrajeados, sin que el resto de la fila se percatase, cayendo uno a uno… pero qué peliculero soy. Y en esas estoy cuando veo a Shem pararse y mirar al suelo. Deja los plátanos a su lado y agarra con suavidad una liana que repta por el camino, delgadita. No acierto a saber qué está haciendo, primero pienso que jugando, y sigo andando. Llego a donde está la panga, que está a punto de inundarse, porque hace aguas por una pequeña grieta que a la ida iba Shem tapando con paños y hojas, y al rato llega Shem agarrando la liana que ha arrancado de un extremo, y del otro cuelgan los plátanos, por detrás de su hombro. Se ha fabricado una cuerda en lo que yo tecleo esta frase. Pienso que si yo necesitara ayuda en una situación parecida en mi mundo, llamaría un taxi o a un amigo con coche. Cargamos las cosas en la parte delantera, donde a la ida venía Shem remendando la grieta de la panga, y nos situamos en las mismas posiciones de antes, ahora ya sin las botas puestas, ingenuos que somos. Orlando empuja la panga con el palo hasta alejarla de la orilla y me pasa un remo. Él detrás remando a la izquierda, yo delante haciendo lo propio a la derecha. Cuando veníamos, con el viento dándonos a la espalda, navegamos. Ahora, con el viento en contra, toca avanzar a golpe de remo. No se me había ocurrido que esto iba a ser así, y se me ocurre que sí, que es una excursión a la selva lo que hemos hecho, pero que en realidad no es más que acompañar al padre y al hijo a por su siembra y a ayudarles en la dura tarea de volver remando. Y encima pagamos por ello. Qué cosas. La travesía dura unos cuarenta minutos, y yo a los cinco estoy derrengado. Viendo que flaqueo, Orlando se ríe y grita a mi espalda "Let's go, fisherman!" Qué pescador ni que ocho cuartos, si yo sólo soy periodista, y ni siquiera de los que salen a la calle en busca de la noticia, sino de los que están frente al ordenador edulcorando textos. Le respondo que es que yo no estoy acostumbrado a esto, que ellos son duros. Él me responde con un "we do this everyday", pero sin querer sonar chulo, con el mismo tono de obviedad que empleó Danly en Rama Cay cuando me dijo que se hacía 18 kilómetros a remo en mar abierto en menos de cinco horas. Razono para mis adentros que al igual que yo no estoy acostumbrado a hacer lo que esta gente hace a diario, ellos no lo están a mi rutina, a trabajar con ordenadores o desenvolverse en una ciudad como Madrid. Concluyo mustio que lo que yo sé hacer no me salvaría nunca la vida, mientras que lo que Shem o su padre ejercen con soltura les da de comer cada día, aunque no haya nada a la vista para llevarse a la boca. Yo moriría aquí en diez días si me dejaran solo. Ellos en Madrid encontrarían la manera de sobrevivir. Termino pasándole el remo a Shem, que a un ritmo más pausado pero constante que el mío, aguanta el resto de la travesía sin siquiera hacer una mueca de agotamiento.
De nuevo en la playa de Awas nos tiramos en la hamaca mientras la mujer de Orlando cocina el rondón que nos espera, a saber: sopa de pescado, yuca y banano. Lau y yo comentamos con satisfacción el hecho de que no nos hayan pedido un peso más allá del presupuesto acordado por el día de excursión. Comer lo que acabamos de extraer de la tierra es un placer al alcance sólo de los que tienen dónde sembrar. Está exquisito y desaparece de nuestro plato en menos tiempo de lo que Shem ha tardado en fabricarse una cuerda con una liana.
Volvemos a la hamaca, donde intentando dormitar nos interrumpe un tipo que apesta a alcohol. Balbucea cosas incomprensibles, acierto a entender que despotrica contra Orlando, que si volvemos mañana es mucho mejor que lo hagamos con él que con nuestro esforzado anfitrión. Noto como la sangre me hierve, pero en la hamaca se está demasiado a gusto como para buscar la confrontación con nadie, así que lo único que hacerle es empujarle con suavidad cada vez que se inclina demasiado cerca de mi oreja para susurrarme sus necedades hediondas. Es realmente repugnante. Le respondo que a mí esta gente no me resulta tan mala como él me anuncia, que me deje tranquilo que quiero descansar, pero no se da por vencido y continua creando cizaña, algo que no va a conseguir ni aunque el mismísimo Zeus se acomodara en su hombro para darle la razón. Aparecen dos chavales que se ríen de él y sin hacerle caso me invitan a jugar al fútbol con ellos, pero entrar en la hamaca es fácil e imposible salir de ella con tanta facilidad, y el rondón está todavía surcando mi estómago. Terminan casi encarándose al tipo, mofándose de él y alejándole de nosotros, respetando nuestro sosiego. Me da la impresión de que Orlando, su familia y sus amigos nos protegen. Cuando por fin se aleja, se acerca Shem, que le ha tirado un par de piedras mientras el borracho intentaba convencerme de lo imposible, y me dice que no le haga caso, que es el borracho del pueblo, porque en toda sociedad alguien tiene que hacer el papel de tonto del pueblo y este se esfuerza en representarlo.
Al rato Orlando se acomoda a mi vera buscando conversación y la abre con una pregunta que me deja estupefacto: "What's the name of the president of Spain?" Zapatero, le digo, y quiere saber qué tal es. De verdad que no sé cuántas veces he flipado ya en este viaje, me río yo de los profetas del LSD. Le cuento mi impresión sobre un presidente que nunca conocerá y le dejo que me hable él de sus ideas políticas, mucho más interesantes que las mías. Volvemos a hablar de la contra, y ahora reproduzco este párrafo suyo, que por elocuente me resultó encantador: "The sandinistas wanted to take our lands and change our traditions, brother. They wanted to put us on the swamp so they could came to the coast and t olive. We said: 'if you want to do that, you will have to kill us all'. So we fighted, and they gave up". Todo ello dicho con ese acento y esa forma de comerse consonantes que simplemente termina convirtiendo el inglés en un idioma diferente, con poco entusiasmo pero demasiada convicción, quitándose la gorra a veces para limpiarse el sudor de su tremenda cabeza, y siempre sonriéndome. Embobado una vez más busco la grabadora que traje y que no encuentro, pero sabiendo que esto no se me olvida.
Rumio que esta gente son una tribu auténtica, y ahora yo apostillaría "salvando las diferencias", pero cuando las diferencias son tan vagas como la ropa y la cancha de baloncesto, para qué salvarlas. En este día que compartimos con ellos, si nos borramos a Lau y a mí de la escena, únicos blancos entre miskitos, y también a las canastas, las camisetas y las gorras, este día de diciembre de 2009 se encontraría con total similitud en el diciembre de 1400, por ejemplo. Pangas prehistóricas, pesca, reuniones tribales y chozas de madera y techo de palma, el progreso se ha olvidado de esta gente, y ni falta que les hace. Si acaso la luz eléctrica, que les llegó hace cuatro años y aparece en la población de cuatro de la tarde a seis de la mañana.
Cuando nos vamos a ir, Orlando nos cuenta que su madre necesita unas medicinas, que sino nos importa que venga con nosotros a Lacoon y que le ayudemos con el tema. Claro que sí, amigo mío. La gran diferencia en lo que a dinero respecta entre esta gente y los McRea es que éstos nos pedían plata para lo que fuera mientras que Orlando nos dice, con absoluta sinceridad y sin esconderse, lo que necesita y nos pide que se lo compremos, él no quiere más dinero que el acordado por hacernos de guía. Así pues nos ponemos en camino con el sol cayendo. Hacemos una parada en Raitipura, a que Orlando hable con un amigo que teje una red de pesca y yo aprovecho para comprar pan de coco en la misma casa. Cuando continuamos el regreso le decimos a Orlando que nos gustaría volver mañana, esta vez para pescar con él. Pone cara de asombro, como si nadie jamás hubiera ido dos días seguidos, pero obviamente accede, a las siete de nuevo, esta vez en busca de ese pescado tan escurridizo que antes encontraban con los ojos cerrados.
Le pregunto mientras andamos a buen ritmo, él con la visera de la gorra ladeada de tal manera que le cubra de dónde nos golpea el sol de la tarde, que cómo se dice flaco en miskito, que así es como me llaman en La Prusia y que en rama se dice suinyi. Me dice que es biánwa y se ríe por mi absurda duda idiomática. Ya tengo mote en tres idiomas, dos de los cuales nadie de mi entorno en España sabe siquiera que existen.
En Lacoon probamos en dos farmacias y en ninguna de las dos tienen una de las medicinas que requiere la madre de Orlando, que tiene una infección bucal. De la que sí tienen son cuatro córdobas el comprimido, un precio escandaloso para un nica. La sanidad aquí es pública, pero los medicamentos son inalcanzables para su economía. Me cago en las farmacéuticas una vez más. El ibuprofeno se lo regalo yo, y otros dos medicamentos los encontramos. Paramos también en una ferretería para comprar anzuelos y sedal para nuestra aventura de mar de mañana y nos despedimos de Orlando, hasta mañana a las siete, brother.
En el hotel nos sentamos al lado de una pareja formada por una blanca y un nica, ella española por el acento. Terminamos uniendo mesas y compartiendo cafetera. Ella, Cuti, llegó a España con las brigadas de paz, en plena guerra, y allí conoció a Miguel, natural de Ocotal, un pueblo de campesinos al norte del Pacífico. Miguel vendría a ser un maki pero al estilo al nica, pues huyendo de la represión somocista en los primeros coletazos de la revolución tuvo que esconderse en las montañas durante un año, sin bajar nunca al pueblo a ver a sus padres. Nos explica que era tal la represión que si una patrulla de somocistas te veía calzando botas embarradas, ya daba por hecho que eras un rebelde y, sin más, te disparaban si tenías suerte, te apresaban si el azar no te sonreía. Para él, claro, como para casi todos, Somoza no era sino un clan de hermanos déspotas, caprichosos, sanguinarios, proyankis, esquilmadores, corruptos e hijos de puta. Él tiene ahora mismo cincuenta años exactos, o sea que en la guerra contaba veinte. Dice que el primer FSLN en el poder, el de Ortega y Sergio Ramírez, era un buen gobierno, el único que ha tenido Nicaragua. Que ahora es un insulto que se sigan llamando sandinistas, que es más o menos la idea que nos estábamos ya forjando Lau y yo. Si Sandino levantara la cabeza lo primero que haría es patearle el culo a Ortega, tal y como hizo con los yankis en los treinta.
Cuti nos cuenta como, con las brigadas de paz en el 84, cenaban con una banda sonora de tiros de metralleta, como los sandinistas que les protegían cenaban con ellos con el fusil apoyado entre las piernas, como Julia, una niña de quince años, sacaba tiempo para por la mañana ir a la escuela y por la tarde dar clases de alfabetización de adultos y por las noches sacaba fuerzas para hablar con los brigadistas y seguir cultivándose.
Hablamos del carácter de los nicas, que, cuentan, son famosos en Centroamérica por su hospitalidad y afabilidad, que son bondadosos al máximo cuando no tienen nada. Nos cuentan que el secreto de la pobreza de este país de suelo extremadamente rico está en la falta de industria, que desapareció cuando echaron a los Somoza. Miguel se queja de que todo material de construcción en este país es carísimo, zinc, madera, pintura, y que así es normal que la gente opte por vivir en chabolas, como en La Prusia, pues nosotros también les contamos nuestra escueta historia nicaragüense. Miguel confiesa que los nicas son los moros en España para los ticos, que son la mano de obra barata y anulada de Centroamérica.
Preguntamos por este viaje que están haciendo, pues toca pasar la navidad con la familia de Miguel, él se mofa de ello pues siempre las pasan con la familia de Cuti y ahora el que se lleva el gato al agua es él, por fin. Que su madre, siempre que la llamaban en navidad, decía que sí, que estaba bien con los hermanos de Miguel en casa, pero que sin Miguel es como si en estas épocas de nostalgia le faltara un brazo. Es el hijo predilecto y lo sabe, así que esta vez complace a su madre anciana, que quién sabe si éstas serán sus últimas navidades. Son una pareja graciosa, bien avenida, que se conocieron aquí en plena guerra y se fueron a vivir a España, donde a Miguel le siguen parando por la calle los policías para pedirle los papeles y él ya directamente les enseña el abono transporte mientras musita "joder, que llevo aquí más años de los que tiene tu hijo".
Nos despedimos, que ellos mañana han contratado un viaje con el hotel por las poblaciones garífunas de Orinoco y alrededores y nosotros hemos quedado con un hombre que no tiene nada pero no se lamenta de ello.
Al pasar el portón enrejado, que no hace ninguna función pues tiene toda la pinta de llevar sin cerrarse desde que se erigió, nos cruzamos con un negro alto y desgarbado, con rastas finas bailándole entre los omoplatos y una perilla malamente recortada subrayándole una cara guapa. Va descalzo, con una camiseta blanca de tirantes y pantalones pirata vaquero. En una mano lleva dos pez gato y en la otra una botella de Toña. Le saludo al pasar con un cantarín Hello y él responde con un susurrante Yeah man que nos enamora a Lau y a mí. Yeah man, para qué decir más si tu cuerpo, tu porte y tu rollito completan el significado de tan escueta frase. Reaccionamos tarde como para tirarle una foto, porque lo cierto es que se merece quince.
Mr. Orlando ya nos está esperando, listo para prepararnos un desayuno a base de café soluble y pescado frito, que nos ventilamos entre gemidos orgásmicos mientras él ultima la panga que nos llevará selva adentro. La mujer, callada, invisible, nos sirve el inusual desayuno y continúa con las brasas. Shem, el hijo mayor de Orlando, entra y sale de la choza obedeciendo sin piar las órdenes de su padre. Cuando salimos de nuevo, con el café y un cigarro, vemos que hay alboroto en la playa. Vuelven los pescadores de marisco, con buenas dosis de cangrejo pero pocas de camarones. Niños desnudos y con ronchas en las piernas, algunas en carne viva, que no parece ni que las noten, revolotean alrededor de las pangas de los sufridos pescadores. Una mujer a la que hemos dado un cigarro nada más llegar aparece royendo una raspa de pescado, y a los dos segundos un par de niños se la piden. Ella se la pasa, ellos la roen aún más y cuando me doy cuenta la están mordiendo y la raspa ha desaparecido.
Al segundo aparece Mr. Orlando con una vela enrollada bajo el brazo. Nos hace señas para que nos subamos a la panga mientras Shem nos tiende unas botas de agua. Nos quitamos las chanclas, embutimos nuestros pies en las botas y nos metemos en ese tronco vaciado que se menea más de lo que ningún blanco sin Biodramina desearía. Yo voy al frente, Lau detrás, la vela enrollada a nuestros pies, Shem delante de mí, y su padre en la parte trasera, todos sentados menos Orlando, que con un palo largo va impulsando la panga para alejarla de la orilla. Me pregunto qué hacemos con las botas de agua puestas. Una vez que el palo no toca el fondo del mar, desenrollamos la vela, Orlando la encasqueta en un agujero del banco que tengo delante y dejamos que el viento impulse nuestro viaje hacia el norte, hacia la selva. Hace un día estupendo, con sólo un poco de viento ligero que no mueve las nubes que hoyan un cielo demasiado azul para describirlo, y el viaje es una oda al placer de navegar. En la orilla, un grito sale de entre los árboles. Orlando mira y responde con otro grito. Es un cazador de venados, nos dice. Sale de entre los árboles y le veo andando por la orilla, sin ningún arma entre las manos.
Llegamos por fin a nuestro destino y entiendo porqué los españoles desistieron de hacer tierra aquí. Los árboles y la maleza tiran sus raíces al agua, no dando lugar a una mísera playita más allá de donde amarramos la panga. Orlando clava su palo en la arena y ata en él la panga. A su vera hay otra panga que se mece en el agua. Ahora es cuando él y Shem se ponen sus botas de agua, y yo es cuando me las quito para vaciarlas del agua recogida en la ida. Tengo los dedos arrugados como orugas viejas. Vierto el agua y me vuelvo a poner esos trozos de caucho agujereados y sigo a Shem, Lau y Clev al interior de la selva, por una senda de esas por las que sólo se puede ir en fila india. Es selva tupida, con el camino a veces embarrado y otras directamente cortado por un arroyo que salvamos haciendo equilibrio por un tronco mal puesto. No vemos monos, como mucho oímos algún pájaro y hacemos un alto en una de las tierras que es propiedad de la familia, donde lo que habían plantado fue arrasado por el último huracán. Orlando hace grandes esfuerzos por explicarnos lo poco que vemos más allá de lianas, palmeras, copas de árboles altos como gigantes y delgados como jugadores africanos de baloncesto, pero lo cierto es que sus explicaciones duran menos de cinco minutos, pues no hay mucho que contar. Llegamos a un claro donde dos hombres se desloman con el machete en mano. Son el suegro de Orlando y un joven de Awas, que están despejando el fértil suelo para iniciar una plantación de judías. En medio de la selva, un cultivo. Suena raro y absurdo, pero a tenor por la vegetación, la tierra aquí sólo podría ser más rica si en ella se encontrara oro. Pero a falta de metales preciosos que sacar, buena cosecha para vivir, que el oro no se come. Orlando no lo duda y saca su machete y echa una mano a los dos afanados compañeros. Cada golpe de machete de cada uno de estos hombres, sea del joven o sea del suegro que pasa de los cincuenta, arranca más hierbajos y cañas y raíces que los que diez españoles podrían arrasar con una hoz. Al rato, con algo más de terreno ganado a la selva, les dejamos con su tarea, sudando como pollos al horno. Un poco más adentro de esta selva en la que si de repente me dejaran probablemente moriría a la semana, más de desesperación que otra cosa, encontramos una cabaña derruida. Es la del suegro, que el huracán no respetó y que en algún momento tendrán que volver a erigir. Los rescoldos de un fuego reciente y algo de fruta recopilada son las únicas señales de supervivencia entre la devastación y la jungla. Tras la cabaña venida a menos está la plantación de yuca, banano y piña. Shem y Orlando se dedican a arrancar los arbolitos de la yuca y con el machete cortan el tubérculo, que echan al saco. Sólo los matojos grandes indican que la yuca ya está lista, y van tirando los tronquitos siempre al mismo lado del huerto, con lo que están formando una valla natural que delimita el campo sembrado de la selva salvaje. Miramos mientras trabajan, qué otra cosa podemos hacer dos blancos en terreno indígena. Lau tira alguna foto y yo me dedico a sonreírle a Shem, que va recogiendo la yuca que su padre va arrancando. Cuando llenan el saco, nos llevan a ver la piña. Nunca había visto una piña plantada, que nace en el suelo, como las lechugas. Son pequeñitas y su cresta verde asoma de entre el suelo en rebeldía, dura y puntiaguda, prometiendo dulzura bien protegida por la coraza de la fruta. Y los bananos están justo detrás, levantándose orgullosos por encima de los árboles frondosos de la selva. Están repletos de bananos, completa ebullición, así que arrancan un buen manojo, de unos treinta frutos alargados. Y con eso nos damos por satisfechos, un saco lleno de yuca que Orlando se pone a la cabeza con la facilidad con la que yo me pongo los gayumbos por la mañana, y el par de docenas de plátanos que Shem lleva incómodamente al hombro. Desandamos el camino estrecho, yo detrás de Shem cerrando la fila, que si esto fuera una película de Hollywood, sería pues yo el primero en morir a manos de una fiera asesina o de una tribu en taparrabos, lanzas y escudos pintarrajeados, sin que el resto de la fila se percatase, cayendo uno a uno… pero qué peliculero soy. Y en esas estoy cuando veo a Shem pararse y mirar al suelo. Deja los plátanos a su lado y agarra con suavidad una liana que repta por el camino, delgadita. No acierto a saber qué está haciendo, primero pienso que jugando, y sigo andando. Llego a donde está la panga, que está a punto de inundarse, porque hace aguas por una pequeña grieta que a la ida iba Shem tapando con paños y hojas, y al rato llega Shem agarrando la liana que ha arrancado de un extremo, y del otro cuelgan los plátanos, por detrás de su hombro. Se ha fabricado una cuerda en lo que yo tecleo esta frase. Pienso que si yo necesitara ayuda en una situación parecida en mi mundo, llamaría un taxi o a un amigo con coche. Cargamos las cosas en la parte delantera, donde a la ida venía Shem remendando la grieta de la panga, y nos situamos en las mismas posiciones de antes, ahora ya sin las botas puestas, ingenuos que somos. Orlando empuja la panga con el palo hasta alejarla de la orilla y me pasa un remo. Él detrás remando a la izquierda, yo delante haciendo lo propio a la derecha. Cuando veníamos, con el viento dándonos a la espalda, navegamos. Ahora, con el viento en contra, toca avanzar a golpe de remo. No se me había ocurrido que esto iba a ser así, y se me ocurre que sí, que es una excursión a la selva lo que hemos hecho, pero que en realidad no es más que acompañar al padre y al hijo a por su siembra y a ayudarles en la dura tarea de volver remando. Y encima pagamos por ello. Qué cosas. La travesía dura unos cuarenta minutos, y yo a los cinco estoy derrengado. Viendo que flaqueo, Orlando se ríe y grita a mi espalda "Let's go, fisherman!" Qué pescador ni que ocho cuartos, si yo sólo soy periodista, y ni siquiera de los que salen a la calle en busca de la noticia, sino de los que están frente al ordenador edulcorando textos. Le respondo que es que yo no estoy acostumbrado a esto, que ellos son duros. Él me responde con un "we do this everyday", pero sin querer sonar chulo, con el mismo tono de obviedad que empleó Danly en Rama Cay cuando me dijo que se hacía 18 kilómetros a remo en mar abierto en menos de cinco horas. Razono para mis adentros que al igual que yo no estoy acostumbrado a hacer lo que esta gente hace a diario, ellos no lo están a mi rutina, a trabajar con ordenadores o desenvolverse en una ciudad como Madrid. Concluyo mustio que lo que yo sé hacer no me salvaría nunca la vida, mientras que lo que Shem o su padre ejercen con soltura les da de comer cada día, aunque no haya nada a la vista para llevarse a la boca. Yo moriría aquí en diez días si me dejaran solo. Ellos en Madrid encontrarían la manera de sobrevivir. Termino pasándole el remo a Shem, que a un ritmo más pausado pero constante que el mío, aguanta el resto de la travesía sin siquiera hacer una mueca de agotamiento.
De nuevo en la playa de Awas nos tiramos en la hamaca mientras la mujer de Orlando cocina el rondón que nos espera, a saber: sopa de pescado, yuca y banano. Lau y yo comentamos con satisfacción el hecho de que no nos hayan pedido un peso más allá del presupuesto acordado por el día de excursión. Comer lo que acabamos de extraer de la tierra es un placer al alcance sólo de los que tienen dónde sembrar. Está exquisito y desaparece de nuestro plato en menos tiempo de lo que Shem ha tardado en fabricarse una cuerda con una liana.
Volvemos a la hamaca, donde intentando dormitar nos interrumpe un tipo que apesta a alcohol. Balbucea cosas incomprensibles, acierto a entender que despotrica contra Orlando, que si volvemos mañana es mucho mejor que lo hagamos con él que con nuestro esforzado anfitrión. Noto como la sangre me hierve, pero en la hamaca se está demasiado a gusto como para buscar la confrontación con nadie, así que lo único que hacerle es empujarle con suavidad cada vez que se inclina demasiado cerca de mi oreja para susurrarme sus necedades hediondas. Es realmente repugnante. Le respondo que a mí esta gente no me resulta tan mala como él me anuncia, que me deje tranquilo que quiero descansar, pero no se da por vencido y continua creando cizaña, algo que no va a conseguir ni aunque el mismísimo Zeus se acomodara en su hombro para darle la razón. Aparecen dos chavales que se ríen de él y sin hacerle caso me invitan a jugar al fútbol con ellos, pero entrar en la hamaca es fácil e imposible salir de ella con tanta facilidad, y el rondón está todavía surcando mi estómago. Terminan casi encarándose al tipo, mofándose de él y alejándole de nosotros, respetando nuestro sosiego. Me da la impresión de que Orlando, su familia y sus amigos nos protegen. Cuando por fin se aleja, se acerca Shem, que le ha tirado un par de piedras mientras el borracho intentaba convencerme de lo imposible, y me dice que no le haga caso, que es el borracho del pueblo, porque en toda sociedad alguien tiene que hacer el papel de tonto del pueblo y este se esfuerza en representarlo.
Al rato Orlando se acomoda a mi vera buscando conversación y la abre con una pregunta que me deja estupefacto: "What's the name of the president of Spain?" Zapatero, le digo, y quiere saber qué tal es. De verdad que no sé cuántas veces he flipado ya en este viaje, me río yo de los profetas del LSD. Le cuento mi impresión sobre un presidente que nunca conocerá y le dejo que me hable él de sus ideas políticas, mucho más interesantes que las mías. Volvemos a hablar de la contra, y ahora reproduzco este párrafo suyo, que por elocuente me resultó encantador: "The sandinistas wanted to take our lands and change our traditions, brother. They wanted to put us on the swamp so they could came to the coast and t olive. We said: 'if you want to do that, you will have to kill us all'. So we fighted, and they gave up". Todo ello dicho con ese acento y esa forma de comerse consonantes que simplemente termina convirtiendo el inglés en un idioma diferente, con poco entusiasmo pero demasiada convicción, quitándose la gorra a veces para limpiarse el sudor de su tremenda cabeza, y siempre sonriéndome. Embobado una vez más busco la grabadora que traje y que no encuentro, pero sabiendo que esto no se me olvida.
Rumio que esta gente son una tribu auténtica, y ahora yo apostillaría "salvando las diferencias", pero cuando las diferencias son tan vagas como la ropa y la cancha de baloncesto, para qué salvarlas. En este día que compartimos con ellos, si nos borramos a Lau y a mí de la escena, únicos blancos entre miskitos, y también a las canastas, las camisetas y las gorras, este día de diciembre de 2009 se encontraría con total similitud en el diciembre de 1400, por ejemplo. Pangas prehistóricas, pesca, reuniones tribales y chozas de madera y techo de palma, el progreso se ha olvidado de esta gente, y ni falta que les hace. Si acaso la luz eléctrica, que les llegó hace cuatro años y aparece en la población de cuatro de la tarde a seis de la mañana.
Cuando nos vamos a ir, Orlando nos cuenta que su madre necesita unas medicinas, que sino nos importa que venga con nosotros a Lacoon y que le ayudemos con el tema. Claro que sí, amigo mío. La gran diferencia en lo que a dinero respecta entre esta gente y los McRea es que éstos nos pedían plata para lo que fuera mientras que Orlando nos dice, con absoluta sinceridad y sin esconderse, lo que necesita y nos pide que se lo compremos, él no quiere más dinero que el acordado por hacernos de guía. Así pues nos ponemos en camino con el sol cayendo. Hacemos una parada en Raitipura, a que Orlando hable con un amigo que teje una red de pesca y yo aprovecho para comprar pan de coco en la misma casa. Cuando continuamos el regreso le decimos a Orlando que nos gustaría volver mañana, esta vez para pescar con él. Pone cara de asombro, como si nadie jamás hubiera ido dos días seguidos, pero obviamente accede, a las siete de nuevo, esta vez en busca de ese pescado tan escurridizo que antes encontraban con los ojos cerrados.
Le pregunto mientras andamos a buen ritmo, él con la visera de la gorra ladeada de tal manera que le cubra de dónde nos golpea el sol de la tarde, que cómo se dice flaco en miskito, que así es como me llaman en La Prusia y que en rama se dice suinyi. Me dice que es biánwa y se ríe por mi absurda duda idiomática. Ya tengo mote en tres idiomas, dos de los cuales nadie de mi entorno en España sabe siquiera que existen.
En Lacoon probamos en dos farmacias y en ninguna de las dos tienen una de las medicinas que requiere la madre de Orlando, que tiene una infección bucal. De la que sí tienen son cuatro córdobas el comprimido, un precio escandaloso para un nica. La sanidad aquí es pública, pero los medicamentos son inalcanzables para su economía. Me cago en las farmacéuticas una vez más. El ibuprofeno se lo regalo yo, y otros dos medicamentos los encontramos. Paramos también en una ferretería para comprar anzuelos y sedal para nuestra aventura de mar de mañana y nos despedimos de Orlando, hasta mañana a las siete, brother.
En el hotel nos sentamos al lado de una pareja formada por una blanca y un nica, ella española por el acento. Terminamos uniendo mesas y compartiendo cafetera. Ella, Cuti, llegó a España con las brigadas de paz, en plena guerra, y allí conoció a Miguel, natural de Ocotal, un pueblo de campesinos al norte del Pacífico. Miguel vendría a ser un maki pero al estilo al nica, pues huyendo de la represión somocista en los primeros coletazos de la revolución tuvo que esconderse en las montañas durante un año, sin bajar nunca al pueblo a ver a sus padres. Nos explica que era tal la represión que si una patrulla de somocistas te veía calzando botas embarradas, ya daba por hecho que eras un rebelde y, sin más, te disparaban si tenías suerte, te apresaban si el azar no te sonreía. Para él, claro, como para casi todos, Somoza no era sino un clan de hermanos déspotas, caprichosos, sanguinarios, proyankis, esquilmadores, corruptos e hijos de puta. Él tiene ahora mismo cincuenta años exactos, o sea que en la guerra contaba veinte. Dice que el primer FSLN en el poder, el de Ortega y Sergio Ramírez, era un buen gobierno, el único que ha tenido Nicaragua. Que ahora es un insulto que se sigan llamando sandinistas, que es más o menos la idea que nos estábamos ya forjando Lau y yo. Si Sandino levantara la cabeza lo primero que haría es patearle el culo a Ortega, tal y como hizo con los yankis en los treinta.
Cuti nos cuenta como, con las brigadas de paz en el 84, cenaban con una banda sonora de tiros de metralleta, como los sandinistas que les protegían cenaban con ellos con el fusil apoyado entre las piernas, como Julia, una niña de quince años, sacaba tiempo para por la mañana ir a la escuela y por la tarde dar clases de alfabetización de adultos y por las noches sacaba fuerzas para hablar con los brigadistas y seguir cultivándose.
Hablamos del carácter de los nicas, que, cuentan, son famosos en Centroamérica por su hospitalidad y afabilidad, que son bondadosos al máximo cuando no tienen nada. Nos cuentan que el secreto de la pobreza de este país de suelo extremadamente rico está en la falta de industria, que desapareció cuando echaron a los Somoza. Miguel se queja de que todo material de construcción en este país es carísimo, zinc, madera, pintura, y que así es normal que la gente opte por vivir en chabolas, como en La Prusia, pues nosotros también les contamos nuestra escueta historia nicaragüense. Miguel confiesa que los nicas son los moros en España para los ticos, que son la mano de obra barata y anulada de Centroamérica.
Preguntamos por este viaje que están haciendo, pues toca pasar la navidad con la familia de Miguel, él se mofa de ello pues siempre las pasan con la familia de Cuti y ahora el que se lleva el gato al agua es él, por fin. Que su madre, siempre que la llamaban en navidad, decía que sí, que estaba bien con los hermanos de Miguel en casa, pero que sin Miguel es como si en estas épocas de nostalgia le faltara un brazo. Es el hijo predilecto y lo sabe, así que esta vez complace a su madre anciana, que quién sabe si éstas serán sus últimas navidades. Son una pareja graciosa, bien avenida, que se conocieron aquí en plena guerra y se fueron a vivir a España, donde a Miguel le siguen parando por la calle los policías para pedirle los papeles y él ya directamente les enseña el abono transporte mientras musita "joder, que llevo aquí más años de los que tiene tu hijo".
Nos despedimos, que ellos mañana han contratado un viaje con el hotel por las poblaciones garífunas de Orinoco y alrededores y nosotros hemos quedado con un hombre que no tiene nada pero no se lamenta de ello.
viernes, 22 de enero de 2010
Teseo no usaba látigo
La quiero tanto que la entenderé siempre, la entiendo incluso cuando dice que no me quiere.
Después de semejante frase, cómo anular el impulso de escribirla, de robársela al autor, que la dijo sin pensar, de carrerilla, como chillan los niños que se insultan. Y yo, anonadado por la brutalidad de la declaración, por lo preciso de su amor, por el valor de la sentencia, me quedo rumiando las palabras que se escaparon de sus tripas confusas. La quiero tanto que la entiendo hasta cuando no me quiere. Con el látigo volando sobre su cabeza y aterrizando sin freno en su espalda, Celta se flagela sentado, fumando un cigarro que se consume despacio, con la lengua desatada y el corazón en llamas, con el alma herida como los perros de La Prusia, que sin alimento se dejan caer en cualquier lugar del camino esperando nada.
Yo, como casi siempre, no sé qué decir cuando me hablan de amor, porque creo que cada vez sé menos sobre el tema, será por eso por lo que de un tiempo a esta parte, demasiado quizá, escribo tanto sobre él. Así que en mi inoperancia sólo alcanzo a quitarle el látigo al compañero de casa y de masoquismo, espetándole con tanta rectitud como cariño que no puede obviar el valor de lo que está haciendo, que no es otra cosa que acoplarse sin chistar a las decisiones de ella (incluso si decide no amarle más), reprimiendo las que él quiere tomar: irse, buscarla, traerla, demostrarle, amarla, hacerla madre de los niños más guapos que se han visto en este continente, donde abundan los retoños hermosos.
Celta, joder, que tienes los cojones cuadrados, como se suele decir en una hipérbole que desafía a la anatomía. Te has venido solo al culo del mundo, porque si el mundo en su redondez perfecta tiene un culo, ese es Nicaragua, que busca limpiarse pero lo hace con el papel manchado que le proporcionan sus dirigentes, demasiado inmaculados ellos. Y es que Celta se vino acá sin su perra de raza rara, sin esa furgoneta suya que cuenta más kilómetros de los que hace un peregrino motivado, sin droga que esconder, sin Elia que acariciar… cuando lo único que declara no saber hacer este hombre es lidiar con la soledad y con la melancolía. Como yo, maldita sea, como yo. Sé estar solo, él también, pero no tenemos ni idea de cómo dormir a gusto sin entrelazar las piernas con las de una mujer por la que no dormimos, nunca aprenderemos a dejar de buscar a alguien con la que compartirlo todo, la taza del váter, la cafetera, la marca de tabaco, las baldas de la nevera, la limpieza de una casa que una vez fue de los dos y ahora no es de nadie, porque al que se la alquilen después no es nadie comparado con los que una vez habitaron aquellas paredes. Qué difícil es cocinar para uno solo, qué odisea es llenar el frigo cuando el cocinero es el que ocupará la mesa servida para uno, mesa flanqueada por varias sillas por si viene visita, pero sillas vacías los días de diario, de rutina. Y Celta y yo somos de los que queremos una rutina en pareja, que entonces deja de ser rutina para convertirse en vida, en aventura, en riesgo de ser abandonado y volver a cenar solo, mirando al frente sin ver nada.
Mientras leía El retrato de Dorian Gray en inglés, Celta llamaba al pasado con un móvil que en Nicaragua es del futuro. Volvía él de una llamada demasiado rápida con la cara del que no ha oído lo que quiere oír pero sí lo que le tenían que decir, y lo sabías antes de marcar su número, iluso. No me llames más, no te quiero, Celta, déjame, olvídame un tiempo, por favor. El siempre bello Mr. Gray quedaba en suspenso, porque al que le sangraba el alma en tiempo real suspiraba en voz alta conclusiones que tendría que sacar por sí mismo, pero, una vez más y para subrayarlo, por sí mismo Celta no se cree capaz de gran cosa, cuando es sabido por todos los que hemos tenido oportunidad de conocerle un poco que sí él hubiera sido Teseo, el Minotauro no habría tenido lugar dónde esconderse en su propio laberinto, y Ariadna podría haber esperado tranquila, cosiendo quizá las velas del barco que debía llevarles de vuelta, a que llegara el héroe con la cabeza del animal sangrando en su mano izquierda, pues con la derecha porta la espada mágica. Pero Celta cree que sin Elia todo Minotauro es inmortal, imposible de cazar. Por eso, en un intento de aconsejar desde mi completa inocencia, le recomiendo que empiece a pensar en sí mismo, que aparte a Elia de ese torbellino que tiene por cabeza, que se meta de lleno en el laberinto pero esta vez no para buscar a nadie, sólo para aniquilar al Minotauro, por el mero placer de matar, de vivir él. Pero los consejos de poco valen cuando el que los da no cree demasiado en ellos, porque yo también creo que es imposible dejar de pensar en quien realmente te activa las neuronas por las mañanas y te las adormece por las noches. Despertarse sin cuerpo ajeno pero con la mente acompañada por quien no está, eso le pasa a Celta, eso me ha pasado a mí, eso creo que me sigue pasando, aunque la que no tengo a mi lado ahora mismo no tiene ni cara ni nombre, o si la tiene no la quiero ver y el nombre no lo quiero escribir, no me sale escribirlo.
Así que él se va a entretenerse con cualquier cosa, a practicar el arte de lo difuso, y yo me quedo entreteniéndome como mejor sé, robándole el látigo y usándolo para escribir. Cuando Celta vuelva de buscar cualquier objeto baladí, le leeré esto en voz alta y entonando, para que sonriamos los dos al final y nos volvamos a agradecer sin pudor el habernos encontrado entre tanta gente, huyendo los dos de mierdas que queremos dejar atrás pero que a veces parece que tienen alas, mierdas voladoras que no nos dejan tranquilos. Porque qué difícil es reconocer la empatía y aún más lo es ponerle buena cara a un tiempo que se nos antoja jodido cuando en realidad es estupendo, que la mierda no vuela, coño, y sólo nos persigue si se lo permitimos. Por fin no sólo hacemos lo que queremos, sino que nos place hacerlo sabiendo que nos hace bien. No te olvides de ella, amigo, nunca, aunque quieras no podrías, ya lo sabes, pero enterremos el puto látigo que de nada sirve sobre el lomo propio cuando cualquiera nos diría que estamos haciendo lo que tenemos que hacer, que es buscarnos a nosotros mismos sin nadie que interfiera, para bien o para mal. Y si ella dice que no la llames más, la próxima vez marca el número de tu móvil desde ese mismo móvil, para que, por la aburrida lógica de la tecnología, te dé comunicando y así entiendas que es símil de que estás ocupado, contigo mismo y con el mundo, pero tú solo y con él a tus pies, sin hundirte ya en el fango sino chapoteando en agua que se va aclarando según pasan los días, porque al final los días pasan aunque aquí en el Trópico a veces las horas duren mucho más que sesenta minutos. Y al Minotauro nos lo comemos con patatas y a Ariadna que le den por culo, que se quedó gritando en una isla perdida. Y volveremos a buen puerto, aunque sea como él, con las velas negras que debían servir sólo para anunciar su muerte, pero si la tormenta destroza las blancas, mejor usar esas que quedarnos a la deriva buscando la isla donde abandonamos a la desagradecida Ariadna. Y ni Elia es Ariadna, ni tú eres Teseo, ni el Minotauro es nuestro miedo a la soledad, pero qué bien queda la metáfora. Sonriamos, de nuevo, así.
Después de semejante frase, cómo anular el impulso de escribirla, de robársela al autor, que la dijo sin pensar, de carrerilla, como chillan los niños que se insultan. Y yo, anonadado por la brutalidad de la declaración, por lo preciso de su amor, por el valor de la sentencia, me quedo rumiando las palabras que se escaparon de sus tripas confusas. La quiero tanto que la entiendo hasta cuando no me quiere. Con el látigo volando sobre su cabeza y aterrizando sin freno en su espalda, Celta se flagela sentado, fumando un cigarro que se consume despacio, con la lengua desatada y el corazón en llamas, con el alma herida como los perros de La Prusia, que sin alimento se dejan caer en cualquier lugar del camino esperando nada.
Yo, como casi siempre, no sé qué decir cuando me hablan de amor, porque creo que cada vez sé menos sobre el tema, será por eso por lo que de un tiempo a esta parte, demasiado quizá, escribo tanto sobre él. Así que en mi inoperancia sólo alcanzo a quitarle el látigo al compañero de casa y de masoquismo, espetándole con tanta rectitud como cariño que no puede obviar el valor de lo que está haciendo, que no es otra cosa que acoplarse sin chistar a las decisiones de ella (incluso si decide no amarle más), reprimiendo las que él quiere tomar: irse, buscarla, traerla, demostrarle, amarla, hacerla madre de los niños más guapos que se han visto en este continente, donde abundan los retoños hermosos.
Celta, joder, que tienes los cojones cuadrados, como se suele decir en una hipérbole que desafía a la anatomía. Te has venido solo al culo del mundo, porque si el mundo en su redondez perfecta tiene un culo, ese es Nicaragua, que busca limpiarse pero lo hace con el papel manchado que le proporcionan sus dirigentes, demasiado inmaculados ellos. Y es que Celta se vino acá sin su perra de raza rara, sin esa furgoneta suya que cuenta más kilómetros de los que hace un peregrino motivado, sin droga que esconder, sin Elia que acariciar… cuando lo único que declara no saber hacer este hombre es lidiar con la soledad y con la melancolía. Como yo, maldita sea, como yo. Sé estar solo, él también, pero no tenemos ni idea de cómo dormir a gusto sin entrelazar las piernas con las de una mujer por la que no dormimos, nunca aprenderemos a dejar de buscar a alguien con la que compartirlo todo, la taza del váter, la cafetera, la marca de tabaco, las baldas de la nevera, la limpieza de una casa que una vez fue de los dos y ahora no es de nadie, porque al que se la alquilen después no es nadie comparado con los que una vez habitaron aquellas paredes. Qué difícil es cocinar para uno solo, qué odisea es llenar el frigo cuando el cocinero es el que ocupará la mesa servida para uno, mesa flanqueada por varias sillas por si viene visita, pero sillas vacías los días de diario, de rutina. Y Celta y yo somos de los que queremos una rutina en pareja, que entonces deja de ser rutina para convertirse en vida, en aventura, en riesgo de ser abandonado y volver a cenar solo, mirando al frente sin ver nada.
Mientras leía El retrato de Dorian Gray en inglés, Celta llamaba al pasado con un móvil que en Nicaragua es del futuro. Volvía él de una llamada demasiado rápida con la cara del que no ha oído lo que quiere oír pero sí lo que le tenían que decir, y lo sabías antes de marcar su número, iluso. No me llames más, no te quiero, Celta, déjame, olvídame un tiempo, por favor. El siempre bello Mr. Gray quedaba en suspenso, porque al que le sangraba el alma en tiempo real suspiraba en voz alta conclusiones que tendría que sacar por sí mismo, pero, una vez más y para subrayarlo, por sí mismo Celta no se cree capaz de gran cosa, cuando es sabido por todos los que hemos tenido oportunidad de conocerle un poco que sí él hubiera sido Teseo, el Minotauro no habría tenido lugar dónde esconderse en su propio laberinto, y Ariadna podría haber esperado tranquila, cosiendo quizá las velas del barco que debía llevarles de vuelta, a que llegara el héroe con la cabeza del animal sangrando en su mano izquierda, pues con la derecha porta la espada mágica. Pero Celta cree que sin Elia todo Minotauro es inmortal, imposible de cazar. Por eso, en un intento de aconsejar desde mi completa inocencia, le recomiendo que empiece a pensar en sí mismo, que aparte a Elia de ese torbellino que tiene por cabeza, que se meta de lleno en el laberinto pero esta vez no para buscar a nadie, sólo para aniquilar al Minotauro, por el mero placer de matar, de vivir él. Pero los consejos de poco valen cuando el que los da no cree demasiado en ellos, porque yo también creo que es imposible dejar de pensar en quien realmente te activa las neuronas por las mañanas y te las adormece por las noches. Despertarse sin cuerpo ajeno pero con la mente acompañada por quien no está, eso le pasa a Celta, eso me ha pasado a mí, eso creo que me sigue pasando, aunque la que no tengo a mi lado ahora mismo no tiene ni cara ni nombre, o si la tiene no la quiero ver y el nombre no lo quiero escribir, no me sale escribirlo.
Así que él se va a entretenerse con cualquier cosa, a practicar el arte de lo difuso, y yo me quedo entreteniéndome como mejor sé, robándole el látigo y usándolo para escribir. Cuando Celta vuelva de buscar cualquier objeto baladí, le leeré esto en voz alta y entonando, para que sonriamos los dos al final y nos volvamos a agradecer sin pudor el habernos encontrado entre tanta gente, huyendo los dos de mierdas que queremos dejar atrás pero que a veces parece que tienen alas, mierdas voladoras que no nos dejan tranquilos. Porque qué difícil es reconocer la empatía y aún más lo es ponerle buena cara a un tiempo que se nos antoja jodido cuando en realidad es estupendo, que la mierda no vuela, coño, y sólo nos persigue si se lo permitimos. Por fin no sólo hacemos lo que queremos, sino que nos place hacerlo sabiendo que nos hace bien. No te olvides de ella, amigo, nunca, aunque quieras no podrías, ya lo sabes, pero enterremos el puto látigo que de nada sirve sobre el lomo propio cuando cualquiera nos diría que estamos haciendo lo que tenemos que hacer, que es buscarnos a nosotros mismos sin nadie que interfiera, para bien o para mal. Y si ella dice que no la llames más, la próxima vez marca el número de tu móvil desde ese mismo móvil, para que, por la aburrida lógica de la tecnología, te dé comunicando y así entiendas que es símil de que estás ocupado, contigo mismo y con el mundo, pero tú solo y con él a tus pies, sin hundirte ya en el fango sino chapoteando en agua que se va aclarando según pasan los días, porque al final los días pasan aunque aquí en el Trópico a veces las horas duren mucho más que sesenta minutos. Y al Minotauro nos lo comemos con patatas y a Ariadna que le den por culo, que se quedó gritando en una isla perdida. Y volveremos a buen puerto, aunque sea como él, con las velas negras que debían servir sólo para anunciar su muerte, pero si la tormenta destroza las blancas, mejor usar esas que quedarnos a la deriva buscando la isla donde abandonamos a la desagradecida Ariadna. Y ni Elia es Ariadna, ni tú eres Teseo, ni el Minotauro es nuestro miedo a la soledad, pero qué bien queda la metáfora. Sonriamos, de nuevo, así.
jueves, 21 de enero de 2010
Por hacer algo
Pues a ver por dónde empiezo. Supongo que por cuando me jubilé, sí, yo creo que ahí es cuando todo empezó a irse al garete, al menos aún más que habitualmente. Pues eso, resulta que cuando me jubilé lo único que pasó es que no pasó nada, ya sabe. En ningún momento eché de menos el ayuntamiento, pero vamos, ni de broma, porque además yo no era ni de lejos imprescindible en el ayuntamiento, ni siquiera el alcalde, Hernán Cedilla en aquél entonces, lo era, ya sabe, estaba siempre demasiado ocupado comprando por Internet cualquier estupidez carísima y probablemente tan inútil como él, como se comprobó después cuando investigaron las cuentas municipales, usted lo recordará bien. Pero bueno, a lo que iba. Después de jubilarte la gente dice que es entonces cuando puedes dedicarte de verdad a la familia, y es lo que hice, ¿no? Sí, ya sé, es una broma pesada, pero qué le voy a hacer si desde hace dos días estoy como chispeante. Pues eso, que la gente dice que después de retirarte puedes entregarte a la familia otra vez, que con el trabajo la dejas de lado y todo eso, pero como dice Larry Weicester en la serie esa de abogados, "la gente no sabe nada, las personas son las que aportan información válida", eso seguro que usted lo sabe bien. Además, en mi caso, mi único hijo, ese vago de Marco, no requería de una atención desmesurada que nunca le di, siempre fue Conchi la que le preparó la comida y la merienda y le planchó y le lavó cuando era demasiado pequeño para entender que el jabón no se come, pero mira que era tonto ese hijo mío. Y mi marido, que asimismo nunca fue un lumbreras, tampoco reclamaba mojigato ese caso que parece que rompe tantos matrimonios, la falta de comunicación y esas tonterías que está claro que no son fundamentales pero que muchos creen que son pilar de algo tan ficticio como una pareja bien avenida. Sólo el silencio y las visitas a las respectivas suegras consolidan durante años un matrimonio, sabe usted, apúntese esa que lo mismo le sirve. Además, él tuvo suerte con la suya, con su suegra, digo, mi madre, que murió cuando Jonás y yo aún éramos novios, allá por el Pleistoceno, si me permite la broma. Y ya que me deja hablar, pues no paro, ya ve, tanto tiempo sin decir ni mu y ahora parece que no puedo parar. Pues eso, que Jonás, que era seis años menor que yo, nunca llegó a casa antes de las ocho, que la zapatería la cerraba a las siete y media, como un clavo, con clientes o sin ellos, nunca tuvo vista para los negocios, y Marco tenía ya, cuando me jubilaron, digo, edad suficiente como para independizarse con Jimena, con la que no se casaba porque la amaba demasiado, decía, el muy gracioso, recitando a ese engreído de Oscar Wilde. No se lea esa oda a la vaguería que es El retrato de Dorian Gray, menuda pérdida de tiempo, en el siglo diecinueve parece que publicaban cualquier cosa. Pues eso, me decía Marco "Para qué me voy a ir de casa, mamá, con lo bien que se está aquí, y así encima te hago compañía", mentiroso. Dejé de preguntarle por qué no se iba a su propia casa cuando su novia, la Jimena, se instaló en el cuarto que Marco había ocupado desde que nació y en donde sustituyó los pósters esos feos de videojuegos y películas que no conozco por cuadros aún más feos de un tipo llamado Murado, y también pusieron puzles de catedrales que nunca visitaré, puzles que habían hecho a dúo, hasta ese punto se querían, fíjese qué cosas. Jimena era enfermera en el hospital de mi amiga Ruth, y ya sé que lo sabe, pero ya le digo, no puedo dejar de hablar, será que estoy nerviosa. Yo le preguntaba por Ruth, claro, por cortesía, ya sabe, pero sólo me respondía, qué aburrida era la Jimena, "nada" cuando yo le preguntaba lo típico, "qué se cuenta Ruth", y eso. ¿Sabe usted que Ruth se murió de repente de un colapso nervioso en la cola del super? Esa sí que es buena, menudo epitafio, ¿se imagina? "Se fue a por uvas", esa es mía, mi padre decía que yo tenía sentido del humor, pero yo creo que mi padre nunca me conoció muy bien. Pues eso le pasó a Ruth. Y poco que contar del resto de mis amigas, si es que alguna lo era, que cuando te haces vieja parece que ya no hay nada que contar, no hay confidencias ni chismes que hagan valer una amistad, ya sabe, y si no lo sabe, lo sabrá, ya verá, la vejez es una mierda pero es clarividente. Ya, ya voy, deme un segundo que recapitule. Ah, sí, que mi hijo no se iba, mi nuera se nos metió en casa y mi marido respiraba por obligación más que por necesidad. No me mire así, que usted no le conoció, a no ser que se comprase alguna vez unos mocasines en la tienda de la calle Alcázar, ¿no? Pues no le conoció, y mejor para usted, habría sentido lástima de él, y no hay nada peor en el mundo que dar lástima con las mujeres o con el trabajo, como decía mi padre cuando decía algo con sentido. Pues eso, y encima mis amigas, o lo que fueran, ya le digo, seguían trabajando. No es que yo fuera la más vieja de todas, o puede que sí, ahora que lo pienso, pero bueno, el caso es que seguían yendo al mercado la Puri, a la oficina la Mari, al bufet la Inma, al hospital... ah, no, el hospital no, que la única amiga médico que tenía expiró sin que hubiese ningún médico más en aquél Eroski… pues eso, que ellas seguían yendo al trabajo a resolver algún asuntillo que el novato que las sustituía - porque estoy segura de que alguna se había jubilado también - no atisbaba a resolver, o directamente no quería sabiendo que aquella vieja que se aburría en su casa podía hacerlo más rápido y encima la haría sentirse importante. Y sin pagarla, claro, que en la economía del trabajo se tiene en cuenta todo, ya ve usted. Pues eso, que desde que me jubilaron las conversaciones telefónicas con ellas fueron reduciéndose hasta que sólo una secretaria del banco o una teleoperadora aburrida y de nombre extranjero, ya sabe, Wendi, o Mariela, o Yoselín, o alguna horterada por el estilo, marcaba el número de casa para preguntar por mí. Al final no contestaba al teléfono y le decía a Conchi que dijera que no estaba, fíjese. Y así me tiré tres años, que se dice pronto, divagando sobre qué hacer, allá sentada en el sillón ocre del salón. Hice todos los sudokus del mundo, por mucho que haya evolucionado el dichoso jueguecito, y todas las sopas de letras las resolvía en menos de cinco minutos. Ya sé qué esto no le importará, pero me da bastante igual, la grabadora esa parece que no se cansa, pues yo tampoco. A todo esto, ¿usted sabe por qué han sido siempre tan simples esas sopas que son cualquier cosa menos sopas? Yo tampoco, es como si estuvieran hechas para tontos, será que están hechas para tontos, aunque yo me considero más lista de lo que usted se piensa, que me mira, sí, usted, como si fuera un mono en el zoo, y no me diga que no, no me contradiga que aquí puedo decir lo que me venga en gana, faltaría más. Pues eso, sopas de letras de capitales, comidas italianas, útiles de cocina, nombres de presidentes, nombres de mujeres de presidentes, apellidos de famosos, montañas, ríos nacionales, todo cosas absurdas y olvidables, todas las hice, porque Conchi seguía haciendo la comida y lavando la ropa y limpiando los cristales y pasando el aspirador por cada rincón de la única casa en la que he vivido, pues la heredé de unos padres que decidieron morirse demasiado pronto y mi marido nunca fue lo suficientemente ambicioso, el muy conformista, o lo mismo es que fue lo listo que hay que ser para no hipotecarse nunca, valiéndole con una casa en las afueras y unos vecinos con los que nunca hablamos más allá del ascensor sobre temas tan tontos como un clima que no interesa ni al hombre del tiempo. ¿Puede creerse que ni siquiera siendo los vecinos de más antigüedad llegamos a entrar nunca en las rotaciones para presidente de la comunidad? Qué cosa más rara, ¿verdad? Voy, hombre, voy, no se impaciente que aún es pronto, no es ni la hora de comer, por muy funcionario que sea, que yo también lo era y era de las pocas que cumplía mi horario. Pues eso, que después de tres años aburrida como una col decidí apuntarme a clases de yoga cuando, después de tres años de engordar y resolver enigmas de periódico, las varices de las piernas eran como los túneles que hace un topo cabreado, mire, estoy inspirada. Dejé de ir a la tercera clase, por mucho que la maestra, una niña pija llamada Cecilia, llamara a casa incitándome a volver y convenciendo a Conchi para que me pasara el teléfono, que invento más odioso. "Que le va a hacer muy bien, mujer, ya verá, confíe en mí", y qué iba a confiar yo en semejante criaja, que iba todos los días en mallas como una cualquiera, como la mujer de un gitano, o peor, como las que van al gimnasio buscando musculitos que le alegren el coño, perdóneme, es que ya ve, estoy lanzada, y hablando del tema, ya me vendría bien a mí bien uno de esos cachitas, ya sabe, que Jonás hacía tiempo que dejó que la Viagra cogiera telarañas en su neceser, retando a la fecha de caducidad, porque que la Viagra tenga fecha de caducidad es como marcarle la muerte al hombre que la compra, así de mórbida me he vuelto, porque el que compra Viagra suele ser ya viejo cuando acude a la farmacia, con la misma vergüenza con la que de adolescente compró sus primeros condones, como usted, seguro, pues eso, son ya demasiado viejos e inoperantes como para andarse con "consumir preferentemente antes de". Con "consumir preferentemente" valdría. Esa también es buena ¿eh?, está a punto de reírse, que se le nota en como arruga los labios, hombre, que seré lo que usted quiera pero a observadora no me gana nadie, ya ve, después de años en un sillón aprendes a vivir de mirar. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por cuando dejé lo del yoga, qué sopor. Pues después de eso probé con siestas de cuatro horas y esas series de argumento rebuscado. Sólo cuando en el centro comercial no había serie que no me hubiera tragado en dos idiomas diferentes me dediqué a los coleccionables, a todos ellos, pero ya sabe que sólo salen en septiembre, y para octubre ya dejaba de bajar al kiosco, que empezaba a correr la rasca y prefería quedarme en casa, sí, en el sillón ocre que le comenté, es que era muy feo, qué quiere que le diga, pero para qué tirarlo, decía Jonás, si aún sirve y debe tener tus posaderas marcadas, me decía, queriendo ser gracioso y resultando sólo impertinente, es que tenía pocas luces, el pobre. Y después de todo ese tiempo, de las amigas que se desvanecieron, del yoga, de sudokus, de crucigramas, de series infumables, de más sillón ocre, de siestas interminables y que me levantaban un dolor de cabeza terrible, todo eso durante cinco años o por ahí, sí, cinco años y algo, llegó un día Jonás anunciando muy pomposo él que iba a dejar la zapatería, que la vendería y que así podría pasar más tiempo conmigo, y de repente ya no pude más y tomé la iniciativa, sí, sí, la tomé, después de un lustro de no hacer nada, que mira que es difícil no hacer nada, pero se puede, le digo yo que se puede. Al día siguiente, a eso de las seis, aprovechando que Marco estaba en su cuarto con la Jimena y que aún faltaban un par de horas para que llegara ese majadero con el que me casé, dejé el gas abierto y las ventanas cerradas, busqué el mismo super donde Ruth murió portando hortalizas para un gazpacho y esperé a que el puro de Jonás, que llegó puntual como siempre, derrumbara aquella maldita casa, con él dentro, con Marco y su novia follando en el cuarto, perdone la expresión, pero para qué decir hacer el amor si eso no existe, aquí ya sólo se folla, y ellos lo hacían en mi casa, sin respetar nada. Y los jodidos vecinos estaban reunidos en el piso de abajo, claro que lo sabía, estaban debatiendo sobre el presupuesto del año siguiente. Cuando volví al edificio humeante me entró la risa, ya ve, se me había olvidado reírme y todo, y fue entonces cuando me acerqué a Conchi, que lloraba en la acera de enfrente, tras el cordón amarillo, y le dije "ya hice algo, Conchi". Y poco más tengo que contar al respecto, espero que le haya gustado la historia. ¿Puedo irme ya? No es que tenga nada que hacer, es que si por mí fuera me echaba una buena siesta.
lunes, 18 de enero de 2010
Empezar con Anna y terminar conmigo
Anna vivió en Lleida con Judio, y follaron. Judio y Anna compartieron piso en Tapachula, y follaron. Judio vino a visitar a Anna a Granada, a la Gran Sultana de Nicaragua, no la de España, y follaron. Y cuando Judio se fue, Anna lloró, porque no sólo habían follado, ni en Lleida, ni en Tapachula, ni en Granada. Cuando le pregunté qué tal llevaba la marcha de ese chico vasco de apodo semita al que se follaba, ella lloró, al principio intentando retener lágrimas rebeldes, luego dejándose llevar, por fin, que llorar en público no es muestra de debilidad sino todo lo contrario. Yo no sabía, en mi cruel ignorancia creía que eran amigos y que, de vez en cuando, follaban, y mi pregunta era más una broma, tipo "te quedaste sin polvo, jódete y únete al club". Pero no. Follaban porque eran mucho más que amigos, porque follar por follar está muy bien, pero cuando hay algo más se llora cuando te separan. Compañeros que sin querer se habían habituado a quererse. Y al irse él, siguiendo su ruta, cogiendo su vuelo, ella comprobó lo pesada que puede ser la carga de la ausencia, porque cuando te falta algo que en realidad es alguien, todo parece pesar más, aunque debiera ser al revés, que quitar es aliviar, pero no en el terreno humano, donde quitar es símil de arrancar, de privar, de borrar y anular.
Anna dice que nunca dejaría de hacer nada por un tío, pero yo pienso que yo sólo lo dejaría todo por una mujer, sólo con una mujer me creo capaz de merendarme el mundo, sin sal. Ni por dinero, ni por trabajo, ni siquiera por amistad. El amor que todo lo puede, dicen, el amor que todo lo pervierte y deforma, el amor del que tanto se ha escrito y del que parece que cada vez sabemos menos. Porque en juventud creemos que el amor no puede limitarnos, y en vejez nos convencemos de que lo único que merece la pena es el amor, y la salud, pero el amor nos puede quitar la salud. Hay gente que muere por amor, aunque ningún médico sea capaz de diagnosticarlo, porque hay cosas que no se estudian en la facultad ni en escuelas ni en libros ni en materias regladas. Hay cosas, como el dichoso amor, que no se aprenden nunca.
Conozco poco a Anna, dos meses de convivencia como voluntarios en una ONG de la que nadie ha oído hablar, una noche de perversión borracha pero consciente, y poco más. Ni siquiera charlas profundas y duraderas, de esas que hacen que todo cobre otro color, porque debatir durante horas es uno de esos placeres que no reconocemos como tal hasta que, pasado un tiempo, recordamos la conversación y lo que aprendimos de ella, porque no hay debate sano si no se aprende algo de él. Pero de esos minutos compartidos con Anna he podido sacar cosas en claro. Que es fuerte o se lo cree, que quiere vivir y no quiere que nadie le dirija un camino todavía no marcado, que le queda mucho por hacer como para seguir sendas que otros le indican. Que sin plan se viaja mejor, porque el viaje es lo que cuenta. Que se puede reír de nada, que es el mejor motivo para romper en carcajadas. Que es capaz de renunciar a un hombre por el que llora sin querer para que su vida en solitaria paz no se resquebraje. Escribir esto es dármelas de listo, pues no conozco en profundidad a esta Anna que es tantas cosas que su nombre repite la n. Esto es sólo lo que percibo, que soy de naturaleza observadora y reflexiva, pero qué carajo, escribo lo que quiero porque quiero y que no me chiste ni Anna ni Dios porque esta hoja en blanco es mía y la mancho como quiero. Tenía que escribirlo, Anna, porque me llamó poderosamente la atención verte oculta entre tus delgados brazos, llorando en silencio, como sólo lloran los que no saben que quieren llorar. Luego reconociste que lo necesitabas, claro, mujer, llorar es como correr, que sólo cuando terminas te das cuenta de lo bien que te ha venido. Andar está bien, pero correr de vez en cuando libera, y no hay nada como liberarse de congojas imprevistas, si es que éstas existen, porque seguro que antes de que Judio se fuera sabías que llorarías, sin motivo, pensabas, pero con todos ellos. Lo bueno de escribir es que el que pulsa las teclas es amo y señor del nuevo documento de Word, así que no me recrimines las faltas osadas que cometa intentando narrarte, entiende las licencias de escritor, que no son otra cosa que dárselas de deidad ante la hoja terrenal.
Tal vez un día, Anna, un día querrás un hombre a tu lado que te acompañe en tu camino, pero si ese día todavía no ha llegado, si ese día no amanece hasta el 2020 y bien entrado, que le den por culo al mundo que solita te lo comes bien.
Te debía un relato y en vez de eso escribo lo que pensé cuando te vi llorar allí sentada, con tus ojos pequeños, de colores imposibles, acuosos por primera vez para los que somos novatos en ti. Perdóneme usted por la libertad tomada por el que firma, o no, qué coño, no me perdone, que al fin y al cabo eso da igual, el perdón en este caso no vale de nada porque, de nuevo, escribo lo que me sale escopetado de la punta de los dedos, que estaban con el mono de apretar teclas, aunque en este caso sea para ti. Y para el autor, claro, que el escritor vomita primero para él y luego para el resto, hasta la bilis.
Con 22 te sabes joven como para que nadie te envejezca, pero a mi entender, una de las virtudes del amor es que nos hace niños. Sólo cuando estás enamorado eres capaz de hacer las tonterías más grandes, como hablar con voz de niño impostada y con un acento que no es tuyo, como soñar mucho más despierto que dormido, como proponerte metas antes inalcanzables, ahora factibles, porque el que está a tu lado te hace medir diez metros, y tan alto, tan alto, todo queda al alcance de la mano, una casa, una aventura, un viaje, niños, cuadros, novelas, un terreno, una vida a dúo, que los mejores solistas siempre acaban buscando otra voz para rematar un tema inolvidable. Despertarte por la mañana y hacer cosquillas, llamaros por motes sin sentido pero con todo el del mundo para vosotros, irte a dormir besando en la frente, ver series absurdas o pasear a la perra sin hablar porque para qué verbalizar lo que os decís por los ojos, o comer bocatas simples en parques donde los hay que se besan por primera vez, y donde correréis el uno detrás del otro y ella te llevará a caballito a ti y luego a la inversa y os caeréis al suelo y reiréis sabiéndoos observados por lo que no tienen nada mejor que hacer que criticar el placer ajeno. Escribir notas llenas de ternura cuando te vas de casa tú primero para que ella, al despertar y quitarse las legañas, mientras se toma el café que le has dejado humeando, la lea y sonría sabiéndose la mujer con más suerte del mundo, pero sólo porque tú eres el hombre más afortunado de un planeta en el que escasea la fortuna, porque es obvio que no hablo de dinero, mancilla de todo lo puro. Y harás todo eso sin pensarlo, harás todo eso y luego vendrá alguien, mayor que tú, y te recriminará, porque se le habrá olvidado que el que está enamorado olvida reglas sociales, porque el que está enamorado vive en otro nivel, ni por encima ni por debajo del resto, en un nivel en el que no existe nada más que lo que tienes delante y lo que podréis hacer juntos. Porque juntos, sólo juntos, se hacen cosas imposibles, como amar. Y por supuesto hace tiempo que estoy hablando de mí, ya no de ti, y ahora soy yo el que con los ojos humedecidos por el recuerdo no puede por más que sentir envidia de ti, porque prefiero tener a alguien por el que llorar que no llorar por nadie, que no tener a nadie más allá del recuerdo, de donde es difícil rescatar nada, porque lo pasado allá se queda y el futuro toca montárselo con alguien que no ha aparecido, o si lo ha hecho no me he dado cuenta, o si lo he hecho la he dejado escapar como tantas veces antes y ahora no sé cómo recuperar un tesoro como aquél, aunque tenga el mapa en la mano con la X marcada, pero me quedé sin carabela y, sobre todo, sin capitana. Sigo siendo grumete, y lo que me queda.
Anna dice que nunca dejaría de hacer nada por un tío, pero yo pienso que yo sólo lo dejaría todo por una mujer, sólo con una mujer me creo capaz de merendarme el mundo, sin sal. Ni por dinero, ni por trabajo, ni siquiera por amistad. El amor que todo lo puede, dicen, el amor que todo lo pervierte y deforma, el amor del que tanto se ha escrito y del que parece que cada vez sabemos menos. Porque en juventud creemos que el amor no puede limitarnos, y en vejez nos convencemos de que lo único que merece la pena es el amor, y la salud, pero el amor nos puede quitar la salud. Hay gente que muere por amor, aunque ningún médico sea capaz de diagnosticarlo, porque hay cosas que no se estudian en la facultad ni en escuelas ni en libros ni en materias regladas. Hay cosas, como el dichoso amor, que no se aprenden nunca.
Conozco poco a Anna, dos meses de convivencia como voluntarios en una ONG de la que nadie ha oído hablar, una noche de perversión borracha pero consciente, y poco más. Ni siquiera charlas profundas y duraderas, de esas que hacen que todo cobre otro color, porque debatir durante horas es uno de esos placeres que no reconocemos como tal hasta que, pasado un tiempo, recordamos la conversación y lo que aprendimos de ella, porque no hay debate sano si no se aprende algo de él. Pero de esos minutos compartidos con Anna he podido sacar cosas en claro. Que es fuerte o se lo cree, que quiere vivir y no quiere que nadie le dirija un camino todavía no marcado, que le queda mucho por hacer como para seguir sendas que otros le indican. Que sin plan se viaja mejor, porque el viaje es lo que cuenta. Que se puede reír de nada, que es el mejor motivo para romper en carcajadas. Que es capaz de renunciar a un hombre por el que llora sin querer para que su vida en solitaria paz no se resquebraje. Escribir esto es dármelas de listo, pues no conozco en profundidad a esta Anna que es tantas cosas que su nombre repite la n. Esto es sólo lo que percibo, que soy de naturaleza observadora y reflexiva, pero qué carajo, escribo lo que quiero porque quiero y que no me chiste ni Anna ni Dios porque esta hoja en blanco es mía y la mancho como quiero. Tenía que escribirlo, Anna, porque me llamó poderosamente la atención verte oculta entre tus delgados brazos, llorando en silencio, como sólo lloran los que no saben que quieren llorar. Luego reconociste que lo necesitabas, claro, mujer, llorar es como correr, que sólo cuando terminas te das cuenta de lo bien que te ha venido. Andar está bien, pero correr de vez en cuando libera, y no hay nada como liberarse de congojas imprevistas, si es que éstas existen, porque seguro que antes de que Judio se fuera sabías que llorarías, sin motivo, pensabas, pero con todos ellos. Lo bueno de escribir es que el que pulsa las teclas es amo y señor del nuevo documento de Word, así que no me recrimines las faltas osadas que cometa intentando narrarte, entiende las licencias de escritor, que no son otra cosa que dárselas de deidad ante la hoja terrenal.
Tal vez un día, Anna, un día querrás un hombre a tu lado que te acompañe en tu camino, pero si ese día todavía no ha llegado, si ese día no amanece hasta el 2020 y bien entrado, que le den por culo al mundo que solita te lo comes bien.
Te debía un relato y en vez de eso escribo lo que pensé cuando te vi llorar allí sentada, con tus ojos pequeños, de colores imposibles, acuosos por primera vez para los que somos novatos en ti. Perdóneme usted por la libertad tomada por el que firma, o no, qué coño, no me perdone, que al fin y al cabo eso da igual, el perdón en este caso no vale de nada porque, de nuevo, escribo lo que me sale escopetado de la punta de los dedos, que estaban con el mono de apretar teclas, aunque en este caso sea para ti. Y para el autor, claro, que el escritor vomita primero para él y luego para el resto, hasta la bilis.
Con 22 te sabes joven como para que nadie te envejezca, pero a mi entender, una de las virtudes del amor es que nos hace niños. Sólo cuando estás enamorado eres capaz de hacer las tonterías más grandes, como hablar con voz de niño impostada y con un acento que no es tuyo, como soñar mucho más despierto que dormido, como proponerte metas antes inalcanzables, ahora factibles, porque el que está a tu lado te hace medir diez metros, y tan alto, tan alto, todo queda al alcance de la mano, una casa, una aventura, un viaje, niños, cuadros, novelas, un terreno, una vida a dúo, que los mejores solistas siempre acaban buscando otra voz para rematar un tema inolvidable. Despertarte por la mañana y hacer cosquillas, llamaros por motes sin sentido pero con todo el del mundo para vosotros, irte a dormir besando en la frente, ver series absurdas o pasear a la perra sin hablar porque para qué verbalizar lo que os decís por los ojos, o comer bocatas simples en parques donde los hay que se besan por primera vez, y donde correréis el uno detrás del otro y ella te llevará a caballito a ti y luego a la inversa y os caeréis al suelo y reiréis sabiéndoos observados por lo que no tienen nada mejor que hacer que criticar el placer ajeno. Escribir notas llenas de ternura cuando te vas de casa tú primero para que ella, al despertar y quitarse las legañas, mientras se toma el café que le has dejado humeando, la lea y sonría sabiéndose la mujer con más suerte del mundo, pero sólo porque tú eres el hombre más afortunado de un planeta en el que escasea la fortuna, porque es obvio que no hablo de dinero, mancilla de todo lo puro. Y harás todo eso sin pensarlo, harás todo eso y luego vendrá alguien, mayor que tú, y te recriminará, porque se le habrá olvidado que el que está enamorado olvida reglas sociales, porque el que está enamorado vive en otro nivel, ni por encima ni por debajo del resto, en un nivel en el que no existe nada más que lo que tienes delante y lo que podréis hacer juntos. Porque juntos, sólo juntos, se hacen cosas imposibles, como amar. Y por supuesto hace tiempo que estoy hablando de mí, ya no de ti, y ahora soy yo el que con los ojos humedecidos por el recuerdo no puede por más que sentir envidia de ti, porque prefiero tener a alguien por el que llorar que no llorar por nadie, que no tener a nadie más allá del recuerdo, de donde es difícil rescatar nada, porque lo pasado allá se queda y el futuro toca montárselo con alguien que no ha aparecido, o si lo ha hecho no me he dado cuenta, o si lo he hecho la he dejado escapar como tantas veces antes y ahora no sé cómo recuperar un tesoro como aquél, aunque tenga el mapa en la mano con la X marcada, pero me quedé sin carabela y, sobre todo, sin capitana. Sigo siendo grumete, y lo que me queda.
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