12/11/09
Por prescripción médica, por sentido común y porque quiero conectarme, me escaqueo de la obra y me propongo tirar para Granada. Un descanso a las lumbares, que el ibuprofeno no hace milagros. Ale me dice que si por la noche sigo igual, me da Nolotil en ampollas. Así da gusto.
Antes de bajarme para Granada llega Cata de la obra, a donde ha ido con Judith y Eva a mirar lo de las basuras, dónde podría ser un buen lugar para construir una fosa séptica y esas cosas. Viene asqueada porque la imparable Eva resulta que sabe de todo, también de urbanismo, y ha tenido el santo valor de desafiar al conocimiento empírico de Pico, que sabe dónde hacer las cosas y cómo, y a la señora de las narices se le ha puesto en las ídem que no, que mejor aquí o allá. Hay que joderse. Tantos años y tan poco de todo lo demás.
Me bajo andandito para Granada, me saluda y me acompaña un trecho un niño que ni me suena pero que sabe perfectamente quien soy. El ibuprofeno mañanero va haciendo efecto y al menos el paseo no es un martirio.
En el ciber está Jose, que hoy le toca cocinar y se queda por Granada a hacer compra. Aparecen también Haley, Endika y Tess. Otro que se ha escaqueado hoy. Si ya lo he dicho, o estamos muchos cuando no hacemos falta, o hay cuatro. Ya verás como hoy iba a ser un día duro en la obra.
Y más mails que me emocionan, del Zurcovas, que se pone Stanb by me cada vez que me lee, o de Paula, que da señales de vida y reconoce que también sigue mis pasos, o de padre, que no puede aplacar su orgullo por su hijo aventurero, o de Charlie, que confiesa que le cuesta irse a dormir si tiene entradas en el blog pendientes de leer y que reflexiona sobre la alienación del trabajo. Grandes todos, grande me hacéis.
Paro dos taxis para que me lleven a La Prusia y ambos pretenden que les suelte 100 córdobas por el trayecto. Al segundo ya le digo que me deje entonces en el cementerio, justo donde empieza el camino de tierra hacia la Casa de Voluntarios. Eso vale 10, y la diferencia son dos kilómetros. Me mofo. Así que me toca patear, y el ibuprofeno ya ha dicho basta, y el sol es intenso que es mediodía, por lo que pierdo un par de kilos de la sudada y la espalda vuelve a recordarme su existencia a base de dolor. Llego y ya han comido todos, pero me han salvado un plato, gallopinto y un muslo de pollo con guarnición de patatas y zanahoria. Doy buena cuenta de ello y me tiro todo lo largo que soy en el banco de madera, que a las dos y media tengo práctica con los Alcones. Ale me da el nolotil y me dice que ni fútbol ni ostias, que actividad cero, que si no esto es pan para hoy y hambre para mañana, y que incluso para la obra es más productivo perderme dos días (tampoco me recomienda ir mañana viernes) que dos semanas por hacerme el duro, pero el caso es que me sabe mal. En España me escaqueaba del curro siempre que podía, y me pagaban. Aquí el sudor sólo se compensa con una cama y un plato de comida y se me llevan los demonios si falto al trabajo. El sueldo me mermó la responsabilidad, el no tenerlo me conciencia de que al trabajo no se falta porque sí. Así que ahí me quedo hecho una piltrafa.
Klara se va para Granada y nos dice que a las seis en el Eurocafé para la timba de póker, que hoy es jueves y queremos estrenarnos. Endika también estará, que ya que ganó ayer se lo puede permitir.
Y de vuelta a Granada, esta vez con Ben, y esta vez a mi primera partida al póker con extraños. Elegimos coger el autobús para no pegarnos la pateada, así que tiramos por el camino que desemboca en la carretera, y él aprovecha para contarme sus experiencias con las mujeres nicas. Dice que le trastornan la cabeza, que nunca sabe si son putas o es algo cultural, pues cada una que se ha intentado ligar le termina diciendo que le compre esto o aquello, y que qué diferencia hay realmente entre que te pidan el dinero directamente y que te hagan invitarles a miles de cosas, incluyendo ropa o electrodomésticos. Valora el hecho de que pueda ser algo cultural, que el gringo siempre tiene más y aprovecharse de eso tal vez sólo sea una forma de subsistencia, que puede existir el romance aunque lo enturbie el dinero, pero que él no puede entenderlo así. Y me dice que por eso mismo va a pasar ya de intentar nada con nicas, que se va a dedicar a las gringas, y que en León conoció a unas alemanas que le molaron bastante. Veo que es la oportunidad de confesar, y lo hago, sutilmente, como quien le cuenta un rollete a un colega, sin más. Le digo que oyendo sus historias, qué suerte la mía que ya tengo una gringa con la que liarme, la Klara. Y se queda callado y sorprendido, y me pregunta si he dicho Klara, y yo hago de actor y le digo que creía que se lo había dicho, falsedad para no hacer daño, que qué capullo soy, que estaba convencido de que se lo había contado, y que sí, que tenemos un rollete divertido, que no es que lo llevemos en secreto pero que no queremos "make a big deal of it", que esto es un maldito gran hermano y pasamos de comentarios. Parece que mi táctica funciona, que él ve que simplemente le estoy contando mi triunfo como lo haría con cualquier amigo, unión de testosterona, pero se queda callado y parece que realmente le ha pillado de nuevas. Bueno, hecho está, conmigo se muestra igual de fucking cool, nos llevamos muy bien, y luego ya que Klara haga lo que quiera, que yo más fácil no se lo puedo haber puesto.
Tenemos suerte y sólo esperamos unos minutos hasta que aparece el autobús a lo lejos. Lo paramos y nos encaramamos a esta reliquia que los estadounidenses desecharon, pero no tiraron, que de todo se puede hacer negocio. Pegatinas religiosas, flecos en el volante, colorines por todos lados, cinco córdobas por cabeza, el que hace de revisor casi saltando en marcha para permitir el paso a los que incitan al bus a parar, y llegamos a Granada. Es ya de noche y aún hay bullicio en el mercado. Saco algo de pasta, que me quiero tomar unas birras durante la partida, y directos al Eurocafé, a donde llegamos a la par que Endika y Klara. Compenetración, o ganas de jugar.
Nos juntamos trece jugadores, y nos partimos en dos mesas. Las siete cartas más altas en una mesa, las más bajas en la otra. Las mesas son las de cualquier bar de cualquier sitio, cuadradas, y dos unidas forman el primer campo de batalla, y otras dos más allá forman el segundo. No hay tapete, mantel y gracias.
Yo me quedo con Ben, que se ha acomodado en la esquina opuesta de la mesa de los que tuvimos cartas altas. Está con gesto serio, sentado casi de lado, el antebrazo izquierdo descansando sobre la mesa y el codo derecho aupando el mesar de su perilla pelirroja. Mira con sus ojos verdes a la mesa y a los tipos, supongo que sintiéndose algo intimidado, como yo. Estudia el barajar de las cartas y escucha al resto, que habla en inglés.
A mí derecha y presidiendo la mesa, el que parece el dueño del cotarro, pues tiene el maletín de fichas a su vera y el fajo de córdobas recolectados puestos a su único alcance. Se muestra como el anfitrión, y es austriaco. Tiene un nombre que soy incapaz de retener, y no quiero molestar preguntando de nuevo, que tengo la percepción desbocada en todas direcciones, con mi mano temblando un poco al barajar, pero consiguiendo que no se me caigan las cartas. Le doy a cortar y me dice que mire a ver quién será el primer dealer, a la carta más alta. A sus órdenes, por supuesto. Pongo una carta bocarriba para cada uno de los jugadores, pero en un lapsus las reparto a derechas, y el póker debe funcionar como un reloj. El jugador que ocupa el otro extremo de la mesa, a la derecha de Ben, un sesentón yanki hinchado como una pelota, anillo dorado en el meñique, de cara simpática, boca diminuta y grandes mofletes, polo beige y gorra calada a juego, increpa mi delirio. El dicharachero y flaco europeo le responde que qué más da. Yo sonrió al tipo que ha querido protestar y le digo "ey, I'm sorry, I'm just a spaniard", y el otro se da por satisfecho con una sonrisa y un "no problema". Acaba de convencerse de que me va a desplumar, y mi defensor austriaco también. Éste ahora cuenta que ha tenido que dejar una partida de póker en Internet para llegar a ésta, en la que parece que tiene que estar por narices porque es el que controla el maletín de fichas y o está él o no juega ni Dios. Narra que lo que ha dejado a medias era un torneo de 8.000 jugadores, que quedaban 300 y él iba el 30, y yo le pregunto por el premio, y me dice que era para los veinte primeros, una inscripción para cada uno para un torneo online de mucha pasta. Comenta divertido, sin darle importancia, que ojalá le quedaran las fichas suficientes para soportar las ciegas y hacerse un hueco entre los 20 agraciados. Vale, perfecto, ahora soy yo el que lo confirmo: me van a destripar. Todo un pro, si es que eso existe. Empezamos bien, creo que nuestra mesa es más difícil que la de Endika y Klara. Ben no se ha inmutado.
El austriaco parlanchín, que no fanfarrón, tendrá unos cuarenta y algo y viste camisa horrible, de esas que denominamos hawaianas, negra de fondo y rojos, amarillos y naranjas los múltiples loros y plumas. Enmarca su locuacidad con una perilla que revela lo que ya son varias canas y descubre su estado de ánimo por sus ojos resplandecientes, como los de un niño poniéndole la batería al bólido teledirigido nuevo.
A la derecha del austriaco y enfrente de mí, despanzurrado sobre la silla, otro yanki, éste más prosaico, de calva incipiente y una banda de pelo blanco sobre las orejas, boca de dientes desordenados y ojos negros y ansiosos, pequeño en estatura y en el hablar.
Entre el aburrido de describir y my mate Ben se ha metido un yanki más, que también debe rozar los sesenta, con gafas graduadas y ahumadas, oculto bajo una gorra oscura con algún tipo de propaganda, camisa clara sin mangas y desabrochada hasta el tercer botón, permitiendo el desborde de un masa ensortijada de pelos de toda una variedad de grises. Un bigote poblado sobre la cara morena y arrugada y una boca grande como la de un caimán. Me apostaría el dinero que me queda a que es de Florida.
El último jugador de nuestra mesa es Bosco, un nica habitual amiguete de Endika. El vasco me ha dicho que todo el mundo le llama El Sudoroso, y se ríe sin esperar a que le pregunte porqué, porque es obvio y está sentado a mi izquierda. Debe tener mi edad o algo menos, pelo grasiento hasta más allá de la nuca, cara afilada para ser la de un local, inquieto en los movimientos y exagerado en el tono al platicar.
En la otra mesa, Klara, ya con semblante de roca, y Endika, con mirada nerviosa y repartiendo el primero, están acompañados de otros dos yankis, de un nica y de una chica también nica que confiesa que está aprendiendo a jugar. Definitivamente, su mesa es más asequible. Uno de esos yankis viste una camiseta con una escalera real de picas, Poker Texas Hold'Em escrito en grande sobre la mejor jugada del mundo, y una frase estupenda que la nica debería leer y traducir: "Ten minutes to learn, a lifetime to master". Pantalones cortos y piel colorada, superando por poco, que estoy intuitivo con la edad, los cuarenta, pero con la barriga que envejece a los yankis.
El otro estadounidense de la mesa dos tiene el pelo largo y dorado, guarda cierto parecido al más joven de Los Morancos, con boca de piñón y ojos de ratón. Viste camisa de explorador y se muestra sorprendido cuando se entera de una regla inventada que me parece bien traída: si alguien gana una mano, con farol o llegando hasta el final, con un siete y un dos en la mano, todos los jugadores le tienen que dar 15 en fichas extra.
El nica de aquella mesa es joven, pongamos 21, habla inglés y lleva el pelo corto y engominado hacia delante, formando un flequillo levantado en punta, como hacen muchos chavales aquí y hacían tanto antes en España.
La chica principiante, ya podría estar yo en esa mesa, joder, no pasa de los 25 y viste tan hortera como todas las jóvenes nicas. Camiseta rosa con volantes bordados en las mangas, pendientes de aro grandes y dorados, coleta tirante con goma de pelo de peluche rosa, y vaqueros ajustados aprisionando un culo prominente. No le veo los zapatos, pero me los imagino de tacón transparente.
Doscientas fichas por 100 córdobas, y re-buys hasta la primera hora, camareras trayendo bebidas y nada en la mesa excepto las fichas y las cartas, con taburetes con cenicero a nuestros lados y dos barajas por mesa, sin croupier ni mandangas. El que esté a la derecha del que reparte va barajando la otra pila de cartas, y así todo se hace más rápido. Las ciegas suben cada veinte minutos y la primera es 5 y 10. Cuando se rindan los seis primeros jugadores, los supervivientes se reagrupan en la mesa grande. Vamos allá. Esta partida, reconozcámoslo, es para aprender.
El hermano desconocido de Los Morancos y la novata caen los primeros, sin hacer rebuys. En este rato se han acercado tres chicas nicas vestidas con vaquero rosa y top negro, por ejemplo, pintadas con brocha más que con pincel, y se han puesto a hablar con el bastardo de los cómicos andaluces, con el anodino que habita frente a mí y con el viejo delgaducho de gafas oscuras. ¿Putas?
Jugar con individuos que no conoces, la mayoría doblándote la edad, puede resultar inquietante, pero esta gente debe jugar a menudo en grupo y se conocen y se vacilan y nos meten en los vaciles y yo me siento cómodo a la segunda mano y no puedo parar de descojonarme. Sólo el nica, Bosco, se muestra bastante incompetente, haciendo hasta cinco re-buys en la primera media hora (con doscientas fichas el all-in está en boca de todos, es fácil quedarse sin fichas, y total, por 100 córdobas más, viva la vida). Me lo paso en grande, me río mucho, vacilo a los yankis, pierdo sin parar, hago dos rebuys más y hasta luego a la par que Ben. No hemos sido los primeros en irnos y nuestra marcha facilita la final, en la que aguantan Endika y Klara. Me he dejado 300 córdobas, unos 12 euros, en dos horas de diversión, así que compensa sobre manera, y ya les ganaremos cuando les tengamos más calados. No me he permitido ningún farol, y con las pésimas cartas que me han ido saliendo tal vez ese haya sido mi único error, no atreverme a mentir a tipos experimentados. Ben y yo nos retiramos entre risas, chocando manos a nuestros divertidos adversarios y prometiéndoles que el jueves volveremos, que ha sido una gran partida.
Quedamos con Endika y Klara en que nos juntamos en la Calzada. Nos sentamos en el Centralito, único bar donde hay gente ocupando la terraza, y sendas hamburguesas después invitamos a un yanki solitario con el que Ben ha entablado conversación a que se siente con nosotros. Se llama Jeff, debe estar en los treinta y muchos, viaja solo durante sus dos semanas de vacaciones y se decidió por Nicaragua. Nos pide que le recomendemos, y Ben le cuenta maravillas de San Juan del Sur y de León. Hablamos de Barcelona, de Londres, de las curiosidades de Nicaragua, de la ONG en la que estamos y que le resulta treméndamente interesante. Y aparecen Endika y Klara. Endika se ha venido de vacío, pero habiendo llegado a la mesa final sin hacer re-buys. Klara es otra historia. Ha quedado tercera y se ha levantado 400 córdobas. Ole mi alemana.
Litros de Victoria y unos mojitos, y Endika contándole cosas a Jeff que yo voy traduciendo, y Jeff se muestra encantado de habernos encontrado para compartir esta noche granadina. Le sugiere hospedaje en la playa de San Juan del Sur, le responde a preguntas que yo también tengo sobre este país de locos. Estamos en el segundo país más pobre de América, tras Haiti, y sin embargo también es segundo en otro ranking, en el de menos mortalidad infantil por hambruna.
A eso de las diez levantamos el campamento y para casita. En un aparte le digo a Klara que Ben ya sabe, y me mira tierna y me da las gracias y le digo que no se merecen, que ha sido fácil, que la situación lo requería y que conmigo Ben sigue teniendo mucho buen rollo.
Dejamos a Endika en su casa y llegamos a la nuestra, donde sólo Ale y Lau aguantan en las hamacas. Nos cuentan que Alba, Eider, Cata y Haley se bajaron a Granada por la tarde a inflarse a cervezas en la Calzada y en el camino de vuelta se compraron una botella de guaro, con lo que llegaron a la cena con un pedo digno de mención, con Cata trastabillándose y Alba arrancándose por bulerías. Les contamos nuestra noche de naipes y poco más que hacer, así que a la piltra y mañana a ver si nos vamos para Masaya.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
domingo, 15 de noviembre de 2009
El mundo es un balón de fútbol
11/11/09
Suena un despertador y no sé de quién es, y Eva está despierta y decide que como ayer me quedé dormido hoy no puede repetirse. Y me dice que arriba, Julito, a la obra, y murmuro que sí y me doy la vuelta, y ella sigue en sus trece, que no me haga el remolón, con ese tono de voz suyo que ya me irrita y me dan ganas de buscar el machete y rebanar cabezas peladas, coño, que madre ya tengo una y esa me despierta con "Quinto, levanta", que toca los cojones, pero con cariño. Y a la tercera embestida de la albaceteña, Jose, que es como mi angelito de la guarda, le dice que el despertador que ha sonado no es el suyo, que sólo son las seis y cuarto, y que me deje en paz o le tira la almohada. Añadiendo lo último hace que parezca una broma, el arte de la sutilidad, pero logra su propósito pues ella se hace la loca y dice uy, lo siento, y se olvida de mí y yo le estaré agradecido a Jose de por siempre, que no son horas ni para odiar ni para nada. Media hora después saco el culo de la cama y bajo a la casa azul, que hoy invita a desayunar mi alemana, bacon con huevos revueltos, y yo me despierto siempre sin hambre, pero hay manjares que no requieren ni de la gula para ser masticados. Y para la obra, con el estomago lleno y con Eider de comparsa, pero me la suda y me giro y beso a quien me toca y me pongo meloso y la vasca no dice nada, qué va a decir.
Hoy es día tranquilo. Están quitando moldes y ya se sabe lo que toca. Cortar alambres, volver a tirar de cizalla para hacer de la física un ejemplo de saber necesario, pues todo es cuestión de apoyo y presión para partir el metal. Y Klara lo intenta viendo que yo he podido pero desiste ante las risas de Mula, y le digo que lo conseguirá algún día, que si un caballo como yo ya puede, ella puede, pero no lo sabe. Y limpiamos madera, y me encaramo al andamio para que me pasen algo de mezcla, la única que hacemos. Y cojo el balde y lo subo y lo paso y he escalado en la cadena y trabajo codo con codo con Mula, aunque sean diez minutos.
Antes de comer me pongo el bañador y agarro la manguera que fue capricho de Ale pero que en realidad es una idea cojonuda y me pego un duchazo improvisado que me deja nuevo. Y a zampar, fresquito y renovado. Hay lo de siempre, más carne picada con patatas, poco sabrosa, pero es carne. Y se me acerca Eva y me dice que si he pasado al baño - ya me había anunciado que pensaba dejarlo como los chorros del oro - y le digo que no, que acabo de llegar, y no le suelto un déjame tranquilo porque no me educaron para eso. Me transmite que ha pedido herramientas de obra para restaurar el suelo de la ducha, que lo único que tiene son ronchas de humedad sobre el mármol, y si no te gusta no lo mires, que no te va a pegar nada, pero ella es muy señorita y es la única que no anda descalza por la casa, norma impuesta para no llenar de mierda el suelo. Y si se mantiene, no hay problema, siempre que no pises un bicho cabreado, que no es fácil. Pero ella no, ella tiene sus chanclas y se ducha con ellas y lo deja todo pringoso, así que de quejarnos deberíamos ser nosotros, pero no lo hacemos, la dejamos hacer porque entablar una conversación con ella deja a la tortura china a la altura de un polvo con una tailandesa desenfrenada. Y le digo que haga lo que quiera en el baño, pero en realidad pienso que me parece muy fuerte que fondos de ACE, porque a ver sino de dónde va a pagar esas herramientas, vayan destinados a los caprichos de una señora que supuestamente ha estado en Kenya, Costa Rica, el lejano oriente y yo que sé dónde ostias más. Que esto es Nicaragua, nena, y que si quieres que en el suelo del baño pueda comer hasta la mismísima virgen te vas a un hotel y lo pagas en dólares. Y le digo que sí, que muy bien, y meto el tenedor hasta el fondo del arroz y me vuelvo mudo al masticar, pero ella no, no sabe, así que me termina soltando que cuando termine con el baño estará totalmente prohibido que pase nadie que no duerma en la habitación. Y la temperatura de mis meninges empieza a subir, pero hinco otra vez el tenedor, miro al infinito y hago como cuando oigo a los grillos, pasar tres pueblos. ¿Prohibir? ¿El paso a un baño en una casa comunal? ¿Estamos locos? ¿Pero quién cojones te crees que eres? Yo cago en donde puedo si el baño de la habitación donde duermo está ocupado, y meo donde puedo si el váter está con visita, como en toda casa de cualquier sitio. Pero de qué cojones va ésta. Me parece estupendo que quieras reformar la puta casa entera para dejarla como un chalé en Torrevieja, pero primero lo consultas con el resto de habitantes, que tomar la iniciativa para hacer la vida más cómoda está muy bien, pero antes planteate si la vida va a ser más cómoda sólo para ti por el mero hecho de que el mármol sea níveo sin manchas marrones que son sólo manchas. Pero me callo, que vengo de la obra, que estoy cansado, que el odio es energía malgastada y aquí no sobra, y que este ser no va a amargarme ni un minuto. Al terminar de comer, hamaquing, y comento con Eider, Marta y Lau el último de los despropósitos de Eva. Si a Obama le han dado el Nóbel de la paz por lo que va a hacer, no por lo que ha hecho, a ésta la deberíamos atar a un árbol como al bardo de la aldea de Astérix, no por lo que ha hecho, sino para que no haga lo que dice, que dice mucho, demasiado. El silencio, la discreción, el respeto, con cuarenta y pico, se le escapan entre los dedos al huracán Eva. Y llamo a Jose, que ya que es compañero de habitación quiero conocer su opinión, y es el Santo Job, y me dice que hablará con ella, y yo le digo que no se lo contaba para que mediara con su temple, que tanto compensa mi irascibilidad infantil, sino para saber qué opinaba, y me desvela que no le parece bien imponer nada, y que hablar con ella lo hace porque quiere. Y otro punto para este chaval, y lleva tantos que la numeración arábiga casi se queda corta.
Hoy sí o sí hay entrenamiento, perdón, práctica con los chavales. Pero eso es a las cuatro, y nos terminamos quedando solos Klara y yo mientras el resto va a hacer sus cositas, dar clases y montar una ginkana para los mocosos. Y hablamos de qué hará ella con su vida, que qué haré yo con la mía, que porque no escribo si es lo que quiero, de cómo es el proceso de creación, de lo inmaduro que me siento sabiendo qué sueño tengo y no lo cumplo por pereza, y me va gustando más la niña, que tumbada en la hamaca me dice que sí, que preferiría estar en una cama de una habitación conmigo, pero que cualquiera puede entrar y que para romper el encanto mejor no hacer ningún sortilegio.
Llega la hora y cojo el balón y para allá voy. Vladimir me ve llegar y me pide el balón y lo coge como si fuera un cachorro de perro, y lo besa y lo tira y lo patea y se vuelve loco por momentos. Lenin le mira con orgullo, se acercan más niños e improvisan un partidillo en torno al mango del proyecto. Decidimos Lenin y yo que de práctica hoy nada, que mejor una reunión para establecer días fijos de entrenamiento, perdón, práctica, que sin constancia no tiene sentido darle patadas a un balón. Y me explica ya por fin cómo va el rollo del fútbol. Él lleva a dos equipos, uno de niños de seis y ocho años y otro de diez a doce. Que el primero se llama Tiburones y el segundo Alcones, sin hache, que si no suena para qué ponerla. Me cuenta que su sueño sería hacer también otro equipo de chavales de trece a dieciséis, que esos ya jugarían en Segunda División en Granada. Quiere hacer cantera con niños del proyecto, y su entusiasmo me emociona. Lenin tiene 29 años, trabaja en la construcción cuando hay trabajo, tiene una moto con la que desplazarse a dónde haya que ir a trabajar y el año pasado se lo pegó en Costa Rica ganando lo justo para alimentar a su familia. Me cuenta que antes de mudarse al proyecto vivía en el camino y que tras un año en su nueva casa, todavía no se adapta. Y yo me pregunto en silencio cómo debe ser la vida aquí para echar de menos una chabola y no estar del todo cómodo en una casa de verdad. Hay tantas cosas que se me escapan que me siento gilipollas. Le digo que ha encontrado a un socio para lo del fútbol, que yo me voy a implicar, que sé que él muchos días no puede organizar las prácticas porque tiene que currar, y que para eso estoy yo. Que me encantaría bajar los domingos a los partidos pero que algunos no podré porque me iré de excursión, y él me cuenta que su mayor problema es que muchas veces los Alcones y los Tiburones juegan a la misma hora y se tiene que quedar con los más pequeños, que son los que más voces necesitan mientras juegan. Me impresiona que un hombre que por fin aparenta la edad que tiene (aquí todos parecen mucho mayores) esté tan interesado en hacer algo con niños que no son suyos, que busque implicarles en algo colectivo y saludable por el mero hecho de hacerlo. Soy inocente y sé que de primeras todo el mundo me parece estupendo, y luego me llevo muchos palos, pero este tipo no creo que me vaya a decepcionar. Se me hace el culo gaseosa pensando en montar un equipo de fútbol de verdad. Le digo que si me voy de aquí habiéndolo hecho me sentiré feliz, y él sonríe con la misma sonrisa de su hijo cuando vio el balón medio desinflado que les he comprado.
Me descubre que muchos padres le miran con recelo porque está picando a los niños con el fútbol, apartándolos del beisbol. Que incluso muchas madres no dejan a sus hijos apuntarse a ninguno de los dos equipos porque con el beisbol se gana más dinero y me da tanta pena el argumento que le digo que estoy con él, que no se sienta culpable por nada, que lo que está haciendo es precioso y que quien diga lo contrario sólo quiere hacer de su hijo millonario jugando a algo que al propio hijo no le gusta. Me pone el ejemplo de un niño al que su padre le compró todo el equipo de beisbol, y ahí está en su casa cogiendo polvo porque el niño quiere usar los pies en vez de las manos.
Es tímido y educado y no quiere pedirme nada, así que saco el bloc de notas y le digo que empiece a contarme lo que necesita, sin tapujos, que yo no le prometo nada pero que se lo voy a comentar a la doña, a ver qué dice. Camisetas, botas, conos y porterías pequeñas para entrenar, la paga de los árbitros de la liga (15 córdobas el partido, la inscripción se la regalan, que él se ve que hace lo que puede, y es mucho) y guantes para el portero. Qué menos, coño. Y yo que soy así de atontado pienso que si a Judith le parece demasiado, lo pongo de mi bolsillo, que qué mejor manera de invertir el dinero que en la felicidad de once niños (los Tiburones están bastante uniformados). Creo que se sorprende de mi voluntad, pero le tengo que sacar las cosas que necesita con sacacorchos, lo cual me gusta, me hace pensar que este hombre no quiere pedir, quiere conseguir por sus medios. Y justo por detrás pasa Eduardo, el Guayo, el que nos ha robado varias veces y se sigue haciendo el majete, y vuelvo a pensar en los hijos de puta volando y las buenas personas con paraguas.
He encontrado mi misión en La Prusia. Quiero hacer de esto un equipo de fútbol de verdad, y me voy a dejar los cojones, sabiendo que me puedo llevar un chasco, que son niños y nunca se sabe, pero que lo voy a intentar, que merece la pena, porque está claro que merece. Y los niños siguen jugando al balón y reunimos a unos cuantos y quedamos en que martes y jueves a las dos y media en el mango para buscar donde entrenar cada día, que hay diferentes cuadros (prados) pero que muchos están ocupados por mujeres fanáticas del softball y por niños y no tan niños fanáticos de cualquier cosa.
Estamos en esas cuando por el camino pasan unos cuantos de los Alcones, y los llamamos, y Franklin, que está con nosotros, nos dice que llevan una culebra en la mano, que la acaban de cazar. Y yo me imagino una culebra, como las del Tormes, finita y de treinta centímetros. Pero el que la porta levanta el brazo todo lo alto que puede y la cabeza de la bicha sigue tocando el suelo. Debe medir metro y medio y tiene el diámetro de mi muñeca. Alucino, una vez más, y le digo a Lenin que la mayor parte de los niños de España que conozco habrían salido corriendo nada más verla, que qué diferente es todo, y el suelta un sí como mustio, que no sé cómo interpretar.
Hablamos de fútbol en España y de beisbol en EEUU. Hablo de verdad por fin con un nica para descubrir un espíritu de sacrificio que me deja temblando, y yo no soy nadie pero quiero serlo y quiero ayudarle, que no hay nada más bonito que hacer algo con un niño que sino no hará nada. Y siguen jugando en el mango con el sol poniéndose y le digo a Lenin que me va a dar mucha pena pedirles el balón, y me dice que si a mí no me importa esta noche se lo queda él y mañana lo cojo de su casa para cuando me vaya a entrenar, que él por fin tendrá trabajo mañana y no podrá. Y le digo que claro, que esa era mi idea (él mismo me dijo que me quedara yo el balón, que sino en su casa iba a ser visto y no visto). Y nos despedimos apretando las manos y sonriéndonos ante el encuentro de dos socios. Y le prometo que mañana no iré a la obra, que me bajaré a Granada a conectarme a Internet e imprimirme entrenamientos y tácticas de fútbol, no sólo para los niños, sino también para él, que no deja de pedirme consejos futbolísticos y yo sé lo justo. Me da las gracias y le digo que no sé porqué me las da, que se las debería dar yo, que me ha descubierto un motivo para haberme venido al otro lado del mundo, y que este domingo no podré, pero que el que viene me tendrá en el banquillo ordenando a los chavales y buscando ganar un partido. Hay que motivarles, me dice, y tener paciencia, que a las prácticas no irán todos, que son niños. Y me voy andando solo y pensando qué he vuelto a descubrir el sentimiento de felicidad, sólo con una charla y un balón, ya ves tú, los pequeños detalles. El Dios de las pequeñas cosas, que diría Arundhati Roy. Un balón de fútbol.
Llego a la casa de voluntarios, me meto en mi casa en busca del ordenador para escribir esto, que estoy tardando, y justo Klara sale de su cuarto con el pelo mojado y el tanga asomando por detrás, recién duchada y oliendo a 19 años, y le cuento lo que ha pasado, que estoy so fucking happy y me mira como yo miraba a Vladimir cuando descubrió el ansiado balón y me dice yes, you look happy, y me besa y me acaricia la cara y me dice what a good thing y se va dejándome en medio del salón, en medio del mundo, en medio de un equipo de fútbol que está por montar y que, joder, me necesita. Me necesitan. A mí, innecesario tantos años en tantas partes y casi llorando ahora de la puta emoción que me asalta. Y qué suerte tengo de poder compartirlo en privado con alguien que se alegra de verme así.
Qué suerte tengo de haber conocido a Vladimir, a Brayan (que si el nombre suena así, porqué no escribirlo así), a Franklin, a Javier, a ese que llaman Chuky, a Brallán (este con dos l, porque porqué no), a Darian, a Dayron y al resto que no recuerdo su nombre pero seguro me costará olvidar.
Alba ha hecho gazpacho andaluz y huevos con papas a lo pobre para cenar. Sabor a pueblo.
Y Klara, tumbada en la hamaca delante de mí, nota que tengo los ojos llorosos. No he llorado en mucho tiempo, yo que gusto de mojar la almohada de vez en cuando. Me pregunta y entrecortado le explico que es indescriptible hacer feliz a un niño con tan poco, que me tiene fucking amazed (si no metes fucking en una de cada tres frases, es que no sabes inglés) Lenin, que está haciendo lo del fútbol por hacerlo, que es un hombre pobre, pero tan rico, y que me da vergüenza todo lo que tenemos en Europa y de qué poco sirve, cuando aquí unas botas de fútbol pueden hacer que un niño se vuelva, literalmente, loco. Que me la suda que la doña no ponga pasta, que esto lo pago yo por mis santos cojones, que no encuentro mejor inversión para parte de un finiquito que me dieron por nada, porque eso sí que fue nada y lo que hace este hombre es tanto. Que estoy emocionado, joder, que soy un tipo sensible. Y ella me dice you are so cute, y lo supongo pero le digo que debería ser un tipo duro, intentando hacerme el gracioso, cuando lo que me pide el cuerpo es seguir rumiando mi última hora, que ha sido mucho más que sesenta minutos, que ha sido mucho más que unos latidos y unas cuantas respiraciones. Ha sido lo más impactante que me ha pasado desde que estoy aquí, y en realidad no ha sido nada, sólo ha sido un balón de fútbol y un proyecto que me motiva. Pero es que eso lo es todo, para mí que lo tengo todo y ahora me doy cuenta de que sólo son migajas, que el pastel está en los pies de un niño con botas y en las manos del portero con guantes y en un balón que no es bueno, pero que es nuevo. Y a Klara la llaman para jugar al Rummy y no sabe decir que no, pero cuando se levanta se queda acariciándome la pierna y la beso en el muslo y se va y me quedo tumbado en el banco, queriendo romper a llorar de una puta vez, que me lo está pidiendo el cuerpo, pero sin hacerlo, que no lo pide la situación. Obama, esto sí es el premio Nóbel de la paz, y no hace falta que venga ningún escandinavo a reconocerlo. Yo, por mi parte, se lo doy a ese hombre que roza la treintena y que sólo quiere que unos chavales ocupen su tiempo divirtiéndose en equipo. Eso es mérito. Lo demás, mierda.
Ale me lee y cuando me termina me dice "qué bonito", y le preguntó el qué, y me contesta "lo que te ha pasado hoy, y poder compartirlo, tío", y me vuelvo a poner ñoño y le doy las gracias de corazón, que sino no vale darlas. Y me pone una canción del Efecto Mariposa que hace que me plantee irme a dar un garbeo y dejarme llevar de una jodida vez, pero los huevos a lo pobre empiezan a salir y la emoción también se aplaca con hambre.
Reanne y Pete me piden ayuda para transportar hasta la casa azul uno de los armarios que ha hecho Ben y que ya está terminado. Fucking Ben se ha bajado a Granada, que los miércoles se hace pub quiz (un trivial de borrachos) en la taberna irlandesa y ha quedado con un colega para apuntarse, dejándonos el marrón. Es imposible mover el mueble en la noche, sólo Pete y yo ya que Reanne iría iluminando, así que desistimos y mañana ya veremos, y menos mal para mi espalda. Pete mete la pata en un hoyo y suelta un fucking hell que desbanda a los pájaros, pero no le ha pasado nada grave, por suerte, aunque él dice que si un tobillo torcido le dejase en la hamaca una semana no pasaría nada en absoluto.
Tras la cena, reunión. Endika y Judith han aceptado la invitación de Alba y cenan con nosotros y se quedan a la reunión, y bien que han hecho porque Endika dice cosas que me gustan. Hay un problema con la recogida de basura en la comunidad, y Judith quiere que se encargue Carlos, el cuidador de nuestra finca, y Endika le dice que no le parece bien, que no somos sus padres, que tenemos que ser la última opción, no la primera. Que esto, como un proyecto solidario, debe tener un fin y que luego vuelen solos, que no vamos a estar siempre para solucionarles el problema. La doña dice que como es abuela no puede ver a niños revolcándose en la basura, y Endika le dice que no puede tomárselo así, que ACE no está aquí para que los nicas dependan para todo de nosotros. Sí, señor. La doña entra en razón y dice que va a convocar una reunión con la comunidad para solucionar el problema, casa por casa uniendo a la gente, y luego en la reunión, que tomen la palabra la gente de la comunidad. No puedes venir a este lado del mundo a resolver los problemas, sino a facilitarles los medios para que sean ellos los que decidan. Cuando un hijo se va de casa con treinta años, a los padres sólo les queda dejarle ir y verle crecer y caer, pero crecer.
Póker de nuevo, que Endika quiere recuperar su dinero. Y lo consigue. Haley ha aprendido a jugar hoy y llega al heads-up con su ex, pero al final gana la vieja escuela y Endika ya tiene presupuesto para ir mañana jueves a la timba del Eurocafé. No es la noche de Klara, y Endika y yo le explicamos el dicho de "desafortunado en el juego, afortunado en amores", así que no debe preocuparse. Y no debe, por mis santos cojones.
Suena un despertador y no sé de quién es, y Eva está despierta y decide que como ayer me quedé dormido hoy no puede repetirse. Y me dice que arriba, Julito, a la obra, y murmuro que sí y me doy la vuelta, y ella sigue en sus trece, que no me haga el remolón, con ese tono de voz suyo que ya me irrita y me dan ganas de buscar el machete y rebanar cabezas peladas, coño, que madre ya tengo una y esa me despierta con "Quinto, levanta", que toca los cojones, pero con cariño. Y a la tercera embestida de la albaceteña, Jose, que es como mi angelito de la guarda, le dice que el despertador que ha sonado no es el suyo, que sólo son las seis y cuarto, y que me deje en paz o le tira la almohada. Añadiendo lo último hace que parezca una broma, el arte de la sutilidad, pero logra su propósito pues ella se hace la loca y dice uy, lo siento, y se olvida de mí y yo le estaré agradecido a Jose de por siempre, que no son horas ni para odiar ni para nada. Media hora después saco el culo de la cama y bajo a la casa azul, que hoy invita a desayunar mi alemana, bacon con huevos revueltos, y yo me despierto siempre sin hambre, pero hay manjares que no requieren ni de la gula para ser masticados. Y para la obra, con el estomago lleno y con Eider de comparsa, pero me la suda y me giro y beso a quien me toca y me pongo meloso y la vasca no dice nada, qué va a decir.
Hoy es día tranquilo. Están quitando moldes y ya se sabe lo que toca. Cortar alambres, volver a tirar de cizalla para hacer de la física un ejemplo de saber necesario, pues todo es cuestión de apoyo y presión para partir el metal. Y Klara lo intenta viendo que yo he podido pero desiste ante las risas de Mula, y le digo que lo conseguirá algún día, que si un caballo como yo ya puede, ella puede, pero no lo sabe. Y limpiamos madera, y me encaramo al andamio para que me pasen algo de mezcla, la única que hacemos. Y cojo el balde y lo subo y lo paso y he escalado en la cadena y trabajo codo con codo con Mula, aunque sean diez minutos.
Antes de comer me pongo el bañador y agarro la manguera que fue capricho de Ale pero que en realidad es una idea cojonuda y me pego un duchazo improvisado que me deja nuevo. Y a zampar, fresquito y renovado. Hay lo de siempre, más carne picada con patatas, poco sabrosa, pero es carne. Y se me acerca Eva y me dice que si he pasado al baño - ya me había anunciado que pensaba dejarlo como los chorros del oro - y le digo que no, que acabo de llegar, y no le suelto un déjame tranquilo porque no me educaron para eso. Me transmite que ha pedido herramientas de obra para restaurar el suelo de la ducha, que lo único que tiene son ronchas de humedad sobre el mármol, y si no te gusta no lo mires, que no te va a pegar nada, pero ella es muy señorita y es la única que no anda descalza por la casa, norma impuesta para no llenar de mierda el suelo. Y si se mantiene, no hay problema, siempre que no pises un bicho cabreado, que no es fácil. Pero ella no, ella tiene sus chanclas y se ducha con ellas y lo deja todo pringoso, así que de quejarnos deberíamos ser nosotros, pero no lo hacemos, la dejamos hacer porque entablar una conversación con ella deja a la tortura china a la altura de un polvo con una tailandesa desenfrenada. Y le digo que haga lo que quiera en el baño, pero en realidad pienso que me parece muy fuerte que fondos de ACE, porque a ver sino de dónde va a pagar esas herramientas, vayan destinados a los caprichos de una señora que supuestamente ha estado en Kenya, Costa Rica, el lejano oriente y yo que sé dónde ostias más. Que esto es Nicaragua, nena, y que si quieres que en el suelo del baño pueda comer hasta la mismísima virgen te vas a un hotel y lo pagas en dólares. Y le digo que sí, que muy bien, y meto el tenedor hasta el fondo del arroz y me vuelvo mudo al masticar, pero ella no, no sabe, así que me termina soltando que cuando termine con el baño estará totalmente prohibido que pase nadie que no duerma en la habitación. Y la temperatura de mis meninges empieza a subir, pero hinco otra vez el tenedor, miro al infinito y hago como cuando oigo a los grillos, pasar tres pueblos. ¿Prohibir? ¿El paso a un baño en una casa comunal? ¿Estamos locos? ¿Pero quién cojones te crees que eres? Yo cago en donde puedo si el baño de la habitación donde duermo está ocupado, y meo donde puedo si el váter está con visita, como en toda casa de cualquier sitio. Pero de qué cojones va ésta. Me parece estupendo que quieras reformar la puta casa entera para dejarla como un chalé en Torrevieja, pero primero lo consultas con el resto de habitantes, que tomar la iniciativa para hacer la vida más cómoda está muy bien, pero antes planteate si la vida va a ser más cómoda sólo para ti por el mero hecho de que el mármol sea níveo sin manchas marrones que son sólo manchas. Pero me callo, que vengo de la obra, que estoy cansado, que el odio es energía malgastada y aquí no sobra, y que este ser no va a amargarme ni un minuto. Al terminar de comer, hamaquing, y comento con Eider, Marta y Lau el último de los despropósitos de Eva. Si a Obama le han dado el Nóbel de la paz por lo que va a hacer, no por lo que ha hecho, a ésta la deberíamos atar a un árbol como al bardo de la aldea de Astérix, no por lo que ha hecho, sino para que no haga lo que dice, que dice mucho, demasiado. El silencio, la discreción, el respeto, con cuarenta y pico, se le escapan entre los dedos al huracán Eva. Y llamo a Jose, que ya que es compañero de habitación quiero conocer su opinión, y es el Santo Job, y me dice que hablará con ella, y yo le digo que no se lo contaba para que mediara con su temple, que tanto compensa mi irascibilidad infantil, sino para saber qué opinaba, y me desvela que no le parece bien imponer nada, y que hablar con ella lo hace porque quiere. Y otro punto para este chaval, y lleva tantos que la numeración arábiga casi se queda corta.
Hoy sí o sí hay entrenamiento, perdón, práctica con los chavales. Pero eso es a las cuatro, y nos terminamos quedando solos Klara y yo mientras el resto va a hacer sus cositas, dar clases y montar una ginkana para los mocosos. Y hablamos de qué hará ella con su vida, que qué haré yo con la mía, que porque no escribo si es lo que quiero, de cómo es el proceso de creación, de lo inmaduro que me siento sabiendo qué sueño tengo y no lo cumplo por pereza, y me va gustando más la niña, que tumbada en la hamaca me dice que sí, que preferiría estar en una cama de una habitación conmigo, pero que cualquiera puede entrar y que para romper el encanto mejor no hacer ningún sortilegio.
Llega la hora y cojo el balón y para allá voy. Vladimir me ve llegar y me pide el balón y lo coge como si fuera un cachorro de perro, y lo besa y lo tira y lo patea y se vuelve loco por momentos. Lenin le mira con orgullo, se acercan más niños e improvisan un partidillo en torno al mango del proyecto. Decidimos Lenin y yo que de práctica hoy nada, que mejor una reunión para establecer días fijos de entrenamiento, perdón, práctica, que sin constancia no tiene sentido darle patadas a un balón. Y me explica ya por fin cómo va el rollo del fútbol. Él lleva a dos equipos, uno de niños de seis y ocho años y otro de diez a doce. Que el primero se llama Tiburones y el segundo Alcones, sin hache, que si no suena para qué ponerla. Me cuenta que su sueño sería hacer también otro equipo de chavales de trece a dieciséis, que esos ya jugarían en Segunda División en Granada. Quiere hacer cantera con niños del proyecto, y su entusiasmo me emociona. Lenin tiene 29 años, trabaja en la construcción cuando hay trabajo, tiene una moto con la que desplazarse a dónde haya que ir a trabajar y el año pasado se lo pegó en Costa Rica ganando lo justo para alimentar a su familia. Me cuenta que antes de mudarse al proyecto vivía en el camino y que tras un año en su nueva casa, todavía no se adapta. Y yo me pregunto en silencio cómo debe ser la vida aquí para echar de menos una chabola y no estar del todo cómodo en una casa de verdad. Hay tantas cosas que se me escapan que me siento gilipollas. Le digo que ha encontrado a un socio para lo del fútbol, que yo me voy a implicar, que sé que él muchos días no puede organizar las prácticas porque tiene que currar, y que para eso estoy yo. Que me encantaría bajar los domingos a los partidos pero que algunos no podré porque me iré de excursión, y él me cuenta que su mayor problema es que muchas veces los Alcones y los Tiburones juegan a la misma hora y se tiene que quedar con los más pequeños, que son los que más voces necesitan mientras juegan. Me impresiona que un hombre que por fin aparenta la edad que tiene (aquí todos parecen mucho mayores) esté tan interesado en hacer algo con niños que no son suyos, que busque implicarles en algo colectivo y saludable por el mero hecho de hacerlo. Soy inocente y sé que de primeras todo el mundo me parece estupendo, y luego me llevo muchos palos, pero este tipo no creo que me vaya a decepcionar. Se me hace el culo gaseosa pensando en montar un equipo de fútbol de verdad. Le digo que si me voy de aquí habiéndolo hecho me sentiré feliz, y él sonríe con la misma sonrisa de su hijo cuando vio el balón medio desinflado que les he comprado.
Me descubre que muchos padres le miran con recelo porque está picando a los niños con el fútbol, apartándolos del beisbol. Que incluso muchas madres no dejan a sus hijos apuntarse a ninguno de los dos equipos porque con el beisbol se gana más dinero y me da tanta pena el argumento que le digo que estoy con él, que no se sienta culpable por nada, que lo que está haciendo es precioso y que quien diga lo contrario sólo quiere hacer de su hijo millonario jugando a algo que al propio hijo no le gusta. Me pone el ejemplo de un niño al que su padre le compró todo el equipo de beisbol, y ahí está en su casa cogiendo polvo porque el niño quiere usar los pies en vez de las manos.
Es tímido y educado y no quiere pedirme nada, así que saco el bloc de notas y le digo que empiece a contarme lo que necesita, sin tapujos, que yo no le prometo nada pero que se lo voy a comentar a la doña, a ver qué dice. Camisetas, botas, conos y porterías pequeñas para entrenar, la paga de los árbitros de la liga (15 córdobas el partido, la inscripción se la regalan, que él se ve que hace lo que puede, y es mucho) y guantes para el portero. Qué menos, coño. Y yo que soy así de atontado pienso que si a Judith le parece demasiado, lo pongo de mi bolsillo, que qué mejor manera de invertir el dinero que en la felicidad de once niños (los Tiburones están bastante uniformados). Creo que se sorprende de mi voluntad, pero le tengo que sacar las cosas que necesita con sacacorchos, lo cual me gusta, me hace pensar que este hombre no quiere pedir, quiere conseguir por sus medios. Y justo por detrás pasa Eduardo, el Guayo, el que nos ha robado varias veces y se sigue haciendo el majete, y vuelvo a pensar en los hijos de puta volando y las buenas personas con paraguas.
He encontrado mi misión en La Prusia. Quiero hacer de esto un equipo de fútbol de verdad, y me voy a dejar los cojones, sabiendo que me puedo llevar un chasco, que son niños y nunca se sabe, pero que lo voy a intentar, que merece la pena, porque está claro que merece. Y los niños siguen jugando al balón y reunimos a unos cuantos y quedamos en que martes y jueves a las dos y media en el mango para buscar donde entrenar cada día, que hay diferentes cuadros (prados) pero que muchos están ocupados por mujeres fanáticas del softball y por niños y no tan niños fanáticos de cualquier cosa.
Estamos en esas cuando por el camino pasan unos cuantos de los Alcones, y los llamamos, y Franklin, que está con nosotros, nos dice que llevan una culebra en la mano, que la acaban de cazar. Y yo me imagino una culebra, como las del Tormes, finita y de treinta centímetros. Pero el que la porta levanta el brazo todo lo alto que puede y la cabeza de la bicha sigue tocando el suelo. Debe medir metro y medio y tiene el diámetro de mi muñeca. Alucino, una vez más, y le digo a Lenin que la mayor parte de los niños de España que conozco habrían salido corriendo nada más verla, que qué diferente es todo, y el suelta un sí como mustio, que no sé cómo interpretar.
Hablamos de fútbol en España y de beisbol en EEUU. Hablo de verdad por fin con un nica para descubrir un espíritu de sacrificio que me deja temblando, y yo no soy nadie pero quiero serlo y quiero ayudarle, que no hay nada más bonito que hacer algo con un niño que sino no hará nada. Y siguen jugando en el mango con el sol poniéndose y le digo a Lenin que me va a dar mucha pena pedirles el balón, y me dice que si a mí no me importa esta noche se lo queda él y mañana lo cojo de su casa para cuando me vaya a entrenar, que él por fin tendrá trabajo mañana y no podrá. Y le digo que claro, que esa era mi idea (él mismo me dijo que me quedara yo el balón, que sino en su casa iba a ser visto y no visto). Y nos despedimos apretando las manos y sonriéndonos ante el encuentro de dos socios. Y le prometo que mañana no iré a la obra, que me bajaré a Granada a conectarme a Internet e imprimirme entrenamientos y tácticas de fútbol, no sólo para los niños, sino también para él, que no deja de pedirme consejos futbolísticos y yo sé lo justo. Me da las gracias y le digo que no sé porqué me las da, que se las debería dar yo, que me ha descubierto un motivo para haberme venido al otro lado del mundo, y que este domingo no podré, pero que el que viene me tendrá en el banquillo ordenando a los chavales y buscando ganar un partido. Hay que motivarles, me dice, y tener paciencia, que a las prácticas no irán todos, que son niños. Y me voy andando solo y pensando qué he vuelto a descubrir el sentimiento de felicidad, sólo con una charla y un balón, ya ves tú, los pequeños detalles. El Dios de las pequeñas cosas, que diría Arundhati Roy. Un balón de fútbol.
Llego a la casa de voluntarios, me meto en mi casa en busca del ordenador para escribir esto, que estoy tardando, y justo Klara sale de su cuarto con el pelo mojado y el tanga asomando por detrás, recién duchada y oliendo a 19 años, y le cuento lo que ha pasado, que estoy so fucking happy y me mira como yo miraba a Vladimir cuando descubrió el ansiado balón y me dice yes, you look happy, y me besa y me acaricia la cara y me dice what a good thing y se va dejándome en medio del salón, en medio del mundo, en medio de un equipo de fútbol que está por montar y que, joder, me necesita. Me necesitan. A mí, innecesario tantos años en tantas partes y casi llorando ahora de la puta emoción que me asalta. Y qué suerte tengo de poder compartirlo en privado con alguien que se alegra de verme así.
Qué suerte tengo de haber conocido a Vladimir, a Brayan (que si el nombre suena así, porqué no escribirlo así), a Franklin, a Javier, a ese que llaman Chuky, a Brallán (este con dos l, porque porqué no), a Darian, a Dayron y al resto que no recuerdo su nombre pero seguro me costará olvidar.
Alba ha hecho gazpacho andaluz y huevos con papas a lo pobre para cenar. Sabor a pueblo.
Y Klara, tumbada en la hamaca delante de mí, nota que tengo los ojos llorosos. No he llorado en mucho tiempo, yo que gusto de mojar la almohada de vez en cuando. Me pregunta y entrecortado le explico que es indescriptible hacer feliz a un niño con tan poco, que me tiene fucking amazed (si no metes fucking en una de cada tres frases, es que no sabes inglés) Lenin, que está haciendo lo del fútbol por hacerlo, que es un hombre pobre, pero tan rico, y que me da vergüenza todo lo que tenemos en Europa y de qué poco sirve, cuando aquí unas botas de fútbol pueden hacer que un niño se vuelva, literalmente, loco. Que me la suda que la doña no ponga pasta, que esto lo pago yo por mis santos cojones, que no encuentro mejor inversión para parte de un finiquito que me dieron por nada, porque eso sí que fue nada y lo que hace este hombre es tanto. Que estoy emocionado, joder, que soy un tipo sensible. Y ella me dice you are so cute, y lo supongo pero le digo que debería ser un tipo duro, intentando hacerme el gracioso, cuando lo que me pide el cuerpo es seguir rumiando mi última hora, que ha sido mucho más que sesenta minutos, que ha sido mucho más que unos latidos y unas cuantas respiraciones. Ha sido lo más impactante que me ha pasado desde que estoy aquí, y en realidad no ha sido nada, sólo ha sido un balón de fútbol y un proyecto que me motiva. Pero es que eso lo es todo, para mí que lo tengo todo y ahora me doy cuenta de que sólo son migajas, que el pastel está en los pies de un niño con botas y en las manos del portero con guantes y en un balón que no es bueno, pero que es nuevo. Y a Klara la llaman para jugar al Rummy y no sabe decir que no, pero cuando se levanta se queda acariciándome la pierna y la beso en el muslo y se va y me quedo tumbado en el banco, queriendo romper a llorar de una puta vez, que me lo está pidiendo el cuerpo, pero sin hacerlo, que no lo pide la situación. Obama, esto sí es el premio Nóbel de la paz, y no hace falta que venga ningún escandinavo a reconocerlo. Yo, por mi parte, se lo doy a ese hombre que roza la treintena y que sólo quiere que unos chavales ocupen su tiempo divirtiéndose en equipo. Eso es mérito. Lo demás, mierda.
Ale me lee y cuando me termina me dice "qué bonito", y le preguntó el qué, y me contesta "lo que te ha pasado hoy, y poder compartirlo, tío", y me vuelvo a poner ñoño y le doy las gracias de corazón, que sino no vale darlas. Y me pone una canción del Efecto Mariposa que hace que me plantee irme a dar un garbeo y dejarme llevar de una jodida vez, pero los huevos a lo pobre empiezan a salir y la emoción también se aplaca con hambre.
Reanne y Pete me piden ayuda para transportar hasta la casa azul uno de los armarios que ha hecho Ben y que ya está terminado. Fucking Ben se ha bajado a Granada, que los miércoles se hace pub quiz (un trivial de borrachos) en la taberna irlandesa y ha quedado con un colega para apuntarse, dejándonos el marrón. Es imposible mover el mueble en la noche, sólo Pete y yo ya que Reanne iría iluminando, así que desistimos y mañana ya veremos, y menos mal para mi espalda. Pete mete la pata en un hoyo y suelta un fucking hell que desbanda a los pájaros, pero no le ha pasado nada grave, por suerte, aunque él dice que si un tobillo torcido le dejase en la hamaca una semana no pasaría nada en absoluto.
Tras la cena, reunión. Endika y Judith han aceptado la invitación de Alba y cenan con nosotros y se quedan a la reunión, y bien que han hecho porque Endika dice cosas que me gustan. Hay un problema con la recogida de basura en la comunidad, y Judith quiere que se encargue Carlos, el cuidador de nuestra finca, y Endika le dice que no le parece bien, que no somos sus padres, que tenemos que ser la última opción, no la primera. Que esto, como un proyecto solidario, debe tener un fin y que luego vuelen solos, que no vamos a estar siempre para solucionarles el problema. La doña dice que como es abuela no puede ver a niños revolcándose en la basura, y Endika le dice que no puede tomárselo así, que ACE no está aquí para que los nicas dependan para todo de nosotros. Sí, señor. La doña entra en razón y dice que va a convocar una reunión con la comunidad para solucionar el problema, casa por casa uniendo a la gente, y luego en la reunión, que tomen la palabra la gente de la comunidad. No puedes venir a este lado del mundo a resolver los problemas, sino a facilitarles los medios para que sean ellos los que decidan. Cuando un hijo se va de casa con treinta años, a los padres sólo les queda dejarle ir y verle crecer y caer, pero crecer.
Póker de nuevo, que Endika quiere recuperar su dinero. Y lo consigue. Haley ha aprendido a jugar hoy y llega al heads-up con su ex, pero al final gana la vieja escuela y Endika ya tiene presupuesto para ir mañana jueves a la timba del Eurocafé. No es la noche de Klara, y Endika y yo le explicamos el dicho de "desafortunado en el juego, afortunado en amores", así que no debe preocuparse. Y no debe, por mis santos cojones.
sábado, 14 de noviembre de 2009
El secreto del acero
10/11/09
Me despierto tarde, rozando las ocho y cagándome en todo. Klara se ha ido con Eider para la obra, que se une al baño de cemento y al golpe de pala. Perra alemana, no me ha esperado, y se lo hago saber nada más llegar, y se disculpa con una sonrisa diciendo que me creía ya allí, y yo le digo que siempre la espero, y me susurra un calzonazos con acento que me derrite las canillas. Maldita sea, esto no puede ser un campamento de verano, pero cualquiera lo diría.
Hoy toca rellenar vigas, así que sacos de cemento, paladas, tierra, grava, coger el cubo y elevarlo, y así hasta las doce y media. Le digo a Eider que es bueno que el primer día sea duro, porque así ve lo que hay y se va acostumbrando, y se muestra encantada, manchada hasta las pestañas y aprendiendo rápido.
Por primera vez consigo partir una vara de metal de medio centímetro de ancho a golpe de cizalla. Le he cogido la técnica, y Endika y Mula desde el andamio me vitorean. Una cosa más que puedo hacer. Partir hierro con mis propias manos, ahí lo llevas. No depende de la fuerza, sino de encontrar el apoyo en la cizalla y hacer presión constante hasta que ves que lo inmutable se dobla, y doblegas el metal, y se parte con un clac y la cizalla queda cerrada atrapando aire. Y de repente te sientes poderoso. Por supuesto, yo he necesitado como veinte golpes de presión para partir la barra, mientras que Mula, Pico o Alex lo harían con tres buenas sentadillas.
Las lumbares se convierten en mi peor enemigo. Ya consigo llevarme los sacos de 45 kilos a la espalda con algo de estilo, pero nadie dijo que el estilo no fuera perjudicial. Tengo desatada la guerra de Hiroshima al final de la espalda, y cada paso que doy es la bomba H. Mal hábito de postura, mal movimiento para cargar peso, tirando de hombros y espalda en vez de rodillas.
Aparece Ben en un carromato tirado por un caballo feo que responde, o debería, al nombre de Pitibul. A Pete le llaman caballo con sorna, y un caballo de verdad tiene un nombre parecido, así que la broma está hecha. El dueño del carro y que ha venido con Ben cargando la madera que le falta para terminar los dichosos armarios es un cachondo, se lo pasa bien viéndonos trabajar y le doy coba. Cuando se va, Ben me dice que al tipo en cuestión le encanta venir, que dónde él curra no hay gringos y se lo pasa bien con ellos, que le gusta el trabajo que hacemos y que le resultamos interesantes. Le pregunto si sabe que curramos por un plato de comida, y se descojona y me dice que no y que probablemente si se lo dijera ya no le pareceríamos tan fucking cool.
Terminamos y a comer, y por el camino a Haley se le cae el guiso de calabacín que acompañaba al gallopinto, y recogemos lo que podemos, que no es mucho, así que gallopinto con un moje de algo más. Y a vaguear toda la tarde, viendo a Ale cocinar, que le toca y se ha decidido por el pollo con curry, y ha invitado a los hippies porque le da igual cocinar para 17 que para 23. Sin comentarios ante la demostración de tantas cosas buenas que empalagaría al más amargo. No conozco de nada a este médico murciano, pero ni falta que me hace para saber que sí, que si los hijos de puta volarán no veríamos el sol, pero que si las bellísimas personas lo hicieran tal vez saliera el día nublado.
Y el pollo está increíble, con platano y naranja imperceptible en un tumulto de sabores, con el pollo deshaciéndose en la boca y la miel que lo acompaña dándole la dulzura que requiere lo hindú. Y para acompañar papas fritas cortadas en rodajas, como aquí no las he visto. Y para terminar macedonia con gelatina. Hay para todos y nadie pía mientras degusta. Ben suelta un fucking awesome y los españoles adulamos al chef, que sigue haciéndose querer sin querer hacerlo, que es como se debe. Jodido Ale, eres grande.
Klara se ilumina cuando oye la opción de jugar al póker, que ya que está Endika nos podemos juntar varios para hacer una buena timba. Y allá vamos Ale, Eider, Ben, Endika, Klara y yo. Una partida a seis es otra cosa. Buy in de 20 córdobas y a darle duro a los naipes. Y van cayendo. El primero Endika tras dos re-buys, luego Eider, que es novata y mucho ha aguantado. Ale desiste ante un arrebato mío y se va de vacío, y Ben, la alemana imparable y yo seguimos y seguimos hasta que sólo nos quedamos ella y yo en un heads-up infinito que termino llevándome yo con un All-in con as dama y que ella ve, ya cansada, me aprovecho de eso, con 8 y 10 de corazones. No sale nada y la pasta es mía y Ben y yo la vacilamos con que no se puede ganar siempre. Y ya en la casa, con todos dormidos, me pone morritos y yo le digo que seguro que soy incluso más sexy habiéndola derrotado, y ella me dice que una polla y nos volvemos uno y nos cuesta separarnos pero es lo que hay viviendo como vivimos. Y a la cama y mañana será otro día, si Dios quiere, y si no quiere, ya se sabe, me vale verga.
Me despierto tarde, rozando las ocho y cagándome en todo. Klara se ha ido con Eider para la obra, que se une al baño de cemento y al golpe de pala. Perra alemana, no me ha esperado, y se lo hago saber nada más llegar, y se disculpa con una sonrisa diciendo que me creía ya allí, y yo le digo que siempre la espero, y me susurra un calzonazos con acento que me derrite las canillas. Maldita sea, esto no puede ser un campamento de verano, pero cualquiera lo diría.
Hoy toca rellenar vigas, así que sacos de cemento, paladas, tierra, grava, coger el cubo y elevarlo, y así hasta las doce y media. Le digo a Eider que es bueno que el primer día sea duro, porque así ve lo que hay y se va acostumbrando, y se muestra encantada, manchada hasta las pestañas y aprendiendo rápido.
Por primera vez consigo partir una vara de metal de medio centímetro de ancho a golpe de cizalla. Le he cogido la técnica, y Endika y Mula desde el andamio me vitorean. Una cosa más que puedo hacer. Partir hierro con mis propias manos, ahí lo llevas. No depende de la fuerza, sino de encontrar el apoyo en la cizalla y hacer presión constante hasta que ves que lo inmutable se dobla, y doblegas el metal, y se parte con un clac y la cizalla queda cerrada atrapando aire. Y de repente te sientes poderoso. Por supuesto, yo he necesitado como veinte golpes de presión para partir la barra, mientras que Mula, Pico o Alex lo harían con tres buenas sentadillas.
Las lumbares se convierten en mi peor enemigo. Ya consigo llevarme los sacos de 45 kilos a la espalda con algo de estilo, pero nadie dijo que el estilo no fuera perjudicial. Tengo desatada la guerra de Hiroshima al final de la espalda, y cada paso que doy es la bomba H. Mal hábito de postura, mal movimiento para cargar peso, tirando de hombros y espalda en vez de rodillas.
Aparece Ben en un carromato tirado por un caballo feo que responde, o debería, al nombre de Pitibul. A Pete le llaman caballo con sorna, y un caballo de verdad tiene un nombre parecido, así que la broma está hecha. El dueño del carro y que ha venido con Ben cargando la madera que le falta para terminar los dichosos armarios es un cachondo, se lo pasa bien viéndonos trabajar y le doy coba. Cuando se va, Ben me dice que al tipo en cuestión le encanta venir, que dónde él curra no hay gringos y se lo pasa bien con ellos, que le gusta el trabajo que hacemos y que le resultamos interesantes. Le pregunto si sabe que curramos por un plato de comida, y se descojona y me dice que no y que probablemente si se lo dijera ya no le pareceríamos tan fucking cool.
Terminamos y a comer, y por el camino a Haley se le cae el guiso de calabacín que acompañaba al gallopinto, y recogemos lo que podemos, que no es mucho, así que gallopinto con un moje de algo más. Y a vaguear toda la tarde, viendo a Ale cocinar, que le toca y se ha decidido por el pollo con curry, y ha invitado a los hippies porque le da igual cocinar para 17 que para 23. Sin comentarios ante la demostración de tantas cosas buenas que empalagaría al más amargo. No conozco de nada a este médico murciano, pero ni falta que me hace para saber que sí, que si los hijos de puta volarán no veríamos el sol, pero que si las bellísimas personas lo hicieran tal vez saliera el día nublado.
Y el pollo está increíble, con platano y naranja imperceptible en un tumulto de sabores, con el pollo deshaciéndose en la boca y la miel que lo acompaña dándole la dulzura que requiere lo hindú. Y para acompañar papas fritas cortadas en rodajas, como aquí no las he visto. Y para terminar macedonia con gelatina. Hay para todos y nadie pía mientras degusta. Ben suelta un fucking awesome y los españoles adulamos al chef, que sigue haciéndose querer sin querer hacerlo, que es como se debe. Jodido Ale, eres grande.
Klara se ilumina cuando oye la opción de jugar al póker, que ya que está Endika nos podemos juntar varios para hacer una buena timba. Y allá vamos Ale, Eider, Ben, Endika, Klara y yo. Una partida a seis es otra cosa. Buy in de 20 córdobas y a darle duro a los naipes. Y van cayendo. El primero Endika tras dos re-buys, luego Eider, que es novata y mucho ha aguantado. Ale desiste ante un arrebato mío y se va de vacío, y Ben, la alemana imparable y yo seguimos y seguimos hasta que sólo nos quedamos ella y yo en un heads-up infinito que termino llevándome yo con un All-in con as dama y que ella ve, ya cansada, me aprovecho de eso, con 8 y 10 de corazones. No sale nada y la pasta es mía y Ben y yo la vacilamos con que no se puede ganar siempre. Y ya en la casa, con todos dormidos, me pone morritos y yo le digo que seguro que soy incluso más sexy habiéndola derrotado, y ella me dice que una polla y nos volvemos uno y nos cuesta separarnos pero es lo que hay viviendo como vivimos. Y a la cama y mañana será otro día, si Dios quiere, y si no quiere, ya se sabe, me vale verga.
La alemana número 13 y Gollum en mi cuarto
09/11/09
Tras una lucha a muerte con la mosquitera por la noche, en la que mi brazo izquierdo se enredó en ella sin yo darme cuenta y cuando mis sentidos se recuperaron ya era tarde, amanezco a las seis y media. Bajo a desayunar al porche de la casa azul, yogur y café, que siempre me levanto sin hambre, y eso es una putada. Ben está ya de vuelta de su viaje a León, llegó ayer por la noche. Nos cuenta que le ha encantado, que no se esperaba una ciudad así en Nicaragua acostumbrado a Granada. Universitaria, cosmopolita, movida, más reconstruida y con mucha marcha nocturna. León fue capital de Nicaragua, disputándoselo con la propia Granada, para que finalmente fuese Managua, ciudad neutral, la que se llevase el gato al agua. León se construyó en un principio por un conquistador español a la vera del Lago Managua, o Cochibolca, pero un terremoto la devastó, hundiéndola bajo el lago, y la volvieron a erigir más al norte, alejada del agua. Aquello fue en el S.XVI, tiempo ha pasado, pero el caso es que se mantiene como ciudad cultural, y sigue rivalizando con la actual capital por el papel de ciudad más importante. Barcelona, Madrid. León, Managua. Al final lo que pasa en España también puede pasar aquí.
Cuando me voy con Klara hacia la obra le pregunto con los ojos que qué va a hacer, y me dice que ya, que de hoy no pasa, que hablará con Ben. Toda la puta Prusia seguro que lo sabe ya. No es justo, y Klara lo sabe, y en cierta manera la martiriza.
En la obra no hay mucho que hacer hoy. Están moviendo tablas de madera para hacer moldes que rellenar con mezcla, pero hasta que esos moldes no estén fijados no hay mezcla que hacer, así que Klara y yo nos dedicamos a cortar alambres para atar las escuadras a la ferralla, a hacer cantidades ridículas de mezcla para tapar los desconchados que aparecen al quitar las tablas, y poco más. Mula y Alex están con un resacón de tres pares. Alex está enfadado porque ayer el entrenador no le hizo jugar ni en el partido que nosotros vimos y que ellos ganaron ni en el que jugaron después, en el que perdieron, empatando la serie contra el equipo rival. Cual Ronaldinho, no aguanta el banquillo y su orgullo le puede más que su profesionalidad. Sabe que su brazo izquierdo es mucho brazo izquierdo para sólo pasar agua a sus compañeros.
Mula me pide ayuda para mover el andamio, que dice que él hoy no puede, que está flojo. Lo que está es sudando guaro a más no poder.
Vanessa y Reanne aparecen con plátanos y avena que ha sobrado del desayuno de los alumnos de la escuela. Doy buena cuenta de lo mío y Alex y Mula me piden que les traiga avena, y yo les pregunto si tengo cara de camarero, que ya hay confianza, y se descojonan, y me dicen que por favor, que están muy malitos. Es bueno que me hagan partícipe de su melopea.
Endika ha vuelto hoy a la obra después de una semana sin plantar sus pies descalzos (es el único que curra descalzo, ni los nicas lo hacen) sobre el andamio. Estaba rallado por lo de la reunión famosa y pasaba de hacer acto de presencia con cara de pocos amigos. Pues vale. Me vale verga, que dicen aquí.
Con Klara la confianza ya es gorda. Tenemos nuestras coñitas particulares, le ayudo con el español para darme cuenta de que sabe bastante más de lo que se cree. Como Antonio Banderas en El guerrero número 13, la chica lista escucha mucho, y de repente te suelta una frase en perfecto español que te quedas loco y te da qué pensar. Hoy le he enseñado qué momentos son los buenos para soltar un buen "venga, coño". Pete lo oye y le encanta.
Volvemos al tema del cine, que nunca agota. Hablamos de Tom Hanks. A los dos Forrest Gump nos gustó lo justo. Klara se descojona cuando digo Tom Cruise, o Clive Owen, o Sean Connery, o Chuck Norris, pues ningún español sabe pronunciar esos nombres. Se dice: Tom Crus. Claif Ouwuen. Son Coneri. Chac Naurris. Descojone mil. No consigo marcar la diferencia entre sheep y seed, entre ship y sheep. La entiendo cuando ella la hace, pero a mí me cuesta sangre. Si me va a enseñar algo y todo la niña de 19 añitos, no te jode.
Tengo un par de momentos caballo, torpeza total, y los nicas se mofan a gusto de mí. Esto marcha.
Pasan las horas, y poco hacemos, así que elipsis y a comer. Hoy acompañando al gallopinto hay un pollo empanado, crispy chicken, que quita el sentido, pero cada vez somos más voluntarios y nadie se lo debe haber dicho a la cocinera, porque escasea el ansiado pollo. Y a la mesa está Eva con su espíritu imparable, y me vacila y me adula y se sorprende cuando le digo mi edad, y me dice que me siga conservando así y yo le digo que con la mala vida que me pego mucho le tengo que haber pagado al diablo. Y se suelta un par de manchegismos que me hacen sentir algo más cerca de los colegas chinchillanos, de mi abuela, de la estepa manchega. Pero es que es demasiado esta mujer, no calla ni debajo del agua y confiesa que le gusta el póker, que se traga el European Poker Tour, pero que no juega por dinero. Ves, Klara, éste es el momento: "venga, coño".
Y para Granada una vez más, que Ale quiere hacer la compra, que le toca cocinar mañana, y a mí me toca esta semana la limpieza de la casa amarilla, y eso incluye comprar lo que falte. Y como también soy el jodido tesorero, pues me hago cargo de gastos comunes tipo cubiertos o una bombilla que se ha fundido porque una langosta no encontró mejor lugar en el que morir. Klara se viene, que está empeñada en comprar una parrilla para montar una barbacoa, más alemana imposible. Por el camino nos adelanta Ben en la bici, que va a la ferretería a por más madera para los armarios que nunca termina de construir. Tenemos suerte y baja un pick up que nos lleva hasta el mismísimo centro de Granada. Ale le pregunta a Klara si ya habló con Ben, que está al tanto de todo el murciano. Klara le dice que hablará con él, Ale le vacila con un yeah, sure, y ella se sonroja y dice que sí. Y Ale termina diciéndole que somos adultos, que no es para tanto, que es incómodo pero que en realidad estamos haciendo una montaña de un grano de arena. Y tiene razón, claro. Pero tener razón es una cosa y otra es ser protagonista cuando lo que quieres es pasar desapercibido.
Asaltamos una ferretería para comprar encargos que me han hecho. De repente soy Leonardo di Caprio en La Playa, cumpliendo recados insólitos. Ale se empeña en comprar una manguera, que quiere enchufarse agua cuando le venga en gana sin tener que ducharse. Y me place la idea, pero es que ninguno de los dos sabíamos que ya hay una manguera en algún sitio de ACE. El médico entra en una farmacia a por cositas que necesita para Petrona, la vieja escuálida y amable que vive cerca de ACE, a la vera del camino, dueña de muchos perros. Los perros de Petrona, como título de una novela de la Generación del '98. Es una coña del murciano, que no para de discurrir para buscar esa vuelta de tuerca absurda que te hace estallar en carcajadas. Al estilo del humor de mi madrileño Manolo.
Rompe a llover torrencialmente, cuando hacía diez minutos el sol derretía los huesos de los cerdos. Nos cobijamos debajo del toldo de la tienda donde me clavan 130 córdobas por una pelota de fútbol, por fin me he hecho con ella. Ale busca unos pantalones finitos de algodón pero se los dan de pinzas y dice que no, claro, que los quiere informales y la incomprensión es total así que huye con las manos vacías.
Y al Pali a por todo tipo de cosas, entre ellas un saco de azúcar de 10 kilos, que el azúcar vuela en la casa de voluntarios y así no habrá que coger más en dos meses. 10 kilos de azúcar. Qué barbaridad. Ale tiene para rato, así que Klara y yo le esperamos fuera fumándonos un cigarro. Aparece Terry, el aparcacoches amigable. Me dice que tenemos que ir un día por la península del lago de Granada, por la que fue Jose el otro día en bici, que se conoce unos sitios para bañarse cojonudos, y que con Flor de Caña bajo el brazo aquello es muy parecido al paraíso. Viene de hacerse un tatuaje, la parca en el costado derecho, y me enseña todos los que tiene, poco elaborados, y probablemente insanos. Me confiesa que le gusta Lau, que se lo diga, que cuántos años tiene y que qué bueno que sean 30 pues eso demuestra experiencia. Nos descojonamos de lo lindo, hacemos buenas migas, me pasa su número de móvil y le digo que lo de ir a bañarnos este domingo jodido porque queremos ir a Masaya. Y cuando Ale termina, Terry nos consigue rápidamente un taxi para que nos lleve a La Prusia, cosa que no es fácil porque después del chaparrón el camino es terreno vedado para muchos taxistas cautos. Le doy 10 córdobas de propina y se sorprende, y le digo que no, que gracias por todo, que es un tipo amable y que qué menos. Que le llamaré, y que le pasaré el mensaje a Lau.
Por el camino nos volvemos a cruzar con Ben, que va sorteando charcos infinitos y el arroyo, que se ha desbordado. Pasamos por delante de Vladimir, que bajo sus larguísimas pestañas juega con cualquier cosa en el suelo encharcado y con los pies descalzos. Bajo la ventanilla y le motivo diciéndole que he comprado un balón tan bonito que mañana ya verá, y su cara es la ilusión, y sus ojos se abren y sus pestañas se hacen aún más largas y me extiende las manos hacia el coche y le digo que mañana y me levanta el pulgar sin dejar de sonreír. Un balón de fútbol se convierte en la dicha, le hará soñar esta noche y no dejará de decirle a su padre Lenin que tenemos balón nuevo, que Julio ya lo compró, que es tan bonito, que mañana habrá práctica, que él es Casillas y las parará todas.
El taxista se afana, no desiste, hemos pactado ya la pasta y no hay marcha atrás. Nos dice que los voluntarios deberíamos recoger firmas por todo el camino de La Prusia para que el alcalde vaya a ver las pésimas condiciones en las que está, que donde él vive pasaba lo mismo y se organizaron y consiguieron que el alcalde se pusiera manos a la obra, que para algo están los impuestos. El taxista activista. Y la verdad es que no le falta razón. A mí Judith me dijo que asfaltar el camino era demasiado caro y que todavía ACE no había conseguido las subvenciones suficientes. Pero es cierto que para algo están los jodidos impuestos, pero también es cierto que no me sé de la misa la media y que ya se habrá intentado, supongo. Más tarde Jose me explica que el camino que va de la laguna a la ceiba, la mitad de todo el trecho, es propiedad privada. He ahí la explicación. Siento envidia por Jose, que aunque dice que no está haciendo gran cosa para su proyecto de antropología, lo cierto es que está practicando antropología pura, consiguiendo que le inviten a las casas y a charlar. Me dice que no es difícil, que cuando se queda sin conversación simplemente le cuenta algo absurdo de España, y entonces ellos le cuentan alguna tontería de Nicaragua, que será tontería para el que la cuenta, pero no para el que la escucha. Le digo que puede estar orgulloso del curro que está haciendo, y es demasiado humilde para reconocerlo. De repente me agobio pensando que no quiero que esto se convierta en un campamento de boy scouts, y Lau aplaca mis ansias de reportero diciéndome que llevamos sólo dos semanas, que ya llegará nuestro momento, que asaltaremos vidas ajenas y contaremos lo que nadie ha contado todavía.
Llegamos a la casa tras las compras y hago las cuentas, que me cuesta horrores. Hay dos botes, uno por cada casa y el comunal de los voluntarios, y dependiendo de qué compra sea, la pasta se ha de reponer de uno u otro bote. Madre mía, de aquí al caso Gürtel, como me ponga tonto, hay un paso.
Y a escribir, como todos los días, aunque no haya nada que contar, pero parece que ya he contado algo. Alex, el de la obra, está aquí, jugando a algo con esta gente, y me dice que me han clavado con el balón de fútbol, que él no pagaría más de 70, y yo le digo que ya lo sé, pero que soy gringo, y que el hecho de que la piel me delate no tiene solución. Se ríe y me da la razón.
Hoy Capi es el perro guardián, y ya veremos qué pasa esta noche, que hace dos noches le volvieron a robar a Jose metiendo la mano por los barrotes de nuestra ventana y cogiendo lo que estaba al alcance, a saber: una cámara de fotos y dos sombreros, todo de Jose, que está gafado. Es robar por robar, pero Jose suspira que al menos espera que le den un buen uso a la bici y al sombrero. Un maldito santo es este hombre.
Klara no ha hablado con Ben. Lau ya sabe que tiene un pretendiente nica que es majísimo y que nos consigue lo que queramos y nos lleva a donde queramos, Cata está un tanto exasperada de Judith, la doña, que puede ser cargante como cualquier abuela, y eso que Eva ha venido a quitarle el puesto. Incluso Judith parece que no puede doblegar a esta loca albaceteña que me habla de gazpachos manchegos y arroz caldoso y me hace salivar como si fuera la última vez. Combato el hambre hasta la cena siguiendo los consejos de Pete, latita de atún entre pecho y espalda. Lau no puede parar con La soledad de los números primos, Klara se zampa una bolsa de Doritos en la hamaca, Alba le da clases de español a Reanne y yo escribo lo que veo al tiempo que lo veo, que no hay una crónica más exacta que esa. Queda una hora para la cena y los mosquitos nos superan en número, que ha llovido y es su momento. Y Lau me dice que Paolo Giordano, el de los números primos que no encuentran compañía porque para ellos no existe, es de mi quinta, y aunque hace tiempo que entendí que para las artes no hay edad y que leer la contraportada de los libros para compararme no tiene sentido, el orgullo me sigue picando. Ya llegará nuestra hora, me repite Lau, y llegará, pero hasta entonces envidio a Giordano y eso no me lo quita nadie.
Ale trinca un libro de poemas de Bukowsky y recita gracioso sin saber lo que dice, traduciendo lo que conoce y haciendo parecer al borracho oscuro aún más incomprensible. Vanessa se descojona, Lau le sigue y Ale a lo suyo, que si al final Bukowsky llegó o no a los pantys de una mujer con nariz de cerdo, y qué hizo con ellos. No puede parar, el puto humorista. Mira qué bonito, anuncia ante un verso que es de todo menos bonito.
Klara pregunta si hay póker tonight y le digo divertido que a mí no me importa, pero que como dice Peter, mejor le pago yo el buy in y luego nos repartimos las ganancias. Están cojonudos sus Doritos con chile, tan ricos como seguro lo está ella, pero eso es otra historia y no la voy a contar cuando la viva.
Haley presenta su cena, una lasaña de verduras y chocobananos para cenar (pincho moruno de plátano y una fuente de chocolate derretido, imagínatelo y siéntete el perro de Paulov). La verdad es que de un tiempo a esta parte la estela del cometa Haley se ha ido desvaneciendo, aparcando la bordería. Será porque se pira pronto, o será por lo que sea, pero bienvenido es, claro.
Y llega Judith para la reunión y le dice a Alex, el nica, que se marche, que esto no es de su incumbencia. Si fuéramos a hablar de temas delicados, me parecería lógico, pero hablamos de la obra, de dónde construir un vertedero para la gente del proyecto, de qué se harán con las clases de apoyo una vez se termine la escuela, y de quién se ocupará de recoger la pasta para la recogida de basura, ahora que Eli se va en breve. Y para eso bien podría estar Alex a la mesa y no sentado en solitario frente a la casa amarilla esperando a que terminemos para volver con sus amigos gringos.
Digo que ya que soy el tesorero, me ocuparé de lo de la basura cuando Eli se vaya. Pete y yo debatimos sobre lo del vertedero, que es una buena idea pero espérate que sea viable, porque en los terrenos de ACE hay mucha gente viviendo y no hay hueco para el vertedero, a no ser que concienciemos a la gente para que sólo lo use como depósito de basura la noche antes de que el camión vaya a pasar. El camión de la basura lleva sin pasar un mes, pero se justifica con que es época de lluvias y no podría llegar al lugar. Eli me dice que aun así hay que estar detrás de ellos para convencerles de que hagan lo que no es sino su trabajo.
Y terminamos la dichosa reunión, en la que los rufios (Ale, Lau, Cata y yo, así nos hemos bautizado con ese término que es una mezcla entre pícaro, vago y algo cabroncete, importado por mí de la profundidad de Madrid) hacemos lo posible por no descojonarnos de Eva, que dice que ha traído libros de aprendizaje de lectura gutural. Lo dice todo de una manera que es inevitable no querer reírse, y además nos tiene demasiado hastiados con su hiperactividad, con lo que todo es potencialmente risible.
Los rufios nos apartamos a la casa amarilla, que estamos un poco cansados del gran hermano y de la compañía de Eva. Eli y Marta intentan enseñarles el mus a Klara y a Ben. Venga, coño, un yanki y una alemana jugando al mus... eso es un chiste. Y allí estamos, en sillitas y descojonados de nuestras tonterías, cuando llega Eva a perturbarnos. No conoce el don de la discreción y se mete en nuestra conversación mientras saca un yogur de la cocina. Voy contando cada cucharada, infinitas, esperando que al terminárselo se vaya a acostar. Tiene un volumen de voz demencial que despierta a Alba, que se ha retirado a descansar prontito porque su fin de semana ha sido movido, lo ha dejado con el panameño Rafa que, según me ha confesado la granadina, la estaba empezando a chupar la energía, y yo digo que siendo así y sin querer meterme, estupendo me parece. El grito de Alba suplicando silencio nos da una excusa para no oír a Eva, que no pilla una y ahí sigue. Y otra cucharada. Y ya es una menos. Y se lo va a terminar. Pero de repente su yogur se convierte en un reloj de arena y lo da la vuelta y ahí hay otro, sin abrir, esperando a ser devorado, alargando los minutos que se convierten en lustros. Soy el único que la sigue la conversación. Ale, Lau y Cata no hacen por ser educados, y yo no lo puedo evitar, aunque el cuerpo me pida pegarle un corte para que nos deje en paz, que nadie le ha dado vela en este entierro si alguna vez la tuvo en alguno. Sin reparos, estos cogen sus sillas y le dicen que se van a alejar para no molestar a Alba. Yo les sigo explicándole a Eva que queremos hablar tranquilos de nuestro viaje a Masaya, y por un momento, bocazas soy, temo que se una al plan, pero no, a eso ya no llega. Nos adentramos en la noche y plantamos las sillas y susurramos bromas crueles contra esa mujer, que sentada en el porche y dándonos la espalda, iluminada por la luz de la casa, es como el cartel de la peor de las pelis de terror. Delgada como Gollum, fumando como el fumador de Expediente X, y sentada como la vieja de Misery controlando el cotarro. Lau dice que encima está en nuestra casa, refiriéndose a Cata y a mí, y yo la corrijo, que no está en nuestra casa, que está en mi habitación, que la diferencia es interesante y perturbadora. No podemos parar de reír y por fin Eva se mete para adentro y Ale dice que ahora o nunca, cogemos las sillas, las dejamos y seguimos para abajo, donde sigue el mus y Jose escribe. Se nos une y le contamos el martirio que hemos sufrido, y como es tan bueno no entra al trapo, pero sí cuenta alguna barbaridad de las de Eva, como por ejemplo que se toma pastillas por una medicación constante que toma y que en cuánto las engulle, cae grogui. Y Eva, cuando se lo contó, remato con un "así que si queréis echarme un polvo, yo no me voy a enterar". Madre mía del amor hermoso, eso no lo hago yo ni aunque me tire diez meses aquí y me despierten la líbido hasta las vacas jorobadas que pastan en las proximidades.
Y a la camita, dejando a los del mus y pensando que tal vez cuando acaben Klara y Ben tengan la conversación. Dicen que empiezan a entender este juego complejo y yo les contesto que es imposible que un no español consiga jugar al mus, que es como intentarle explicar a un madrileño de qué va el cricket.
Tengo un sueño que quiere ser erótico pero se queda a medias, a medias, otra vez. Pero esta vez duermo como un niño, por fin, y la mosquitera se mantiene en su sitio, creo que he ganado la guerra, estoy exhausto como el más heroico de los soldados.
Tras una lucha a muerte con la mosquitera por la noche, en la que mi brazo izquierdo se enredó en ella sin yo darme cuenta y cuando mis sentidos se recuperaron ya era tarde, amanezco a las seis y media. Bajo a desayunar al porche de la casa azul, yogur y café, que siempre me levanto sin hambre, y eso es una putada. Ben está ya de vuelta de su viaje a León, llegó ayer por la noche. Nos cuenta que le ha encantado, que no se esperaba una ciudad así en Nicaragua acostumbrado a Granada. Universitaria, cosmopolita, movida, más reconstruida y con mucha marcha nocturna. León fue capital de Nicaragua, disputándoselo con la propia Granada, para que finalmente fuese Managua, ciudad neutral, la que se llevase el gato al agua. León se construyó en un principio por un conquistador español a la vera del Lago Managua, o Cochibolca, pero un terremoto la devastó, hundiéndola bajo el lago, y la volvieron a erigir más al norte, alejada del agua. Aquello fue en el S.XVI, tiempo ha pasado, pero el caso es que se mantiene como ciudad cultural, y sigue rivalizando con la actual capital por el papel de ciudad más importante. Barcelona, Madrid. León, Managua. Al final lo que pasa en España también puede pasar aquí.
Cuando me voy con Klara hacia la obra le pregunto con los ojos que qué va a hacer, y me dice que ya, que de hoy no pasa, que hablará con Ben. Toda la puta Prusia seguro que lo sabe ya. No es justo, y Klara lo sabe, y en cierta manera la martiriza.
En la obra no hay mucho que hacer hoy. Están moviendo tablas de madera para hacer moldes que rellenar con mezcla, pero hasta que esos moldes no estén fijados no hay mezcla que hacer, así que Klara y yo nos dedicamos a cortar alambres para atar las escuadras a la ferralla, a hacer cantidades ridículas de mezcla para tapar los desconchados que aparecen al quitar las tablas, y poco más. Mula y Alex están con un resacón de tres pares. Alex está enfadado porque ayer el entrenador no le hizo jugar ni en el partido que nosotros vimos y que ellos ganaron ni en el que jugaron después, en el que perdieron, empatando la serie contra el equipo rival. Cual Ronaldinho, no aguanta el banquillo y su orgullo le puede más que su profesionalidad. Sabe que su brazo izquierdo es mucho brazo izquierdo para sólo pasar agua a sus compañeros.
Mula me pide ayuda para mover el andamio, que dice que él hoy no puede, que está flojo. Lo que está es sudando guaro a más no poder.
Vanessa y Reanne aparecen con plátanos y avena que ha sobrado del desayuno de los alumnos de la escuela. Doy buena cuenta de lo mío y Alex y Mula me piden que les traiga avena, y yo les pregunto si tengo cara de camarero, que ya hay confianza, y se descojonan, y me dicen que por favor, que están muy malitos. Es bueno que me hagan partícipe de su melopea.
Endika ha vuelto hoy a la obra después de una semana sin plantar sus pies descalzos (es el único que curra descalzo, ni los nicas lo hacen) sobre el andamio. Estaba rallado por lo de la reunión famosa y pasaba de hacer acto de presencia con cara de pocos amigos. Pues vale. Me vale verga, que dicen aquí.
Con Klara la confianza ya es gorda. Tenemos nuestras coñitas particulares, le ayudo con el español para darme cuenta de que sabe bastante más de lo que se cree. Como Antonio Banderas en El guerrero número 13, la chica lista escucha mucho, y de repente te suelta una frase en perfecto español que te quedas loco y te da qué pensar. Hoy le he enseñado qué momentos son los buenos para soltar un buen "venga, coño". Pete lo oye y le encanta.
Volvemos al tema del cine, que nunca agota. Hablamos de Tom Hanks. A los dos Forrest Gump nos gustó lo justo. Klara se descojona cuando digo Tom Cruise, o Clive Owen, o Sean Connery, o Chuck Norris, pues ningún español sabe pronunciar esos nombres. Se dice: Tom Crus. Claif Ouwuen. Son Coneri. Chac Naurris. Descojone mil. No consigo marcar la diferencia entre sheep y seed, entre ship y sheep. La entiendo cuando ella la hace, pero a mí me cuesta sangre. Si me va a enseñar algo y todo la niña de 19 añitos, no te jode.
Tengo un par de momentos caballo, torpeza total, y los nicas se mofan a gusto de mí. Esto marcha.
Pasan las horas, y poco hacemos, así que elipsis y a comer. Hoy acompañando al gallopinto hay un pollo empanado, crispy chicken, que quita el sentido, pero cada vez somos más voluntarios y nadie se lo debe haber dicho a la cocinera, porque escasea el ansiado pollo. Y a la mesa está Eva con su espíritu imparable, y me vacila y me adula y se sorprende cuando le digo mi edad, y me dice que me siga conservando así y yo le digo que con la mala vida que me pego mucho le tengo que haber pagado al diablo. Y se suelta un par de manchegismos que me hacen sentir algo más cerca de los colegas chinchillanos, de mi abuela, de la estepa manchega. Pero es que es demasiado esta mujer, no calla ni debajo del agua y confiesa que le gusta el póker, que se traga el European Poker Tour, pero que no juega por dinero. Ves, Klara, éste es el momento: "venga, coño".
Y para Granada una vez más, que Ale quiere hacer la compra, que le toca cocinar mañana, y a mí me toca esta semana la limpieza de la casa amarilla, y eso incluye comprar lo que falte. Y como también soy el jodido tesorero, pues me hago cargo de gastos comunes tipo cubiertos o una bombilla que se ha fundido porque una langosta no encontró mejor lugar en el que morir. Klara se viene, que está empeñada en comprar una parrilla para montar una barbacoa, más alemana imposible. Por el camino nos adelanta Ben en la bici, que va a la ferretería a por más madera para los armarios que nunca termina de construir. Tenemos suerte y baja un pick up que nos lleva hasta el mismísimo centro de Granada. Ale le pregunta a Klara si ya habló con Ben, que está al tanto de todo el murciano. Klara le dice que hablará con él, Ale le vacila con un yeah, sure, y ella se sonroja y dice que sí. Y Ale termina diciéndole que somos adultos, que no es para tanto, que es incómodo pero que en realidad estamos haciendo una montaña de un grano de arena. Y tiene razón, claro. Pero tener razón es una cosa y otra es ser protagonista cuando lo que quieres es pasar desapercibido.
Asaltamos una ferretería para comprar encargos que me han hecho. De repente soy Leonardo di Caprio en La Playa, cumpliendo recados insólitos. Ale se empeña en comprar una manguera, que quiere enchufarse agua cuando le venga en gana sin tener que ducharse. Y me place la idea, pero es que ninguno de los dos sabíamos que ya hay una manguera en algún sitio de ACE. El médico entra en una farmacia a por cositas que necesita para Petrona, la vieja escuálida y amable que vive cerca de ACE, a la vera del camino, dueña de muchos perros. Los perros de Petrona, como título de una novela de la Generación del '98. Es una coña del murciano, que no para de discurrir para buscar esa vuelta de tuerca absurda que te hace estallar en carcajadas. Al estilo del humor de mi madrileño Manolo.
Rompe a llover torrencialmente, cuando hacía diez minutos el sol derretía los huesos de los cerdos. Nos cobijamos debajo del toldo de la tienda donde me clavan 130 córdobas por una pelota de fútbol, por fin me he hecho con ella. Ale busca unos pantalones finitos de algodón pero se los dan de pinzas y dice que no, claro, que los quiere informales y la incomprensión es total así que huye con las manos vacías.
Y al Pali a por todo tipo de cosas, entre ellas un saco de azúcar de 10 kilos, que el azúcar vuela en la casa de voluntarios y así no habrá que coger más en dos meses. 10 kilos de azúcar. Qué barbaridad. Ale tiene para rato, así que Klara y yo le esperamos fuera fumándonos un cigarro. Aparece Terry, el aparcacoches amigable. Me dice que tenemos que ir un día por la península del lago de Granada, por la que fue Jose el otro día en bici, que se conoce unos sitios para bañarse cojonudos, y que con Flor de Caña bajo el brazo aquello es muy parecido al paraíso. Viene de hacerse un tatuaje, la parca en el costado derecho, y me enseña todos los que tiene, poco elaborados, y probablemente insanos. Me confiesa que le gusta Lau, que se lo diga, que cuántos años tiene y que qué bueno que sean 30 pues eso demuestra experiencia. Nos descojonamos de lo lindo, hacemos buenas migas, me pasa su número de móvil y le digo que lo de ir a bañarnos este domingo jodido porque queremos ir a Masaya. Y cuando Ale termina, Terry nos consigue rápidamente un taxi para que nos lleve a La Prusia, cosa que no es fácil porque después del chaparrón el camino es terreno vedado para muchos taxistas cautos. Le doy 10 córdobas de propina y se sorprende, y le digo que no, que gracias por todo, que es un tipo amable y que qué menos. Que le llamaré, y que le pasaré el mensaje a Lau.
Por el camino nos volvemos a cruzar con Ben, que va sorteando charcos infinitos y el arroyo, que se ha desbordado. Pasamos por delante de Vladimir, que bajo sus larguísimas pestañas juega con cualquier cosa en el suelo encharcado y con los pies descalzos. Bajo la ventanilla y le motivo diciéndole que he comprado un balón tan bonito que mañana ya verá, y su cara es la ilusión, y sus ojos se abren y sus pestañas se hacen aún más largas y me extiende las manos hacia el coche y le digo que mañana y me levanta el pulgar sin dejar de sonreír. Un balón de fútbol se convierte en la dicha, le hará soñar esta noche y no dejará de decirle a su padre Lenin que tenemos balón nuevo, que Julio ya lo compró, que es tan bonito, que mañana habrá práctica, que él es Casillas y las parará todas.
El taxista se afana, no desiste, hemos pactado ya la pasta y no hay marcha atrás. Nos dice que los voluntarios deberíamos recoger firmas por todo el camino de La Prusia para que el alcalde vaya a ver las pésimas condiciones en las que está, que donde él vive pasaba lo mismo y se organizaron y consiguieron que el alcalde se pusiera manos a la obra, que para algo están los impuestos. El taxista activista. Y la verdad es que no le falta razón. A mí Judith me dijo que asfaltar el camino era demasiado caro y que todavía ACE no había conseguido las subvenciones suficientes. Pero es cierto que para algo están los jodidos impuestos, pero también es cierto que no me sé de la misa la media y que ya se habrá intentado, supongo. Más tarde Jose me explica que el camino que va de la laguna a la ceiba, la mitad de todo el trecho, es propiedad privada. He ahí la explicación. Siento envidia por Jose, que aunque dice que no está haciendo gran cosa para su proyecto de antropología, lo cierto es que está practicando antropología pura, consiguiendo que le inviten a las casas y a charlar. Me dice que no es difícil, que cuando se queda sin conversación simplemente le cuenta algo absurdo de España, y entonces ellos le cuentan alguna tontería de Nicaragua, que será tontería para el que la cuenta, pero no para el que la escucha. Le digo que puede estar orgulloso del curro que está haciendo, y es demasiado humilde para reconocerlo. De repente me agobio pensando que no quiero que esto se convierta en un campamento de boy scouts, y Lau aplaca mis ansias de reportero diciéndome que llevamos sólo dos semanas, que ya llegará nuestro momento, que asaltaremos vidas ajenas y contaremos lo que nadie ha contado todavía.
Llegamos a la casa tras las compras y hago las cuentas, que me cuesta horrores. Hay dos botes, uno por cada casa y el comunal de los voluntarios, y dependiendo de qué compra sea, la pasta se ha de reponer de uno u otro bote. Madre mía, de aquí al caso Gürtel, como me ponga tonto, hay un paso.
Y a escribir, como todos los días, aunque no haya nada que contar, pero parece que ya he contado algo. Alex, el de la obra, está aquí, jugando a algo con esta gente, y me dice que me han clavado con el balón de fútbol, que él no pagaría más de 70, y yo le digo que ya lo sé, pero que soy gringo, y que el hecho de que la piel me delate no tiene solución. Se ríe y me da la razón.
Hoy Capi es el perro guardián, y ya veremos qué pasa esta noche, que hace dos noches le volvieron a robar a Jose metiendo la mano por los barrotes de nuestra ventana y cogiendo lo que estaba al alcance, a saber: una cámara de fotos y dos sombreros, todo de Jose, que está gafado. Es robar por robar, pero Jose suspira que al menos espera que le den un buen uso a la bici y al sombrero. Un maldito santo es este hombre.
Klara no ha hablado con Ben. Lau ya sabe que tiene un pretendiente nica que es majísimo y que nos consigue lo que queramos y nos lleva a donde queramos, Cata está un tanto exasperada de Judith, la doña, que puede ser cargante como cualquier abuela, y eso que Eva ha venido a quitarle el puesto. Incluso Judith parece que no puede doblegar a esta loca albaceteña que me habla de gazpachos manchegos y arroz caldoso y me hace salivar como si fuera la última vez. Combato el hambre hasta la cena siguiendo los consejos de Pete, latita de atún entre pecho y espalda. Lau no puede parar con La soledad de los números primos, Klara se zampa una bolsa de Doritos en la hamaca, Alba le da clases de español a Reanne y yo escribo lo que veo al tiempo que lo veo, que no hay una crónica más exacta que esa. Queda una hora para la cena y los mosquitos nos superan en número, que ha llovido y es su momento. Y Lau me dice que Paolo Giordano, el de los números primos que no encuentran compañía porque para ellos no existe, es de mi quinta, y aunque hace tiempo que entendí que para las artes no hay edad y que leer la contraportada de los libros para compararme no tiene sentido, el orgullo me sigue picando. Ya llegará nuestra hora, me repite Lau, y llegará, pero hasta entonces envidio a Giordano y eso no me lo quita nadie.
Ale trinca un libro de poemas de Bukowsky y recita gracioso sin saber lo que dice, traduciendo lo que conoce y haciendo parecer al borracho oscuro aún más incomprensible. Vanessa se descojona, Lau le sigue y Ale a lo suyo, que si al final Bukowsky llegó o no a los pantys de una mujer con nariz de cerdo, y qué hizo con ellos. No puede parar, el puto humorista. Mira qué bonito, anuncia ante un verso que es de todo menos bonito.
Klara pregunta si hay póker tonight y le digo divertido que a mí no me importa, pero que como dice Peter, mejor le pago yo el buy in y luego nos repartimos las ganancias. Están cojonudos sus Doritos con chile, tan ricos como seguro lo está ella, pero eso es otra historia y no la voy a contar cuando la viva.
Haley presenta su cena, una lasaña de verduras y chocobananos para cenar (pincho moruno de plátano y una fuente de chocolate derretido, imagínatelo y siéntete el perro de Paulov). La verdad es que de un tiempo a esta parte la estela del cometa Haley se ha ido desvaneciendo, aparcando la bordería. Será porque se pira pronto, o será por lo que sea, pero bienvenido es, claro.
Y llega Judith para la reunión y le dice a Alex, el nica, que se marche, que esto no es de su incumbencia. Si fuéramos a hablar de temas delicados, me parecería lógico, pero hablamos de la obra, de dónde construir un vertedero para la gente del proyecto, de qué se harán con las clases de apoyo una vez se termine la escuela, y de quién se ocupará de recoger la pasta para la recogida de basura, ahora que Eli se va en breve. Y para eso bien podría estar Alex a la mesa y no sentado en solitario frente a la casa amarilla esperando a que terminemos para volver con sus amigos gringos.
Digo que ya que soy el tesorero, me ocuparé de lo de la basura cuando Eli se vaya. Pete y yo debatimos sobre lo del vertedero, que es una buena idea pero espérate que sea viable, porque en los terrenos de ACE hay mucha gente viviendo y no hay hueco para el vertedero, a no ser que concienciemos a la gente para que sólo lo use como depósito de basura la noche antes de que el camión vaya a pasar. El camión de la basura lleva sin pasar un mes, pero se justifica con que es época de lluvias y no podría llegar al lugar. Eli me dice que aun así hay que estar detrás de ellos para convencerles de que hagan lo que no es sino su trabajo.
Y terminamos la dichosa reunión, en la que los rufios (Ale, Lau, Cata y yo, así nos hemos bautizado con ese término que es una mezcla entre pícaro, vago y algo cabroncete, importado por mí de la profundidad de Madrid) hacemos lo posible por no descojonarnos de Eva, que dice que ha traído libros de aprendizaje de lectura gutural. Lo dice todo de una manera que es inevitable no querer reírse, y además nos tiene demasiado hastiados con su hiperactividad, con lo que todo es potencialmente risible.
Los rufios nos apartamos a la casa amarilla, que estamos un poco cansados del gran hermano y de la compañía de Eva. Eli y Marta intentan enseñarles el mus a Klara y a Ben. Venga, coño, un yanki y una alemana jugando al mus... eso es un chiste. Y allí estamos, en sillitas y descojonados de nuestras tonterías, cuando llega Eva a perturbarnos. No conoce el don de la discreción y se mete en nuestra conversación mientras saca un yogur de la cocina. Voy contando cada cucharada, infinitas, esperando que al terminárselo se vaya a acostar. Tiene un volumen de voz demencial que despierta a Alba, que se ha retirado a descansar prontito porque su fin de semana ha sido movido, lo ha dejado con el panameño Rafa que, según me ha confesado la granadina, la estaba empezando a chupar la energía, y yo digo que siendo así y sin querer meterme, estupendo me parece. El grito de Alba suplicando silencio nos da una excusa para no oír a Eva, que no pilla una y ahí sigue. Y otra cucharada. Y ya es una menos. Y se lo va a terminar. Pero de repente su yogur se convierte en un reloj de arena y lo da la vuelta y ahí hay otro, sin abrir, esperando a ser devorado, alargando los minutos que se convierten en lustros. Soy el único que la sigue la conversación. Ale, Lau y Cata no hacen por ser educados, y yo no lo puedo evitar, aunque el cuerpo me pida pegarle un corte para que nos deje en paz, que nadie le ha dado vela en este entierro si alguna vez la tuvo en alguno. Sin reparos, estos cogen sus sillas y le dicen que se van a alejar para no molestar a Alba. Yo les sigo explicándole a Eva que queremos hablar tranquilos de nuestro viaje a Masaya, y por un momento, bocazas soy, temo que se una al plan, pero no, a eso ya no llega. Nos adentramos en la noche y plantamos las sillas y susurramos bromas crueles contra esa mujer, que sentada en el porche y dándonos la espalda, iluminada por la luz de la casa, es como el cartel de la peor de las pelis de terror. Delgada como Gollum, fumando como el fumador de Expediente X, y sentada como la vieja de Misery controlando el cotarro. Lau dice que encima está en nuestra casa, refiriéndose a Cata y a mí, y yo la corrijo, que no está en nuestra casa, que está en mi habitación, que la diferencia es interesante y perturbadora. No podemos parar de reír y por fin Eva se mete para adentro y Ale dice que ahora o nunca, cogemos las sillas, las dejamos y seguimos para abajo, donde sigue el mus y Jose escribe. Se nos une y le contamos el martirio que hemos sufrido, y como es tan bueno no entra al trapo, pero sí cuenta alguna barbaridad de las de Eva, como por ejemplo que se toma pastillas por una medicación constante que toma y que en cuánto las engulle, cae grogui. Y Eva, cuando se lo contó, remato con un "así que si queréis echarme un polvo, yo no me voy a enterar". Madre mía del amor hermoso, eso no lo hago yo ni aunque me tire diez meses aquí y me despierten la líbido hasta las vacas jorobadas que pastan en las proximidades.
Y a la camita, dejando a los del mus y pensando que tal vez cuando acaben Klara y Ben tengan la conversación. Dicen que empiezan a entender este juego complejo y yo les contesto que es imposible que un no español consiga jugar al mus, que es como intentarle explicar a un madrileño de qué va el cricket.
Tengo un sueño que quiere ser erótico pero se queda a medias, a medias, otra vez. Pero esta vez duermo como un niño, por fin, y la mosquitera se mantiene en su sitio, creo que he ganado la guerra, estoy exhausto como el más heroico de los soldados.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Beisbol y berenjenas
08/11/09
Me despierto a las ocho y cuarto, viva mi reloj biológico. Pete llega en bici de su noche hotelera, que ha quedado con Alex a las nueve para ir al prado donde juegan el partido, porque es un jodido prado por muy oficial que sea el partido. La gente se va apuntando al partido, y al final vamos a ir casi todos, menos Cata, Jose, Judith la doña, Tess y varios más que se han sumado a echar un cable en Ritmo en las calles, un festival musical que hay en el Tres Mundos, la Casa de Cultura vecina al cibercafé. El resto hemos pasado, que nuestra ayuda iría enfocada a hacer comida para los niños que acudan, decorar el escenario y esas cosas y parece que ya van sobrados, que también van a colaborar otras ONGs, como Esperanza de Granada, de la que viene Eider, algo desencantada.
Por supuesto, Klarita duerme, así que voy a despertarla, algo a lo que le estoy cogiendo el gusto. Asomo la cabeza por debajo de la mosquitera, le susurro Klara, wake up, beisbol time, me agarra la mano sin abrir los ojos, sonríe y me dice Good morning con voz de chocolate.
Vuelvo a mi cuarto a cagar y me encuentro a Eva completamente en pelotas dándose crema. Me ruborizo y digo lo siento y ella grita que da igual, que no le importa, que pase, que no me corte, que la vida es estupenda. Madre mía, esto es un huracán y no el Ida que descargó ayer sobra la costa caribeña.
Tiramos para el partido, Pete ya ha salido, que no quería hacer esperar a Alex, así que nos tenemos que apañar para encontrar el campo. Y lo hacemos. A lo lejos, el Mombacho nublado se muestra majestuoso, y un perro muerto en el camino nos hace casi vomitar el café, qué bueno está este café.

Klara me suelta algún muerdo en el paseo, con sólo Eva detrás, que bien poco debe sorprenderle e importarle. Se nos une Dari, uno de los perros amiguetes, y nos hace de guía. Se para en cada bifurcación que debemos tomar y sólo continúa cuando elegimos bien. Qué cosa más lista. Y así llegamos sin perdernos al campo donde todavía están calentando a la espera de que se seque un poco el prado, que si no la bola coge mucha agua y se vuelve demasiado pesada.

Pete me alecciona un poco sobre este deporte que hace un rato no entendía y que ahora que lo conozco algo más me resulta algo entretenido. No hay nada como el fútbol, pero tiene miga este deporte que se importó a Nicaragua hace 130 años. Pete creía que llegó con los marines, pero no, fue el jodido William Walker, el aventurero colonizador descerebrado que quiso inventarse un imperio centroamericano. Me dice que no está seguro de que fuera él, que no lo escriba, ahora que mira por encima de mi hombro, pero qué más da. Una teoría, para ser buena, no tiene porqué ser cierta.

El beisbol no tiene tiempo, se juega a siete cambios de campo (siete cambios entre qué equipo batea y qué equipo lanza). Se elimina al bateador con tres strikes (tres batazos en falso) o si el equipo del lanzador atrapa la bola en el aire, sin que toque el suelo, y a las tres eliminaciones, el equipo cambia de rol. Si el lanzador lanza cuatro bolas malas (no consigo diferenciar todavía cómo se sabe qué es un strike y qué es una bola), el bateador gana la primera base gratis. Los corredores, los que están entre bases, pueden intentar robar las bases siguientes aunque el bateador no golpeé, simplemente corriendo y esperando que el pitcher, el lanzador, no sea precavido, pues de serlo tendrá un ojo puesto en los corredores y podrá lanzar la bola en vez de al bateador a la base de la que sale el corredor. Si no está allí el corredor y la bola llega antes a la base, está fuera. Cada carrera completa, llegar a la cuarta base, es un tanto para el equipo, pero cualquier forofo de este deporte que me lea me recriminaría que aquí no hay ni tantos ni puntos, que son carreras. Como Pete, que me dice que esto no es a baseball match, sino a baseball game. Al final de los siete cambios de campo, el que más carreras tiene, gana. Eso son las reglas básicas, pero hay muchísimas más, más enrevesadas. Por ejemplo, el movimiento que hace el pitcher al lanzar está marcado, no puede inventárselo. Si el bateador golpea y la bola sale alta y el equipo del pitcher la coge al vuelo, ese bateador está fuera, pero los corredores siguen teniendo la opción de llegar a la base antes de que los lanzadores tiren la bola a la base. Otra regla interesante es que antes del partido se define el orden de los bateadores, y es importante que ambos entrenadores lo conozcan porque si el equipo contrario no cumple con ese orden, pueden reclamar. También es curioso que el que batea, si gana la primera base, puede retirarse y que le sustituya en esa base un jugador más rápido. Ese bateador no podrá volver a batear en el partido, pero así se aprovecha la velocidad de unos y la fuerza y precisión de otros, que tenerlo todo no suele ser común. Así pues, y sabiendo que hay muchas más cosas que me olvido y que no conozco, este deporte no es ni tan simple ni tan aburrido como yo creía. Y menos en este país, donde las mayores fans son mujeres, que se tiran todo el partido gritando, criticando al árbitro y mofándose del equipo contrario.

Y como la mayor parte de los jugadores se conocen, los comentarios jocosos van y vienen de un equipo a otro, pues hay muchos tiempos muertos y muchos jugadores que ni siquiera llegan a jugar, aunque vayan vestidos con su mejor uniforme de beisbol, que por supuesto no tiene porqué coincidir con el de sus compañeros. Sí, es un partido de liga oficial, pero estamos en Nicaragua. Tanto es así que cada equipo tiene tres bolas, y cada bola cuesta unos 12 dólares, por lo que por muy lejos que se vaya, por muchos matorrales entre los que haya que buscar, siempre se va en busca de la bola. Y siempre la encuentran, por la cuenta que les trae.

Es impresionante la fuerza y la precisión con la que lanzan. La bola está hecha de un núcleo de corcho y recubierta con varias capas de piel de cerdo o de vaca, y rematada con 108 puntos de hilo rojo, que es lo que la hace rotar. Es como las de pelota vasca, pero más grande, y tiene que doler si te da. El catcher, el que está detrás del bateador y que juega en el equipo del pitcher, lleva protección, pero tiene que tener sangre fría, porque si el bateador no acierta a dar a la bola, el catcher la coge a un palmo escaso de su nariz.
La bola puede ser lanzada de varias maneras por un buen pitcher, dependiendo de cómo la coja y de a qué altura tenga la mano cuando la suelta. Puede ser a tres cuartos, que es algo elevada, o a la altura de la cintura. Puede ser recta, curva, a tenedor, o varias formas más con las que no consigo quedarme.

Hoy se juegan dos partidos, uno detrás de otro, pero optamos por ver sólo el primero, que tampoco somos tan aficionados como Pete, que se lo está pasando en grande, uniéndose a los aplausos, abucheos y gritos de ánimo.

El primer partido lo gana La Prusia, así que nos retiramos satisfechos. Alex no ha tenido oportunidad de lanzar ni Mula de batear, y esperan que en este segundo partido el entrenador les dé opción.
Llegamos a la casa y ahí está Ale, que pasaba del beisbol y que se ha quedado tranquilito en casa, con su librito y esa manía estupenda por limpiar que le ha llevado a dejar el porche comunal como todavía no lo había visto yo. Este tío es un crack y se le echará de menos cuando se vaya en menos de un mes.
Son las 12 y media y no hemos comido, así que duchita y a cocinar. Lau opta por sopita, Ale por un sándwich, y Klara no tiene comida, así que la invito a una tortilla de jamón y queso, que soy un chico estupendo. Me mira agradecida y me saca partido.
Decidimos hacer cena comunal los que estamos en la casa, que muchos no han vuelto del rollo ese del Ritmo en las calles. Somos Reanne, Vanessa, Lau, Eider, Klara, Pete, Ale y yo, y Ale, cocinero, propone un pastel de berenjenas que nos vamos a cagar. Pero hay que ir a Granada a por cosas, y yo tengo que ir por cojones a ver si encuentro la maldita pelota de fútbol para los chavales, que Lenin ya me ha dicho el tamaño y material que tiene que ser y ya no hay fallo posible. Klara tiene que hacer compra también, así que nosotros nos encargamos de ir a por las viandas y el resto se ocupará de cocinar y de limpiar. Nos pegamos el pateo, ella renegando cual niña que viaja en coche con los papás y que quiere llegar ya, apenas han salido de casa. Cogemos un taxi en el cementerio que nos acerque al Pali, y resulta que nos metemos en el de Ernesto, uno de los conductores de confianza de La Prusia. Me pregunta por el Real Madrid, y por no explicar qué carajo de equipo es el Betis, le digo que sí, que soy del Madrid. Aquí todo Dios es del Barça, así que debatimos sobre la calidad de Messi y el gran trabajo de Guardiola.
Después de las compritas buscamos la pelota de fútbol pero es domingo y rozamos las cinco así que está casi todo cerrado. Que le den, otro día será, por mucho que me duela la decepción de un niño. Decidimos tomarnos una birra y unos nachos en la Calzada, intentando no pasar muy cerca del Tres Mundos para que no nos capten para echar un cable para lo de los conciertos.
Se nos intenta acoplar Jorge, el niño nica que ya cenó con nosotros, pero le digo que es que esta chica es mi novia, por no dar más explicaciones, y que quiero estar a solas con ella, que él seguro que es listo y lo entiende, y lo es, y lo entiende, y se va. Pero antes, me dice "te mira que te quiere". O no sabe de lo exagerado del verbo, o aquí el querer no es lo mismo que en Europa, pero la frase es tremenda de por sí. A Klara se la traduzco con like, no con love, no se vaya a asustar.
Jorge se aleja y se junta con otro chaval que limpia las zapatillas blancas de un tipo pálido al que me dan ganas de decirle que si no tiene nada mejor que hacer que financiar el pegamento del limpiabotas. Puta Calzada, puto contraste radical.
Ante los nachos con queso, frijoles machacados y vinagreta, Klara me dice que ésta es como nuestra primera cita. Pero será posible lo que me vacila la niñata, y será posible lo mucho que me gusta que lo haga.
Y de vuelta a la casa de voluntarios, donde ellos cocinan, yo escribo, charlo con Pete que me pregunta dudas del idioma y sabe de fútbol, fíjate tú el yanki, y se declara ferviente seguidor de Kaká, y yo miro a Klara melosa en la hamaca. Me siento, ya lo he dicho varias veces, un gigante de diecisiete metros.
Le paso el portátil a Ale, que se ha convertido en otro seguidor puntual de mi diario, y me dice que qué estupendo será cuando esté en España pero pueda seguir no tan de lejos nuestras andanzas. Está admirado de mi constancia escribiendo todos los días. Qué coño, yo sí que estoy admirado. Le digo que si no tuviera el portátil, si escribiera como antaño, con tinta manchando folios que nacieron blancos, probablemente no sería capaz de escribir todos los días. Le pongo el ejemplo de Pete, que tira de pluma, aunque él no escribe un diario como tal, por fechas, sino por temas. Pete lo oye y lo entiende y me explica que es porque es abogado y está acostumbrado a escribir como tal. Que yo soy periodista y que por eso escribo una crónica.
Ale se sale del mapa con el pastel de berenjenas. Está exquisito y por un momento, sólo por un momento, nos olvidamos de la comida de mamá. Le aplaudimos y repetimos que está delicioso, pretty good, dice Lau, a la que le gusta usar pretty, pero los angloparlantes le corrigen, que pretty good es que está más o menos bien, cuando lo que hay que decir, porque se lo merece el pastel, es fucking brilliant, mate.
Reanne está cada vez más suelta y habladora con los que no conocía, ha hecho buenas migas con Lau, con la que se ríe mucho por su jerga y sus locuras. Klara enseña a Ale y a Eider a jugar al Rummy, no saben lo que han hecho. Como les dice Pete, "if you are going to play for money, just give her the money and then play if you want". Me hago con una hamaca, Lau con otra acompañada de La soledad de los números primos, y Tyson, al que le tocaba hacer de perro guardián hoy, se desata y se escapa en busca de libertad, y que vigile Rita, por mucho que Pete menea el bol donde le damos de cenar. Se sumerge en la noche y hasta la vista, perro cabrón.
Son las ocho de la tarde y los que se fueron a echar un cable a lo de Ritmo en las calle no han vuelto. Llevan doce horas con el tema y nos enorgullecemos de nuestro escaqueo, que somos voluntarios, pero hoy es domingo, y hasta el Señor descansó. Pero no Tyson, al que en un descuido volvemos a coger del pescuezo y lo atamos de nuevo. Cafelito para el cuerpo, a disfrutar de la paz de la noche en el campo nica, musiquita saliendo del iPod de Pete, "politicians in my eyes" (dale, Petronias, que te va a gustar, cuando el punk no sabía que era punk... qué buenas migas ibas a hacer con tu tocayo atemporal).
Justo cuando terminamos de cenar aparecen Judith (la doña), Eva y Jose. Judith se retira ipso facto a dormir, y Jose y Eva nos cuentan sus peripecias por el camino, hoy que es noche sin luna.
Eva está loquísima. Le intenta enseñar jerga albaceteña a Vanessa, que con la mejor de sus caras hace por enterarse, pero cualquiera sabe. Puede resultar algo agobiante esta mujer de cuerpo delgado, cabeza de bombilla y fumar compulsivo, pero lo cierto es que tiene gracia. Antes de retirarse a dormir me anuncia "Julito, te espero en la cama". Es la única que me llama por diminutivo y la única que me espera en la cama, lo primero me gusta, de siempre, lo segundo me hace estallar en una carcajada. Y cuando se le escapa eso de "tengo muchismo sueño" es como volver a oler los gazpachos manchegos. Se va a la piltra, traduciéndolo para las canadienses, alumnas forzadas, y Klara, Eider y Ale siguen dándole al Rummy, que ahora me entero de que es el Chinchón. Rum es ron. Chinchón. Conclusión, esto es un juego de borrachos. Lau sigue acompañando a los números que sólo saben dividirse por sí mismos y por uno, Pete se ha escondido bajo las sábanas, como Reanne y Vanessa. Jose fue a ducharse y nunca más se supo, y el resto de los que fueron a Granada al rollo de los conciertos sigue en Granada, sin conciertos, pero con cerveza. Son las nueve y cuarto y vamos cerrando el chiringuito, que las luciérnagas dominan el campo y aquí ya no hacemos nada. Me cuesta coger a Gabo, joder, sé que estoy en un emplazamiento ideal para comérmelo de nuevo, pero Gabo es mucho Gabo simplemente para leer por leer. Así que me leo a mí mismo que para eso no hace falta mentalizarse. ¡Eva, que voy!
Me despierto a las ocho y cuarto, viva mi reloj biológico. Pete llega en bici de su noche hotelera, que ha quedado con Alex a las nueve para ir al prado donde juegan el partido, porque es un jodido prado por muy oficial que sea el partido. La gente se va apuntando al partido, y al final vamos a ir casi todos, menos Cata, Jose, Judith la doña, Tess y varios más que se han sumado a echar un cable en Ritmo en las calles, un festival musical que hay en el Tres Mundos, la Casa de Cultura vecina al cibercafé. El resto hemos pasado, que nuestra ayuda iría enfocada a hacer comida para los niños que acudan, decorar el escenario y esas cosas y parece que ya van sobrados, que también van a colaborar otras ONGs, como Esperanza de Granada, de la que viene Eider, algo desencantada.
Por supuesto, Klarita duerme, así que voy a despertarla, algo a lo que le estoy cogiendo el gusto. Asomo la cabeza por debajo de la mosquitera, le susurro Klara, wake up, beisbol time, me agarra la mano sin abrir los ojos, sonríe y me dice Good morning con voz de chocolate.
Vuelvo a mi cuarto a cagar y me encuentro a Eva completamente en pelotas dándose crema. Me ruborizo y digo lo siento y ella grita que da igual, que no le importa, que pase, que no me corte, que la vida es estupenda. Madre mía, esto es un huracán y no el Ida que descargó ayer sobra la costa caribeña.
Tiramos para el partido, Pete ya ha salido, que no quería hacer esperar a Alex, así que nos tenemos que apañar para encontrar el campo. Y lo hacemos. A lo lejos, el Mombacho nublado se muestra majestuoso, y un perro muerto en el camino nos hace casi vomitar el café, qué bueno está este café.
Klara me suelta algún muerdo en el paseo, con sólo Eva detrás, que bien poco debe sorprenderle e importarle. Se nos une Dari, uno de los perros amiguetes, y nos hace de guía. Se para en cada bifurcación que debemos tomar y sólo continúa cuando elegimos bien. Qué cosa más lista. Y así llegamos sin perdernos al campo donde todavía están calentando a la espera de que se seque un poco el prado, que si no la bola coge mucha agua y se vuelve demasiado pesada.
Klara, con gafas de sol, Reanne, la rubita, y Vanessa
Pete me alecciona un poco sobre este deporte que hace un rato no entendía y que ahora que lo conozco algo más me resulta algo entretenido. No hay nada como el fútbol, pero tiene miga este deporte que se importó a Nicaragua hace 130 años. Pete creía que llegó con los marines, pero no, fue el jodido William Walker, el aventurero colonizador descerebrado que quiso inventarse un imperio centroamericano. Me dice que no está seguro de que fuera él, que no lo escriba, ahora que mira por encima de mi hombro, pero qué más da. Una teoría, para ser buena, no tiene porqué ser cierta.
El beisbol no tiene tiempo, se juega a siete cambios de campo (siete cambios entre qué equipo batea y qué equipo lanza). Se elimina al bateador con tres strikes (tres batazos en falso) o si el equipo del lanzador atrapa la bola en el aire, sin que toque el suelo, y a las tres eliminaciones, el equipo cambia de rol. Si el lanzador lanza cuatro bolas malas (no consigo diferenciar todavía cómo se sabe qué es un strike y qué es una bola), el bateador gana la primera base gratis. Los corredores, los que están entre bases, pueden intentar robar las bases siguientes aunque el bateador no golpeé, simplemente corriendo y esperando que el pitcher, el lanzador, no sea precavido, pues de serlo tendrá un ojo puesto en los corredores y podrá lanzar la bola en vez de al bateador a la base de la que sale el corredor. Si no está allí el corredor y la bola llega antes a la base, está fuera. Cada carrera completa, llegar a la cuarta base, es un tanto para el equipo, pero cualquier forofo de este deporte que me lea me recriminaría que aquí no hay ni tantos ni puntos, que son carreras. Como Pete, que me dice que esto no es a baseball match, sino a baseball game. Al final de los siete cambios de campo, el que más carreras tiene, gana. Eso son las reglas básicas, pero hay muchísimas más, más enrevesadas. Por ejemplo, el movimiento que hace el pitcher al lanzar está marcado, no puede inventárselo. Si el bateador golpea y la bola sale alta y el equipo del pitcher la coge al vuelo, ese bateador está fuera, pero los corredores siguen teniendo la opción de llegar a la base antes de que los lanzadores tiren la bola a la base. Otra regla interesante es que antes del partido se define el orden de los bateadores, y es importante que ambos entrenadores lo conozcan porque si el equipo contrario no cumple con ese orden, pueden reclamar. También es curioso que el que batea, si gana la primera base, puede retirarse y que le sustituya en esa base un jugador más rápido. Ese bateador no podrá volver a batear en el partido, pero así se aprovecha la velocidad de unos y la fuerza y precisión de otros, que tenerlo todo no suele ser común. Así pues, y sabiendo que hay muchas más cosas que me olvido y que no conozco, este deporte no es ni tan simple ni tan aburrido como yo creía. Y menos en este país, donde las mayores fans son mujeres, que se tiran todo el partido gritando, criticando al árbitro y mofándose del equipo contrario.
Y como la mayor parte de los jugadores se conocen, los comentarios jocosos van y vienen de un equipo a otro, pues hay muchos tiempos muertos y muchos jugadores que ni siquiera llegan a jugar, aunque vayan vestidos con su mejor uniforme de beisbol, que por supuesto no tiene porqué coincidir con el de sus compañeros. Sí, es un partido de liga oficial, pero estamos en Nicaragua. Tanto es así que cada equipo tiene tres bolas, y cada bola cuesta unos 12 dólares, por lo que por muy lejos que se vaya, por muchos matorrales entre los que haya que buscar, siempre se va en busca de la bola. Y siempre la encuentran, por la cuenta que les trae.
Mula, bajito, y Alex... y el de atrás supongo que no sabe que no podría llevar esa camiseta en España.
Es impresionante la fuerza y la precisión con la que lanzan. La bola está hecha de un núcleo de corcho y recubierta con varias capas de piel de cerdo o de vaca, y rematada con 108 puntos de hilo rojo, que es lo que la hace rotar. Es como las de pelota vasca, pero más grande, y tiene que doler si te da. El catcher, el que está detrás del bateador y que juega en el equipo del pitcher, lleva protección, pero tiene que tener sangre fría, porque si el bateador no acierta a dar a la bola, el catcher la coge a un palmo escaso de su nariz.
La bola puede ser lanzada de varias maneras por un buen pitcher, dependiendo de cómo la coja y de a qué altura tenga la mano cuando la suelta. Puede ser a tres cuartos, que es algo elevada, o a la altura de la cintura. Puede ser recta, curva, a tenedor, o varias formas más con las que no consigo quedarme.
Hoy se juegan dos partidos, uno detrás de otro, pero optamos por ver sólo el primero, que tampoco somos tan aficionados como Pete, que se lo está pasando en grande, uniéndose a los aplausos, abucheos y gritos de ánimo.
Pete aleccionando a Eli
El primer partido lo gana La Prusia, así que nos retiramos satisfechos. Alex no ha tenido oportunidad de lanzar ni Mula de batear, y esperan que en este segundo partido el entrenador les dé opción.
Llegamos a la casa y ahí está Ale, que pasaba del beisbol y que se ha quedado tranquilito en casa, con su librito y esa manía estupenda por limpiar que le ha llevado a dejar el porche comunal como todavía no lo había visto yo. Este tío es un crack y se le echará de menos cuando se vaya en menos de un mes.
Son las 12 y media y no hemos comido, así que duchita y a cocinar. Lau opta por sopita, Ale por un sándwich, y Klara no tiene comida, así que la invito a una tortilla de jamón y queso, que soy un chico estupendo. Me mira agradecida y me saca partido.
Decidimos hacer cena comunal los que estamos en la casa, que muchos no han vuelto del rollo ese del Ritmo en las calles. Somos Reanne, Vanessa, Lau, Eider, Klara, Pete, Ale y yo, y Ale, cocinero, propone un pastel de berenjenas que nos vamos a cagar. Pero hay que ir a Granada a por cosas, y yo tengo que ir por cojones a ver si encuentro la maldita pelota de fútbol para los chavales, que Lenin ya me ha dicho el tamaño y material que tiene que ser y ya no hay fallo posible. Klara tiene que hacer compra también, así que nosotros nos encargamos de ir a por las viandas y el resto se ocupará de cocinar y de limpiar. Nos pegamos el pateo, ella renegando cual niña que viaja en coche con los papás y que quiere llegar ya, apenas han salido de casa. Cogemos un taxi en el cementerio que nos acerque al Pali, y resulta que nos metemos en el de Ernesto, uno de los conductores de confianza de La Prusia. Me pregunta por el Real Madrid, y por no explicar qué carajo de equipo es el Betis, le digo que sí, que soy del Madrid. Aquí todo Dios es del Barça, así que debatimos sobre la calidad de Messi y el gran trabajo de Guardiola.
Después de las compritas buscamos la pelota de fútbol pero es domingo y rozamos las cinco así que está casi todo cerrado. Que le den, otro día será, por mucho que me duela la decepción de un niño. Decidimos tomarnos una birra y unos nachos en la Calzada, intentando no pasar muy cerca del Tres Mundos para que no nos capten para echar un cable para lo de los conciertos.
Se nos intenta acoplar Jorge, el niño nica que ya cenó con nosotros, pero le digo que es que esta chica es mi novia, por no dar más explicaciones, y que quiero estar a solas con ella, que él seguro que es listo y lo entiende, y lo es, y lo entiende, y se va. Pero antes, me dice "te mira que te quiere". O no sabe de lo exagerado del verbo, o aquí el querer no es lo mismo que en Europa, pero la frase es tremenda de por sí. A Klara se la traduzco con like, no con love, no se vaya a asustar.
Jorge se aleja y se junta con otro chaval que limpia las zapatillas blancas de un tipo pálido al que me dan ganas de decirle que si no tiene nada mejor que hacer que financiar el pegamento del limpiabotas. Puta Calzada, puto contraste radical.
Ante los nachos con queso, frijoles machacados y vinagreta, Klara me dice que ésta es como nuestra primera cita. Pero será posible lo que me vacila la niñata, y será posible lo mucho que me gusta que lo haga.
Y de vuelta a la casa de voluntarios, donde ellos cocinan, yo escribo, charlo con Pete que me pregunta dudas del idioma y sabe de fútbol, fíjate tú el yanki, y se declara ferviente seguidor de Kaká, y yo miro a Klara melosa en la hamaca. Me siento, ya lo he dicho varias veces, un gigante de diecisiete metros.
Le paso el portátil a Ale, que se ha convertido en otro seguidor puntual de mi diario, y me dice que qué estupendo será cuando esté en España pero pueda seguir no tan de lejos nuestras andanzas. Está admirado de mi constancia escribiendo todos los días. Qué coño, yo sí que estoy admirado. Le digo que si no tuviera el portátil, si escribiera como antaño, con tinta manchando folios que nacieron blancos, probablemente no sería capaz de escribir todos los días. Le pongo el ejemplo de Pete, que tira de pluma, aunque él no escribe un diario como tal, por fechas, sino por temas. Pete lo oye y lo entiende y me explica que es porque es abogado y está acostumbrado a escribir como tal. Que yo soy periodista y que por eso escribo una crónica.
Ale se sale del mapa con el pastel de berenjenas. Está exquisito y por un momento, sólo por un momento, nos olvidamos de la comida de mamá. Le aplaudimos y repetimos que está delicioso, pretty good, dice Lau, a la que le gusta usar pretty, pero los angloparlantes le corrigen, que pretty good es que está más o menos bien, cuando lo que hay que decir, porque se lo merece el pastel, es fucking brilliant, mate.
Reanne está cada vez más suelta y habladora con los que no conocía, ha hecho buenas migas con Lau, con la que se ríe mucho por su jerga y sus locuras. Klara enseña a Ale y a Eider a jugar al Rummy, no saben lo que han hecho. Como les dice Pete, "if you are going to play for money, just give her the money and then play if you want". Me hago con una hamaca, Lau con otra acompañada de La soledad de los números primos, y Tyson, al que le tocaba hacer de perro guardián hoy, se desata y se escapa en busca de libertad, y que vigile Rita, por mucho que Pete menea el bol donde le damos de cenar. Se sumerge en la noche y hasta la vista, perro cabrón.
Son las ocho de la tarde y los que se fueron a echar un cable a lo de Ritmo en las calle no han vuelto. Llevan doce horas con el tema y nos enorgullecemos de nuestro escaqueo, que somos voluntarios, pero hoy es domingo, y hasta el Señor descansó. Pero no Tyson, al que en un descuido volvemos a coger del pescuezo y lo atamos de nuevo. Cafelito para el cuerpo, a disfrutar de la paz de la noche en el campo nica, musiquita saliendo del iPod de Pete, "politicians in my eyes" (dale, Petronias, que te va a gustar, cuando el punk no sabía que era punk... qué buenas migas ibas a hacer con tu tocayo atemporal).
Justo cuando terminamos de cenar aparecen Judith (la doña), Eva y Jose. Judith se retira ipso facto a dormir, y Jose y Eva nos cuentan sus peripecias por el camino, hoy que es noche sin luna.
Eva está loquísima. Le intenta enseñar jerga albaceteña a Vanessa, que con la mejor de sus caras hace por enterarse, pero cualquiera sabe. Puede resultar algo agobiante esta mujer de cuerpo delgado, cabeza de bombilla y fumar compulsivo, pero lo cierto es que tiene gracia. Antes de retirarse a dormir me anuncia "Julito, te espero en la cama". Es la única que me llama por diminutivo y la única que me espera en la cama, lo primero me gusta, de siempre, lo segundo me hace estallar en una carcajada. Y cuando se le escapa eso de "tengo muchismo sueño" es como volver a oler los gazpachos manchegos. Se va a la piltra, traduciéndolo para las canadienses, alumnas forzadas, y Klara, Eider y Ale siguen dándole al Rummy, que ahora me entero de que es el Chinchón. Rum es ron. Chinchón. Conclusión, esto es un juego de borrachos. Lau sigue acompañando a los números que sólo saben dividirse por sí mismos y por uno, Pete se ha escondido bajo las sábanas, como Reanne y Vanessa. Jose fue a ducharse y nunca más se supo, y el resto de los que fueron a Granada al rollo de los conciertos sigue en Granada, sin conciertos, pero con cerveza. Son las nueve y cuarto y vamos cerrando el chiringuito, que las luciérnagas dominan el campo y aquí ya no hacemos nada. Me cuesta coger a Gabo, joder, sé que estoy en un emplazamiento ideal para comérmelo de nuevo, pero Gabo es mucho Gabo simplemente para leer por leer. Así que me leo a mí mismo que para eso no hace falta mentalizarse. ¡Eva, que voy!
Cinefilia con Pete, entrevista abortada, y una alemana vacilona
07/11/09
Salgo de mi cuarto y me encuentro a una mujer de cabeza rapada y gafas grandes, muy habladora, y que le está dando un masaje a Jose. Joder, ésta sí que está suelta. Se llama Eva, tiene cuarenta y pico y es forofa de la Fórmula 1. Me pone al día en motos también, que su hijo es mecánico profesional. Ha vivido dos meses y medio en Costa Rica hace un tiempo y pasará allá las navidades, para luego volver hasta febrero. Es de Albacete, así que el colegueo ya está hecho. ¿Chinchilla? ¡Claro!
La otra se llama Marta, es más tímida, es grande y pelirroja. Eva es la caña, no puede parar, tiene muchas ideas ya, como construir un toldo frente a la casa amarilla, o limpiar a fondo los estantes de nuestra habitación, pues va a ocupar el sitio que ha dejado Bea. Mierda, y yo que quería robarle la cama a Bea, que tiene un colchón bastante más majo que el mío... he llegado tarde.
Eva se ha traído como doscientos condones y Jose le dice que estaría bien que hiciera un taller de sexualidad, y va ella y le suelta que lo daría teórico, porque práctico difícil, que ya tiene el himen reconstruido (sic).
Tiramos para Granada Pete, Ale, Lau y yo. Klara, Reanne, Haley y Vanessa han salido antes. Ale y Lau van por delante, imprimiendo buen ritmo a pesar de la humedad, del bochorno sofocante, y Pete y yo vamos unos metros atrás, hablando de cine. Le encanta Soderbergh, pero no termina de cogerle el punto a Danny Boyle. Le da la impresión de que desperdicia su talento, y no le gustó Slumdog Millionarie. Coincidimos mucho este hombre y yo. Me confiesa que va al cine una media de doscientas veces al año y que eso es lo único que realmente echa de menos. Bueno, eso y sus escapadas a Maine, donde vive un amigo suyo y con el que se lo pasa teta. Se ha visto todas las pelis de Almodóvar, le impresionó Javier Bardem en Los lunes al sol y no acierta a decir el nombre de Iñarritu, director de Amores perros, que también le impactó. Y me cuenta que se acaba de hacer con una colección de Godard, que se puso a verla y que llegó a la conclusión de que su cerebro está más receptivo a cualquier tipo de película siempre que sea en cine, que un buen proyector le motiva más que una pantalla. Joder, me pirra este tío.
Seguimos, llegamos a Granada y decidimos seguir a pata. Queremos ir al Radioshack, una tienda de electrodomésticos, que Pete quiere una radio para la obra, que está hasta las narices de las canciones melosas de Mula, y yo a por una grabadora para la entrevista de esta tarde con Francisco de Asís, el poeta y ex ministro amigo de Marcos Barnatán. Pasamos por delante de un antiguo hospital, hecho ruinas y con un cartel que anuncia una restauración que, por la mentalidad nica, probablemente no se inicie hasta el próximo milenio, cuando ya no sea necesario.

Me detengo también a hacerle una foto a una estatua conmemorativa de la revolución sandinista, con un soldado armado y portando dos bandera rojinegras, símbolo de la revolución. No me llamaría tanto la atención si no fuera porque el rifle que porta es de plástico malo, como el de las armas de juguete de cualquier niño desarrollado, con ansias de matar sin saber qué es eso realmente.

Ale y Lau van reventados, pero es que a mí me place tanto andar y charlar con este hombre que me tiraría hasta Honduras si hiciera falta. Me dice que a él le gusta hablar con gente que no comparte sus ideas, que para oír lo que ya sabe prefiere no oírlo ni leerlo. Y que soy un tipo listo, a smart guy, con el que le gusta conversar, que le recuerdo a su hija, y que no entiende porque creo que Spike Lee es algo racista, cuando es lo que tiene que ser. No puedo dejar de aprender con cada palabra que sale de la boca de este cincuenton hippie tan poco yanki y tanto de todo lo demás.
Le comento a Pete que el taxista que nos llevó ayer de vuelta a la casa de voluntarios tiene 17 hijos y que próximamente será bisabuelo, y está en sus cuarenta. Me dice que a más pobre el país (siempre exceptuando África), niños más fuertes y numerosos, que son la auténtica fuerza productiva de las familias, que desde bien pequeños se van a por la leña, cocinan, cuidan de los hermanos menores y hacen todo tipo de encargos. Que por eso tienen esas espaldas estos nicas, pues se han pasado cargando bolsas con ambos brazos o sobre la cabeza toda la vida. Que un niño de un país desarrollado no está ni de lejos tan saludable como estos, y que eso se va mermando con el paso de los años. Como ejemplo me pone a Pico, que cuando come siempre divide su plato por la mitad, dejándole una a su hijo Chepe. Sólo cuando Chepe no puede más, Pico termina el plato del hijo. Cuando Chepe tenga diez años más, dejará de estar tan saludable para hacer más longeva la vida de su hijo, nieto de un Pico que por ese entonces estará casi moribundo por el guaro (una especie de cachaza infame) que no para de ingerir.
Pete me dice que me pasará su diario para que se lo traduzca al español y que él hará lo propio con el mío, al inglés. Por supuesto, amigo mío.
Llegamos al Radioshack, que tiene precios de EEUU. Me soplan 50 dólares por una grabadora cojonuda, a la que nunca podré sacar partido pero que era la más barata. Puedes grabar hasta 2400 horas del tirón, mi vida en verso, vaya. Ale me dice que la preparé para las reuniones, que luego nos vamos a descojonar rememorando las demencias de Judith y los potenciales puntos de Eva, que viene a revolucionar el tinglado y estamos todos encantados por ello. Pete se compra una radio cojonuda donde además puedes poner un iPod, un iPhone o cualquier MP3. Mula, toca callarse la boca.
Desandamos unos metros para meternos en un sitio de parrillada en la que los únicos clientes son nicas. Por fin, lejos de la puta Calzada, de la que estamos un poco cansados, y de la que Pete dice que le deprime, pues es el contraste vivo. Niños mendigando mientras yankis descerebrados se inflan a la cerveza más barata que han probado en su vida. La verdad es que es horrible si te paras a pensarlo, pero es que pararse a pensar aquí puede hundirte cual Titanic. Hay demasiados icebergs para contarlos.
Pete y yo optamos por unas alitas de pollo picantes que están tremebundas, y Ale y Lau se decantan por unas enchiladas que resultan algo insípidas, por lo que se ven obligados a pedir carne de cerdo, con la que esta vez sí aciertan. Lau estaba deshecha, y cuatro litros de Victoria después ya parece preparada para la entrevista, donde ejercerá de fotógrafa, o lo que le echen. Tiramos para el cibercafé donde hemos quedado con Jose, que va con la bici y se la va a dejar a Pete para que la amarre en el hotel donde se quedará a dormir. Me tienta infinito lo de marcarme el lujo de una noche de hotel, pero visto que el fin de semana que viene sí o sí iremos a Masaya, opto por ser prudente con mis gastos, que después de la grabadora y de un enjuague bucal para gingivitis hago cuentas y veo que ya me he dejado 400 dólares. En dos semanas. Carajo. Bueno, he hecho gastos necesarios que no volveré a hacer (taxi desde el aeropuerto, los 30 dólares de cada voluntario al llegar, la grabadora, el colutorio...).
De camino al ciber perdemos a Ale y a Lau. Las vistas desde este punto de la calle principal, calle Atravesada, son impresionantes, con el volcán Mombacho al fondo y hordas en la rúe. Alguna casa es bastante lujosa, pero casi todas son decadentes, y todas son de un color diferente.

Nos cruzamos con Klara, Haley, Vanessa y Reanne. Están todas agotadas, menos Klara, que se nos une. Las canadienses tiran para casa diciendo que luego lo mismo salen por la noche. Sólo Jose y Cata se han quedado en casa con las tres chicas nuevas.
Llegamos al ciber y me meto en mi correo para cerciorarme de cómo llegar a la casa de Francisco. Tengo un mail suyo anunciándome que justo hoy es el cumpleaños de su hijo, que se le había olvidado y que lo siente mucho pero que hay que posponerlo. A mí no me rompe demasiado, pero Lau estaba ansiosa por hacerlo. Bueno, otra vez será. El próximo finde no, que toca Masaya, pero al siguiente puede ser. Veremos. En Nicaragua los planes están sólo para no cumplirlos. También tengo un mail de Manolo que hace que se me salten las putas lágrimas. "How can I miss you if you don't go away?", me recita de memoria Pete cuando le explico porqué estoy ñoño. Es el título de una canción country. Y es verdad, sólo cuando te vas tus amigos de verdad te confiesan el hueco que has dejado. Jodido Manolo, me has emocionado con un maldito mail. Bien por ti. Bien por mí, que puedo afirmar que te tengo.
Pete me cuenta que sus dos mejores amigos lo son también desde el instituto, que qué difícil es hacer amigos así según te vas haciendo mayor. Y me relata una anécdota que se ve que le emociona: llevaba diez años, que se dice pronto, sin ver a uno de estos dos amigos, y un buen día se fue a un partido de beisbol con la que ahora es su mujer (como todo buen yanki tiene una ex) y cinco filas más atrás allí estaba su colega, y cuando le vio, Pete le preguntó "Where the hell have you been?", y el otro, claro, le respondió lo obvio: "I've just been here waiting for you, my friend".
Sé que dentro de treinta años podré decirle a Manolo "¿pero dónde coño estabas?" y que él me dirá "sólo esperándote, tronco".
Jose está en el ciber y se une a nuestros planes. Con Lau ha hecho unas migas estupendas, sospechamos que es gay, con lo poco que nos importa, y le encanta la brutalidad lingüística de Lau, que es burra como la que más cuando se lo propone. Hablan del viaje a Masaya como un viaje en busca de sexo, que están hasta las narices de la etnia de Granada, fea, bajita y regordeta, tanto en tíos como en tías.
Nos vamos a cenar a una pizzería que se llama TelePizza y que no tiene nada que ver con nuestro Telepizza. Están cojonudas las pizzas, tan lejos de Italia y con cocineros que no habrán pisado la bota europea en su vida, ni la pisarán, pero es que cualquiera puede hacer pizzas, por muy orgullosos que estén los italianos. Si tienes un plato típico lo suyo sería que el autóctono del lugar fuera el único capaz de conseguir la perfección. Que intente un italiano hacer una paella.
Son las siete de la tarde y ya hemos cenado, así que como toca Flor de Caña decidimos que la hora nos da igual. Ocupamos mesa en el Centralito, el bar a donde más vamos en la turística y poco representante Calzada, y nos pedimos el lote completo, más granizados de limón, que a la gente le entusiasmó mi descubrimiento fortuito. Damos buena cuenta de la botella y Pete se retira al hotel. Klara, Ale y Lau quieren salir, y yo estoy derrengado. Jose dice que es el clima, que deja seco al más pintado, pero que él hace lo que sea menester, aunque se ha marcado una excursión en bici en solitario impresionante, recorriendo la península que nace en Granada y que bordea el lago. Klara busca convencerme para salir a base de besos. Le explico lo que es un calzonazos.
Nos vamos a La Nuit, con pocas expectativas de salir toda la noche, lo cual por mí estupendo, pero no para estos, que tienen algo de ánimo pero no han traído suficiente dinero. Se autocritican por haber empezado la juerga tan pronto, y es que son como las ocho de la noche y ya estamos en La Nuit y somos de los pocos que ocupamos mesa. Klara y yo ya no nos cortamos, nos mordemos y vacilamos y pellizcamos y agarramos y besamos lo que queremos y más. Le digo que así no le va a volver a sacar a bailar un nica, y que no aprenderá a bailar. Se mofa y dice que vale, que a la próxima cada uno en una esquina. Le digo que no soy celoso y me dice que ella tampoco siempre que baile con feas. Me parto con la niña. Tenemos muy buen rollito, y que dure lo que tenga que durar que hemos venido a vivir y dejar vivir.
Nos hincamos la botella que nos permite el presupuesto, y en éstas le llega el tipo de seguridad a Ale y le dice que no puede estar con las mangas de la camiseta remangadas. Qué cosa más absurda. Ale dice que es para que la gente no se vuelva loca con sus bíceps, y va Klara, que lo ha entendido, y me suelta que entonces yo sí puedo. Será posible, la germana...
Volvemos para casa, Klara se queda dormida en el taxi, qué capacidad, y poco más que contar, pues cada uno ocupamos nuestra cama. Jose se queda un rato en el porche con Ale y Lau y en mi cuarto se despierta Eva, que me suelta somnolienta "¿De dónde viene este bicho?". Como si fuera nuestra mami, todo tierna. Le digo que de hacer poco, de dar una vuelta por Granada, y que sólo son las doce, porque sólo son las doce, es increíble. Mañana es el partido de beisbol entre el equipo de La Prusia y el otro semifinalista. Es a una serie de partidos, y quien gane juega la final de la región. Alex y Mula juegan por La Prusia, y Alemán, hermano de Alex, por el equipo contrario. Estoy ansioso por ir, y es a las nueve y media de la mañana, así que a sobarla y a no soñar, que se me ha vuelto a olvidar. Suficiente sueño despierto.
Salgo de mi cuarto y me encuentro a una mujer de cabeza rapada y gafas grandes, muy habladora, y que le está dando un masaje a Jose. Joder, ésta sí que está suelta. Se llama Eva, tiene cuarenta y pico y es forofa de la Fórmula 1. Me pone al día en motos también, que su hijo es mecánico profesional. Ha vivido dos meses y medio en Costa Rica hace un tiempo y pasará allá las navidades, para luego volver hasta febrero. Es de Albacete, así que el colegueo ya está hecho. ¿Chinchilla? ¡Claro!
La otra se llama Marta, es más tímida, es grande y pelirroja. Eva es la caña, no puede parar, tiene muchas ideas ya, como construir un toldo frente a la casa amarilla, o limpiar a fondo los estantes de nuestra habitación, pues va a ocupar el sitio que ha dejado Bea. Mierda, y yo que quería robarle la cama a Bea, que tiene un colchón bastante más majo que el mío... he llegado tarde.
Eva se ha traído como doscientos condones y Jose le dice que estaría bien que hiciera un taller de sexualidad, y va ella y le suelta que lo daría teórico, porque práctico difícil, que ya tiene el himen reconstruido (sic).
Tiramos para Granada Pete, Ale, Lau y yo. Klara, Reanne, Haley y Vanessa han salido antes. Ale y Lau van por delante, imprimiendo buen ritmo a pesar de la humedad, del bochorno sofocante, y Pete y yo vamos unos metros atrás, hablando de cine. Le encanta Soderbergh, pero no termina de cogerle el punto a Danny Boyle. Le da la impresión de que desperdicia su talento, y no le gustó Slumdog Millionarie. Coincidimos mucho este hombre y yo. Me confiesa que va al cine una media de doscientas veces al año y que eso es lo único que realmente echa de menos. Bueno, eso y sus escapadas a Maine, donde vive un amigo suyo y con el que se lo pasa teta. Se ha visto todas las pelis de Almodóvar, le impresionó Javier Bardem en Los lunes al sol y no acierta a decir el nombre de Iñarritu, director de Amores perros, que también le impactó. Y me cuenta que se acaba de hacer con una colección de Godard, que se puso a verla y que llegó a la conclusión de que su cerebro está más receptivo a cualquier tipo de película siempre que sea en cine, que un buen proyector le motiva más que una pantalla. Joder, me pirra este tío.
Seguimos, llegamos a Granada y decidimos seguir a pata. Queremos ir al Radioshack, una tienda de electrodomésticos, que Pete quiere una radio para la obra, que está hasta las narices de las canciones melosas de Mula, y yo a por una grabadora para la entrevista de esta tarde con Francisco de Asís, el poeta y ex ministro amigo de Marcos Barnatán. Pasamos por delante de un antiguo hospital, hecho ruinas y con un cartel que anuncia una restauración que, por la mentalidad nica, probablemente no se inicie hasta el próximo milenio, cuando ya no sea necesario.
Me detengo también a hacerle una foto a una estatua conmemorativa de la revolución sandinista, con un soldado armado y portando dos bandera rojinegras, símbolo de la revolución. No me llamaría tanto la atención si no fuera porque el rifle que porta es de plástico malo, como el de las armas de juguete de cualquier niño desarrollado, con ansias de matar sin saber qué es eso realmente.
Ale y Lau van reventados, pero es que a mí me place tanto andar y charlar con este hombre que me tiraría hasta Honduras si hiciera falta. Me dice que a él le gusta hablar con gente que no comparte sus ideas, que para oír lo que ya sabe prefiere no oírlo ni leerlo. Y que soy un tipo listo, a smart guy, con el que le gusta conversar, que le recuerdo a su hija, y que no entiende porque creo que Spike Lee es algo racista, cuando es lo que tiene que ser. No puedo dejar de aprender con cada palabra que sale de la boca de este cincuenton hippie tan poco yanki y tanto de todo lo demás.
Le comento a Pete que el taxista que nos llevó ayer de vuelta a la casa de voluntarios tiene 17 hijos y que próximamente será bisabuelo, y está en sus cuarenta. Me dice que a más pobre el país (siempre exceptuando África), niños más fuertes y numerosos, que son la auténtica fuerza productiva de las familias, que desde bien pequeños se van a por la leña, cocinan, cuidan de los hermanos menores y hacen todo tipo de encargos. Que por eso tienen esas espaldas estos nicas, pues se han pasado cargando bolsas con ambos brazos o sobre la cabeza toda la vida. Que un niño de un país desarrollado no está ni de lejos tan saludable como estos, y que eso se va mermando con el paso de los años. Como ejemplo me pone a Pico, que cuando come siempre divide su plato por la mitad, dejándole una a su hijo Chepe. Sólo cuando Chepe no puede más, Pico termina el plato del hijo. Cuando Chepe tenga diez años más, dejará de estar tan saludable para hacer más longeva la vida de su hijo, nieto de un Pico que por ese entonces estará casi moribundo por el guaro (una especie de cachaza infame) que no para de ingerir.
Pete me dice que me pasará su diario para que se lo traduzca al español y que él hará lo propio con el mío, al inglés. Por supuesto, amigo mío.
Llegamos al Radioshack, que tiene precios de EEUU. Me soplan 50 dólares por una grabadora cojonuda, a la que nunca podré sacar partido pero que era la más barata. Puedes grabar hasta 2400 horas del tirón, mi vida en verso, vaya. Ale me dice que la preparé para las reuniones, que luego nos vamos a descojonar rememorando las demencias de Judith y los potenciales puntos de Eva, que viene a revolucionar el tinglado y estamos todos encantados por ello. Pete se compra una radio cojonuda donde además puedes poner un iPod, un iPhone o cualquier MP3. Mula, toca callarse la boca.
Desandamos unos metros para meternos en un sitio de parrillada en la que los únicos clientes son nicas. Por fin, lejos de la puta Calzada, de la que estamos un poco cansados, y de la que Pete dice que le deprime, pues es el contraste vivo. Niños mendigando mientras yankis descerebrados se inflan a la cerveza más barata que han probado en su vida. La verdad es que es horrible si te paras a pensarlo, pero es que pararse a pensar aquí puede hundirte cual Titanic. Hay demasiados icebergs para contarlos.
Pete y yo optamos por unas alitas de pollo picantes que están tremebundas, y Ale y Lau se decantan por unas enchiladas que resultan algo insípidas, por lo que se ven obligados a pedir carne de cerdo, con la que esta vez sí aciertan. Lau estaba deshecha, y cuatro litros de Victoria después ya parece preparada para la entrevista, donde ejercerá de fotógrafa, o lo que le echen. Tiramos para el cibercafé donde hemos quedado con Jose, que va con la bici y se la va a dejar a Pete para que la amarre en el hotel donde se quedará a dormir. Me tienta infinito lo de marcarme el lujo de una noche de hotel, pero visto que el fin de semana que viene sí o sí iremos a Masaya, opto por ser prudente con mis gastos, que después de la grabadora y de un enjuague bucal para gingivitis hago cuentas y veo que ya me he dejado 400 dólares. En dos semanas. Carajo. Bueno, he hecho gastos necesarios que no volveré a hacer (taxi desde el aeropuerto, los 30 dólares de cada voluntario al llegar, la grabadora, el colutorio...).
De camino al ciber perdemos a Ale y a Lau. Las vistas desde este punto de la calle principal, calle Atravesada, son impresionantes, con el volcán Mombacho al fondo y hordas en la rúe. Alguna casa es bastante lujosa, pero casi todas son decadentes, y todas son de un color diferente.
Nos cruzamos con Klara, Haley, Vanessa y Reanne. Están todas agotadas, menos Klara, que se nos une. Las canadienses tiran para casa diciendo que luego lo mismo salen por la noche. Sólo Jose y Cata se han quedado en casa con las tres chicas nuevas.
Llegamos al ciber y me meto en mi correo para cerciorarme de cómo llegar a la casa de Francisco. Tengo un mail suyo anunciándome que justo hoy es el cumpleaños de su hijo, que se le había olvidado y que lo siente mucho pero que hay que posponerlo. A mí no me rompe demasiado, pero Lau estaba ansiosa por hacerlo. Bueno, otra vez será. El próximo finde no, que toca Masaya, pero al siguiente puede ser. Veremos. En Nicaragua los planes están sólo para no cumplirlos. También tengo un mail de Manolo que hace que se me salten las putas lágrimas. "How can I miss you if you don't go away?", me recita de memoria Pete cuando le explico porqué estoy ñoño. Es el título de una canción country. Y es verdad, sólo cuando te vas tus amigos de verdad te confiesan el hueco que has dejado. Jodido Manolo, me has emocionado con un maldito mail. Bien por ti. Bien por mí, que puedo afirmar que te tengo.
Pete me cuenta que sus dos mejores amigos lo son también desde el instituto, que qué difícil es hacer amigos así según te vas haciendo mayor. Y me relata una anécdota que se ve que le emociona: llevaba diez años, que se dice pronto, sin ver a uno de estos dos amigos, y un buen día se fue a un partido de beisbol con la que ahora es su mujer (como todo buen yanki tiene una ex) y cinco filas más atrás allí estaba su colega, y cuando le vio, Pete le preguntó "Where the hell have you been?", y el otro, claro, le respondió lo obvio: "I've just been here waiting for you, my friend".
Sé que dentro de treinta años podré decirle a Manolo "¿pero dónde coño estabas?" y que él me dirá "sólo esperándote, tronco".
Jose está en el ciber y se une a nuestros planes. Con Lau ha hecho unas migas estupendas, sospechamos que es gay, con lo poco que nos importa, y le encanta la brutalidad lingüística de Lau, que es burra como la que más cuando se lo propone. Hablan del viaje a Masaya como un viaje en busca de sexo, que están hasta las narices de la etnia de Granada, fea, bajita y regordeta, tanto en tíos como en tías.
Nos vamos a cenar a una pizzería que se llama TelePizza y que no tiene nada que ver con nuestro Telepizza. Están cojonudas las pizzas, tan lejos de Italia y con cocineros que no habrán pisado la bota europea en su vida, ni la pisarán, pero es que cualquiera puede hacer pizzas, por muy orgullosos que estén los italianos. Si tienes un plato típico lo suyo sería que el autóctono del lugar fuera el único capaz de conseguir la perfección. Que intente un italiano hacer una paella.
Son las siete de la tarde y ya hemos cenado, así que como toca Flor de Caña decidimos que la hora nos da igual. Ocupamos mesa en el Centralito, el bar a donde más vamos en la turística y poco representante Calzada, y nos pedimos el lote completo, más granizados de limón, que a la gente le entusiasmó mi descubrimiento fortuito. Damos buena cuenta de la botella y Pete se retira al hotel. Klara, Ale y Lau quieren salir, y yo estoy derrengado. Jose dice que es el clima, que deja seco al más pintado, pero que él hace lo que sea menester, aunque se ha marcado una excursión en bici en solitario impresionante, recorriendo la península que nace en Granada y que bordea el lago. Klara busca convencerme para salir a base de besos. Le explico lo que es un calzonazos.
Nos vamos a La Nuit, con pocas expectativas de salir toda la noche, lo cual por mí estupendo, pero no para estos, que tienen algo de ánimo pero no han traído suficiente dinero. Se autocritican por haber empezado la juerga tan pronto, y es que son como las ocho de la noche y ya estamos en La Nuit y somos de los pocos que ocupamos mesa. Klara y yo ya no nos cortamos, nos mordemos y vacilamos y pellizcamos y agarramos y besamos lo que queremos y más. Le digo que así no le va a volver a sacar a bailar un nica, y que no aprenderá a bailar. Se mofa y dice que vale, que a la próxima cada uno en una esquina. Le digo que no soy celoso y me dice que ella tampoco siempre que baile con feas. Me parto con la niña. Tenemos muy buen rollito, y que dure lo que tenga que durar que hemos venido a vivir y dejar vivir.
Nos hincamos la botella que nos permite el presupuesto, y en éstas le llega el tipo de seguridad a Ale y le dice que no puede estar con las mangas de la camiseta remangadas. Qué cosa más absurda. Ale dice que es para que la gente no se vuelva loca con sus bíceps, y va Klara, que lo ha entendido, y me suelta que entonces yo sí puedo. Será posible, la germana...
Volvemos para casa, Klara se queda dormida en el taxi, qué capacidad, y poco más que contar, pues cada uno ocupamos nuestra cama. Jose se queda un rato en el porche con Ale y Lau y en mi cuarto se despierta Eva, que me suelta somnolienta "¿De dónde viene este bicho?". Como si fuera nuestra mami, todo tierna. Le digo que de hacer poco, de dar una vuelta por Granada, y que sólo son las doce, porque sólo son las doce, es increíble. Mañana es el partido de beisbol entre el equipo de La Prusia y el otro semifinalista. Es a una serie de partidos, y quien gane juega la final de la región. Alex y Mula juegan por La Prusia, y Alemán, hermano de Alex, por el equipo contrario. Estoy ansioso por ir, y es a las nueve y media de la mañana, así que a sobarla y a no soñar, que se me ha vuelto a olvidar. Suficiente sueño despierto.
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